Aunque los mensajes llegaban uno tras otro al celular de Marinette, provocando que su escritorio sonara constantemente por la vibración, ella no leyó ninguno ni se molestó en silenciarlos. Pero, ¿qué se podía hacer? Se sentía fatal, y su manta cubriéndola le protegía de todo aquello. No quería moverse de allí.

Tikki se acercó a la chica con temor y la observó preocupada. Quería hacer algo por ella, pero no era capaz de siquiera abrazarla debido a su tamaño. Al final, sólo se limitó a limpiar cada una de sus lágrimas derramadas.

—¿Marinette? —le llamó finalmente al cabo de unos minutos—. Sé que no puedo hacer mucho por ti, pero quiero que sepas que siempre estaré a tu lado. —Borró otra lágrima que bajaba por la mejilla de la azabache.

Marinette mostró una pequeña sonrisa y a Tikki se le formó un nudo en la garganta nada más viéndola. Seguido de ello, Marinette la sostuvo en sus manos y la estrechó contra su pecho simulando un abrazo.

—¡No digas eso! —exclamó, intentando tranquilizar a su amiga— Yo... lo sé. ¡Y te lo agradezco un montón! Pero... ahora mismo necesito estar sola.

Tikki la observó de pies a cabeza, estaba hecha un desastre. Cabellos alborotados cubrían mitad de su rostro y el pijama que traía puesto seguramente no había sido lavado en días. Lo peor de todo era su mirada; aquella no era sincera, estaba vacía, y esos destellos que normalmente le daban vida a su pálido rostro habían desaparecido. El interior de Tikki se estremeció pensando en ello, sin embargo, no insistió en quedarse con ella. Tal vez la idea de estar sola no le venía mal.

La pequeña criatura se alejó, para luego esconderse en la cartera de la chica y recostarse en algún lugar cómodo. Marinette, por otra parte, se dejó caer a su cama y estampó su rostro en la almohada soltando un suspiro.

«¿Qué he hecho?», se dijo mentalmente.

Después de un rato, los ojos de la azabache estaban tan secos como un desierto. Sus sollozos cesaron por el cansancio, pero en el fondo de su corazón aún no lo hacían. Decidió ir al baño y allí se analizó de pies a cabeza en el espejo. Abrió el grifo, comenzó a empapar débilmente su manos y limpió su terrible rostro con éstas; quizá de esa manera luciría mejor.

Mientras secaba las últimas gotas que se posaban en su rostro, escuchó el sonido de otro mensaje que llegó a su celular. Su mirada fue con cobardía hacia aquella notificación y descubrió que era un mensaje de Alya. Dentro de sí se formó un debate que no le dejaba pensar con claridad y, finalmente, se dispuso a contestarle.

ALYA: Mari, ¿dónde estás? ¿Por qué no has venido al instituto?

MARINETTE: Tranquila, Alya. Estoy bien, sólo me siento un poco enferma

ALYA: Niña, me preocupas :(

Marinette al leer el mensaje dejó escapar una sonrisa que irradiaba nostalgia. Extrañaba a su amiga, quien siempre le entregó cariño y apoyo. Quería decirle el motivo de su forma de actuar, porque así al fin estaría desahogándose; quería llorar como si no hubiese un mañana entre sus brazos, porque así se sentiría menos rota por dentro; quería decirle que no estaba bien y que la necesitaba, porque así no tendría que fingir al día siguiente en el instituto. Sin embargo, no pudo armarse de valor y aquellos deseos se convirtieron en arrepentimientos.

ALYA: ¡Ah, casi se me olvida! ¿Cómo te fue con Adrien? ( ͡ ͡ ͜ ʖ ͡ ͡)

MARINETTE: Nada fuera de lo normal /

Mentía. Había ocurrido de todo. No lo quería admitir.

ALYA: ¿?

MARINETTE: Después te explico, ¿sí?

Marinette bloqueó su celular antes de colocarlo encima de su escritorio. Podía oír los intentos fallidos de Alya por contactarla; sus llamadas llegaban a ser irritantes. Aguantó lo más que pudo las ganas de contestar, hasta que aquel ruido paró. Luego, se acercó lentamente, analizó la pantalla del celular y leyó los mensajes que su amiga le había mandado.

ALYA: Marinette... Responde.

ALYA: Hablo en serio.

ALYA: ¡¡Contesta el maldito teléfono!!

ALYA: Mari... Llámame cuando puedas, ¿bien?

No hubo respuesta. La azabache no quiso contestar ni se dignó a hacerlo.

Pasaron varios minutos y Marinette seguía en su cama, reflexionando sobre qué debía ser. Se sorprendió al escuchar un gruñido proveniente de su estómago. ¿Hacía cuánto que no comía? ¿Horas? Miró el reloj de su velador y notó que eran las cinco de la tarde.

«Con razón tengo hambre —pensó mientras se levantaba de la cama—. Almorcé a las una, ya han pasado cuatro horas.»

