N/A: TODOS LOS PERSONAJES Y LA HISTORIA ESCRITA EN NEGRITA PERTENECE A RICK RIORDAN.

-Aquí acaba el capítulo –informó Hestia.

Entonces apareció de nuevo la luz, y cuando esta cesó había una pequeña cesta con un niño dentro, este tenía el pelo negro y cara de angelito. Encima de las mantas que tapaban al niño había una nota. Hestia dejó el libro y fue a coger al niño y a leer la nota.

-¿Que pone en la nota? –preguntó Poseidón.

Hestia se aclaró la garganta y empezó a leer:

"Queridos dioses y semidioses, sabemos que echan de menos a su héroe, por eso hemos traído a Percy Jackson cuando tenía la edad de 2 años. Cuídenlo.

Las destinos"

Cuando Hestia terminó de leer yodos tenían una expresión de sorpresa y pena, por parte de los semidioses. Poseidón, seguido de Perseo, Teseo y Orión, se dirigieron a donde estaba Percy durmiendo plácidamente, inconsciente de todo lo que estaba pasando a su alrededor. Mientras Poseidón cogía a bebe Percy y se sentaba con él en brazos en su trono Zeus y Hércules, estaban maquinando un plan para deshacerse de Percy, mientras sea un bebe para que no pueda defenderse. Los demás dioses (excepto ya sabéis quienes) y semidioses miraban enternecidos a Percy que dormía en brazos de su padre mientras sus hermanos y primo le miraban atentamente y se sentaban alrededor del trono de su padre/tío, ya que sabían que Hércules querría aprovechar ahora que era pequeño y no se podía defender para matarle.

-Bueno, ¿quién quiere leer?- preguntó Hestia.

-Yo –dijo Hermes.

Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte.

El dios del mar al oír este título se había puesto blanco como el papel, al igual que sus hijos y su sobrino.

-Es que no vamos a oír un título normal en estos libros –se quejó Poseidón.

-Conociendo a Percy… -dijo Nico.

-No lo creo –terminó Thalía, Nico y esta se miraron extrañados, al igual que todos los griegos de la sala que los conocían.

Estaba acostumbrado a tener experiencias raras de vez en cuando, pero solían terminar pronto. Aquella alucinación 24 horas al día, 7 días a la semana, era más de lo que podía soportar.

-Pobre –dijo Hestia

Durante el resto del curso, el colegio entero pareció dispuesto a jugármela. Los estudiantes se comportaban como si estuvieran convencidos de que la señora Kerr –una rubia alegre que no había visto en mi vida hasta que subió al autobús al final de aquella excursión– era nuestra profesora de introducción al álgebra desde Navidad.

De vez en cuando yo sacaba a colación a la señora Dodds, buscando pillarlos en falso,

-Eso habría podido funcionar de no ser por la niebla –se auto interrumpió Hermes.

pero se quedaban mirándome como si fuera un psicópata. Hasta el punto de que casi acabé creyéndolos: la señora Dodds nunca había existido.

-Casi –dijo Travis- de seguro fue Grover.- El aludido se puso como un tomate-

-Totalmente de acuerdo contigo hermano –contestó Connor-

Los demás rodaron los ojos mientras el padre de los hermanos asentía a lo dicho por sus hijos, mientras fijaba la vista en el libro para seguir leyendo.

Grover no podía engañarme. Cuando le mencionaba el nombre Dodds, vacilaba una fracción de segundo antes de asegurar que no existía.

-Muy mal Grover, no se puede dudar cuando se miente – regañó el dios de los ladrones, mientras los hijos de este asentían a lo dicho por su padre, y Grover se ponía más rojo que un tomate de Deméter.

Pero yo sabía que mentía.

Algo estaba pasando. Algo había ocurrido en el museo.

-Si no lo dice no nos enteramos –dijo Clarisse con sarcasmo a lo que los demás rieron de lo lento que puede llegar a ser Percy en algunas ocasiones.

No tenía demasiado tiempo para pensar en ello durante el día, pero por la noche las terribles visiones de la señora Dodds con garras y alas coriáceas me despertaban entre sudores fríos.

Todos hicieron muecas, ya que todos ellos habían pasado por ello, Y nunca te olvidas de tu primer monstruo.

