Capitulo tres:
Un nuevo día se asomo por la ventana. El sol acaricio delicadamente el cansado rostro del joven Ninja. Itachi pesadamente abrió sus ojos al sentir como la puerta de su habitación se abría suavemente y aparecía el Hermano Francesco con una bandeja en su mano izquierda y con su mano derecha cerraba la puerta lentamente. Al ver al joven con sus ojos abiertos el monje se sonrojo y sonrío apenado:
-Upss… lo lamento. No quise despertarte. –dijo amablemente.
Itachi lo miro, con su inmutable expresión, y respondió tranquilamente:
-Descuide. El sol me despertó. –comento sin erguirse.
Francesco sonrío amablemente y se acerco a la pequeña mesa de madera, que había junto a la cama.
-Te he traído tu desayuno. –comento con gentileza el acolito de Dios.
-Gracias. –respondió Itachi.
-Déjame ayudarte a sentarte en la cama para poder comer. ¿Cómo están tus heridas? ¿Duelen? –pregunto amablemente el monje mientras que con delicadeza, ayudaba al joven de ojos oscuros a sentarse en la cama.
-Estoy bien. –respondió Itachi y al mismo tiempo el monje tomo la bandeja y la puso sobre sus piernas. Itachi miro el desayuno, un tazón de sopa de verduras con un pan. Con timidez comenzó a comer mientras que el monje se sentaba junto a la cama.
-Me alegro que ya estés mejor. ¿Has podido descansar? –pregunto de forma sagaz.
Itachi levanto su mirada y vio como el monje lo observaba sin perder esa jocosa y a la vez infantil sonrisa en su semblante.
-¿Junípero le ha contado? –pregunto cabizbajo Itachi.
-¿Contarme? ¿Acerca de tus pesadillas? –remato sin perder su sagacidad el monje franciscano.
-Si. –se limito a responder Itachi.
El líder de los franciscanos exhalo un largo suspiro y asintió:
-Si, el Hermano Junípero me ha contado. Y además escuche tus gritos. –respondió con una sonrisa amable Francesco.
Itachi frunció el ceño y no levanto su mirada para ver a los ojos al monje. Y calló, no dijo ni una palabra más mientras solo se limitaba a comer.
-Si quieres. –interrumpió el monje. –Puedes contarme de que se tratan esas pesadillas. Yo puedo ayudarte. –dijo con dulzura el monje franciscano.
-No. Estoy bien así. –respondió fríamente Itachi.
Francesco lo miro sorprendido pero finalmente exhalo un largo suspiro y sonrió.
-Está bien. Será cuando estés listo. –dijo con una radiante sonrisa en su rostro, al ver que el joven había terminado de comer el monje levanto la bandeja y camino lentamente hacia la puerta.
-Espere…. Quisiera salir de aquí. No me gusta estar postrado en una cama todo el día. –comento cabizbajo Itachi.
El monje abrió la puerta y desde allí miro de forma paternal al Ninja.
-Si puedes caminar sin sentir dolor eres libre de salir. Pero recuerda que Clara vendrá a verte y a cambiarte los vendajes. Se preocupara si no te encuentra. –dijo amablemente el monje franciscano.
-Está bien. –fue la simple respuesta del joven de cabellos azabaches.
El líder franciscano sonrío amablemente y dejo la habitación caminando lentamente. Itachi al ver que el Hermano Francesco se había ido, se corrió las mantas hacia un lado y con dificultad se sentó en la cama y apoyo sus pies sobre frío el suelo. Ese simple movimiento le había dolido tanto que instintivamente mordió sus labios. Sin embargo el no se quedaría postrado en una cama por unas "simples" heridas. Con dificultad se puso de pie y camino por la habitación para recuperar la movilidad. Las ropas le pesaban y fue entonces cuando se dio cuenta que traía un hábito color café puesto y sostenido en su cintura por un grueso cordón blanco.
