Summary: ¿Cuál había sido su pecado? ¿Ser rica? ¿Estar en el lugar y momento equivocado? Como fuera, ahora vivía un infierno ¿Cómo el dinero podría ser capaz de ponerle precio a una vida? —Universo alterno—

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

Notas de la autora:

+ Esta historia nació en un momento de ocio. Creo que influyó mucho las constantes noticias acerca de la violencia que, lamentablemente, sufre mi país y ciertas experiencias cercanas que he vivido.

+ El título de la historia lo elegí por una canción de un grupo con el cual estaba traumada hace varios años.

Edito:

Luego de pensarlo mucho, decidí cambiar radicalmente la estructura que manejaba anteriormente. El argumento, en esencia, es el mismo. Estuve a punto de borrarlo, pero decidí que simplemente debía organizar bien mis ideas. Siento la tardanza y espero que los cambios sean para bien. Cualquier duda, detalle o simple mentada de madre, no duden en manifestármelo.


-Y de la gasolina renació el amor-

¿Amistad?

Una bomba cayó en la residencia Kuchiki, cuando encontraron el auto donde viajaba Rukia, vacío y en la orilla de la carretera, por la mañana siguiente. Byakuya Kuchiki se encontraba en su habitación, con una temperatura de casi treinta y nueve grados. Eran las ocho de la mañana y le extrañaba que su Rukia aún no hubiera ido a visitarlo y ver como se encontraba. Quizá se había desvelado mucho en la fiesta de beneficencia y todavía permanecía dormida. Se refugió en esa idea, hasta que la muchacha que se encargaba de ella, Kiyona o Kiyone (no recordaba exactamente su nombre), entró sin llamar a la puerta y con gran preocupación exclamó:

—Kuchiki-Sama, la señorita Rukia no regresó a dormir.

Justo en ese instante, su sexto sentido le advirtió que las cosas marchaban mal.

Luego sonó su móvil y le comunicaron que Rukia jamás llegó en el evento, además de la extraña aparición del automóvil con las puertas abiertas y sin ningún rastro del chofer o de su hermana.

Entonces, sintió arder su sangre y no precisamente por la fiebre.

Ya había pasado una semana.

—Señor Kuchiki, solo es cuestión de tiempo —reiteró el robusto hombre— Su hermana es la persona más buscada en el mundo.

La mansión de la familia Kuchiki se hallaba totalmente sitiada; decenas de guardias y policías estaban listos para atrapar y, en sus peores consecuencias, matar a cualquiera que osara acercarse a unos metros. La sala central estaba hecha un desastre por el equipo policial, llena de cables por aquí y por allá, papelería y un variado grupo de personas.

—Quiero que suban la recompensa —pidió a su mano derecha, Renji.

El movimiento fue abruptamente detenido: alguien llamaba.

—Esta vez necesitamos que acepte sus condiciones —explicó la rubia mujer que sostenía el teléfono— Es hora de entrar en acción.

Con la mano firme, tomó el aparato.

El rostro de Byakuya Kuchiki era una máscara inexpresiva que no permitía que se reflejara ninguna emoción o nerviosismo. Aparentemente el asunto no le quitaba el sueño, pero por dentro estaba desecho. Rukia era todo lo que tenía en el mundo.

—¿Hay alguien ahí? —inquirió el pelinegro, con la atención de todos los presentes.

Los agentes intentaban localizar, con toda la tecnología que poseían, el lugar donde se ocultaban los secuestradores.

—Por supuesto —respondió una voz distorsionada— Tenemos una nueva oferta que no podrá rechazar, pero antes, necesitamos que nos garantice que no hay nadie con usted.

Byakuya meditó unos segundos su respuesta, pues de ella dependería el futuro de su hermana.

—Estoy solo —expresó sin un rastro de duda.

El ambiente estaba cargado de tensión.

«Siga así» decía el letrero que sostenía un joven agente de anteojos.

—Byakuya Kuchiki, ¿creías que podrías vernos la cara? —Exclamó la voz al otro lado de la línea— ¡Sabemos todo lo que sucede en su residencia! Esperamos que organice un adorable funeral para su hermana bastarda… ¡Bye, bye! —y la comunicación fue cortada.

El pelinegro apretó sus manos con tal fuerza que sus nudillos estaban totalmente blancos.

¿Ya estaba muerta?

—Hey… hey… —se oía lejanamente. Las palabras se arremolinaban y de repente desaparecían. La obscuridad había dejado de serle atemorizante, ahora tan sólo formaban parte de su realidad. Sí, probablemente ya había pasado a una mejor vida… Sin embargo, tras un par de segundos, afortunada o desafortunadamente, comenzó a regresar en sí. Su cabeza parecía ser golpeada por un martillo imaginario y su frágil cuerpo estaba bañado en sudor, pero seguía viva. Las palabras empezaron a tomar sentido: — ¡Hey! ¿Estás ahí? —inquirió el Hombre número dos desesperado y agitándole por los brazos.

