Capítulo 3
Es Nochebuena.
Una densa capa glaseada cubre los tejados de París, cuyas ventanas se engalanan con guirnaldas y lazos. Del cielo cae una fina nevada como pequeños trozos de corchopan. Un soniquete de cascabeles de misteriosa procedencia inunda el aire.
Tras la ventana de una pequeña taberna junto al río, dos copas chocan con un alegre tintineo.
―¡Por un éxito sin precedentes! ―brinda Combeferre.
―Por el Apocalipsis y el Armagedón ―sonríe Courfeyrac―. ¡Porque estén más lejos que nunca!
Combeferre se recuesta en su silla con un suspiro satisfecho mientras Courfeyrac se acoda sobre la mesa entre los restos de la cena.
―Todo está saliendo a las mil maravillas ―se felicita el diablillo metiendo el dedo en el pastel de Combeferre―. Mmmm... adoro la Navidad. No soportaría una eternidad sin ella.
―Pero es nuestra fiesta ―tiene que recordarle Combeferre. Courfeyrac se encoge de hombros y se come la guinda también.
―Sí, claro, como todas. Pero nosotros tenemos bailes. Y a la mayoría de los escritores que te gustan. Y a todos los científicos.
Combeferre tamborilea los dedos sobre la mesa mientras ve menguar su pastel del diablo.
―Y hablando de escritores... ―comenta como si nada―, ¿no te esperan en alguna parte?
Courfeyrac sonríe con un bocado especialmente dulce.
―¿En una noche como esta? ―dice con la boca llena―. En todas, me temo. Ladrones, suicidas... Santa Claus. Te lo juro, no damos a basto. Necesitaba un descanso y el placer de tu compañía. ―Llena las dos copas y, curvando una comisura, añade―: ¿Celoso, querido?
―¿Quién, yo? Bobadas, los ángeles no tienen celos.
―No es el dicho que yo conozco ―Courfeyrac prueba el champán―. Ni el que me propongo desmentir.
―No hablas en serio.
―Yo nunca bromeo con la Tentación.
Combeferre lo mira muy serio. Puede que el champán se le esté subiendo a la cabeza, pero por primera vez siente la necesidad de preguntárselo:
―¿Realmente lo harías? ¿Intentarías hacerme caer?
―Con todo el equipo.
Combeferre guarda silencio. No lo cree. ¿O sí? Courfeyrac sigue mirándolo sin dejar de sonreír, en sus ojos un resplandor dorado y verde.
―En cualquier caso ―dice Combeferre tras aclararse la garganta―, mejor será no confiarse. Repite mucho eso de que nuestras pequeñas vidas no cuentan.
―Querrás decir las suyas.
―Me preocupa.
―Y a mí ―suspira Courfeyrac mirando por la ventana. Fuera están cantando villancicos, hasta que un pequeño alud de nieve se desprende del tejado sepultando a los cantores―. ¿Pero qué quieres que hagamos? El maldito crío es un orador. ¡Hemos creado un político!
―Algo habría que hacer.
―¿Pero qué?
Combeferre se quita las gafas con su aire de pensador y las limpia con su pañuelo.
―¿Qué fuerza puede hacer que una mente brillante se reblandezca como el pan mojado?
―¿La de un martillo muy grande? ―aventura Courfeyrac.
Combeferre sigue frotando concienzudamente los cristales.
―El amor.
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―No ―dice Combeferre, categórico.
―¿Qué tiene esta de malo? ―Courfeyrac empieza a exasperarse.
―Que cobra por horas.
―¿Y eso es un problema? Vaya rácano estás hecho. Pásalo como gasto de empresa y ya está. Todo el mundo lo hace. Además ―añade, pragmático― es la mejor solución, ¿no lo ves? Está claro que el chico no va a dar el primer paso, seguro que lo has traumatizado o algo así. Necesita ayuda profesional.
―Nada de prostitutas.
―¿Y qué tal si...?
―¡Nada de prostitutas!
