Capítulo 3.
—Cuando lleguen los contratos, asegúrese de que han incluido las cláusulas de revisión —dijo Sasuke Uchiha por el teléfono del coche.—Hemos tardado seis semanas en conseguir que las aceptaran y no quiero más retrasos, que los examinen los abogados y, si todo está correcto, envíenmelos a mi casa—pidió.
—Sí, señor—repuso Suigetsu, ayudante.—¿Algo más?—cuestionó. El hombre suspiró con cansancio.
—Espero que no—dijo. —Después de estas últimas semanas, necesito descansar—inquirió.
—Deduzco que todo va bien con los niños, asi que…—Sasuke lo interrumpió. El Uchiha frunció el ceño.
—¿Y por qué no iba a ser así?—preguntó.
—Oh, es sólo que cuando Daisuke llamó…—fue interrumpido.
—Un momento—hablo el Uchiha. —¿Cuándo llamó Daisuke?—cuestionó.
—Antes de ayer—Suigetsu hizo una pausa. —No me digas que Tayuya no te dio el mensaje—suspiró.
—¿Tayuya?—recordó. —Su hermana se puso de parto hace dos días, se desmayó en el trabajo… Cuando recuperó el conocimiento, apenas si recordaba su nombre, mucho menos mensajes—suspiró el azabache.
—Santo cielo, deberías apresurarte, entonces—dijo Suigetsu.
—¿Mencionó Daisuke por qué llamaba?—preguntó nuevamente el Uchiha. Hubo una pausa antes de que Suigetsu hablara con tono de disculpa.
—Bueno, sí y no—suspiró el hombre. —Dijo que tenía que decirle algo sobre la señora Anko—comento.
Sasuke tardó un momento en darse cuenta de que aquél era el nombre de la niñera que había contratado justo antes de marcharse.
—¿Dijo el qué?—preguntó rapidamente el azabache.
—No, señor—dijo Suigetsu. —Sólo dijo que lo llamara usted—repitió.
—Suigetsu—llamó el azabache. —No escuchaste sirenas ni gritos, ¿verdad?—cuestionó.
El hombre al otro lado de la línea, suspiró mientras tragaba débilmente, al saber el carácter y la preocupación que su jefe se cargaba con sus tres hijos. Y aquella pregunta se lo confirmo, sabía que bromeaba sólo a medias.
—Esta vez no—lo tranquilizó Suigetsu.—A decir verdad, ahora que lo pienso, parecía muy contento, así que estoy seguro de que no era nada grave—inquirió. —Le pregunté si la señora Mitarashi se había ido de vacaciones y dijo que sí—siguió. —Le pregunté si todo iba bien con su sustituía de la agencia y me dijo que sí y cuando le pregunté cómo iba todo lo demás, se echó a reír y me contestó que de maravilla—terminó.
—Estupendo—comentó Sasuke, con aprensión.
La última vez que Daisuke dijo que todo iba de maravilla, fue justo antes de que alguien entregara en la casa un equipo de juego de «Lawrence de Suna» completo, con una tienda de beduino y dos camellos viejos.
Comprado mediante una de las tarjetas de crédito de él, el juego había sido calificado como lo último en experiencia educativa. Daisuke, desde luego, sí había aprendido mucho. Había aprendido que en el condado de Port Suna, los camellos se consideran mascotas exóticas y que las multas por carecer de licencia para cuidarlos eran astronómicas. Había aprendido que esas criaturas escupen cuando se enfadan y, sobre todo, había aprendido a ponerse en guardia siempre que su hijo mayor utilizaba las palabras «de maravilla».
—¿Es eso todo, señor?—cuestionó el hombre al otro lado.
—Sí—suspiró el Uchiha. —Si no se ha quemado la casa, estaré en la oficina la semana que viene antes de salir para Suna, nuevamente—hablo el azabache. —Si surge algo, llámame—termino.
