La serie South Park y Los Mitos de Cthulhu no me pertenecen. Al decir esto no violo ninguna ley de derechos de autor. Este fic está escrito sin fines de lucro.
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A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos.
H.P. Lovecraft. Extracto de La llamada de Cthulhu.
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MARVEL'S MYSTERION
I:
KENNY'S SWEET SIXTEEN
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Despertó de un golpe, golpeándose la cabeza con el techo del auto. La alarma del Thunderbird comenzó a sonar. Se llevó una mano a la coronilla. Tenía el cabello todavía más revuelto que de costumbre. ¡Carajo, parecía que acababa de despertar a medio Pueblo! Algunos vecinos comenzaban a encender la luz y abrir las ventanas. Jaló la palanca para elevar el asiento, encendió el motor, tomó el volante y dio media vuelta sin esperar a que dicho motor se calentara. Dicho auto era muy vistoso, y un menor de edad manejando llamaba aun más la atención. Pisó el acelerador.
Le tomó veinte minutos (y esquivar cuatro vacas) antes de salir de ese pequeño pueblo de Colorado. No redujo la velocidad, sino que al llegar a la carretera la mantuvo, porque ya en el camino era más complicado ir despacio por la velocidad media de los demás conductores y la hora que era. Seguía estando nervioso.
No sintió alivio al llegar al siguiente pueblo. No le gustaba estar en Colorado. Evitaba las Rocky Mountains, de hecho. Pero allí iba a terminar la copa de la serie Monster Energy de NASCAR y ahora que por fin podía entrar al estadio no se lo iba a perder.
Una luz roja en el tablero se enciende. ¡Es cierto, desde hace tres días no iba por gasolina!
—Mierda…
Después de tomar el desvío por la carretera y conducir lo que el tanque vacío le permitió en aquel pueblo de mierda llamado, literalmente, pueblo (Pueblo, Colorado, orgulloso hogar de las ligas menores) finalmente encontró una gasolinera. Cielos, recordaba que South Park era más avanzado que esto.
Encontró por fin una gasolinera. Saliendo de sus recuerdos, bajó y cerró la puerta, empujándola con una mano mientras con la otra buscaba un billete de cincuenta dólares para cargar gasolina. Entró a la tienda, y salió a los tres minutos. Abrió la tapa y conectó el coche con la manguera. Con el aumento de la gasolina, iba a tener que hacer milagros para poder llegar directamente a Denver. Seguía sin poder creer que su ex profesor fuera ahora el presidente. Y eso lo hacía volver a pensar en South Park. A veces se preguntaba cómo sería ahora, pero no regresaba, porque lo que no quería averiguar jamás era si al hacerlo regresaba su maldición.
Se recargó con ambos brazos cruzados sobre el techo, mientras se llenaba el tanque.
Su nombre es Kenny McCormick. Mide 1.65, alto para su edad, y tiene su cabello rubio ligeramente revuelto. Sus ojos son azules. Entró a la tienda una adolescente un poco mayor que él, y al verle mientras entraba le sonrió. Kenny no tenía problemas para llamar la atención. Y el día siguiente iba a cumplir dieciséis años.
Verán, cuando pasas cada semana (y a veces, cada día) muriendo, y siempre de forma dolorosa, como un imán de la mala suerte, pasas de la paranoia a la frustración. Cuando despertó desnudo en un callejón desierto en Harlem, Nueva York, robó lo primero que le quedó de un tendero donde se secaba la ropa de una familia local y quiso buscar un teléfono para hablar con sus amigos. Camino a la cabina, un auto volcó y voló en el aire, y casi lo golpeó… cuando el auto milagrosamente se detuvo.
Al llegar a la cabina, aun temblando, recordó que no tenía dinero. Sin conocer a nadie ni tener como comunicarse, pensó en entrar a un bar ubicado en la cuadra siguiente y pedir prestado un teléfono. Aun no era la hora de apertura, pero adentro estaba el personal y la puerta no tenía llave. Entró, y tuvo que agacharse antes de que una silla se estrellara en su cabeza: el dueño había descubierto al músico tratando de abrir la caja registradora y lo estaba corriendo a golpes y lanzándole lo que tuviera a la mano.
Kenny ya estaba asustado por haber visto cerca otra muerte, dos veces en ese día. Y la última muerte había dolido. Pidió al dueño el teléfono prestado, pero este había volado también a la puerta. Por lo sucedido le invitó una hamburguesa, y Kenny lo escuchó quejarse de que ahora no tenía un cantante y era noche latina y no podía cancelar por todos los que habían confirmado su asistencia en Facebook, Kenny, quien había cantado ópera en Europa, se ofreció y lo contrataron en el sitio...