Decidió que ir a por un helado sería una buena idea porque le ayudaría a respirar aire fresco y a relajarse, así que se duchó rápidamente, para después arreglarse y salir.

—¡Tikki, saldré a caminar un rato! ¡No me esperes! —exclamó con algo de ánimo a la vez que bajaba las escaleras. Bañarse siempre le otorgó un poco de felicidad, pues amaba sentir cómo el agua recorría su cuerpo.

—¿Con quién hablas? —preguntó su madre al verla tan agitada bajando las escaleras.

—Con nadie, mamá. ¡Adiós!

Se dirigió a su heladería favorita de todo París. Mientras caminaba, fue percatándose del repulsivo paisaje que decoraba la ciudad en aquél entonces. Las aves no cantaban, chillaban. La naturaleza parecía no tener vida, sus brillantes colores se habían esfumado y no danzaba al ritmo del viento; simplemente estaba muerta. Marinette sentía cómo la mirada de todos, encima de ella, le quemaba; aquella sensación era detestable. Probablemente, pensó ella, su helado preferido tampoco sabría bien si seguía de esa manera.

¿Por qué se sentía así? Toda la situación que estaba viviendo le atormentaba, pero aquellos sentimiento no le permitían distinguirse de alguien culpable. ¿Cómo era posible que sintiera culpa? ¿No fue Adrien quien destrozó su interior?

Finalmente llegó, y su corazón se relajó después haber estado contraído por tanto tiempo.

—Uno de vainilla, por favor —pidió junto con una sonrisa meramente de simpatía—. Que sea doble.

—¿Marinette? —La voz provenía de un joven que conocía bien, Nathaniel. La chica volteó su cabeza, sorprendida por el inesperado encuentro—. ¿C-cómo estás? Hoy no te vi en clase.

Una sonrisa, no del todo falsa, se asomó en el rostro de Marinette. El tono inseguro de Nathaniel le parecía muy tierno.

—Nath, ¡qué coincidencia! —vociferó soltando una pequeña y débil risa—. Estoy bien, ¿y tú? ¿Otra vez reprobaste Ciencias?

Obviamente Marinette estaba bromeando, el pelirrojo lo supo en cuanto la oyó. Sin embargo, él sabía que Ciencias no era su punto fuerte; y sí, también le era difícil reconocer que había reprobado varios exámenes de aquella asignatura. Sus mejillas se vieron envueltas por un tono rojizo que ocasionó un ardor en ellas, mientras tanto, su vista hacía el mayor esfuerzo por no encontrarse con la de Marinette.

—Sólo bromeo —soltó la azabache entre pequeñas risas, a la vez que agarraba el barquillo de su helado con fuerza para así darle una probada—. Y bien, dime, ¿desde cuándo vienes a esta heladería? Es mi favorita.

Ambos jóvenes fueron dirigiéndose a la salida del lugar. Una gran cantidad de niños jugaban a su alrededor.

—Desde hoy —confesó con una risa.

La chica lo siguió observando con atención, indicando así que continuara hablando.

—Mi hermana menor... Le gusta jugar con sus amigas y yo tengo que ser su niñero...

—Eso es muy tierno de tu parte.

Un silencio incómodo se hizo presente durante unos segundos. Aquél no se prolongó por mucho, ya que para entonces, el pelirrojo por fin se había animado a exponer su pregunta.

—Mmm... ¿Marinette? —Ella alzó una ceja—. ¿T-te gustaría ir a caminar por el parque?

—¿Pero qué pasará con tu hermana?

—No hay problema, está concentrada jugando con sus amigas.

El parque quedaba cerca de la heladería, así que su recorrido no fue cansador en absoluto. Mientras caminaban rodeados por la ausencia del sonido y el olor agridulce de las plantas, Nathaniel fijó su vista en los pasos de la chica: eran tan pequeños, al igual que ella, y necesitaba dar varios para poder alcanzarlo.

—Qué lindo día, ¿no crees? —soltó Nathaniel finalmente.

Marinette fue sorprendida por sus imprevistas palabras. Estaba concentrada en sus pensamientos, por lo que tampoco fue capaz de disfrutar mucho el paisaje. Sin embargo, en la heladería se había comprometido a dejar de pensar en Adrien y tratar de divertirse con Nathaniel; después de todo, él no se merecía que lo sometiera a su tristeza. Al menos debía fingir que estaba pasando un buen rato.

—¿Tú crees? —inquirió Marinette, observando el cielo con una débil sonrisa. Su tono de voz se escuchaba sereno, pero había algo que le preocupaba al pelirrojo: aquél contenía un toque de soledad—. Pues yo pienso lo contrario, siento que hoy es un día bastante sombrío.

«Pero si el cielo está brillando», pensó Nathaniel cabizbajo.

La azabache detuvo su caminata, lo que ocasionó que el chico también lo hiciera.

—Nath, lo lamento. Estoy siendo una molestia, ¿cierto? —dijo sonriendo con un aire de melancolía—. Todo debido a mi actitud.

El pelirrojo, desconcertado, alzó el rostro y tornó su cabeza hacia la chica.