—Sí y no te preocupes, estoy seguro de que los niños están bien—comentó Suigetsu.
—Eso espero—suspiró el Uchiha. —Nos veremos la semana que viene—cortó.
Desconectó el teléfono, esperó a oír la señal de marcar y marcó el número de su casa al tiempo que metía el Mercedes por el desvío de la autopista. Giró al oeste, en dirección al sol poniente, agradecido por el aire acondicionado del coche.
El teléfono comenzó a sonar y lo miró con impaciencia. Deseaba que alguien contestara en seguida. Cuando salió para el complejo turístico de Suna a finales de mayo, no esperaba pasar seis semanas fuera. Después de haber negociado la compra con la familia Sabaku No durante meses, estaba convencido de que el trato estaba ya casi cerrado.
Pero no fue así. Sasuke no había contado con que Temari, la hija mayor de los Sabaku No, acababa de divorciarse. Ni había podido prever que, al verlo, decidiera cambiar la venta por una asociación.
El hombre hizo una mueca. Aunque no había vivido como un monje los cuatro años que llevaba de viudo, sí se había hecho el firme propósito de no mezclar el sexo con su vida familiar ni con los negocios.
En lo referente a su familia, su razonamiento era muy sencillo. Sus hijos habían perdido ya una madre y, pasara lo que pasara, estaba decidido a ahorrarles ese dolor en un futuro. Como no pensaba volver a casarse, no había motivos para mezclar a los niños con mujeres que sabía no serían más que compañeras temporales.
Profesionalmente, le parecía también lo mejor. Tenía treinta y cinco años y era la cabeza de Uchiha Corp, propietarios y directores de cinco complejos turísticos de lujo extendidos por los el país del fuego. Su trabajo fue una tabla de salvación cuando murió su esposa y no estaba dispuesto a poner eso en peligro por algo tan efímero como el placer físico.
No obstante, le había llevado tiempo convencer de ello a Temari. El teléfono siguió sonando al otro lado. ¿Dónde diablos estaban todos? Aunque la niñera estuviera ocupada con los niños, el ama de llaves debería haber contestado.
A menos que hubiera ocurrido algo, claro.
Sasuke respiró hondo para tranquilizarse. Se dijo que era más probable que el ama de llaves tuviera la aspiradora puesta y no oyera el teléfono. Quizá la niñera y sus pupilos habían salido a dar un paseo.
Pero Daisuke le había dicho a Suigetsu que había un problema.
Apretó los dientes para reprimir una imprecación. Apartó el teléfono de la oreja, pensó un momento y marcó otro número. Una vez más el teléfono volvió a sonar. Aquella vez, sin embargo, sí contestó una voz animosa.
—Ha llamado usted a la agencia Kunoichi…—le informó el contestador.—En este momento no estamos en el despacho, pero si quiere dejar un mensaje, le devolveremos la llamada—al terminar se escuchó un pitido, frunció el ceño.
Sasuke dejó su nombre y número de teléfono. Giró al sur hacia la carretera que conducía a su casa sobre la costa, conectó la radio y procuró olvidarse de todo lo que no fuera llegar a su casa lo antes posible. Pisó el acelerador con satisfacción, pero cuando llegó a la cancela y la encontró abierta, sintió un nudo en el estómago.
—Vamos Uchiha, soló estás exagerando, ellos están bien—dijo en un susurró. Más al instante se tensó.
Apretó el volante hasta que los nudillos se le quedaron blancos y cruzó la entrada a toda velocidad. Le pareció que tardaba siglos en llegar a la última curva. La casa, un edificio elegante de tres pisos se levantaba ante él.
Vio la ambulancia y el coche de los bomberos y tragó saliva. Miró en dirección a las puertas dobles que llevaban al interior de la casa: estaban abiertas de par en par. Detuvo el coche, abrió la puerta y saltó al suelo. Corrió por el césped, subió los escalones de ladrillo y se detuvo en el suelo de mármol del vestíbulo. Después del sol del exterior, la casa parecía fría y sombría.