-¿Qué es esto? –susurro con asco mientras miraba el habito.
Miro hacia los lados de la habitación en busca de sus ropas, pero no las encontró, porque los monjes, se habían llevado sus ropajes para lavarlas y quitarles la sangre. Molesto el joven de largos cabellos azabaches salio de la habitación caminando débilmente y recorrió el monasterio.
Era un humilde hogar, con muebles de vieja madera y columnas de fuerte cemento. Tenía muchas habitaciones y en una pudo ver una larga mesa de vieja madera con sillas, ese era el comedor donde todos los monjes comían juntos. Pero un aroma en particular llamo su atención, un aroma dulce, como de frutos y flores. Se dejo guiar por aquella fragancia y camino por un pasillo hasta el final. Abrió la puerta y se encontró con una enorme huerta. Todo tipo de verduras y frutas crecían allí y varios monjes se encargaban de cuidarlos. Curioso, Itachi, observaba como los monjes trabajaban la tierra y recogían los frutos de temporada. Aquellos hombres, de hábitos color café y edad madura, trabajaban alegremente y charlaban entre ellos. Todos vestidos iguales y con sus cabellos cortos.
Extrañado, Itachi se dio media vuelta y siguió su camino, como una sombra en la oscuridad, hasta que oyó la voz grave de un hombre, que le era conocida. La voz del Hermano León.
-Hermano Francesco… ¿Por qué confía tanto en aquel muchacho? No sabemos nada de el. Es peligroso para todos tenerlo aquí. –decía preocupado y a la vez enfadado el monje.
Pero la voz del Hermano Francesco era tranquila, y nunca cambiaba su apacible y cortés tono:
-No es peligroso. Es solo un muchacho, nosotros nos dedicamos a ayudar a las personas. No lo dejare a la intemperie con semejantes heridas y sin poder recordar quien es. –respondió de forma firme, como un líder, que no necesitaba gritar o cambiar su tono de voz para que lo respeten.
Itachi, quien estaba pegado a la pared, y los monjes dentro del comedor, siguió escuchando.
-Pero…. ¿Qué pasaría si le hace daño a usted? ¿Qué pasaría si Ella lo envía para dañarlo a usted y a Clara? –pregunto preocupado el Hermano León.
¿Ella? ¿Quién era ella? ¿Y porque querría dañar al Hermano Francesco y a joven monja? Se pregunto Itachi. Y más que nada, porque lo usaría a El.
-Lo dudo. Ella no puede dañarme y menos a Clara si esta junto a mi. León deja de ser tan desconfiado. A veces, la confianza ciega no es mala y es recompensada. –dijo tranquilamente el líder.
-Pero…
-Estaremos bien. Y no dejare a Itachi a la intemperie. Nuestro Señor no lo aprobaría jamás. –dijo seriamente el monje y se dio media vuelta.
Itachi, al sentir los pasos del Hermano Francesco, camino más rápido y se alejo. Con sumo sigilo salio del convento, sin ser visto por ningún monje.
El joven de largos cabellos recorrió el pueblo, un pueblito pobre, en donde las personas trabajaban arduamente para poder subsistir. Algunos eran campesinos, otros se dedicaban a los oficios. Parecía ser un lugar tranquilo, en donde las personas se respetaban unas a otras. Eso pudo notarlo, cuando vio como las personas se ayudaban a trabajar la tierra, al ver como los niños ayudaban alegremente a sus padres.
Itachi exhaló un largo y agotador suspiro, no tenia la más pálida idea, que hacia allí, como había llegado. Ni siquiera recordaba porque tenía aquellas heridas en su cuerpo. Desanimando se apoyo sobre el tronco de un árbol.
-¿Por qué no recuerdo? –susurro desalentado.
En ese instante, un niño de oscuros y largos cabellos y ojos de igual color, lo vio y curioso se acerco a el. Llevaba puesto unos pantalones color café y una camisa blanca.
