Gracias por el rw, no sé usar esta cosa ¿?
Y gracias por leer.
Los deportes me gustan, sobre todo el fútbol. Cualquiera creería que con mi aspecto físico soy un enclenque que no sabe patear un balón, pero no es así. De hecho soy bueno, pero no pertenezco a ningún equipo, porque no soporto a los capitanes.
Hoy nos han puesto a jugar entre varios equipos, al mío le ha tocado contra uno de un curso mayor. Es algo por "la semana de la cultura". Tonterías, pero tenemos menos clases y eso es suficiente para soportar tantas actividades ridículas.
Hace un calor espantoso. Perdimos, porque todo mi equipo es un asco. Las rodillas me arden y tengo los tenis cubiertos de tierra. El sudor ha hecho que se pegue la camiseta a mi espalda, y mi cabello a la frente. Tengo tierra en la nariz, estoy seguro. Hubo bastantes personas apoyando en las gradas, gritando y riendo con una emoción exagerada. Estos eventos son cansados, no me gustan.
En la escuela tenemos duchas, las usan los miembros de los equipos de fútbol y básquetbol, seguro hay más deportes pero los desconozco y no me importan. Lo bueno es que puedo usarlas ahora, quitarme el feo uniforme que me han hecho comprar y meterme bajo el agua. Me deshago de los zapatos, las calcetas, los shorts… lo último en quitarme son las gafas, que debo colocar lo suficiente lejos para que no se mojen. El agua de la regadera corre desde hace unos minutos, no espero que se caliente, pues seguro nunca lo estará.
Cuando pongo los pies bajo la cascada, cerca de la coladera, pienso en todos los pies que han estado ahí. Asqueroso. No veo nada, por suerte mis manos encuentran la forma de abrir y cerrar las llaves y así acomodar un poco la temperatura. Es muy relajante. El olor a sudor desaparece, el picor en mi cabeza por el sol y la humedad poco a poco disminuye, se siente fresco. Es como un cambio de piel, rejuvenecedor.
Oigo unos pasos, luego una puerta. No he oído la puerta primero. Paso mis manos sobre mi rostro y luego entre mis cabellos, mejor me doy prisa. No me hace mucha gracia eso de que las regaderas no estén divididas y me puedan ver el trasero. Me gusta mi intimidad. Claro, que el otro chico podría quedarse en una regadera lejos de mí y así nadie resultaría dañado. Es lo obvio, lo normal. No obstante, puedo darme cuenta de que esos pasos, aunque sutiles, no se han detenido. Podría estar mi virginidad en peligro, pero dudo alguien esté tan perturbado como yo.
Doy media vuelta y maldigo en voz alta por la sorpresa de ver una figura delante de mí. Me pude a ver dado contra las llaves, caer y desangrarme por el golpe, así que soy un suertudo. La cortina de agua empeora mi vista, pero al apartarme de ella soy capaz de distinguirlo. Maldito pervertido.
—… ¿Draco? —debe ser una mala broma de mi jodida visión.
—Se supone sólo los jugadores pueden estar aquí.
Su voz irritante me hace sentirme menos loco. Volteo para darle la espalda, colocando mis manos sobre las llaves para girarlas y acabar con esas gotas que me golpean la cabeza.
—Soy un jugador, ¿no me viste?
Se queda en silencio, pero sé que sigue ahí. Siento que el rostro se me pone caliente, no puedo verlo pero él a mí sí.
—¿Quieres darte la vuelta, idiota?
—Ah, ¿tú puedes verme sin permiso, pero yo a ti no?
Es un gilipollas.
Desde aquel día en que bajó, por segunda vez en donde yo bajo del autobús, no volvió a dirigirme la palabra. Lo veía de vuelta a casa, como siempre, pero fui feliz de que me ignorara, y yo lo ignoré. Se me da bien acabar con mis adicciones. Admito que no pude olvidar su nombre, y que más de una vez garabatee su cabello cuando estaba distraído en clase. Pero sólo fue inercia, nada más. Y el muy él se presentaba ahora, en las duchas, un lugar nada limpio y maravilloso donde creí él podría estar. Está viéndome desnudo sin que yo pueda hacer más que apresurarme a mi mochila y tantear para buscar mis gafas, después vestirme será más sencillo.