Courfeyrac hunde la cabeza entre los hombros, hasta que otra idea le ilumina las facciones.
―Conozco a una corista que puede ponerse las piernas detrás de...
Combeferre alza los ojos al cielo. Mejor no, mejor será que Allá Arriba no oigan sus ruegos.
―Mira, tú déjame esto a mí. Conozco a la candidata perfecta.
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Cosette vierte una cucharadita de azúcar en su té.
―Así que es...
―El Anticristo ―asiente Combeferre.
Cosette añade tranquilamente otra cucharadita.
―Y quieres que yo lo seduzca.
―Sí. Bueno. No. Sería todo muy respetable, ¿comprendes? Tradicional. Nada de sexo prematrimonial ni de... ni de matrimonio, de hecho. Lo único que tendrías que hacer es...
―Persuadirlo para que no provoque el Apocalipsis ―termina Cosette, trasladando cucharada a cucharada el contenido del azucarero. Una mariposa se posa confiadamente en el borde decorado de la taza de porcelana. Muchas más revolotean entre el verdor del tranquilo jardincito―. Tú sabes que es parte del Plan.
―No es un buen plan, querida. Y no es justo. La humanidad puede haber cometido errores, pero merece agotar su tiempo sin que le arrebaten la oportunidad de enmendarlos. Sé que estás de acuerdo conmigo. ―Al menos, así lo espera. Si se ha equivocado al sincerarse con ella, todos pueden ir despidiéndose. Para siempre.
Cosette prueba un sorbito de té cuya concentración de azúcar colapsaría el sistema nervioso de cualquier ser humano medio (y hasta del elefante medio).
―No se lo digas a Papá.
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El día señalado, Combeferre y Courfeyrac están estratégicamente situados en una esquina frente al café Musain, esperando en la actitud relajada y discreta que suele acompañarse de pasatiempos nada sospechosos como leer un periódico muy grande o silbar mirando al cielo mientras se hace girar el bastón. La idea de practicar al periódico dos agujeros tuvieron que descartarla porque Combeferre quería hacer el crucigrama.
―Psss, ahí viene ―avisa Combeferre.
Courfeyrac se asoma por encima del periódico como un suricata en el Kalahari para ver que una joven se acerca por la calle del brazo de su padre. Es muy bonita y lleva el clásico vestido soso que eligen las chicas cuando su cita les inspira poco entusiasmo.
Al mismo tiempo, Enjolras entra en escena dirigiéndose al Musain a buen paso.
Hasta aquí, todo marcha sobre ruedas.
Por desgracia, lo que también marcha sobre ruedas es un carruaje que se dirige hacia el cruce a toda velocidad.
Por la misma acera se aproxima, quizá ensayando mentalmente otro discurso rimbombante sobre Napoleón, el barón Marius Pontmercy, abogado.
En medio de la calle hay un mocoso vendiendo periódicos al grito de "¡Extra extra!".
En el mismo momento, un tal Grantaire, más conocido como R, acaba de salir de una taberna.
Bien, esto va a ir muy deprisa así que prestad atención.
En sus marcas. Listos...
―¡Extra, extra, el General Lamarque enfermo!
Enjolras se detiene y compra un periódico, lo abre por el centro y cruza la calzada distraído.
Grantaire parpadea molesto por la brillante luz del día y... oh, agog and aghast, es Eros, es Apolo, ¡es el Sol en toda su gloria!
El carruaje gira temerariamente en la esquina y...
―¡Cuidado!
El carruaje pasa de largo traqueteando con estrépito y, al despejar la calle, deja a Cosette y a Marius frente a frente, perdidos en un predestinado cruce de miradas.
Coros celestiales, el mundo se tiñe de tonos pastel...
Mientras tanto, en un universo paralelo más oscuro y deprimente, Enjolras y Grantaire están hundidos en un charco de barro entre los pliegos reblandecidos del periódico.
Grantaire ensaya una sonrisa insegura.
―¿Estás b...?
Enjolras patalea y se pone furiosamente de pie.