El clima seguía enloquecido, cosa que no mejoraba mi ánimo. Una noche, una tormenta reventó las ventanas de mi habitación. Unos días más tarde, el mayor tornado que se recuerda en el valle del Hudson a sólo ochenta kilómetros*

(Como no sé qué sistema métrico tenéis en vuestro país voy a poner las equivalencias: 80km= 24267 pies ; 49,7097 millas ; 7489,1 yardas. No estoy totalmente segura del resultado pero es o que me ponía en google)

de la academia Yancy. Uno de los sucesos de actualidad que estudiamos en clase de sociales fue el inusual número de aviones caídos en el Atlántico aquel año.

-Cuantas veces os voy a decir que no tenéis que andar pagando vuestro mal humor con la pobre gente –se puso a regañar Hestia a sus hermanos mientras estos agachaban la cabeza y escuchaban la larga reprimenda que esta les estaba dando, mientras los semidioses veían divertidos la escena. Cuando esta, después de diez largos minutos, terminó la regañina Hermes se dispuso a seguir leyendo.

Empecé a sentirme malhumorado e irritable la mayor parte del tiempo.

-UHUUU! –Se empezaron a oír por toda la sala.

-Eso no es bueno presenciarlo –dijo Nico, pues él lo sabía por propia experiencia.

Mis notas bajaron de insuficiente a muy deficiente.

Atenea y sus hijos se horrorizaron, y lanzaron miradas asesinas al libro.

Me peleé más con Nancy Bobofit y sus amigas,

Mirada aprobatoria (que más de aprobación parecía de psicópata) por parte de Ares y sus hijos, menos Frank, este en cambio miraba a sus parientes diciéndose mentalmente que tendría que conseguir el número de algún psiquiatra que admitiese dioses y semidioses.

y en casi todas las clases acababa castigado en el pasillo.

Miradas de cómplice por parte de los gamberros de la sala.

Al final, cuando el profesor de inglés, él señor Nicoll, me preguntó por millonésima vez cómo podía ser tan perezoso que ni siquiera estudiaba para los exámenes de deletrear, salté. Le llamé "old drunk". No estaba seguro de lo que significaba, pero sonaba bien.

Atenea y los que sabían se pusieron a reir, mientras que los que no entendían lo que significaban tenían una cara de confusión.

-Para los que no sepan lo que significa "old drunk", es viejo ebrio, lo definiría mejor que miréis a Dioniso, él es un "old drunk" –dijo la diosa, a lo que los demás comenzaron a reírse y Dioniso a ponerse rojo de la furia y de la vergüenza por lo que había dicho su hermana.

A la semana siguiente el director envió una carta a mi madre, dándole así rango oficial: el próximo año no sería invitado a volver a matricularme en la academia Yancy.

"Mejor –me dije–. Mejor"

Quería estar con mi madre en nuestro pequeño apartamento del Upper East Side, aunque tuviera que ir al colegio público y soportar a mi detestable padrastro y sus estúpidas partidas de póquer.

-¿Desde cuándo Paúl juega al póquer? –preguntó Talía.

-Por favor –dijo Nico– Paúl no sabe jugar ni al uno.

Poseidón estaba teniendo un poquito de celos, ya que aunque aún no había a Sally ella le había dado a su hijo, que ahora estaba dormidito en sus brazos y ese era ya suficiente motivo para amarla.

No obstante, había cosas de Yancy que echaría de menos. La vista de los bosques desde la ventana de mi dormitorio, el río Hudson en la distancia, el aroma a pinos.

-El chico tiene buen gusto –dijeron todas las diosas y los dioses amantes de la naturaleza.

Echaría de menos a Grover, que había sido un buen amigo,

-Awwwww –dijeron la mayoría de las mujeres, mientras Grover sonreía

aunque fuera un poco raro; me preocupaba como sobreviviría el año siguiente sin mí.

-Gracias amigo –dijo sarcásticamente Grover mientras los demás se reían y él se ponía rojo.

También echaría de menos la clase de latín: las locas competiciones del señor Brunner y su fe en que yo podía hacerlo bien.

Quirón se puso rojo, mientras que los semidioses griegos y algunos romanos asentían a lo leído en el libro.

Se acercaba la semana de exámenes, y sólo estudié para su asignatura.

-Bueno –dijo Atenea –por lo menos estudió para una.