Lo quiero lejos de mí, me fastidia, me cansa, me hace recordar lo fascinado que estaba por él hasta que supe que podía hablar. Termino de vestirme y entonces me enfrento a él. Un hueco en el estómago aparece. Sus grises y fríos ojos están fijos en mí, sólo en mí. Y las manos de Draco están levantando su camiseta.
Su piel. Su piel no puede ser menos perfecta por sus palabras.
Le encanta burlarse de mí, lo sé. Lo entiendo por completo cuando, apenas descubierto su abdomen, se detiene y vuelve a acomodar su prenda. Cree que lo deseo, y joder, tal vez lo hago. Me sonríe de la forma que odio y ahora está listo para irse.
—No es divertido —espeto, enfadado.
Me acercó con paso firme hasta estar frente a él. Él me mira con diversión y curiosidad. Le detesto. No entiendo cómo pude gastar tanto de mi tiempo contemplándolo.
—Escucha: no estoy "enamorado" de ti, no eres mi obsesión, no sueño con que te fijes en mí algún día. No eres nada.
Hice unos movimientos de frustración con mis manos, mi voz hizo eco en los azulejos. Él ha escuchado y no puedo interpretar muy bien su expresión. Seguro que creía divertido molestarme porque cree que estoy loco por él, cosa que no es así. Me gusta, eso no se cuestiona. Es lindo, atractivo, está bueno, lo que sea. Pero también me gustan otras personas, así que no debería sentirse especial.
—Entonces eres más extraño de lo que creí, y patético.
—Lo que quieras.
Acomodo bien mi mochila y salgo de ahí cuanto antes. No necesito verlo, no necesito escucharlo, no necesito dibujarlo. Mi mente reproduce la imagen de su abdomen desnudo y me doy asco. Es hermoso, maldición. Pero estoy enojado; no me ha hecho gracia que entrara y se me quedara viendo, como si fuera algo divertido y no acoso sexual.
No ha salido de las duchas, lo sé porque estoy a varios metros de ellas ordenando el uniforme dentro de mi mochila y no lo he visto salir.
Venganza. Hermione la llama idiotez y falta de madurez, Ron dice que es divertida y arriesgada, perfecta. Sólo entrar y mirarle no sería algo inteligente, así que saco mi teléfono móvil y presiono el dibujito de la cámara. La idea de que pueda difundir su intimidad es más humillante.
Abro la puerta y pongo los pies dentro. El agua corre, huele a vapor y es fácil escuchar sus movimientos. Sólo existe él. Conforme me acerco y mantengo el celular en alto pienso en lo infantil y estúpido que es esto. Podría regresar, pero no lo hago. Sé que será tonto, e incluso así continúo.
He aumentado la graduación de mis lentes conforme los años. Es herencia que mi vista sea mala, la de mi padre lo es y la de mi abuela lo era. Sin embargo, estoy seguro de que mis lentes están bien, aunque un poco empañados. El chorro de agua se ha movido un poco, expandido, más bien. Es como una burbuja que lo rodea, y cuando creo que ya es suficiente poco común le veo reducirlo con un movimiento de su mano sobre su cabeza. El chorro se ha hecho más fino y no ha tocado las llaves. Siento un frío recorrer mi espalda en lo que él se da la vuelta. Ha ocurrido rápido, pero para mí el tiempo se hizo extremadamente lento.
Cuando me ve sabe que mi expresión no es por verlo desnudo; sabe que no estoy embelesado al ver su blanco cabello pegarse a su rostro, y que ni siquiera he visto sus partes íntimas. Lo sabe, porque su mirada va directamente a mi teléfono, frunce el entrecejo y yo ya estoy retrocediendo para salvar mi vida.
Se lanza contra mí y hace que me dé contra el asqueroso y sucio suelo de las duchas. Está sobre mí, intentando arrebatarme el aparato de las manos, yo lo sostengo con fuerza aunque no sé por qué.