De pronto todo se había ido: peleas, casa, escuela… sin conflictos, sin problemas, sin ataduras. Era libre.
Y así, fue posponiendo la llamada. Y luego, cuando pasó una semana sin haber muerto, no quiso tentar a la suerte. Si moría estando lejos de South Park: murió en Sudamérica, Europa, Japón, Afganistán… pero a la semana dos, se preguntó si el problema era South Park. A la semana tres, cuando reunió valor y llamó a Servicios Sociales fingiendo ser otra persona, preguntando por Karen McCormick. Le dijeron que estaba en una casa hogar, pero no le dijeron cual era. Al insistir, le preguntaron si tenía algún parentesco, y tuvo que colgar. No recordaba qué pueblo era… Greendale… Greenwich… buscó en la biblioteca pública, pero al menos cuatro pueblos de Colorado empezaban con "Green".
Al segundo mes tuvo dinero suficiente para rentar un cuarto, pero cuando intentaba hacerlo todos los caseros le pedían papeles y le preguntaban por sus padres. A su jefe le decía que vivía con ellos, pero trabajaban de noche y por eso no pasaban a recogerlo. Aunque no quería probar su suerte regresando a South Park, quería buscar a su hermana: pero Karen estaba en un hogar, y él dormía debajo de un puente o en una banca de Central Park.
Llegó al cuarto mes, y sin tener un hogar todavía y tras tanto tiempo trascurrido, creyó que ya era demasiado tarde para llamar a Kyle o Stan y para buscar a Karen. Y no estaba sola, sabía que Kevin estaba en la misma casa hogar por lo que pudo sacarle al trabajador social.
Irónicamente, entre mayor la crisis, más la gente quiere evadirse y el bar estaba lleno casi todas las noches. A Kenny le pagaban con propina y comida, al no tener un contrato por ser menor de edad (y no quiso presionar al dueño, por miedo a que le pidiera un permiso firmado de sus padres). Encontró una casa abandonada por un desahucio y en plena crisis nadie quería comprar una propiedad ruinosa. La limpió, sacó muebles del basurero, y así, pasaron seis años.
A los quince, ya tenía lo que ningún adulto en South Park hubiera creído que hubiera logrado por sí mismo, aunque se lo hubieran jurado: sus propios muebles, un vehículo, trabajo, ahorros…
…Quitó la manguera, cerró la tapa y volvió a entrar al auto. Cuando la gentrificación llegó a su barrio, McDonals compró la casa y tuvo que irse antes de que se dieran cuenta, dejando adentro sus muebles y apenas teniendo tiempo para sacar su ropa, guitarra y dinero. Para mayor mala suerte, el dueño vendió el bar a un Whole Foods y se quedó sin trabajo. Si, vivía ahora en su auto, un Pontiac Firebird de los ochentas rescatado de un depósito. Les sorprendería la cantidad de cosas útiles que la gente tira. ¡En Nueva York conoció gente que sacaba hasta comida de la basura! Y este auto solo necesitaba una pintura, un par de tuercas y aceite en el motor para volver a funcionar bien. Cuando hizo suficiente dinero logró llevarlo a un taller de Denver donde incluso le pintaron un águila y quedo casi igual al que conducía en las alucinaciones que tenía cuando queseaba en cuarto grado. Era una lástima que no hubiera vuelto a alucinar con la chica también.
Casi al amanecer, a punto de llegar a Denver vio un restaurante de carretera y pudo más el hambre que el sueño y su deseo de llegar a la ciudad. Entró, devoró una hamburguesa, regresó al auto, avanzó otros veinte metros antes de estacionarse al lado de la carretera, a la sombra de un árbol, bajando apenas los vidrios para no sofocarse. Gracias a Dios que ya estaban en otoño. Con el estómago lleno y ahora que ya era el día que llevaba semanas esperando, se sentía de mejor humor y pudo dormir durante horas, sabiendo lo que le esperaba al despertar. Iba a cumplir dieciséis años el mismo día que terminaba la copa de NASCAR, y quería celebrar su cumpleaños en grande. Había pasado semanas esperando ese día y días contando las horas (de hecho, tenía en su celular una cuenta regresiva que marcaba 13:08:03 en la pantalla de bloqueo).
Era su día, y si todo salía bien, no solo se lo iba a pasar en grande sino que pronto volvería a ver a Karen.
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El cielo era violeta. No como el anochecer. Era un violeta sin matices. No había nubes. No había pájaros. Solo viento. Un viento extraño, que lo empujaba contra la pared rocosa. Cerró los ojos y apretó los dientes. Pequeñas rocas lo golpeaban desde abajo, antes de "caer" a velocidad hasta arriba.
