Disclamer: Es una adaptación, ni los personajes ni la trama son míos.

Espero que les guste este capítulo, viene seguidito del otro así que espero que lo disfruten. Ah y por cierto este capítulo viene mucho más largo.

Gracias a quienes me han dejado sus reviews, y quienes me han inscrito en favoritos

Edward colgó el teléfono y la miró.

—¿Cuándo podrías mudarte a mi casa? —Mmmm…

—¿Te serviría de algo que enviara a Janea ha certe el equipaje?

Ella asintió. Edward no estaba haciendo aquello sólo por su sobrino, también lo hacía por Anthony. El gesto la enterneció.

—Tendré que darle a Janelas llaves de tu casa —dijo él pasándole una hoja de papel y un bolí grafo—. Anota lo que creas que vas a necesitar du rante las próximas seis semanas y ella y Salvatore lo solucionarán esta misma noche.

Bella agarró el bolígrafo y trató de pensar en lo que iba a necesitar con el fin de representar su papel de esposa reconciliada, pero le resultaba difícil con centrarse debido a la proximidad de él.

—Creo que deberíamos cenar juntos esta noche —dijo Edward cuando ella le pasó la lista con las lla ves—. Dará credibilidad a nuestro anuncio público.

Bella se miró la ropa, llena de manchas de pin tura.

—Tendré que cambiarme…

—Todavía queda algo de tu ropa en mi casa.

Sus ojos se encontraron.

—¿No la has tirado todavía?

Edward le dedicó una de sus inescrutables mira das.

—Janeinsistió en guardarla en el armario hasta que nos dieran el divorcio. Creo que esperaba que volvieras.

—¿Le has dicho que jamás permitirás que vuelva? —preguntó ella.

Edward tardó en contestar.

—Le dije que lo que había entre los dos se había acabado para siempre —respondió él—. No di deta lles, ni a ella ni a nadie; aunque, naturalmente, Janese ha enterado de lo nuestro por los medios de comunicación. Los periodistas aún están en ello y más aún debido a que tu padre se presenta como candidato al Senado.

Edward le pasó el teléfono.

—Me parece que deberías llamar a tu hermano al colegio. Será mejor que se lo digas tú antes de que lo lea mañana en los periódicos.

Bella se quedó mirando el teléfono que tenía en las manos. ¿Podría mentir a su hermano menor? Aunque había una diferencia de ocho años entre ellos, Emmet y ella siempre habían mantenido una re lación muy estrecha.

Bella marcó el número y esperó a que su her mano respondiera a la llamada.

—¿Sí?

—Emmet, soy yo, Bella.

—Ah, hola, Bella. ¿Qué tal van los cuadros que vas a llevar a la exposición?

—Bien —respondió ella esforzándose por darle áni mo a su voz—. ¿Cómo estás?

—Bien, supongo.

—Emmet… tengo que decirte una cosa.

—No vas a casarte con Jacob, ¿verdad? —preguntó Anthony con evidente aprensión en la voz.

—No, no, claro que no. Sólo somos… amigos.

—Entonces, ¿qué es lo que me tienes que decir?

Bella respiró profundamente antes de contestar.

—Edward y yo hemos decidido volver a estar jun tos.

—¿Ya no os vais a divorciar?

—No —respondió ella—. Ya no nos vamos a divorciar.

—¡Vaya, estupendo, Bella! —exclamó Emmet con alegría—. ¿Qué ha pasado?

—Supongo que los dos nos hemos dado cuenta de que íbamos a cometer un grave error. Todavía nos queremos, así que no tiene sentido que nos divorcie mos.

—No sabes cuánto me alegro, Bella —dijo Emmet—. ¿Qué piensan mamá y papá? ¿Se lo has dicho ya?

—No, todavía no. Pero voy a llamarles para decír selo.

Se hizo un breve silencio.

—¿Lo sabe ya Anthony? —preguntó Emmet.

Bella miró a Edward.

—No, no lo sabe. Pero Edward va a llamarle ahora.

—Hace sólo unos minutos que le he visto en la sala de estudiantes —dijo Emmet —. Como de costum bre, estaba insoportable.

—¿Lo has pasado muy mal, Emmet? —preguntó ella—. Últimamente no me has hablado de ello.

—No te preocupes, Bella, me las arreglo bien —contestó—. Anthony está muy disgustado por lo de vuestro divorcio. El te echa la culpa de todo, pero yo le dije que hiciste lo que hiciste porque creías que Edward tenía una amante. ¿Cómo ibas tú a sa ber que te estaban tendiendo una trampa? Cual quiera podría haber cometido esa equivocación.

—Siento que hayas sufrido por mi culpa —dijo Bella—. Ojalá pudiera haberte evitado los problemas que has tenido por mí.