Y silenciosa. Demasiado silenciosa.
—¡Daisuke! ¡Sanosuke! ¡Sarada!—exclamó pasando su mirada por todo el lugar. —¿Hay alguien?—cuestionó en el mismo tono de voz.
Silencio. Por un momento, no percibió otro sonido que el de su propia respiración. Luego detectó un ruido lejano y un murmullo de voces que procedían de arriba. Subió la escalera amplia y curva que conducía al ala de los niños.
Al acercarse al enorme cuarto de baño de sus hijos, vio varios hombres uniformados en su interior y se detuvo un momento. Respiró hondo y se dijo que no debía dejarse llevar por el pánico. Cuando entró en el baño, parecía estar en control de la situación.
—Soy Uchiha Sasuke—hablo el azabache. —¿Quién está al mando aquí? ¿Qué es lo que pasa?—cuestionó con seriedad.
La habitación se quedó un momento en silencio. Los tres bomberos colocados cerca de la pared izquierda dejaron de hablar y los enfermeros del otro lado se volvieron a mirarlo. Tres voces infantiles rompieron el silencio.
—¡Papá! —gritó Sarada, de cuatro años. Salió corriendo de detrás de la media pared que separaba la bañera del resto de la estancia y se lanzó a sus brazos.
—¡Papá!—gritó extasiado Sanosuke, de seis años, siguiendo a su hermana.
—¿Papá?—Daisuke asomó la cabeza por detrás de la pared y lo miró horrorizado.—¿Qué haces aquí?—cuestionó con un hilo de voz.
Al igual que Sasuke, los tres niños tenían ojos onix y cabello azabache. Sarada, delgada y angulosa, había heredado la sonrisa dulce y la naturaleza sensible de su madre. Sanosuke era rechoncho, de mejillas redondas, nariz llena de pecas y expresión de franqueza.
Daisuke, delgado y fuerte, con ojos onix brillantes y sonrisa seductora, poseía más curiosidad que un equipo de científicos, más energía que una flota de submarinos nucleares y más entusiasmo que un gimnasio de animadoras, una combinación que atraía problemas con la misma facilidad con que las flores atraen a las abejas.
En aquel momento miraba a su padre como si se tratara de un malvado escapado de la cárcel. Sasuke abrazó con brevedad a los dos pequeños y centró la mirada en su hijo mayor. Alzando una ceja en alto.
—Hemos cerrado las negociaciones—dijo el Uchiha mayor con lentitud.—Quería darles una sorpresa—inquirió.
—¡Pero no estoy listo!—exclamó Daisuke.
—¿Listo?—su padre enarcó las cejas. —¿Listo para qué?—preguntó dudoso. Daisuke pareció fascinado de repente por la punta de su zapatilla deportiva.
—Bueno, cosas mías—musitó el niño mayor, con la vista baja. La aprensión de Sasuke aumentó. Volvió la vista hacia su hijo mediano.
—¿Sanosuke? ¿Quieres contarme lo que ocurre aquí?—pidió mirándolo tranquilamente.
El aludido lanzó una mirada rápida a su hermano y luego bajó también la vista. Hubo un silencio tenso hasta que la pequeña Sarada tiró a su padre de la manga, ganándose la atención de este.
—Sakura se ha atascado—dijo claramente la pequeña. La mirada de Sasuke se suavizó al contemplar a su hija pequeña.
—¿Quién?—preguntó el Uchiha.
—Sakura, pero ha sido en un rescate, papá—siguió la niña. Daisuke suspiró.
—Una misión de rescate, Sarada—comentó el mayor de los niños.
—Sí—intervino Sanosuke.—Además, ha sido culpa tuya—señalo a la pequeña. A Sarada le tembló el labio inferior.
