Hola. Sé que merezco ser torturada hasta la muerte por no haber subido un capítulo en tanto tiempo pero una inoportuna serie de cosas y cambios en mi vida me lo impidió :P Mis disculpas, espero poder subir otro capítulo pronto. Gracias a los que me leéis, dejad reviews :D

Es dejo el capítulo, un beso ^_^


De epifanías y confesiones

Era sábado. Dominique sintió el caluroso cuerpo de su prima al lado del suyo y suspiró. Aún era muy temprano, así que decidió no despertarla. Apartó con cuidado la colcha y dejó a un lado el brazo de Lucy que rodeaba su cuerpo.

Caminó hasta la ventana para ver a una silueta corriendo por los jardines, sin dar importancia a la fina lluvia que caía a su lado. "Genial," pensó Nickie, "justo la persona a la que necesitaba".

Se vistió rápidamente con lo primero que encontró y bajó corriendo las escaleras en dirección al patio del colegio.

Se puso la capucha de la sudadera y corrió hasta alcanzar a la chica que corría bajo la lluvia.

—¡Vicky! ¡Vicky! ¡Victoire!

La rubia paró en seco y se dio la vuelta extrañada. Su pelo rubio y ondulado del color del oro estaba recogido en una coleta y, a pesar del frío vestía con una sencilla sudadera azul clarito, unos pantalones hasta las rodillas y unas deportivas desgastadas. Se sentía más cómoda en ropa muggle, y su constitución atlética y su altura poseían un encanto innegable. La miró con aquellos ojos azules e interrogantes y preguntó:

—¿Dominique? ¿Qué haces aquí?

—Quería hablar contigo. Veo que sigues corriendo todos los sábados.

—Así es —sonrió la rubia de chándal—, y deberías hacer lo mismo. No sé por qué tanto odio al deporte. ¿De qué querías hablar?

—Necesito, eh… consejo. Mejor nos sentamos.

Caminaron juntas hasta un banco de piedra protegido de la lluvia por un haya. Victoire respiró hondo con el fin de calmar su respiración, mientras Dominique hacía lo mismo para calmar sus nervios.

—¿De qué quieres hablar?

—Primero, de esto ni una palabra a nadie. Ni siquiera a tu amado Ted.

—Prometido —dijo ella alzando la mano derecha— ¿Me vas a decir qué pasa?

—Yo… estoy "empezando" algo con alguien.

—Bien.

—Es una chica.

Victoire respiró hondo y miró a su hermana a los ojos sin dar muestra de sorpresa alguna.

—¿Qué pasa? ¿No vas a decirme nada? ¿No vas a gritarme?

—¡No! Claro que no… si te soy sincera ya me lo esperaba. Desde pequeña supe que eras "diferente".

—Oh —Dominique paró a pensar en que quizás, a los ojos adecuados, aquello resultaba evidente—. Pero hay otro problema.

—¿Cuál? Sabes que te apoyaré.

—La chica es…— Nickie se armó de valor y cerró los ojos— Lucy.

—¿Qué Lucy? ¿No será…? ¡No! ¿Nuestra Lucy? ¿¡Estás loca!?

—Victoire, baja la voz. Sabía que reaccionarías así.

—Pero, pero… ¡sois primas!

—¿Sabes? Aunque parezca sorprendente, yo también había llegado a esa conclusión.

Vicky puso los ojos en blanco y miró a su hermana.

—Lo siento, pero esto sí que me ha sorprendido… ¿cómo pasó?

—Bueno, no lo sé exactamente… pero surgió. Y me siento muy culpable, porque sé que nadie lo aceptará, y…

—Espera, espera, espera. No me has dicho lo más importante.

—¿El qué?

—¿La quieres?

Esa pregunta nubló totalmente la mente de Dominique. ¿La quería? Tenían química, desde luego, y la quería como a la familia… ¿Pero la QUERÍA? ¿O sólo la deseaba porque estaba prohibido hacerlo?

—No lo sé —contestó finalmente—. No lo sé.

Victoire sacudió la cabeza y suspiró.

—Eso me temía. Pero si quieres que esto acabe bien tendrás que averiguarlo. Y pronto. Si es simplemente un capricho no vale la pena, Nick,

—Lo sé.