―¿Por qué no miras por dónde vas? ¿Es que estás ciego o borracho?
Grantaire abre la boca y la cierra, todavía sentado en el barro con aspecto miserable.
―¿Pero qué...? ¡Si acabo de salvarte la vida!
―¡Mira cómo me has puesto! ―protesta Enjolras sacudiéndose pegotes de barro de la levita chorreante―. Por lo menos podrías disculparte.
Combeferre y Courfeyrac asisten al espectáculo con la sensación de haberse perdido algo importante. Combeferre se ha quitado las gafas y Courfeyrac no puede cerrar la boca.
―¿Pero qué... acaba de pasar?
―No tengo la menor idea.
Marius no deja de sonreír mientras Cosette lo mira tímidamente con un aleteo de pestañas. A unos pocos metros, Enjolras y Grantaire están montando tal escena que un círculo de curiosos se ha congregado a su alrededor para verlos gritarse con las narices pegadas.
―¡Eres un borracho sin modales!
―¡Y tú eres un ingrato!
―¿Ah, sí?
―¡Sí!
―¿AH, SÍ?
―¡SÍ!
―¿En serio? ―se indigna Courfeyrac―. ¿Con ese?
―La belleza está en el interior ―dice Combeferre benévolamente.
―Eso es un tópico manido ―farfulla Courfeyrac. Lo embarga la amarga decepción de un progenitor convencido hasta la médula de que su retoño puede aspirar a más―. En fin, supongo que servirá.
Combeferre así lo espera. Honestamente, es lo de Marius lo que él no entiende.
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―Es tan dulce ―dice Cosette soñadora, dirigiéndose al parecer a la mariposa que tiene posada en la mano―. Anoche me siguió hasta casa...
―Ah, que encima es un acosador ―gruñe Combeferre.
―Me cantó una canción y todo.
―¿Era sobre Napoleón? ―aventura Combeferre. Se pregunta vagamente si la ironía será pecado.
―No, tonto. Era de amor ―Cosette deja que la mariposa se vaya volando y tararea mientras pasea por el jardín. Los pajaritos la siguen revoloteando de rama en rama hasta que Combeferre los espanta haciendo aspavientos.
―De acuerdo. Como quieras. No creo que necesite explicarte por qué no es apropiado.
Cosette deja escapar un hondo suspiro abatido.
―Lo sé, lo sé. Sólo... déjame soñar despierta. Es tan solitaria esta existencia. Sé que tengo a Papá, pero...
Combeferre la mira y acaba dándose por vencido. Puede que la ironía no sea un pecado, pero la hipocresía sin duda lo es.
―Está bien, olvida lo que he dicho. Supongo que es un buen muchacho, o eso dice Courfeyrac...
Cosette alza la mirada con la actitud alerta de una leona que acabara de divisar entre la hierba algo a rayas naranjas y negras.
―¿Courfeyrac? ―dice muy despacio, sólo para asegurarse.
―Ah, sí, viven juntos. ¿No lo sabías?
Los ojos se Cosette se estrechan como una prensa para coches. Combeferre intuye el precipicio demasiado tarde y derrapa desesperadamente en el borde.
―Es decir, no juntos juntos. Sólo... juntos... como, ya sabes, como buenos amigos. No creo que se acuesten... ―No dirás falso testimonio ni mentirás―...muy a menudo...
Un aleteo furioso se eleva desde el jardincito cuando los pájaros huyen en desbandada.
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Una hora después, Marius recibe una nota:
"Me voy a Inglaterra para siempre. No me llames ni me escribas ni me busques."
Casi se puede oír cómo su corazón se rompe en mil pedazos. Ella no le ama. ¡Todo ha terminado!
―¿Por qué? ―gime arrugando la infame nota emborronada de lágrimas.
―¿Qué sucede, querido? ―pregunta Courfeyrac sin prestarle mucha atención. Está probándose sombreros frente al espejo―. ¿A dónde vas?
―A saltar desde el Pont-Neuf. ¡No quiero vivir sin su amor!