No había olvidado lo que Brunner me había dicho sobre que aquella asignatura era para mí una cuestión de vida o muerte. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que empecé a creerlo.

-Bien hecho hermanito –dijo Teseo, mientras acariciaba la carita de su dormilón hermano.

La tarde antes de mi examen final, me sentí tan frustrado que lancé mi Guía Cambridge de mitología griega al otro lado del dormitorio.

Atenea chasqueó la lengua en signo de desaprobación

Las palabras habían empezado a desmadrarse en la página, a dar vueltas en mi cabeza y a realizar giros chirriantes como si montaran en monopatín.

-¿Tan mala es la dislexia? –preguntaron los dioses.

-Peor –contestaron los semidioses.

No había manera de recordar la diferencia entre Quirón y Caronte, entre Polidectes y Polideuces.

-Ahora lo sabe por propia experiencia –comentaron algunos semidioses, a lo que Poseidón se puso pálido.

¿Y conjugar los verbos latinos? Imposible.

-Pues la verdad es que se le dio bastante bien el aprender latín –comentaron los romanos.

Me paseé por la habitación a zancadas, como si tuviera hormigas dentro de la camisa.

Los Stoll compartieron una mirada cómplice que fue captada por dos semidiosas que tenían al lado.

-Ni se os ocurra Stolls –dijeron las dos a unísono, a la vez que les propinaban una colleja.

Recordé la seria expresión de Brunner, su mirada de mil años. "Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson."

-Y hasta ahora eso es lo que me has dado de ti, lo mejor –dijo Quirón con un notable orgullo en la voz, demasiado, según Hércules, que seguía ultimando detalles para deshacerse del pequeño semidiós, al igual que Zeus. Con lo que no contaban estos dos era que Octavio, también pensaba deshacerse de Percy, y los tres a no saber de los otros se iban a entorpecer ellos mismos.

Respiré hondo y recogí mi libro de mitología.

Nunca le había pedido ayuda a un profesor.

-Pues sigue sin hacerlo, que luego el record es difícil de recuperar –dijo Chiris, a lo que sus hermanos y padre asintieron. Mientras los demás rodaban los ojos y Clarisse le daba una colleja a su novio y este se quejaba.

Tal vez si hablaba con Brunner, podría darme unas pistas. Por lo menos tendría ocasión de disculparme por el muy deficiente que iba a sacar en su examen.

-Pues en realidad sacó la mejor nota de la clase –dijo Quirón, a lo que los demás semidioses sonrieron orgullosos, ya que aunque a veces Percy era lento en realidad era muy listo.

No quería abandonar la academia Yancy y que él pensara que no lo había intentado.

-Awwww –dijo Afrodita –no te quería dar mala impresión Quirón.

Bajé hasta los despachos de los profesores. La mayoría se encontraban vacíos y a oscuras, pero la puerta del señor Brunner estaba entreabierta y la luz se derramaba por el pasillo.

Estaba a tres pasos de la puerta cuando oí voces dentro. Brunner formuló una pregunta y la inconfundible voz de Grover respondió:

–…preocupado por Percy, señor.

Me quedé inmóvil.

No acostumbro escuchar detrás de las puertas,

-Si claro –dijo sarcásticamente Nico, lo que sorprendió a los demás, ya que él solía ser muy frío.

pero a ver quién es capaz de no hacerlo cuando oyes a tu mejor amigo hablar de ti con un adulto.

-Tiene un punto –dijo Leo.

Me acerqué más centímetro a centímetro.

-…solo este verano –decía Grover –. Quiero decir, ¡hay una Benévola en la escuela! Ahora que lo sabemos seguro, y ellos o saben también…

-Si lo presionamos solo empeoraremos las cosas –respondió Brunner –. Necesitamos que el chico madure más.

En la sala todos los semidioses griegos se empezaron a reir, y a decir cosas como que si hubiesen tenido que esperar a que el madurara estarían todos muerto, y cosas por el estilo, mientras que los dioses los veían divertidos y los romanos intentaban no reírse, para no faltarle el respeto a su pretor.

-Puede que no tenga tiempo. La fecha límite del solsticio de verano…

-Tendremos que resolverlo sin Percy. Déjalo que disfrute de su ignorancia mientras pueda.

-Pues no pudo mucho –musitó Grover, a lo que nadie alcanzó a escuchar.