—No es cierto—murmuró la azabache.
—Sí lo es—repitió Sanosuke. —Si hubieras cogido a Aoda como debías, nada de esto habría ocurrido—indicó suspirando.
—¿Quién es Aoda?—preguntó Sasuke. Los ojos de Sarada se llenaron de lágrimas.
—Es mi serpiente de Carverna Ryuchi—hablo Sanosuke. —Me lo envió el tío Itachi—le informó con una sonrisa. —A Daisuke le mandó un halcón se llama Garuda, está en la parte de atrás y a Sarada, una babosa…—fue interrumpido.
—Katzuyu—dijo la niña.
—Si, si, Katzuyu—suspiro el de en medio. —Y Aoda es mía, es mi mejor amigo—inquirió
Sasuke apretó los dientes y se dijo que tenía que llamar a su hermano menor y pedirle una vez más que dejara de enviar mascotas a los niños. Pero antes tenía que llegar al fondo de la situación.
—¿Y qué tiene que ver Aoda con esto?—preguntó el Uchiha.
—Disculpen, amigos—dijo una voz.—¿Les importaría dejar las discusiones para más tarde y sacarme de aquí?—escucharon. Sasuke giró a su alrededor, diciéndose que no era posible que la voz procediera del suelo.
—¿Qué diablos…?—murmuró.
Se detuvo sorprendido al ver que uno de los bomberos se hacía a un lado, lo que le permitió ver que los otros dos parecían dedicados a levantar la cesta de la ropa construida en la pared.
—¿Hay alguien ahí dentro?—preguntó el azabache incrédulo.
—No se preocupe, señor—el bombero más alto le tendió una mano.—Soy el lugarteniente Aburame, del departamento de Bomberos de Konoha—informó con tranquilidad.—La señorita, la cuidadora de sus hijos, dice que está bien—indicó. —Por lo que hemos podido ver, sólo ha caído alrededor de un metro y medio, hasta que la curva del tubo ha detenido su cuerpo—soltó.
—Comprendo—dijo Sasuke, con los ojos fijos en el agujero de la pared.
A decir verdad, no comprendía nada. Por mucho que lo intentara, no podía imaginarse a la alta y estirada señora Mitarashi haciendo algo tan poco digno, y también le resultaba difícil creer que hubiera podido caber en un espacio tan estrecho.
—No se preocupe—repitió el lugarteniente, haciendo una seña a sus hombres para que siguieran con el trabajo.—La sacaremos enseguida—informó.
Sasuke observó incrédulo cómo lanzaban los bomberos una soga con un lazo en el extremo por el agujero de su pared. Un momento después, la voz de la señora Mitarashi se escuchó.
—¡Bingo!—exclamó la mujer. —Buen lanzamiento, chicos—la alegría resaltaba en su tono.
Los bomberos sonrieron y comenzaron a tirar de la soga. Momentos después aparecieron unos pies pequeños calzados con zapatillas deportivas. Mientras uno de los hombres se echaba hacia atrás para mantener la soga tensa, el otro se inclinó hacia adelante, cogió los pies por los tobillos y tiró de ellos.
Una mujer salió de las profundidades de la pared. Ataviada con pantalones cortos color crema y una camiseta suelta y de espaldas al cuarto, parecía pequeña y delgada, de cabello ¿Rosado? brillante y un trasero firme.
Sasuke Uchiha no la había visto en su vida.
La sorpresa lo dejó sin habla. Antes de que pudiera recuperarla, la estancia se llenó de actividad. Los enfermeros se acercaron corriendo a la desconocida y comenzaron a examinarla. Luego los tres niños la rodearon también y todo el mundo empezó a hablar al mismo tiempo.
—¿Se encuentra bien, señorita?—preguntó el lugarteniente Aburame.
—Estoy bien—musitó ella.—Les agradezco mucho que me hayan sacadosonrió. El cuerpo del Uchiha crispo al verla sonreír, trago suavemente, negando un par de veces.