—No seas tonta —respondió él—. Tú siempre me has defendido cuando mamá y papá se enfadaban conmigo por nada. De todos modos, me alegra que os reconciliéis. Quiero sacar bien los exámenes fina les y Anthony no ha dejado de hacerme la vida imposi ble. ¡Él y sus amigos, claro! Mis notas no han sido muy buenas últimamente, pero, si Anthony deja de darme la lata, espero estudiar y sacar buenas notas.

Bella volvió a mirar a Edward.

—Edward me ha asegurado que Anthony te va a de jar en paz. Cuídate mucho, Emmet. Te quiero mucho.

—No te pongas sentimental, por favor. En serio, estoy muy contento de que tú y Edward volváis a es tar juntos. Me cae muy bien, Bella. Es un buen tipo.

Bella le devolvió el teléfono a Edward unos se gundos después.

—Al parecer, a pesar del comportamiento de tu sobrino, sigues cayéndole bien a mi hermano.

Edward le lanzó una mirada indiferente.

—Sí, eso he oído.

Bella prestó atención a la conversación de Edward con su sobrino y, aunque hablaron en italiano, entendió lo que dijeron en líneas generales. Edward gesti culó con la mano y su expresión mostraba enfado.

Cuando Edward colgó el teléfono unos minutos después, tenía el ceño fruncido.

—Ese chico necesita una mano firme. Debería ha berlo visto venir. Podría haberlo evitado.

—No te preocupes, Edward. Emmet me ha dicho que se las está arreglando bien.

Edward se levantó de su asiento y, dándole la es palda, se acercó a la ventana.

—No puedo ser la figura paterna que Anthony nece sita. He intentado sustituir a Jasper, pero no lo he hecho muy bien. Nadie puede reemplazar a un pa dre. Emmet está lleno de resentimiento y se está de sahogando con tu hermano.

—Tú has hecho lo que has podido —dijo ella con voz queda—. Ha sido muy duro para todos; sobre todo, para Alice.

Edward se volvió a mirarla.

—Bueno, será mejor que nos pongamos en mar cha. Cuanto antes pasemos por esto, mejor.

Bella salió con él de la oficina sintiendo un nudo en el estómago. Salir con él aquella noche ya le re sultaba un problema, pero vivir en su casa iba a su ponerle un esfuerzo sobrehumano.

La casa de Edward era una mansión moderna en medio de un terreno ajardinado en las afueras del sur de Yarra. Desde los grandes ventanales se divi saba la mayor parte de la ciudad por un lado, desde el otro extremo se veía la piscina y los jardines.

El vestíbulo era de mármol y de él salía una esca linata que conducía al piso superior donde estaban las habitaciones, cada una con baño privado.

—Mientras tú te cambias de ropa, yo voy a enviar un par de correos electrónicos —dijo Edward.

«Ésta era mi casa», pensó Bella con tristeza mientras ascendía la escalinata. Todas y cada una de las habitaciones le recordaban momentos con Edward. Al llegar a la habitación principal, respiró pro fundamente y abrió la puerta.

Hizo un esfuerzo por apartar los ojos de la in mensa cama y se dirigió al enorme armario empo trado. Dentro, en un lado, estaban las cosas de Edward; en el otro, la ropa que ella se había dejado. El ama de llaves, Jane, lo tenía todo ordenado.

Bella agarró uno de los vestidos que Edward le compró durante la semana que estuvieron en París en los primeros meses de su matrimonio.

De repente, Bella oyó un ruido a sus espaldas y, al volverse, se encontró delante a Jane, que lle vaba un montón de ropa de Edward cuidadosamente planchada y doblada.

—Señora Cullen —dijo Jane sonriendo—, me alegro de volver a verla. No sabe cuánto me alegro de que vuelva con el señor Cullen. El señor ha es tado muy triste sin usted.

—Hola, Jane—dijo Bella apretando el vestido contra su pecho—. Yo también he estado muy triste.

El ama de llaves sonrió ampliamente.

—Sabía que, al final, todo se solucionaría. Usted y el señor Cullen son… almas gemelas.

—Sí —concedió Bella, esperando parecer sincera.

Jane dejó la ropa que llevaba en los estantes y añadió:

—La dejaré para que se vista. Su marido me ha di cho que van a salir a cenar fuera para celebrar su re conciliación.

—Sí, así es —respondió Bella.

—Le he dejado toallas limpias en el baño —la informó Jane.

—Gracias, Jane—Bella se miró la ropa—. Creo que me vendría bien una ducha.