-Señor, él la vio…

-Fue producto de su imaginación –insistió Brunner –. La niebla sobre los estudiantes y el personal será suficiente para convencerlo.

-Señor, yo… no puedo volver a fracasar en mis obligaciones.

-¡Que tu no fallaste, que la que tomó la decisión fui yo! ¡Te lo he repetido mil veces, y Percy también, deja de culparte! –le gritó Thalía a un sátiro bastante acobardado, ya que cuando la chica quería podía dar mucho miedo.

-Vale –respondió débilmente Grover.

–Grover parecía emocionado –. Usted sabe lo que significaría.

-No has fallado, Grover –repuso Brunner con amabilidad –. Yo tendría que haberme dado cuenta de qué era. Ahora preocupémonos sólo por mantener a Percy con vida hasta el próximo otoño…

El libro de mitología se me cayó de las manos y resonó contra el suelo.

-No Percy, nunca te dejes notar, regla número 21 –dijo Hermes demasiado metido en la lectura como para darse cuenta de que le hablaba a un libro.

El profesor de mitología se interrumpió de golpe y se quedó callado. Con el corazón desbocado, recogí el libro y retrocedí por el pasillo.

Una sombra cruzó el cristal iluminado de la puerta del despacho, la sombra era algo mucho más alto que Brunner en su silla de ruedas, con algo en la mano que se parecía a un arco.

Abrí la puerta contigua y me escabullí dentro.

Al cabo de unos segundos oí un suave clop, clop, clop, como de cascos amortiguados, seguidos de un sonido de animal olisqueando, justo delante del cristal, y prosiguió.

Una gota de sudor me resbaló por el cuello.

En algún punto del pasillo el señor Brunner empezó a hablar de nuevo.

-Nada –murmuró –. Mis nervios no son los que eran desde el solsticio de invierno.

-¿Qué pasó en el solsticio de invierno? –preguntaron varios semidioses.

-No puedo hacer spoilers, ya lo veréis –contestó Grover, a lo que los demás se vieron intrigados por saber que había pasado.

-Los míos tampoco… -repuso Grover-. Pero habría jurado…

-Vuelve al dormitorio –le dijo Brunner –. Mañana tienes un largo día de exámenes.

-Peo no se lo recuerdes Quirón –dijeron los Stolls al unísono.

-No me lo recuerde.

Los Stoll se miraron aterrorizados al haber pensado igual que una cabra.

Las luces se apagaron en el despacho.

Esperé en la oscuridad lo que pareció una eternidad. A l final, salí de nuevo al pasillo y volví al dormitorio. Grover estaba tumbado en la cama, estudiando sus apuntes de latín como si hubiera pasado allí toda la noche.

-Muy bien, esperar hasta que se vallan, por lo menos has arreglado el desastre de que se te callera el libro –se auto interrumpió Hermes.

-Eh –me dijo con cara de sueño –. ¿Estás listo para el examen de maña?

No respondí.

-Tienes un aspecto horrible. –Puso ceño –. ¿Va todo bien?

-Sólo estoy… cansado.

Me volví para ocultar mi expresión y me acosté en mi cama.

-No le funcionó, pude leer sus sentimientos, y eran todo un revoltijo.

No comprendía qué había escuchado allí abajo. Quería creer que me lo había imaginado todo, pero una cosa estaba clara: Grover y el señor Brunner estaban hablando de mí a mis espaldas. Pensaban que corría algún tipo de peligro.

-Como siempre –bufaron varios campistas, lo que hizo que Poseidón abrazase más firmemente a bebe Percy, que parecía una marmota durmiendo, ya que aún no había despertado, y estaban haciendo bastante ruido.

La tarde siguiente, cuando abandonaba el examen de tres horas de latín, colapsado con todos los nombres griegos y latinos que había escrito incorrectamente, el señor Brunner me llamó. Por un momento temí que hubiese descubierto que los había oído hablar la noche anterior, pero no era eso.

-Percy –me dijo –, no te desanimes por abandonar Yancy. Es… lo mejor.

-Quirón, lo tuyo no es el tacto –le dijo Afrodita a un apenado centauro, pues el no queso decirlo así.

Su tono era amable, pero sus palabras me resultaban embarazosas. Aunque hablaba en voz baja, los que terminaban el examen podían oírlo. Nancy Bobofit me sonrió y me lanzó besitos sarcásticos.