La gravedad lo jalaba, pero no hacia abajo, sino hacia arriba. Podía sentir como el viento y la fuerza invisible de atracción luchaba por tirarlo hacia el cielo. Y luchaba con las uñas por mantenerse en la montaña. El viento era tan fuerte, que no podía escuchar con claridad.
Alguien gritaba a su lado. Había escuchado esa voz mucho, antes. Con mucho esfuerzo abrió los ojos. El cielo ahora era rojizo. Con los ojos llorando por el fuerte aire, vio ahora un cielo rojizo. A su derecha, el sol se perdía tras la luna. Volvió a cerrar los ojos, viendo luces fuertes a su alrededor por haber visto directamente al eclipse. Una música estridente le hería los oídos aun más que el aire, y aun así escuchó un grito.
— ¡Huye! — un hombre gritaba, en medio del terror. — ¡Son los otros dioses, los otros dioses!
Despertó otra vez asustado. Miró a todos lados, otra vez también más confundido por no recordar donde estaba.
Bajó las ventanas, desesperado por aire fresco, difícil cuando le temblaban las manos…
05:12:47
Buscó su celular en la guantera y vio la hora: ¡mierda, aún faltaban cinco horas! Encendió la radio, esperó esta vez a que se calentara el motor y volvió a retomar la carretera, encontrando menos de cinco minutos después el letrero dándole la bienvenida a Denver. Pronto, ya estaba en Five Points. Estar dentro de la ciudad y ver ya a todos los peatones que salían de sus trabajos y todos los autos llenos de familias que regresaban a sus casas lo hicieron sentirse de nuevo a salvo. Y de nuevo, ¡era su cumpleaños!
Quería llegar al estadio, así fuera por ver solo la salida. Pero de verdad no quería arriesgarse a perder tiempo y además, si se ponía a tocar la guitarra fuera era más probable que llegara un uniformado a pedirle un permiso y luego echarlo. Llegó en su lugar a LoDo, "Lower Downtown". Ahora todos los nombres se reducían a una sola palabra. Estacionó y sacó del maletero su guitarra, se la colgó del hombro, cerró la cajuela y cruzó la calle para internarse en la plaza pública y buscar una banca libre. Los días que no tocaba en el bar hizo de todo: limpiar otras casas, pintar bardas, rescatar gatos… eso hasta que aprendió a tocar una guitarra. Era frustrante al principio, pero luego recibió su recompensa cuando ganó más que cuando cantaba de niño en las paradas de los autobuses. Tras perder el trabajo y la casa, decidió viajar por Estados Unidos hasta encontrar otra ciudad donde pudiera quedarse.
Y quería encontrar a Karen.
Usando Google Maps recorrió el país en su camino a Colorado, pero no se atrevía a buscar una lista de ciudades aun y ver cual empezaba en "Green" de nuevo. No quería acercarse a South Park. No solo por la maldición: le dolía pensar en ese pueblo. Más cuando reencontró a alguien en Nueva York, poco antes de acabar otra vez en la calle, y le rompió el corazón. Pero creía que, si estaba en Denver y todo salía bien, entonces podía moverse por Colorado, y entonces iba a encontrarla. En solo dos años podría dejar de esconderse. Pero se sentía nervioso: habían pasado siete años. Las mismas preguntas que hacían que no se decidiera a buscarla lo perseguía. ¿Y si lo odiaba? ¿Y si lo había olvidado?
Trató de no pensar en eso. Si lo hacía, iba a dudar. Solo iba a quedarse, probar que podía permanecer en el estado sin que regresara la maldición, y todo iba a estar bien. ¿Y si donde estaba no era lo que importaba, y solo se detuvo? Nunca supo ni tuvo pista de cómo funcionaba realmente.
Dejó la funda abierta frente a él, antes de sentarse. Afinó la guitarra, antes de empezar. Alisó su chamarra azul, y comenzó con los primeros acordes. Extrañaba su sudadera naranja. Trató de concentrarse. Al principio la gente pasaba de largo, pero minutos después comenzaban a desacelerar el paso, luego a detenerse, y a la tercera canción ya había peatones rodeándolo y aplaudiéndole o grabándolo con el celular. Mientras tocaba evitaba mirar a la funda, pero escuchaba las monedas caer y apenas podía concentrarse para no mirar y para no pensar en la carrera que iba a ver.
Continúa con los ojos cerrados y se fuerza a concentrarse más en la música. Y funciona muy bien, porque le hace sentir más vivo, y es una enorme satisfacción cuando puedes vivir de ti mismo y haciendo algo que disfrutas.