Ambos se miraron fijamente a los ojos, y el tiempo pareció detenerse para el chico. Sus miradas empezaron a debatir entre sí: Nathaniel intentaba traspasar aquella barrera que se interponía entre ellos, para así poder navegar dentro de sus pensamientos; al mismo tiempo, Marinette intentaba seguir forzando la existencia de la barrera hasta que no pudiera más con ello. Finalmente, Nathaniel fue derrotado, lo que provocó que desviara la vista y un leve rubor hiciera aparición en sus mejillas.

—Eres muy extraña —murmuró él.

Marinette soltó una carcajada ante su comentario. Ambos retomaron la caminata que hacía un momento había sido abandonada.

—¿Por qué lo dices? —preguntó, sofocada por las risas. No se esperaba aquello de su parte, pues Nathaniel siempre había sido el tipo de chico que nunca habla, y menos que se queja. Por primera vez en el día, a la azabache se le hacía interesante algo; curiosamente, tenía relación con la persona menos esperada.

—Pues... —empezó diciendo el pelirrojo—. ¿No debería ser yo quien pregunte eso? Digo, yo elegí invitarte al parque, así que... ¿Por qué continuas diciendo que eres una molestia? Lo hice, y no me arrepiento en absoluto.

El cuerpo de Marinette se puso rígido ante su respuesta, y sus ojos se abrieron de par en par. Le tomó varios segundos girarse hacia el rostro del chico, y cuando por fin lo logró, notó que él estaba observándola con atención, sonriendo sinceramente.

—¿Qué?

—Marinette, ¿no crees que deberías tenerte más confianza? O al menos... ¿podrías permitirte confiar en mí?

—Nath, no sé qué decir... —Por cada palabra que pronunciaba, sus ojos se iban cristalizando más. Si continuaba hablando, probablemente no sería capaz de aguantar las lágrimas.

¿Por qué ese chico le movía tanto el corazón? ¿Qué tenían de especiales su palabras, que no le permitían ignorarlas? Sí, al final terminó siendo claro: a diferencia de Tikki y Alya, él no sólo le había entregado su apoyo —eso sería inútil, pues el apoyo de otros le sobraba—, también le dio la oportunidad de descubrir que era su propia confianza la que le hacía falta, y no dudó en entregársela.

—Si quieres... puedes hablar conmigo. ¡Solamente si quieres! Ya sabes, cuando quieras —propuso un tanto nervioso.

—Gracias. —Esta vez, su sonrisa sí era honesta.

De vuelta casa, Marinette se sentía mucho mejor. Luego de todo lo que había ocurrido, decidió que, tal vez, la idea de juntarse varias veces con Nathaniel no era mala.

Al día siguiente, su malhumor no había vuelto, por lo que se armó de valor y se dirigió a su instituto.

—¿¡Dónde estabas?! —exclamó Alya al ver a su amiga sentada en el mismo lugar de siempre—. ¡Te busqué por todas partes!

—¿Junto a mi casillero?

La castaña se acercó bruscamente a su pupitre y dejó caer sus libros.

—No, no, no. ¡Sabes perfectamente que no me refiero a eso! —gritó mientras se sentaba al lado de la azabache—. Estaba preocupada por ti, así que te fui a ver a tu casa.

«Ay no», pensó Marinette en voz alta.

—Ay sí —repitió Alya enojada—. ¡Tus padres me dijeron que no estabas! ¡Y para colmo, no contestabas el celular!

—Tranquila, solamente fui al parque con Nathaniel.

Por la expresión de su amiga, Marinette pudo darse cuenta de que dijo algo que no debía.

—¿¡CON NATHANIEL?! —gritó, y toda la clase se volteó para verlas.

Las mejillas de Marinette quemaban con fuerza. ¿Qué tan indiscreta podía llegar a ser su amiga?

—Shh... ¡Alya! ¡Habla un poco más bajo! —se quejó la azabache—. ¿No ves que todos nos están mirando?

—No lo veo ni me importa —escupió con indiferencia—. Explícate, por favor. ¿Qué pasó con Adrien y por qué estabas con Nathaniel?

—Esa es otra historia... Ahora estamos en clase. Te digo después, ¿sí?

—Bien, pero me tienes que contar sí o sí. Estoy curiosa... Dices que no pasó nada, sin embargo, Adrien no ha dejado de mirarte.

—¿Qué?

Marinette se volteó en un instante, y terminó encontrándose con un chico que insistía con fuerzas en llamar su atención; no quería pasar desapercibido ni tenía la intención de disimular. La siguiente cosa que Marinette supo fue que los ojos verdes del chico buscaban desesperadamente los suyos. Ella no soportó la presión, así que no volvió a mirar.

¿Qué pretendía aquel rubio? Ya lo había rechazado, sin embargo, ¿por qué la provocaba de esa manera? Y si él no quisiera renunciar, ¿qué haría? No ganaba nada actuando sin antes mantener en orden su mente. Así que por el momento, decidió mantenerse distanciada de Adrien.