-Esa niña va a tener una mala vida amorosa –dijo la diosa del amor- nadie se mete con mi sobrino.

-Vale, señor –murmuré.

-Lo que quiero decir es que… -Meció su silla adelante y atrás, como inseguro respecto a lo que quería decir –. Verás, éste no es el lugar adecuado para ti. Era sólo cuestión de tiempo.

Me escocían las mejillas.

-Llorica –dijo Ares, a lo que instantáneamente fue bañado por el océano Ártico, con peces incluidos.

-Enserio tío P, ¿el Ártico? –dijo este tiritando, a lo que el dios del mar la dio una mirada fulminante.

Allí estaba mi profesor favorito, delante de toda la clase, diciéndome que no podía con aquello. Después de repetirme durante todo el año que creía en mí, ahora me salía con que estaba destinado a la patada.

-No sabía que era su profesor favorito –dijo Quirón, a lo que los demás le miraron con incredulidad.

-Está claro que tú eres e profesor favorito de Percy, y Percy es tu alumno favorito –dijo Thalía -, todos en el campamento lo sabemos.

Asentimientos por parte de todos los semidioses griegos se vieron por toda la sala, mientras Hércules hervía de furia. "Nadie es más importante que yo, y yo soy y siempre seré el favorito de Quirón". Pensaba Hércules todo el rato, al igual que Zeus.

-Vale –le dije temblando.

-No, no me refiero a eso. Oh, lo confundes todo. Lo que quiero decir es que… no eres normal, Percy. No pasa nada por…

-Gracias –le espeté –. Muchas gracias, señor, por recordármelo.

-Percy…

Pero ya me había ido.

El último día del trimestre hice la maleta.

Los otros chicos bromeaban, hablaban de sus planes de vacaciones. Uno de ellos iba a hacer excursionismo en Suiza. Otro, e crucero por el Caribe durante un mes. Eran delincuentes juveniles, como yo, pero eran delincuentes juveniles ricos. Sus papás eran ejecutivos, o embajadores, o famosos. Yo era un don nadie, surgido de una familia de don nadies.

-Puede que tu padre y tu tío sean unos don nadies, pero yo soy lo mejor que te vas a encontrar en la vida y en la muerte –le dijo Hades al pequeño Percy, que ya había despertado de su estado de inconsciencia… , perdón de su largo sueño (podríamos ponerle e bello durmiente Xd :). Percy asintió y le regaló una sonrisa que enterneció a todas las mujeres de la sala.

Me preguntaron qué pensaba hacer yo aquel verano, y les respondí que volvía a la ciudad. Me abstuve de mencionar que durante las vacaciones necesitaría conseguir algún trabajo paseando perros o vendiendo suscripciones de revistas, y pasar el tiempo libre preocupándome por si encontraría escuela en otoño.

-Ah –dijo uno –. Eso mola.

Regresaron a sus conversaciones como si yo nunca hubiese existido.

La única persona de la que temía despedirme era de Grover, pero luego no tuve que preocuparme: había reservado un billete a Manhattan en el mismo autobús Greyhound que yo, así que allí íbamos, otra vez camino de la ciudad.

-Acosador! –gritaron los inmaduros, a lo que Grover rodó los ojos, al igual que los demás.

Grover no paro de escudriñar el pasillo todo el trayecto, observando al resto de los pasajeros. Reparé entonces en que siempre se comportaba de manera nerviosa e inquieta cuando abandonábamos Yancy, como si temiese que ocurriera algo malo. Antes suponía que le preocupara que se metieran con él, pero en aquel autobús no iba nadie que pudiera meterse con él.

Al final no pude aguantarme y le dije:

-¿Buscas Benévolas?

Grover casi pega un brinco.

-Normal, me diste un susto de muerte –le regañó Grover al pequeñín, que estaba sentado sobre el regazo de su padre, jugando con un Pegaso de peluche que había hecho aparecer Poseidón para distraerle. Esta escena hizo que la mayoría de las chicas soltasen un sonoro Awwww!

-¿Qué… qué quieres decir?

Le conté que los había escuchado hablar la noche antes del examen.

Le tembló un párpado.

-¿Qué oíste? –preguntó.

-Oh… no mucho. ¿Qué es la fecha límite del solsticio de verano?