—Sí… —respondió escuetamente.

Las manos de su captor le traían una sensación extraña. Eran grandes y ásperas, podía intuirlo, pero ciertamente cálidas.

Le rememoraban especialmente a su gran amor platónico Kaien Shiba, antiguo tutor y amigo. Nunca se lo dijo, calló su amor y lo admiró lejanamente… Sabía que éste jamás sería correspondido, él era casado y amaba a su esposa, pero se permitió el lujo de su presencia y preocupación. Oh sí, su Kaien, tan atractivo e inteligente, pero sobre todo con un buen corazón… Dios amaba llevarse a las personas buenas… por esa razón se prometió jamás volverse a enamorar de alguien e intentar ser una maldita puta interesada para divertirse.

Dios adoraba jugar con ella.

—Menos mal… —dijo más para sí que para ella. Luego la soltó— ¿Tienes hambre?

—Para nada, con todas sus atenciones, claro que no —ironizó la morena. Luego recordó que no estaba en posición de hacerlo. Sintió miedo de despertar la ira del Hombre número dos, por lo que se protegió el rostro con sus manos, pero no pasó nada.

—Bájalas —ordenó finalmente— yo no soy tan cobarde como para golpear una mujer —Rukia obedeció, desconfiada, pero lo hizo— Creo que con ese vestido no debes estar muy cómoda… —aunque ninguno de los dos lo percibieran, ambos estaban sonrojados por el comentario— te prestaré una playera mía y un pantalón.

—¿Puedes quitarme la venda?

—No.

— ¿Al menos desamarrarme las muñecas?

—Lo siento, pero no.

Sí, seguramente lo haz de sentir. Lo que quieres es manosearme.

— ¿Entonces cómo demonios pretendes que me vista? —exclamó la pelinegra tratando de controlarse.

—Yo te ayudaré.

—¡Ah no! —Protestó inmediatamente— Claro que no lo harás ¡Nadie me pondrá un solo dedo encima!

—Como quieras… —expresó fastidiado el Hombre número dos ante su poca cooperación— Se ve a un kilometro qué prefieres que "mi compañero" te ayude, ¿cierto? —Preguntó divertido— Uff, te divertirás de lo lindo cuando el intente aprovecharse de ti… Bueno, yo debo irme así que… —luego caminó hacia la puerta contando mentalmente.

3… 2… 1

—¡Espera! —Gritó aterrorizada— Acepto tu ayuda.

Al menos éste era un hijo de puta educado.

—Ok, apurémonos antes de que llegue el cerdo violador —expresó con seriedad, causándole una pequeña sonrisa a la ojiazul.

Era la primera vez que sonreía en una semana.

El hombre número dos se acercó a ella de nuevo, quitándole las cuerdas que rodeaban a su cuerpo. Secretamente, el corazón de ambos latía desenfrenadamente, como si predijera el comienzo de algo. El chico desabrochó torpemente el cierre de la espalda, recordando el primer contacto que tuvo con una mujer, el día de su graduación de la secundaria. Oh, qué tiempos aquellos. El vestido cayó al piso y ella suspiró abochornada, cubriéndose el pecho. Qué deprimente era el hecho de que el primer hombre que la veía semidesnuda fuera ese tipo asqueroso, seguramente un cuarentón pervertido y lo peor, no era tan desagradable para ella.

Quizá en el momento pareció una eternidad, pero todo el proceso no duró ni más de un par de minutos. Rápidamente, le colocó la playera en la cabeza y terminó de bajarla hacia el resto del cuerpo.

—¿Los ricos no comen bien o qué? Estás demasiado flaca —comentó despectivamente el Hombre número dos al observar que la camiseta le quedaba enorme.

—¡Idiota! —Renegó la morena, golpeándole fuertemente con la cabeza— Lo que sucede es que no estoy igual de obesa que tú —comentó ofendida, aunque no tenía fundamentos porque no lo conocía físicamente.

Ella, por obvias razones, no vio que sacó una sonrisa al Hombre número dos.

—Ya cállate y terminemos —sentenció con fingida molestia.

Al principio ambos estuvieron cohibidos, pero cuando terminaron, forjaron una extraña confianza que muy raramente se ve y mucho menos en ese tipo de situaciones.

—Sé que tienes hambre… pero debo irme. En un rato volveré con algo —luego salió de la habitación, pero regreso en segundos— No sé si lo sepas, pero tienes baño —ella abrió la boca sorprendida— Camina unos 10 pasos enfrente de donde estás y lo hallarás.

En cuanto sintió que estaba sola, voló hacia el sanitario.

Su pobre vejiga había sido la más torturada.