02:24:31
Tres horas después por fin pudo dejar la guitarra y comenzar a contar el dinero. Por fin. Le encantaba tocar, pero estaba impaciente por saber cuánto había ganado. Después de diez minutos descubrió que había ganado cuarenta y seis dólares, nada mal, aunque en Nueva York le había ido mejor. Siempre ganaba más en Nueva York, por eso no se decidía a quedarse en una ciudad antes de decidir por fin buscar a Karen. Se levantó. Menos mal que cerca había una tienda Kum & Go abierta, apenas tenía que cruzar la calle. Dentro una empleada reparaba un inmenso agujero en el techo mientras intentaba no caerse de las escaleras.
— ¿Ladrones?
Baja la vista, visiblemente agobiada, pero el rubio con una sonrisa y un movimiento de cabeza logró que al verlo se le suavizara la cara. Kenny se sorprendió: se veía de su edad, tenía el cabello castaño apagado, con un ligero problema de acné, y por sus mejillas infladas y su complexión se veía que no hace mucho había tenido sobrepeso. La mirada de ella se desvió al estuche de la guitarra que cargaba en el hombro y Kenny tocó la lona para agradecerle en silencio a su guitarra: una de las cosas que más le gusta de ella es que siempre llama la atención.
—Intentaron entrar ayer a la tienda, pero no contaban con la alarma.
— Bastante tontos, ¿verdad?
Ella asintió levemente más animada, como si por fin hubiera escuchado algo gracioso tras mucha monotonía. Con todo y su acné y leve sobrepeso, no era fea, y si se soltara el cabello y se maquillara un poco se vería hermosa. No sabía de donde exactamente, pero le parecía familiar... Ella volvió a sonreír antes de contestar.
—Si, en verdad lo eran.
Mientras ella volvía a concentrarse en el trabajo Kenny se apartó y comenzó a buscar entre los pasillos todo lo que necesitaba para pasar la tarde mientras llegaba la gran hora: café, papas fritas, un emparedado, un muffin de chocolate, cerveza y la nueva revista playboy. La chica de la escalera lo estaba mirando… ¿debería comprar condones? Sería lo que faltaba para un cumpleaños perfecto.
En la tienda también había un señor ya mayor recorriendo el pasillo dos con un bastón, y en el refrigerador de los lácteos una señora más joven con dos niños pequeños. Kenny llegó a la caja casi al mismo tiempo que la madre de familia pagaba sus víveres. Mientras esperaba, Kenny pensó si era mejor guardar lo que iba a comprar para cuando saliera de la carrera y buscar comida rápida. Después ocuparía su tiempo en cenar mientras iniciaba la carrera. Pensó en un Subway, pero no le llamaba aún la atención. Decidió buscar un KFC en el centro comercial, con suerte también habrá una banda de música peruana que pueda escuchar. Los chicos lo detestaban, pero a él le encanta. Cuando llegó su turno, vio que las bolsas de la mujer eran demasiado pesadas y Kenny notó que no sabía cómo tomarlas mientras sostenía en brazos a un niño y el otro la sujetaba de la camisa. Le pidió al cajero que marcara sus cosas mientras se ofrecía a ayudar a la mujer.
— Eres muy amable — sacó su monedero — es poco, pero espero que te sirva.
Una moneda de dólar. En la situación que estaba, cada centavo era bueno. Lo tomó, se despidió de la señora agitando la mano mientras esta arrancaba el auto, y regresó a la caja. Vio que sus cosas estaban aún en la banda transportadora, mientras las cosas del abuelo estaban ya en cajas.
— ¿Qué demonios?
— Tú te fuiste, tonto. — el cajero terminó de marcar las cajas de cereales y la leche. — Son ocho dólares con cinco centavos.
El anciano sacó sus monedas del bolsillo de su chaleco. Kenny vio con horror: eso era una montaña de monedas.
— Cuarenta centavos…. Cuarenta y cinco… un dólar… un dólar con veinte…
02:10:34
— Cuatro dólares con veinte centavos… cuatro con cuarenta… cincuenta…
Primero iría por su boleto, ya bastante desventaja tenía con las ventas en línea, si no llegaba un par de horas antes del inicio de la carrera se acabarían todos los boletos y los revendedores eran buitres. Kenny comenzó a removerse impaciente, parándose en un pie y luego sobre otro.
02:03:12
— Ocho dólares… y cinco centavos.
Por fin el señor pudo pagar. Kenny suspiró de alivio y soltó las cosas frente a la caja registradora, mientras el tipo del otro lado se encargaba de registrar los precios y códigos de barras.