-Oh no mucho –imitó Grover con voz de falsete- solo le faltó oír cuando dijimos:

-Hola, ¿Qué tal Grover?.

-Hola Quirón.

-¿Qué te trae por aquí?

-Estoy preocupado por Percy señor.

Y todo lo demás ya lo sabéis –dijo Grover con ironía, a lo que los demás se rieron.

-Mira, Percy… –Se estremeció –. Sólo estaba preocupado por ti. Ya sabes, por eso de que alucinas con profesoras de matemáticas diabólicas…

-Grover…

-Le dije al señor Brunner que a lo mejor tenías demasiado estrés o algo así, porque no existe ninguna señora Dodds, y…

-Grover, como mentiroso no te ganarías la vida.

Se le pusieron las orejas coloradas. Sacó una tarjeta mugrienta del bolsillo de su camisa.

-Mira, toma esto, ¿de acuerdo? Por si me necesitas este verano.

La tarjeta tenía una tipografía mortal para mis ojos disléxicos, pero al final conseguí entender algo arecido a:

Grover Underwood

Guardián

Colina mestiza

Long Island, Nueva York

(800) 009-0009

-¿Qué es colina mes…?

-¡No lo digas en voz alta! –musitó –. Es mi… dirección estival.

-Ya quisiera yo –dijo Grover.

Menuda decepción. Grover tenía dirección de verano. Nuca me había parado a pensar en su familia podía ser tan rica como las demás de Yancy.

-Vale –contesté alicaído –. Ya sabes, suena como… a invitación a visitar tu mansión.

Asintió.

-O por si me necesitas.

-¿Por qué iba a necesitarte? –Lo pregunté con más rudeza de la que pretendía.

Grover tragó saliva.

-Mira, Percy, la verdad es que yo... bien, digamos que tengo que protegerte.

Lo miré fijamente, atónito. Había pasado todo el año peleándome, manteniendo a los abusones alejados de él. Había perdido el sueño preocupándome de que sería de él cuando yo no estuviera. Y allí estaba el muy caradura, comportándose como si fuese mi protector.

-Grover -le dije-, ¿de qué crees que tienes que protegerme exactamente?

Se produjo un súbito y chirriante frenazo y empezó a salir humo negro y acre del salpicadero. El conductor maldijo a gritos y a duras penas logró detener el Greyhound en el arcén. Bajó presuroso y se puso a aporrear y toquetear el motor, pero al cabo de unos minutos anunció que teníamos que bajar.

Nos hallábamos en mitad de una carretera normal y corriente: un lugar en el que nadie se fijaría de no sufrir una avería. En nuestro lado de la carretera sólo había arces y los desechos arrojados por los coches. En el otro lado cruzando los cuatro carriles de asfalto resplandeciente por el calor de la tarde, un puesto de frutas de los de antes.

La mercancía tenía una pinta fenomenal: cajas de cerezas rojas como la sangre, y manzanas, nueces y albaricoques, jarras de sidra y una bañera con patas de garra llena de hielo. No había clientes, sólo tres ancianas sentadas a la sombra de un arce, tejiendo el par de calcetines más grande que he visto nunca. Me refiero a que tenían el tamaño de jerséis, pero eran claramente calcetines. La de la derecha tejía uno; la de la izquierda, otro. La del medio sostenía una enorme cesta de lana azul eléctrico.

Las tres ancianas, de rostro pálido y arrugado como fruta seca, pelo argentado recogido con cintas blancas y brazos huesudos que sobresalían de raídas túnicas de algodón.

Los dioses las reconocieron, y la mayoría (excepto, como no, Zeus, Hércules, Octavio y Ares) se pusieron pálidos. Percy al ver el ambiente tan tenso sonrió, y con esto se aligeró un poco el ambiente, salvo porque Poseidón agarraba a Percy como si le fuera la vida en ello.

Lo más raro fue que parecían estar mirándome fijamente.

Cada vez estaban todos más tensos, y miraban a Percy, como si en cualquier momento fuese a desaparecer.

Me volví hacia Grover para comentárselo y vi que había palidecido. Tenía un tic en la nariz.

-¿Grover? –le dije –. Oye…

-Dime que no te están mirando. No te están mirando, ¿verdad?

-Pues sí. Raro, ¿eh?¿Crees que me irán bien los calcetines?

-No tiene gracia, Percy. Ninguna gracia.