Victoire miró a su hermana. En sus ojos se reflejaba toda su inquietud. Y ella quería ayudarla. Pero la situación era complicada. Aun así, se juró a sí misma que pasara lo que pasara, siempre la apoyaría.


El día había sido tranquilo. Dominique mordía una pluma de azúcar mientras ponía punto y final a su redacción de Pociones. Guardó sus cosas en la mochila y se la echó al hombro por un asa mientras salía de la sala común de Griffindor hacia los fríos y austeros pasillos. El sol se ponía y la luz decadente se filtraba por las ventanas, dando un interesante colorido anaranjado a las escaleras. Dominique las bajó, dispuesta a vagar un rato por los pasillos, incapaz de concentrarse en nada. Se cruzó con un par de Griffindors que la saludaron, a lo que ella respondió con una cabezada. Pero algo captó su atención. Allí, en mitad del pasillo, estaba su prima Lucy. Con un tipo alto y musculoso. Nickie lo examinó. Era McLaggen.

Lo que le llamó la atención fue su postura. Porque no estaban en una postura cualquiera.

Lucy estaba de espaldas a la pared, con su pelo rojo fuego esparcido por los hombros. Sostenía una carpeta a la altura de las caderas con las dos manos, y tenía una pierna inocentemente apoyada contra la pared. McLaggen se encontraba en frente suya, con una mano apoyada en la pared, al lado de la cabeza de Lucy y con la sonrisa arrogante en el rostro. Se sonreían. Mejor dicho, Lucy se reía de uno de los estúpidos chistes de McLaggen. Su Lucy. Estaba allí, a metros de ella, riendo a carcajadas con su voz angelical, parpadeando con esos ojos verdes que hacían que cada partícula de su ser se agitara de forma incontrolable.

Y entonces lo supo. Lo supo porque sintió a un enorme monstruo rugir dentro de ella, reclamando cada centímetro de la piel de su prima. Declarándola suya. Suya y de nadie más.

Supo que la quería. Así, sin más. Que cada pedacito de ella estaba hecho a su medida. Que encajaban de forma irrevocable. La quería. Demonios, ¡la quería!

Cuando aquella epifanía golpeó a Dominique, sus pupilas se encogieron y se le puso la piel de gallina. Mierda. ¿Por qué? Entonces de ella se apoderó un enfado enorme. Con su prima, con ella misma, con el universo.

Dio media vuelta y corrió como alma que lleva el diablo hacia la torre de Ravenclaw. Estuvo de suerte, porque pilló a dos alumnos resolviendo el acertijo, y tuvo el camino despejado. Se llevó a un par de pergaminos por delante al querer abrirse paso, pero lo consiguió. No paró hasta que abrió violentamente la puerta de la habitación de las chicas de 7º y se encontró a su hermana en la cama azul marino.

—La quiero. Maldita sea, la quiero — dijo ella jadeando y mirando al suelo. La agresividad y la determinación anterior fueron disminuyendo, sustituidas por el tono ahogado y los ojos cristalinos —. Y no quiero hacerlo. Todo es demasiado complicado como para enamorarme de mi prima. ¿Por qué? — llegados a este punto por sus mejillas resbalaba una segunda lágrima. — Joder, no quiero, Victoire, ¡no quiero! ¿Por qué no podemos elegir a quien…?

Su hermana la calló con un enorme abrazo antes de que estallara en sollozos. La acunó maternalmente hasta que se calmó y respiró regularmente.

—Siempre estaré aquí, ¿me oyes? Siempre. Te lo prometo.

—Gracias — la sonrió Nickie limpiándose los restos de lágrimas —. Eres la mejor.

—Ahora ve a tu cuarto y descansa. Ya pensaremos mañana sobre lo que hacer, ¿vale?

—Vale.

Dominique salió por la puerta, y cuando estuvo a punto de cerrarla, se acordó de algo.

—¿Vic? Sabes que no te lo digo mucho y eso, pero… te quiero.

—Yo también te quiero, enana.

La rubia-rojiza le dedicó una última sonrisa a su hermana antes de dar media vuelta y tomar rumbo a la torre Griffindor.