—Son treinta y seis con cincuenta centavos.
La voz del encargado lo devolvió a la realidad y sacó el dinero para pagarle y llevarse sus cosas, que ya estaban en una gran bolsa de papel, pero apenas la agarró mientras esperaba su cambio, el encargado lo detuvo.
—Identificación, por favor.
Dejó el dinero en el mostrador y comenzó a buscar en los bolsillos por su identificación falsa (que milagros había hecho por él en su viaje) pero no aparece. ¡Mierda, se quedó en el coche! Miró al señor, para pedirle un minuto, cuando un ruido muy brusco los hizo voltear y ver a un tipo encapuchado que entró alzando una pistola.
— ¡Arriba las manos! — la empleada soltó un grito y el cajero se quedó congelado. — ¡Tú, boca de pez! — alargó la mano a las bolsas de papel y le arrojó un manojo de estas — Mete todo lo que tengas en la caja registradora, ¡Rápido!
— Jovencito, deberías guardar la pistola antes de…
El asaltante pateó el bastón del anciano y este cayó de bruces. Podía haberlo desesperado, pero ese hombre era un abuelo entrañable y ahora estaba quejándose en el suelo. Kenny se acercó a levantarlo, mientras escuchaba los gritos del asaltante de fondo. Lo tomó del brazo y sosteniéndolo de la espalda lo ayudó a ponerse de pie.
— Quédese aquí. — Le susurró.
— ¡No me des la espalda, mocoso!
Se lo había buscado. Ese tipo se lo había buscado. Lentamente Kenny se giró y descolgó su guitarra de su hombro para dejarla en el suelo.
— ¡Retrocede! — Gritó al abuelo. El asaltante se veía algo grande, pero estaba demasiado confiado cuando miró a Kenny. — ¡Y tú deja de reírte, jodido mocoso, si no quieres que te llene de plomo!
Terminó de poner con cuidado la guitarra recargada en el mostrador y dió un par de pasos hacia donde el ladrón lo quería… antes de voltear, atrapar su brazo por la muñeca y el codo y voltearlo tan rápidamente que el ladrón no alcanzó a disparar. Este intentó zafarse, pero lo tenía sometido. Kenny solo tuvo que presionar el brazo del ladrón más hacia a espalda para que finalmente soltara el arma. El encargado, un hombre de treinta años y más fuerte que Kenny, había saltado a cubrirse detrás del mostrador y se había echado al suelo mientras su empleada desde el mismo escondite marcaba al 911.
—Su… suelta… gnh… suéltame…
Kenny lo hizo… justo antes de golpearlo en la cabeza con la rodilla y dejarlo noqueado.
De pronto escuchó sirenas. ¡La policía! Si lo encontraban querrían llevarlo a declarar y se darían cuenta de que llevaba años eludiendo la custodia del estado. Miró desesperado a todos lados, antes de ver la escalera que continuaba en su sitio, por fortuna la chica la había dejado mientras corría también a esconderse. Se colgó la guitarra y tomó la bolsa del mostrador, y rápidamente subió las escaleras para meterse por el agujero y salir de la tienda escabulléndose por la azotea. Casi fue un milagro, porque por poco se atoró con el mástil de la guitarra.
Vio desde abajo la patrulla llegar. ¡Mierda, su auto estaba estacionado allí! ¡Y las cámaras debieron grabar su fuga!
Temió lo peor: que la chica y el encargado dijeran por donde se había escapado y lo buscaran, o peor aún, que le confiscaran el auto. Uno de los policías se acercó a la ventanilla e iluminó el interior con su lámpara de bolsillo, y Kenny casi siente que le da un infarto. Se quedó por una hora que se le hizo eterna, esperando a que o llegara una grúa o la cabeza de un policía asomara por el hueco del techo. Vio que salía el abuelo, escoltado por un policía hasta un taxi. La impaciencia de la fila era nada comparada a la angustia que sintió al ver su teléfono y lo mucho que demoraban dentro de la tienda. h
00:55:00
Estuvo en suspenso otros quince minutos, escondido, pero a la vez asomando apenas la cabeza para mirar, hasta que por un afortunado milagro se fueron. Sintió su celular vibrar, y casi saltó del susto. No recibía nunca llamadas y no tenía redes sociales (de nuevo, tenía una custodia legal que eludir) y recordó la alarma. Desbloqueó el celular para apagarla. Mierda, tenía menos de una hora para llegar a la carrera.