—¡Alto! —digo al fin —. ¡No he grabado nada! ¡Nada!
Sostiene con fuerza mis manos con el celular en medio. Sus ojos se ven furiosos pero poco a poco se vuelven tranquilos, expectantes.
—Déjame ver.
Lo suelto, él lo sujeta y mueve sus dedos sobre la pantalla. Draco está sentado sobre mi abdomen, con el cuerpo empapado, frío, ¿y no tiembla? Pequeños cristales de agua caen de sus cabellos hasta sus hombros, incluso hasta mi pecho. ¿Es que no entiende lo incómodo que es tener su entrepierna sobre mí?
—¿Qué hacías?
—¿Qué hacías tú? —le arrebaté mi teléfono y empujé sus piernas para que entendiera que se quitara—. Hacías… una cosa extraña. Hacías algo con el agua.
Se levantó y fue con tranquilidad hasta la regadera, cerrando las llaves. Es alto, su cabello mojado cubre toda su nuca, es delgado, de largas piernas. Su espalda es más ancha que la mía, su trasero más grande. No es que no me excite, de hecho lo hace, pero estoy perturbado por lo que acaba de ocurrir.
¿Puede manipular el agua? ¿Es una clase de mutante? ¿Viene de otro planeta y por eso no creo que encaja con nadie?
—Te haría un obliviate pero eso me causaría más problemas que soluciones.
Se viste con calma, cubriendo cada parte de su anatomía mientras me mira. Cree que le he mirado porque soy un pervertido, y esta vez tiene razón. No siento miedo hacia él, sólo confusión, intriga. Se pone los zapatos y se coloca su mochila, estoy esperando.
—Nos vemos, Potter.
—¿Qué? —lo detengo, sujetando su brazo y jalando —. ¡No me has dicho nada! —de repente le suelto y retrocedo. No, no tengo miedo.
No me asusta.
Él sonríe, como siempre, coloca sus manos detrás de su cuerpo y se inclina, es más alto que yo, por una cabeza, tal vez. Siento que me estremezco, que me puede atacar en un instante.
—¿Asustado, Potter?
Sus labios color cereza se curvan, su voz es melodiosa y la odio. Mi cara se vuelve roja y no sé si por el enojo o porque me hace recordar esa vez que me encontré por primera vez con su persona.
No estoy asustado.
Y no, no me gusta.
—Dijiste que los habías tirado.
Hermione dejó caer su mochila sobre su asiento y se colocó a mi lado. Había cerrado el cuaderno para que no lo viera, claro que fue bastante tarde. Lo abro y decido continuar con lo que hacía.
—Los tiré, este es uno nuevo.
—¿Te diste por vencido? —me revuelve el cabello como si fuera mi madre.
Hermione no es mi madre, pero bien podría ser mi hermana mayor.
—Es que hace unos días... —Hermione colocó sus brazos alrededor de mi cuello, su castaño cabello rosó mi espalda cuando se acercó sobre mi hombro —. Pasó algo extraño, no sé si deba contarte.
—Somos amigos.
—Sí, pero es algo que no entiendo, y necesito entender antes de hablar. Así que mientras pienso, dibujo.
Hermione alza una ceja y me suelta con suavidad. Se coloca a lado de mi mesa y desliza uno de sus dedos sobre el dibujo, hay varias palabras alrededor de él.
—Dibujas muy bien.
He estado todos estos días pensando en lo que ocurrió. Puede que haya sido un truco, o que tenga una razón no extraña. Investigué, pero no encontré nada. Lo he visto cada vez que subo al autobús, me ignora y lo ignoro. Tuve que volver a observarlo en silencio, analizando cada una de sus acciones en vano: no hace nada diferente a lo que hace un chico normal. Aunque es probable que sepa que le veo. Hasta el momento no ha vuelto a bajar donde yo lo hago.
Me siento frustrado, como casi todos los últimos días. No me interesa lo que haga en realidad, pero no ha querido responderme y eso me inquieta. ¿Es humano, o no lo es? ¿Qué tal si es un peligro para todos nosotros? Niego, estoy exagerando.