-Hola. –sonrío radiante. –Creí que los monjes se cortaban el cabello. Incluso los frailes. –comento confundido y curioso a la vez. Con suma atención miraba de arriba abajo al joven Ninja.
Itachi lo miro profundamente y una imagen apareció en su mente, como un deja vú, y de su boca un nombre escapo:
-Sasuke. –susurro confundido.
-¿Sasuke? No, me llamo Bruno. –sonrío el niño. –Pero no me has respondido Hermano, ¿Eres un monje? Y ¿Por qué tienes el cabello tan largo? –pregunto curioso.
-Ah… no. No soy un monje. Traigo puesto esto. –dijo mientras miraba de forma desagradable el hábito. –Porque mis ropas se ensuciaron. –respondió fríamente.
El niño lo miro con atención y su semblante cambio a uno de asombro.
-¿Eso quiere decir que eres extranjero? –pregunto curioso el niño mientras sus ojos brillaban, debido a la intriga.
Itachi rodó los ojos, un poco molesto, debido a la insistencia del niño, sin perder su frialdad respondió:
-Si, soy extranjero. –dijo seriamente.
-¡Eres un monje extranjero! –exclamo alegre el niño y acorto más la distancia entre el e Itachi. Con curiosidad comenzó a tocar su hábito y a observarlo con curiosidad.
El Ninja frunció el ceño y miro molesto al niño.
-Yo no dije que fuera un monje, dije que soy extranjero. No un monje. –comento seriamente Itachi.
-Pero llevas hábito. –remato el niño.
Itachi vacilo unos segundos y suspiro resignado.
-Si, pero llevo puesto un hábito porque los monjes me están ayudando. –dijo secamente Itachi.
-Pero… –opino el niño pero una dulce voz lo interrumpió:
-¡Itachi! –exclamo una joven vestida con ropas de monja clarisa, quien llegaba corriendo con una canasta en su mano derecha.
El niño, al ver a la monja acercarse a ellos, corrió hacia la joven y abrazo con efusividad.
-¡Hermana Clara! –exclamo Bruno con alegría.
-Hola Bruno. –sonrío maternalmente la joven religiosa.
-Hermana Clara… este joven dice que no es monje pero igual lleva hábito, ¿Por qué? –pregunto curioso.
Clara soltó una risita divertida y se acerco al joven Ninja.
-Itachi es un joven extranjero que encontramos herido, como sus ropas estaban manchadas me las lleve para lavarlas y el Hermano Junípero lo vistió con un hábito color café. Pero Itachi no es un monje, Bruno. –explico con suma tranquilidad la monja.
El niño abrió su boca asombrado y asintió.
-Ahhh. Ahora entiendo. –opino divertido. – ¿Y como te llamas extranjero? –pregunto curioso el niño mientras se prendía del hábito del Ninja y lo observaba con curiosidad.
Itachi cruzo miradas con Clara y ella asintió con una sonrisa amable.
-Itachi. Itachi es mi nombre. –respondió fríamente.
-Woaaaa…. Si que eres extranjero. –comento asombrado el niño.
-Bruno tu madre se preocupara si no llegas para el almuerzo. Ve a tu casa. –dijo de forma maternal la joven religiosa.
El niño bajo su cabeza desanimado mientras Clara sonreía con cariño.
-Tiene razón Hermana Clara. Mi mamá se preocupara. –comento el niño. –Hasta luego Hermana. Hasta pronto Hermano Itachi. –dijo chistoso el niño mientras salía corriendo.
-Te dije que no soy monje. –respondió Itachi.
La Hermana Clara soltó una carcajada divertida y comento:
-Solo está jugando contigo. –dijo tranquilamente.
Itachi la miro fijamente y suspiro:
-Lo sé. –asintió tranquilamente.
Entonces la joven religiosa cayó en la cuenta de que el muchacho estaba herido y se suponía que todavía no debía moverse solo. Por eso lo regaño cariñosamente:
-Lo que me recuerda… no deberías haber salido solo. Tus heridas no han sanado todavía. –dijo la joven.