Volvió a asomar la cabeza. Las luces del exterior de la tienda estaban apagadas, pero veía por el hueco que aún había gente adentro. Contuvo el aliento y se inclinó sobre este para mirar: el hombre y la adolescente estaban limpiando, pero no hablaban de cerrar temprano y no tenía tiempo para averiguarlo.
Adiós a sus víveres y sus cincuenta dólares: fue a la parte trasera del negocio, colgó los pies y luego se sujetó con las manos de la cornisa para caer lo más silenciosamente posible al contenedor cerrado de basura, brincar al suelo y correr hasta llegar a su auto. Vio que la chica lo señaló e hizo amago de salir, pero no le dio tiempo y enfiló a la calle, sin detenerse hasta llegar al primer estacionamiento subterráneo que encontró.
Apagó el motor y las luces, y se giró a la ventana trasera. No lo había seguido nadie. Se había ido con tanta prisa, que ni siquiera se había descolgado la guitarra. Estaba en una posición tan apretada al volante, que era un milagro que no se hubiera estrellado.
Aún estaba temblando. No sabía si llamaron en la tienda a la policía otra vez. Sacó el celular y abrió Maps. Mierda, estaba a novecientos metros del estadio, y no podía arriesgarse a que vieran su auto.
Empujó la guitarra al asiento trasero y se quitó la chamarra y se puso una sudadera negra, se cubrió con la capucha y todavía se puso su gorra de NASCAR. Bajó del auto, mirando a todos lados, para cerciorarse de que estaba solo. Sacó su billetera. Aun tenía oculto bajo la funda del asiendo trasero dos mil dólares que le quedaban de sus ahorros y que guardaba para cuando encontrara a Karen y cuatrocientos que guardaba en una cajetilla vacía de cigarros. Ese era el fondo que tenía para su viaje y debían cubrir su boleto y durarle varios días. El sentido común le gritaba que, si un día ganaba cien dólares al siguiente veinte, y que tenía que cargar gasolina todos los días varias veces al día y había subido demasiado de precio. Pero el niño interior había perdido sus compras y lo que tenía para cenar, y era su cumpleaños. Sacó su celular, para ver cuánto tiempo tenía.
00:49:29
Luego se las arreglaría: sacó los cuatrocientos dólares. Tomó su mochila del suelo y arrojó adentro sus binoculares, una lata de cerveza y papas fritas que le quedaron de su parada antes de entrar a Denver. Apenas atinaba a cerrarla por los nervios, pero se la colgó en el hombro y comenzó a correr.
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00:08:11
Pasó cuarenta minutos con celular en mano, gastando sus datos en encontrar el estadio. De niño había estado en Denver, pero se movía en autobús (y todos estaban demasiado llenos y no sabía que ruta tomar) por lo que, aunque vio el estadio a lo lejos tardó una hora en saber cómo llegar, con los pies adoloridos y casi asfixiándose. La gente caminando al estadio le hizo saber que estaba cerca. Siguió caminando, abriéndose paso, hasta que por fin lo pudo ver. ¡La taquilla!
La caja estaba un abierta. Sintiendo que le ardían los pulmones corrió, corrió…
…A dos metros un hombre enfundado en una gabardina morada abandonó la caja y el cajero colgó el letrero de "Sold Out".
00:07:20
Iba tan rápido que se estrelló contra el vidrio. Se cubrió la nariz con ambas manos, pateando el suelo y maldiciendo su suerte, con todos alrededor entendiendo lo que decía pese a que la capucha amortiguaba las groserías. ¡Mierda, mierda, mierda!
No le quedaba opción, tenía que buscar un revendedor. ¡Y solo tenía quince minutos! Comenzó a preguntar a todo el que veía, pero entre una add satanizando a los que compraban boletos a revendedores, y los agentes de seguridad revisando a todos los que entraban, se le hacía difícil. Sintió que alguien le picaba el hombro, y al girarse se encontró con el hombre de la gabardina.
— Si buscas boletos, yo te puedo ayudar…
Hijo de puta…
Controlándose, porque lo que le importaba era estar adentro, apretó los puños y se tragó el coraje, para preguntar por el precio del boleto.
— Seiscientos dólares.
— ¡¿Qué?!
— En las gradas, asiento 257.
— ¡Pero un asiento en la torre cuesta solo doscientos dólares!
— Lástima, entonces ve por tu boleto cuando abran la caja. ¡Ah, espera! La caja cerró… — abrió su gabardina y se arranchó un par de parches de la camisa y tras el sonido del velcro comenzó a sobar sus pezones.
¡Mierda, era un ex trabajador de la compañía de Cable!