Guardo mis cosas en la mochila y me pongo de pie para bajar. El autobús frena y abre las puertas. Evito con todas mis fuerzas mirarle, y lo consigo. Pongo los pies sobre la banqueta y suelto un suspiro. Ayer estuve pensando en leer sobre mitología; había muchas cosas mágicas en los tiempos donde escribían sobre animales y seres fantásticos. Será mi pasatiempo de esta tarde.
—Tengo una duda.
Los vellos de mi nuca se erizan al conocer su voz. No lo escuché bajar, se supone que ya no bajaba aquí.
—¿Por qué estás aquí? Tú no vives por aquí.
—Yo soy el de la duda —alza una ceja. Vacila un momento, viendo hacia el lado contrario a donde yo estoy —. Un amigo se mudó por allá hace unas semanas, a veces lo visito.
El sol se refleja contra su cabellera de plata, quizá y pueda encenderla y formarse fuego.
—¿Cuál es tu duda?
Sonríe, aunque esta vez no odio tanto ese gesto.
—¿Tienes más dibujos de mí?
Bien, sí la odio.
Rolo los ojos y me doy media vuelta, siguiendo mi camino que debí seguir apenas bajarme. Escucho su risa, lo cual hace que suelte un gruñido. Draco llega hasta mi lado.
—No me respondiste.
—No, no tengo las paredes de mi casa tapizadas contigo. No hay un enorme póster de ti en el techo para verte cada que me voy a dormir.
—Wow… sí qué estás loco por mí.
Es un chico cualquiera: idiota y ocurrente, que le gusta joder. No puede existir nada extraño en él. Es tan común que cansa, tan normal que tranquiliza, y sin embargo sé que hay algo en él que me fascina.
—Te he dicho que no.
Se detiene, ha estado siguiendo mis pasos. Piensa un poco y entonces una nueva sonrisa se forma. Sus labios rosados parecen tan suaves que van perfectos con sus mejillas. No debería tener otros labios.
—Muéstrame.
Convencerlo de no ir a mi casa fue imposible. Es un pesado: alegaba que yo no podía demostrar que no estaba obsesionado con él. Aunque, como es obvio, no tengo nada qué demostrarle, acepté porque quizá pueda descubrir algo nuevo de él.
En casa sólo vivimos mis padres y yo. Mi mamá se llama Lily y le he dicho a Ron que pasaría como su tía sin problemas. Es pelirroja, de ojos verdes como los míos. Mamá es muy guapa y la persona más dulce del mundo. Papá se llama James, James es mi segundo nombre. Es idéntico a mí excepto por mis ojos, y estoy seguro que papá era mucho más increíble que yo a mi edad. Era popular, las chicas lo perseguían, incluso ahora mamá se siente celosa de las amigas de mi padre. Jugaba en equipos de cualquier deporte y tocaba instrumentos.
Saludo apenas entrar, con el intruso pisándome los talones. Mamá me pregunta por qué no les avise que venía un amigo, ofrece darnos de comer y yo le digo que no se quedará mucho. Empujo a Draco hacia mi habitación, incómodo de que mis padres lo sigan viendo.
—¿Cómo sabes que yo no tenía hambre? —se queja.
Entro en mi recámara y dejo la mochila en el suelo. Me doy media vuelta y señalo las paredes.
—¡Nada! ¿Ya te vas?
Draco no me hace caso, se quita su mochila y la coloca con suavidad sobre la silla frente a mi escritorio. Camina como si estuviera en un lugar muy conocido y se sienta en mi cama. Ve el techo, ve mi armario, mi estante lleno de fotografías, figuras de superhéroes y algunos libros.
—Es bastante normal.
—¿Gracias? —alzo una ceja. Rendido me acerco hasta mi propia cama y me siento a su lado.
Está callado, tan sólo pasea su mirada por las paredes. Tengo posters de equipos de fútbol, de grupos de música y de series. Llevan ahí mucho tiempo y no los he quitado por flojera, soy consciente que hacen lucir mi habitación infantil.