Después de la ducha, Bella se miró al espejo y se mordió los labios. Había ojeras bajo sus ojos azul violeta y tenía el rostro más pálido que de costum bre. Acercándose al espejo, frunció el ceño al ver las pecas en su nariz. Tenía la bolsa con el maquillaje en su piso en St. Kilda, lo único que tenía consigo era una barra de cacao en el bolso.

Se puso el vestido negro y unas sandalias negras de tacón y salió de la habitación.

Edward la estaba esperando en el salón, tenía una copa de licor en la mano.

—¿Quieres beber algo antes de marcharnos? —pre guntó él.

Bella se preguntó qué diría él si le dijera que ya no tomaba nada de alcohol. Después de lo ocurrido con Jacob, ya no se atrevía.

—No, gracias.

Edward la miró de arriba abajo.

—Estás muy hermosa, querida —dijo él.

—Gracias…

Edward se acercó a ella y le alzó la barbilla mi rándola fijamente.

— Eres hermosa —dijo él en voz baja—. Estamos enamorados otra vez, ¿no?

—No… sí, claro —a Bella le latió el corazón con fuerza cuando él le acarició el labio inferior con la yema de un dedo.

Entonces, Edward la besó.

Bella cerró los ojos mientras la boca de él cubría la suya. El estómago le dio un vuelco de placer al abrir los labios para permitir que la lengua de Edward la invadiera.

Ese primer ataque erótico la hizo perder la ca beza. Se agarró a él mientras enlazaba la lengua con la de Edward en imitación a la más íntima de las uniones.

Sintió la pulsión del deseo en el vientre, sus sen tidos a flor de piel… Y sintió la erección de Edward contra su cuerpo, un recuerdo de lo que habían com partido en el pasado.

Bella apenas oyó el sonido de la puerta de la casa al cerrarse, pero abrió los ojos bruscamente cuando Edward dio por terminado el beso. De repente, se sintió completamente desorientada.

Edward le lanzó una de sus inescrutables mira das.

—Tendremos que hacer este tipo de demostracio nes de vez en cuando de cara a la galería –declaró él—. Espero que no malinterpretes el motivo de estos intercambios físicos.

Bella tragó saliva como si así pudiera tragarse el dolor que esas palabras le habían causado.

—Lo comprendo.

—Bien. Lo mejor es dejar las cosas claras para que no pueda haber malentendidos.

—Entiendo que me odies —dijo Bella—. Eso, desde luego, lo has dejado muy claro.

Un duro brillo iluminó los ojos de Edward.

—¿Acaso no tengo derecho a odiarte, Bella? —pre guntó él—. Destruiste nuestro matrimonio cuando te acostaste con otro hombre.

Bella cerró los ojos para no ver la furia en las os curas profundidades de los de él.

Edward le agarró ambos brazos.

—¡Maldita sea, mírame!

Los ojos de Bella se abrieron, en ellos había lá grimas.

—Lo siento —susurró Bella con voz quebrada—. Lo siento…

Edward la soltó y lanzó una maldición.

—Supongo que vas a excusarte diciendo que ha bías bebido demasiado y que no sabías lo que ha cías.

—No bebí —dijo ella, incapaz de soportar su mirada acusatoria—. Al menos, no más de medio vaso… Pero es verdad que no recuerdo casi nada de lo que pasó aquella noche… aparte de la discusión que tuvimos y… y de que fui a casa de Jacob…

—Donde te abriste de piernas como la perdida que eres —concluyó él con cólera.

Bella no podía soportar su vergüenza. De no ha berse encontrado desnuda a la mañana siguiente en la cama de Jacob, jamás habría creído posible ser capaz de semejante comportamiento. Y lo peor era que no sólo había engañado a su marido sino que también había traicionado a un amigo que, desde su infancia, siempre la había apoyado.

—¿Te hizo gemir de placer, Bella? —preguntó Edward—. ¿Te hizo rogarle como me rogabas a mí?

Bella se tapó los oídos con las manos.

—No, por favor, no. No puedo soportarlo.

Edward le apartó las manos, sujetándoselas por las muñecas.

—¿Le tomaste en tu boca como hacías conmigo? ¿Lo hiciste?

Bella empalideció y le temblaron las piernas mientras la habitación empezaba a girar a su alrede dor. Y poco a poco, su cuerpo se desplomó.

—¿Bella?

Abrió los ojos momentáneamente, pero el inexo rable abismo que la absorbió se los cerró de nuevo…

Gracias a los que han seguido mi historia, sé que me he retrasado pero es que por leer dejo de actualizar, les recuerdo que la historia no es mía, yo solo la adapto.

Ok, actualizando rápido, pero es que aunque no me lo crean creo que hasta hoy aprendí a actualizar, espero que les guste.

También quiero mandar un saludo a Raquel Cullen, por su apoyo a lo lejos, y por disfrutar conmigo el estreno de Amanecer.