La anciana del medio sacó unas tijeras enormes, de plata y oro y los filos largos, como una pandora. Grover contuvo el aliento.

-Subamos al autobús –me dijo –. Vamos.

-¿Qué? –repliqué –. Ahí dentro hace mil grados.

-Sube al autobús! –exclamaron la mayoría, lo que hizo que el pequeño se sobresaltara y escondiera la cabeza en el pecho de su padre.

-¡Vamos! –Abrió la puerta y subió, pero yo me quedé atrás.

-Cómo no –dijeron varios.

Al otro lado de la carretera, las ancianas seguían mirándome. La del medio cortó el hilo, y juro que oí el chasquido de las tijeras pese a los cuatro carriles de tráfico. Sus dos amigas hicieron una bola con los calcetines azul eléctrico, y me dejaron con la duda de para quién serían: si para un Bigfoot o para Godzilla.

A pesar de la broma, nadie se rio, ya que todos tenían una mirada melancólica (excepto ya sabéis quienes)

En la trasera del autobús, el conductor arrancó un trozo de metal humeante del compartimento del motor. Luego le dio al arranque. El vehículo se estremeció y, por fin, el motor resucitó con un rugido.

-A buenas horas –gruñó Poseidón mirando a Percy y agarrándolo con más fuerza de la necesaria.

Los pasajeros vitorearon.

-¡Maldita sea! –exclamó el conductor, y golpeó el autobús con su gorra –. ¡Todo el mundo arriba!

En cuanto nos musimos en marcha empecé a sentirme febril, como si hubiera contraído la gripe. Grover no tenía mejor aspecto: Temblaba y le castañeaban los dientes.

-Grover.

-¿Sí?

-¿Qué es lo que no me has contado?

-Oh casi nada –dijo Jasón con sarcasmo, aún preocupado por el destino de su amigo.

Se secó la frente con la manga de la camisa

-Percy, ¿qué has visto en el puesto de frutas?

-¿Te refieres a las ancianas? ¿Qué les pasa? No son como la señora Dodds, ¿verdad?

-Son peor –dijo, para sorpresa de todos, Hera.

Su expresión era difícil de interpretar, pero me dio la sensación de que las mujeres del puesto de frutas eran algo mucho, mucho peor que la señora Dodds

-Dime sólo lo que viste –insistió.

-La del medio sacó unas tijeras y cortó el hilo.

Cerró los ojos e hizo un gesto con los dedos que habría podido ser una seña de la cruz, pero no lo era. Era otra cosa, algo como… más antiguo.

-¿La has visto cortar el hilo?

-Sí. ¿Por qué? –Pero incluso cuando lo estaba diciendo, sabía que pasaba algo.

-Tienes buenos instintos Percy, aprovéchalos, te pueden salvar la vida –Dijo Atenea con una extraña voz maternal, a lo que Percy asintió con una sonrisa.

-Ojalá esto no estuviese ocurriendo –murmuró Grover, y empezó mordisquearse el pulgar –. No quiero que sea como la última vez.

-Grover –le advirtió Thalía a lo que este asintió.

-¿Qué última vez?

-Siempre en sexto. Nunca pasan de sexto.

-Grover, lo vas a asustar –dijo Hazel, este asintió y sonrió.

-Grover –repuse, empezando a asustarme de verdad –, ¿de qué diablos estás hablando?

-Déjame que te acompañe hasta tu casa. Prométemelo.

Me pareció una petición extraña, pero lo prometí.

-¿Es como una superstición o algo así? –pregunté.

No obtuve respuesta.

-Grover, el hilo que la anciana cortó… ¿significa que alguien va a morir?

Su mirada estaba cargada de aflicción, como si ya estuviera eligiendo las flores para mi ataúd.

-Aquí acaba el capítulo –informó Hermes un tanto preocupado, pues el chico le había caído bien.

-Hambe, papi, hambe –empezó a decir Percy, a lo que los demás se enternecieron al oír a Percy hablar. Poseidón sonrió mucho al escuchar que Percy le llamaba papi.

-Vale, ¿qué tal si nos tomamos un descanso y luego seguimos? –dijo Hestia, a lo que todos asintieron de acuerdo.


Siento haber tardado tanto en actualizar, pero estoy muy liada con los exámenes y el conservatorio. Pero bueno, ya he terminado el capitulo, espero que os guste.