―Muy bieeen ―canturrea Courfeyrac ensayando un atrevido sombrero de copa―. Sé bueno y compra café cuando vuelvas, ¿quieres? ¿Marius? Oh, vaya...
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Mientras Marius baja las escaleras como un alma en pena descendiendo a los infiernos, una figura cuyo rostro se pierde en las sombras serpentea escaleras arriba.
―¿Monsssieur de Courfeyrac? ―pregunta.
―Arriba. Tercera planta ―responde el muchacho sin detenerse.
―Merccci.
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―Al final has vuelto ―sonríe Courfeyrac al oír el leve chirrido de la puerta―. Me alegro, el Sena está muy contaminado en esta época del año. Mira, tengo una idea mejor: te invito a... ¡wagh!
El espejo se precipita contra las baldosas haciéndose añicos y el sombrero cae rodando al suelo que sus pies ya no están tocando. Por contrapartida, su espalda sí está tocando, y muy estrechamente, la pared.
―Saludosss, amigo querido ―El rostro que está a un centímetro del suyo sonríe como el filo de una navaja.
Courfeyrac considera una descortesía intolerable no devolver el saludo, pero encuentra ciertas dificultades debido a la mano que lo tiene aferrado por el cuello, impidiéndole de paso respirar.
―Mucho tiempo sin vernos ―recuerda su captor en tono nostálgico. Disfruta un poco de los vanos intentos de Courfeyrac por liberarse, y por fin lo suelta.
Courfeyrac se inclina hacia adelante con las manos en el cuello, recobrando trabajosamente el aliento.
―Montparnassse ―sisea alzando los ojos.
Su visitante es un muchacho delgado y esbelto de una pálida belleza enfermiza. Está paseando por el salón con aire lacónico, admirando perezosamente los muebles y la elegante decoración.
―Hermosa morada ―observa.
―Gracias. Te mostraría la vajilla, pero supongo que no has venido a tomar el té.
―Siempre te ha gustado rodearte de esta clase de... ―Montparnasse agita la mano de forma imprecisa y desdeñosa― lujo y belleza efímera. Tanto tiempo viviendo entre los mortales...
Courfeyrac lo sigue con la mirada sin moverse de donde está.
―No sabría decirte. Aquí arriba el tiempo vuela. Por favor, dime, ¿a qué debo este placer inesperado?
―Me aburría ―le confiesa Montparnasse con un brusco encogimiento de hombros, como si el gesto le resultara forzado y entraño. De hecho, lo que le resulta extraño es tener hombros―. Mortalmente. Todo está tan tranquilo. Demasiado, demasiado... considerando las expectativas.
―No te sigo...
Montparnasse lo mira desde el otro extremo del salón.
Un parpadeo y vuelve a estar frente a él, a un palmo del rostro de Courfeyrac, su figura oscura y amenazante engullendo la luz de la estancia.
―Sssé lo que estás haciendo. Y ellos lo saben. Lo sabrán. Sé que tienes tratos con ese ssser.
Combeferre.
Los ojos de Montparnasse son oscuros como abismos, y los de Courfeyrac ya no son humanos. Los fragmentos del espejo esparcidos a sus pies reflejan, dividida y fragmentada, su verdadera forma.
―Sabes muy bien que no podéis tocarle ―sisea Courfeyrac. En su voz hay una inflexión oscura y profunda, como si una segunda voz se superpusiera a la suya.
―No podemos ―suspira Montparnasse, apenado―. En cambio, a ti... ―sonríe mostrando los dientes, blancos y relucientes―. Cuidado, culebrita traviesa. Este juego te queda grande. Y el precio... de perder...
Se desliza un paso atrás y saluda con una sinuosa reverencia.
Un instante después, Courfeyrac está solo y la luz fría que atraviesa las ventanas vuelve a llenar la habitación.
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Una de las ventajas de no necesitar dormir es que deja mucho tiempo para leer. Combeferre ha comprado dos o tres libros de camino a casa y se dispone a pasar una noche tranquila e instructiva. Se sienta en la cama para quitarse los zapatos... y se levanta de un salto cuando algo bajo él hace "¡Fzzzzz!".