Itachi la miro fijamente, pero no le respondió, no hacia falta, esa mirada parecía atravesar a la pobre chica que solo estaba preocupada por el. La joven religiosa suspiro un poco asustada y un poco preocupada, y después sonrió dulcemente, como solía hacerlo cuando un paciente no estaba muy alegre.
-Bueno. –corto el silencio. –Tengo que ver tus heridas y cambiar tus vendajes, podemos regresar al monasterio o… te puedo mostrar el lugar más hermoso del pueblo de Asís. –comento amablemente la monja.
Itachi la volvió a mirar sin cambiar aquella inmutable y fría expresión. El Ninja no se caracterizaba por ser amable o por mostrar sus emociones abiertamente.
-Prefiero que me muestres ese lugar. –respondió seriamente.
-Muy bien, vamos entonces. –dijo ella con una sonrisa y se prendió de su brazo.
Itachi la miro extrañado, al ver como ella se prendió de su brazo, pero no dijo nada. La chica caminaba lentamente y a la vez tenia su vista fija en el camino.
-¿A dónde me llevas? –pregunto seriamente Itachi.
-Te gustara ya lo verás, es el lugar más tranquilo en todo Asís. Quizás en toda Italia. –respondió dulcemente la monja, quien caminaba prendida del brazo derecho del Ninja.
-No has respondido mi pregunta. –remato el Ninja.
La chica soltó una risita divertida:
-Es el bosque donde te encontré. Allí estaremos tranquilos y podré curarte sin que nadie moleste. Además también podemos comer, he traído comida. –comento con tranquilidad.
Itachi la miro fijamente y bajo su cabeza, con timidez curioseo:
-¿Por qué te preocupas tanto por mi? –pregunto cabizbajo.
Clara lo miro asombrada pero finalmente sonrío tiernamente. "Está chica sonríe demasiado" –pensó para si para el si joven Ninja.
-Porque necesitas mi ayuda. Además… no puedo dejarte solo con esas heridas. –respondió tranquilamente y continuo su camino.
Itachi solo la observo todo el camino; a simple vista no era muy alta, su piel ya de blanca pasaba a pálida, sus ojos eran azules y su expresión angelical. Si, angelical, Itachi no podía creer que había pensado esa palabra, pero claro, nunca lo diría.
-Ya llegamos. –dijo feliz la joven religiosa.
Itachi abrió sus ojos sorprendido, ese lugar era un bosque, un hermoso lago, de aguas puras y cristalinas se posaba a los pies de los dos.
-Este lugar… –susurro el muchacho de cabellos largos.
-Es donde te encontré. Yo estaba orando y caíste al agua. –comento amablemente Clara.
-Ya veo. –murmuro Itachi.
Clara le sonrío y lo tironeo suavemente del brazo.
-Ven, tengo que ver esas heridas y cambiarte los vendajes. –dijo mientras se sentaba sobre la verde y fresca hierba. – ¿Te ayudo? –pregunto amablemente.
-No. Puedo solo. –respondió orgulloso el Ninja y a pesar de su dolor se sentó sobre la hierba junto a la joven.
Clara suspiro y soltó una pequeña risita disimulada. Itachi la miro y ella lo ayudo a bajarse el hábito para poder verle las heridas de los hombros, los brazos y el abdomen.
La joven religiosa saco de la canasta unas vendas y unos frascos con ungüentos para el herido.
Con delicadeza y ternura la joven quito los vendajes viejos y comprobó que las heridas ya estaban cicatrizando. El muchacho de ojos azabaches observo como la chica lo curaba, ella observaba las heridas con suma concentración, sus manos, recorrían su piel y eran suaves y calidas, y sin una pizca de perversión.