—Si en verdad querías ver dibujos tuyos, los tiro todos conforme pasa el tiempo.
Me mira, sin que yo pueda adivinar a través de sus ojos qué piensa. La luz de mi habitación es brillante, porque si fuera tenue me cansaría la vista. No la he encendido porque no venía al caso. En la oscuridad Draco sigue siendo lindo.
—Vine hasta aquí porque quería hablarte de lo que ocurrió esa vez —vuelve a concentrarse en las paredes, mi armario, la puerta cerrada de mi habitación—. No es que te interese, claro, pero sé que te has vuelto loco con eso y supongo debo responder.
—Tu razón es muy tonta.
—Es mejor a que inventes teorías extrañas de que soy de otro Sistema Solar o cosas así.
Bufo, esa idea no se me habría ocurrido, no soy tan paranoico.
—Prometo no decírselo a nadie —digo para que tenga más confianza, pues no ha continuado.
—Sé que no lo harás —rola los ojos con una sonrisa divertida, se mira las uñas con aire de superioridad—. Te arrancaría la cabeza.
En verdad quiero golpearlo.
Mientras que Draco está en silencio puedo oír la voz de mi madre y la de mi padre. Tengo hambre, y el olor que venía de la cocina era delicioso. Se siente extraño tenerlo a él aquí, en el lugar más íntimo que tengo, en donde he soñado despierto con él. En ese escritorio que está al lado de mi cama he remarcado cientos de veces su mandíbula, las ojeras bajo sus ojos, sus pestañas.
—Es magia.
Aguardo a que siga hablando. ¿Qué quiere decir? Tiene las manos juntas y la mirada perdida.
—¿Eres un… mago? —rio al instante.
Draco voltea a verme y su sonrisa, más parecida a una mueca de ironía, me hace callar. Frunzo el entrecejo, tiene que estar jodiéndome.
—Claro que no lo eres.
—Oh, no sabía que tú lo decidías. Haberme dicho antes.
Se restriega las palmas sobre sus muslos. Es estúpido, la magia no existe, es una niñería. Hay charlatanes por todo el mundo alegando que pueden hacer magia. Y venga, Draco es increíble pero no es para tanto.
—En realidad no puedo hacer magia, porque estoy aquí con personas no mágicas. Lo tengo prohibido, o algo así. Pero lo que hice esa vez en las duchas es insignificante, como cuando mueves un lápiz por la mesa con sólo mirarlo.
—Por supuesto —le interrumpo —, yo hago eso todo el tiempo.
Mi expresión es de incredulidad. Es ridículo.
—No te creo nada.
Puedo ver el fastidio en su rostro. Si soy sincero, no parece divertido al contármelo. Si jugara posiblemente se vería que quiere reír, pero no. Su mirada es seria, como si pensara en todo el universo que hay detrás de la corta frase que me ha dicho. Se gira hacia mí y se cruza de brazos.
—¿Quieres te lo demuestre?
—Dices que no puedes hacer magia —espeto, con esa "frescura" con la que él me ataca.
Se relame los labios y se inclina hasta que su rostro está a escasos centímetros del mío.
—Tengo una varita justo aquí, y créeme que te puede hacer sentir más magia que cualquier otra cosa.
Lo empujo por los hombros y me pongo de pie, perturbado. Es un imbécil. Sabía que estaba burlándose de mí desde un principio.
—¡Eres un maldito pervertido! ¡O te vas ahora mismo o voy a gritar y…!
—¿Y tu padre me pateará el trasero? Ah, eres un niño, Harry. Y un muggle muy aburrido.
¿Un qué? Draco va hasta su mochila para colocársela, acomodándose la camiseta como si se hubiera movido de su lugar. Mi rostro sigue ceñudo, rojo tal vez. Siento tantas ganas de golpearlo en la cara hasta que se borre su asquerosa sonrisa.
—Te he dicho la verdad, si me crees o no, ya no es mi problema —se encoge de hombros —. Bueno, mentí hace un segundo: eres un muggle muy interesante. Me despediré de tus padres.
Soy un muggle… ¿qué tan grave ha sido ese insulto?