―¡Maldi...! ―Consigue morderse la lengua a tiempo y mira la cama con desconfianza. Bajo las mantas hay un rápido movimiento ondulante. Combeferre se aproxima con cautela y aparta las mantas.
Hay una serpiente en su cama, oscura, sinuosa y enorme. Más bien hay media serpiente; la otra media, cabeza incluida, está debajo de la almohada.
―¿Pero qué haces aquí? ―suspira Combeferre.
No hay respuesta, ni el más ligero movimiento.
―Que tú no puedas verme no significa que yo no te vea a ti, ¿sabes?
Combeferre levanta la almohada tirando de una esquina y se asoma al espacio sombrío que hay debajo. Desde allí, unos ojillos brillantes de pupilas verticales lo miran apenados. O, al menos, todo lo apenada que puede parecer una serpiente.
―Vamos, sal ―le pide Combeferre con suavidad―. Dime qué sucede.
Le ofrece la mano confiadamente y la criatura, tras un instante de vacilación, abandona su escondite e inspecciona sus dedos, dejando asomar una lengüilla bífida y ondulante. Combeferre la deja deslizarse en torno a su muñeca, trepar por su brazo y rodear lentamente su cuello, envolviendo su cuerpo en un abrazo oscuro. Su peso es mayor de lo que se diría a simple vista, y bajo el ondular hipnótico de la piel escamosa, suave y fría al tacto, se intuye la fuerza irresistible de un letal depredador que podría, si quisiera, triturar sus huesos. Combeferre siente la afilada cabeza reptar entre su pelo, y la lengua bífida le cosquillea la nuca con un suave siseo agradecido.
Un instante después Courfeyrac está abrazado a su cuello, sus brazos envolviéndolo con fuerza mientras su rostro se oculta en su hombro.
―Montparnasse ―solloza. Su piel aun está fría; su aliento es una gélida caricia que le eriza la piel―. Lo sabe.
―Si lo supieran, todo habría acabado.
―Lo descubrirán, no se rendirán tan fácilmente.
No lo harán, ambos lo saben. Han esperado demasiado tiempo, llevan siglos aguardando este momento
―Lo descubrirán... y entonces...
Combeferre no quiere pensar en lo que sucederá entonces. En lo que le sucederá a Courfeyrac. Si es cierto que sospechan de él, de su traición... Combeferre nunca lo había visto tan asustado.
―¿Cómo íbamos a detenerlo... tú y yo...? ―susurra Courfeyrac contra su hombro, hundiendo el rostro en la curva de su cuello―. Somos unos estúpidos.
De pronto, siente calor; una serena calidez que lo envuelve y lo llena de una sensación extraña y dulce. Paz. Combeferre tiene sus brazos en torno a él y, al alzar la mirada, Courfeyrac se encuentra cobijado en el seno protector de sus hermosas alas.
―Y aun así, debemos intentarlo ―dice Combeferre mirándolo a los ojos.
―Si dejamos que suceda, no volveré a verte ―murmura Courfeyrac, y Combeferre siente su alma desgarrarse un poco.
No, no se trata sólo del mundo que ambos han aprendido a amar. Siempre ha habido otros motivos; motivos egoístas. Humanos.
―Y si volvemos a encontrarnos, será como enemigos ―prosigue Courfeyrac.
―No lucharé contigo ―le dice Combeferre. Antes caería al abismo más profundo, más allá de toda redención.
―Ni yo contigo.
Es ahora, comprenden. El momento de luchar es ahora. O nunca.
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Aquella noche, mientras pasa las horas de vigilia leyendo a la luz de una vela, Combeferre tiene a Courfeyrac enredado en su cuerpo, durmiendo apaciblemente en su verdadera forma. No necesita dormir, pero ha aprendido a disfrutar de cualquier placer por pequeño que sea. Quizá, después de todo, sea más humano que muchas personas.