Antes de cometer homicidio, Kenny se dio media vuelta y se fue. Tenía que encontrar a alguien, pero con toda la multitud entrando ya no podía ni siquiera saber a quién tenía enfrente. Intentó avanzar en la fila, pero iba tan desorientado por la multitud que esta lo empujaba poco a poco y para cuando se dio cuenta ya estaba hasta la orilla, siendo tumbado por los empujones de los que intentaban pasar.
00:00:00
La alarma lo hizo rendirse. Miró el celular, y apenas pudo ver la pantalla porque tenía la mirada nublada. Pestañeó, pero fue inútil. Mientras todos comenzaban a entrar se sentó en el suelo, y comenzó a llorar.
¡No era justo!
Estuvo un buen rato sentado, apoyando la cabeza en ambas manos. En el suelo había una lata abollada de cerveza. Comenzó a patearla y caminar, cabizbajo, sin fijarse a donde iba, con las manos en los bolsillos. Tenía los ojos rojos y la nariz roja e hinchada. No vio a donde se había adentrado. Solo seguía caminando, decepcionado.
Tuvo que abrazarse a mí mismo para no sentir un agujero en el pecho. Sin trabajo, casa, y ahora con la desilusión, todo lo que venía guardando estaba subiendo y tenía las emociones a flor de piel. Algo verdaderamente jodido en su estilo de vida es que se sentía solo: no tenía amigos, pareja, ni siquiera había visto a sus padres. Y la culpa por no buscar antes a Karen le dolía aún más que ese jodido idiota que lo había dejado en Nueva York. Y desde entonces, casi todos los días pensaba en sus amigos de infancia: Stan Marsh y Kyle Broflovsky, los niños de kínder que se atrevieron a hablarle al niño pobre y con los que vivió toda clase de aventuras extrañas hasta que llegaron a cuarto.
Los extrañaba. Carajo, a veces hasta extrañaba a culo-gordo.
Escuchó como un presentador anunciaba el próximo inicio. Se giró, aun más dolido, sin querer oír más…
…Espera… ¿Cómo podía escuchar tan cerca…?
Se giró, y vio por fin que estaba al lado de un contenedor. Sobre su cabeza, tres enormes contenedores apilados horizontalmente al lado de una enorme grúa habían contenido todo el equipo de sonido e iluminación.
Miró a los lados. No había personal, todos debían estar ocupados dentro del estadio. Siguiendo un impulso, trepó por estos, hasta llegar al techo del tercero. Allí, vio que si saltaba a la pared del estadio podía alcanzar una tubería por la cual podía trepar también. Al llegar a la cima, descubrió que a su lado estaba una de las torres. Se abrieron anchos sus ojos: a pocos metros estaba una estación de servicio, donde los autos se detenían para ser inspeccionados y arreglados tras cada vuelta. Solo el personal tenía acceso. Para ver allí, solo tenía que asomarse abajo, y en cambio si se quedaba en el borde de esa muralla, donde cabía sentado cómodamente, podía ver a buena distancia la carrera.
¡Oh, gracias, gracias!
Abrió la mochila para sacar los binoculares, cerveza y las papas fritas. Era poco, pero después de todo lo que pasó para llegar allí, en ese momento le supo a un banquete.
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Así estuvo, viendo la carrera, disfrutando como nunca. Ya era la última vuelta. Alcanzó a ver con los binoculares como un par de guardias de seguridad sacaban esposado al revendedor. No sabía cómo había pasado, ni se lo preguntó… pero antes de que pudiera reírse se escuchó la voz de alarma de los comentaristas.
— ¡El auto de Evans se está desviando!
Volteó y vió que el auto con el número cuarenta se estrelló contra la barrera de contención antes de comenzar a girar en círculos sobre sí mismo. Intentó enfocar con los binoculares hasta que alcanzo a ver dentro del vehículo. El conductor estaba contorsionado, azul, llevándose las manos al pecho…
¡Mierda, tenía un ataque!
Brincó del tejado hasta una columna y luego aterrizó en las gradas. Sin perder tiempo bajó brincando por las escaleras del área más vacía de los técnicos hasta llegar abajo. Los vehículos de carreras intentaban esquivar al cuarenta, pero si alguien no lo detenía iba a haber una gran carambola. Cuando llegó abajo saltó de la cerca al auto y se sujetó del asiento, intentando no volar hasta el asfalto. En cuanto logró sujetarse rompió el vidrio con el codo y metió el brazo para alcanzar el freno de mano. El auto de carreras se detuvo, y el impulso lo hizo caer y rodar por el asfalto hasta llegar al pasto.