—Esos arañazos en sus piernas tienen mal aspecto, señorita—dictaminó uno de los enfermeros.—Quédese quieta un momento y los curaremos—indicó.
—Estoy bien, de verdad—insistió ella.
—Es muy dura—dijo Daisuke con orgullo.
—¿Estaba oscuro?—preguntó Sanosuke.
—¿Tenías miedo?—inquirió Sarada.
—Sí, estaba oscuro—suspiró la joven. —Y no, no tenía miedo, recuerda que Aoda me hacía compañía—inquirió sonriendo.
—Pásame un desinfectante, Matsuri—pidió el enfermero. —Lo siento, señorita, pero esto le va a escocer un poco—comentó.
—Bueno, señor Uchiha—Aburame se acercó a Sasuke con una pequeña libreta de notas en la mano. —Parece que todo ha terminado bien, le enviaré una copia de mi informe, pero puedo adelantarle que voy a recomendar que cierre usted ese tubo—señalo con la cabeza. —Además del peligro evidente que supone para sus hijos, esa cosa sería terrible en caso de incendio—arrancó un trozo de papel de su libreta y se lo tendió a Sasuke. Era una citación por violar el código de leyes de incendios del condado.
—Espere un momento—protestó el dueño de la casa.
La radio que llevaba Aburame en el cinturón comenzó a hacer ruidos y el lugarteniente levantó una mano para pedir silencio. Escuchó atentamente la llamada en la que daban la dirección de una casa que estaba ardiendo y luego habló algo por la radio.
—Caballeros—dijo después.—Está a sólo unos kilómetros de aquí, vamos allá—inquirió.
Los enfermeros terminaron rápidamente su trabajo mientras los bomberos guardaban su equipo y luego salieron los cinco por la puerta. Menos de quince segundos después, un par de sirenas anunciaron su partida.
Sasuke intentó controlar su confusión, pero el hecho de ver a la desconocida de frente por primera vez no se lo puso fácil. La joven tenía el pelo rosa, atado en una coleta, ojos jade e inteligentes bordeados por unas pestañas larguísimas, nariz recta y boca sensual.
Aunque no era exactamente bonita, la energía y el buen humor que impregnaban su rostro lo hacían muy seductor. Poseía además una piel inmaculada. El Uchiha sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal seguido de un calor intenso en el interior de su vientre.
¿Sería su piel así de suave y cremosa en todas partes? ¿La curva de su boca se acoplaría bien a los labios de el? ¿Y sus ojos? ¿Se harían más grandes y oscuros si le pasaba los pulgares por…?
—¿Eh, papá?—llamó Daisuke sonriendo. —¿No vas a decir nada?—inquirió. La voz animosa del mayor de sus hijos cayó sobre él como un cubo de agua fría.
¿Qué diablos le ocurría? ¿Qué se creía que hacía imaginando aquellas cosas sobre una mujer a la que ni siquiera conocía? ¡Y delante de sus hijos! Todo el miedo y la frustración de aquel día parecieron estallar de repente. Sintió una rabia súbita, contra sí mismo, contra la situación y contra la mujer que le hacía perder el control.
—No sé quién es usted—hablo el Uchiha con brusquedad. —Soy Uchiha Sasuke, esta es mi casa y éstos—señaló a los niños que la rodeaban.—Son mis hijos y tiene usted diez segundos para decirme quién es, cómo ha llegado a mi casa y qué diablos hacía en mi tubo de la ropa—indicó frunciendo el ceño. La mujer se apartó un mechón de cabello de la mejilla sin dejar de mirarlo a los ojos. Sonrió.
—¿Y si no lo hago?—preguntó mirándolo burlonamente. El azabache no podía creer la desfachatez de aquella joven. La miró con furia.
—Si no lo hace, llamaré a la policía—gruñó.