Al terminar de ponerle los vendajes nuevos la joven monja sonrío y dijo lo siguiente:
-Tu cicatrización es increíble, tus heridas se han cerrado y solo necesitas una semana más o dos a lo sumo para que tu piel se regenere. Me alegro mucho por ti. –comento sin perder esa inocente y a la vez alegre expresión.
-Gracias por tu ayuda. –respondió Itachi mientras volvía a subirse el habito color café.
-No es necesario que me agradezcas. Me gusta mucho ayudar a las personas. Ahora comamos. Espero que te guste. –dijo amablemente la joven.
De adentro de la canasta Clara saco un mantel blanco y lo desenvolvió, allí habían uvas, aceitunas, varios tipos de quesos y agua en una botella.
Itachi observo la comida y vio como Clara, se santiguaba, juntaba sus manos y cerraba sus ojos.
-Señor te damos gracias por los alimentos que no has dado y te agradecemos, de todo corazón, que las heridas de Itachi se han curado, por favor bendícelo para que pueda recordar, amén. –oró tiernamente la joven.
-¿Qué haces? –pregunto secamente el joven Ninja.
-Estoy orando. –respondió simple y llanamente la joven.
-¿Por qué? –remato Itachi.
-Porque así lo siento. –respondió ella sin inmutarse. Después de decir esas palabras la joven tomo un trozo de queso y lo llevo a su boca.
El joven de largos cabellos la siguió en la acción y por unos segundos permanecieron los dos en silencio.
-¿Has podido recordar algo? –pregunto curiosa Clara.
Itachi exhalo un largo suspiro y respondió cabizbajo:
-No. No he podido.
-Es una pena. Pensé que si veías el bosque talvez podrías recordar, no te preocupes, seguramente al recorrer el pueblo algunas memorias retornaran a tu mente. –dijo amablemente la joven mientras acariciaba cariñosamente la mano de Itachi.
-Tal vez. –comento suavemente.
-Si, ya verás que si. Solo ten fe. –dijo dulcemente.
-Eres muy positiva. –opino el joven Ninja.
Clara lo miro sorprendida y soltó una risita delicada y a la vez divertida.
-Si puede que si. Pero… ¿De que sirve tener una mirada negativa de las cosas? Prefiero ser positiva. Además… la fe mueve montañas. –dijo sonriente la joven.
Itachi solo le dedico una mirada fría a la joven que no dejaba de sonreír y de comer. Por más que la observara no podía encontrar un rasgo de maldad en ella, la mirada la delataba, era inocente, alegre y gentil.
-Te pareces mucho al Hermano Francesco. El también es muy alegre. –comento Itachi mientras fijaba su vista en el hermoso lago.
-El es una persona muy amable y jocosa. Siempre esta alegre. Yo le debo mucho. –dijo seriamente. Fue la primera vez que Itachi vio que la joven había dejado de sonreír.
Pero el joven Ninja no opino al respecto, solo suspiro y tomo un vaso de agua.
Al terminar de comer la joven se puso de pie y sacudió su hábito negro.
-Bueno… debemos volver al monasterio o el Hermano Francesco se preocupara. ¿Vamos? –dijo mientras le tendía la mano amigablemente a Itachi.
El joven de largos cabellos vaciló unos segundos pero finalmente tomo la mano de la monja y ella lo ayudo a ponerse de pie.
-¿Es necesario regresar? –pregunto desanimado.
-Caminaremos un poco por el bosque y después regresaremos. Veo que no te gusta estar encerrado. –respondió sin perder esa inocente sonrisa la joven monja.
Itachi solo le dirigió una fría mirada y comenzó a caminar. Clara lo vio alejarse y suspiro un poco desanimada. La pobre joven trataba de ser amigable pero el muchacho no parecía ser un experto en expresar sus emociones, Clara solo lo miro y volvió a sonreír, ¿Quién sabia que penurias habría pasado? Además todos somos diferentes y eso, pensaba ella, enriquecía a la humanidad.