Los paramédicos llegaron corriendo. Apretaron el botón del cinturón de seguridad y en medio de su ataque este sintió la correa retroceder y aflojarse. El conductor todavía estaba mal, pero al menos ya comenzaba a respirar.
— ¡Resista, la ayuda viene en camino!
Kenny sentía que todo le daba vueltas. Estaba golpeado, raspado, e iba a vomitar. Escuchó pasos, sintió a alguien levantarle la cabeza. Tuvo miedo. No quería morir, no quería volver a morir. Le pareció escuchar su nombre. Casi podía imaginar a Stan y a Kyle, como eran en cuarto grado.
…Sintió que lo levantaban. Estaba acostado. Lo bajaban. Aunque tenía luces girando a su alrededor, se esforzó y abrió los ojos…
Estaban subiéndolo a una ambulancia. Giró la cabeza, y con todo y el atronador silencio pudo ver como dos conductores del mismo equipo que el cuarenta se acercaban corriendo al conductor. Pronto el tipo ya estaba bien y lo llevaron a las gradas donde varios estaban esperándolo. Vio como lo abrazaban sus amigos, y aunque al principio fue satisfactorio de pronto se sintió mal.
¡No pienses en ellos, carajo!
Carajo, también se acerca la prensa. Las puertas de la ambulancia se cerraron, impidiéndoles ver "al héroe de NASCAR". Trató de levantarse, pero el paramédico lo empujó de vuelta a la camilla.
— Cuidado, tenemos que revisarte.
Por fin podía volver a escuchar. Sentía aun náuseas. Una mujer le puso una lámpara en el ojo y se quejó. No pudo verla, por la luz intensa y tener una gran mancha violeta brillante flotando allí donde trataba de enfocar la vista.
— Sus pupilas responden. — ella le dijo al paramédico.
— ¿Vitales?
— 90 sobre 115. Taquicardia, pero con oxigenación óptima.
— Bien hecho, Testaburguer.
Testa… ¿qué?
Levantó la cabeza, tratando de verla. La molesta mancha le impedía enfocar su cara, pero si se veía como una adolescente de su edad. ¿Cómo…?
Un estruendo, y la ambulancia chocó. La camilla rodó hasta el fondo, mientras los otros dos apenas se habían sujetado de la pared.
— ¿Estás bien, Tom?
— Estoy bien… — el otro se quejó, maldiciendo.
No duró nada el silencio.
— ¡La ambulancia está llena de oxígeno! — escuchó la voz de… era imposible, pero… ¿Wendy?
— ¡Vámonos de aquí! — y Kenny recordó que solían haber tanques de oxígeno, y si uno tenía una fuga entonces la ambulancia era una bomba esperando a explotar…
La adolescente con chaleco de voluntaria se apresuró a abrir las puertas mientras el paramédico empujaba la camilla, y… no sabía si era ella… ayudaba a bajarlo desde el suelo. Le desabrocharon las correas, y mientras el paramédico corría a revisar al conductor, la voluntaria ayudaba a Kenny a ponerse de pie sobre el suelo.
— Tienes una contusión. Se te va a pasar, pero no hagas esfuerzo y tómatelo con calma…
Ahora sí, podía ver su cara, despejada por tener el cabello negro sujeto en una coleta. Kenny estuvo a punto de reírse, demasiado feliz de ver por fin a alguien. Era ella, tenía que ser ella. Ya iba a preguntarle por Stan y Kyle sin pensarlo demasiado, pero no tuvo tiempo a decir nada: de pronto algo explotó detrás de ambos y apenas alcanzo a tirarlos a ambos al suelo y cubrir con su espalda a Wendy cuando otra explosión vuelve a iluminar todo. Alzó la cabeza, y descubrió que el KFC de enfrente estaba en llamas, pero no era un accidente. Lo supo cuando varios sujetos armados con metralletas y vestidos como en la película Matrix salieron por la puerta delantera.
Se levantó, y trató ahora él de ayudar a Wendy a ponerse en pie. No tuvo oportunidad: escuchó una detonación y antes de que pueda reaccionar sintió como si algo lo taladrara rápidamente por la espalda y saliera por su pecho. Cayó de rodillas, temblando, mirando el agujero que dejó la bala.
No… otra vez no…
Alguien le disparó.
Pudo sentir la familiar sensación de cómo se le iba el aire, y también como salía la sangre. Antes de caer al piso alcanzó a ver como se acercaban a ellos. Su vista se hizo borrosa.
…duele…
— ¡Vámonos, rápido!
Quería gritar, pero nada salía de sus pulmones. Volvió a sentir la caída al vacío. Y esa horrible sensación de desprenderse.
…Todo comenzó a ponerse negro…
