Capítulo 3

A Serena le resultó difícil recordar su indignación mientras circulaba junto a Darien por las atestadas calles de Roma.

Era extraordinario, pensó, cómo tenía el poder de provocarla.

No obstante, le era imposible permanecer indignada con él, o con cualquiera, mucho tiempo. En su natural generoso y amante se desvanecía fácilmente la indignación y después de unos minutos estaba dispuesta a perdonar si sentía que había sido ella la equivocada.

No era en ese momento que tuviera ninguna intención de disculparse con Darien. Pero resultaba difícil conservar sus sentimientos heridos cuando había tanto para decir y preguntar.

Para cuando llegaron a las afueras de Roma ya había sepultado su disgusto.

Tal vez con demasiada rapidez, entraron en una autopista y después de varios kilómetros cruzaron un portón hacia una vereda flanqueada por altos cipreses que conducía a una villa rodeada de jardines.

Por primera vez desde que salieran de Roma, Serena recordó que Darien la llevaba a almorzar con un grupo de desconocidos.

—¿A quién visita? —preguntó.

—Almorzaremos con la Princesa Esmeralda Pinanesi. Es una persona en extremo interesante y la anfitriona más asediada de Roma.

—Me resulta incomodísimo. No creo que le agrade mi presencia.

—Envié un mensaje para avisar que me haría acompañar por mi enfermera. Pensé que le interesaría conocer la villa y a la princesa.

—Fue muy amable de su parte.

Serena se asombró de esa inesperada consideración. A la vez, lamentó, en esta ocasión, que él no se hubiera mostrado egoísta como de costumbre.

Si la princesa era una anfitriona connotada, seguramente, tendría un grupo de invitados y mantuvo la esperanza de no poner en evidencia a Darien por su escaso roce social.

Su temor tenía fundamento, pues cuando llegaron al frente de la villa vio cuando menos una docena de autos estacionados. Al entrar en el vestíbulo, Serena notó la gran profusión de flores de invernadero.

Nunca había visto arreglos tan exquisitos de azucenas, claveles, mimosas y muchas otras que no reconoció.

Pero apenas tuvo tiempo de reparar en su hermosura porque distrajo su atención la maravilla de las habitaciones, que parecían salidas de un cuadro.

Siguió a Darien hacia el fondo, donde una mujer con cabello blanco y cargada de magníficas esmeraldas, charlaba con un grupo animado que sostenía en sus manos sus copas de cóctel.

Cuando vio acercarse a Darien , la princesa interrumpió lo que decía y extendió los brazos en un gesto de bienvenida.

—¡Mi querido Darien! ¡Encantada de volver a verte! ¡Fue un placer enterarme de tu llegada!

Para sorpresa de Serena , Darien besó la mano de la princesa sin ninguna turbación y con una gracia inigualable.

—Encantado de saludarte nuevamente. Temí que me hubieras olvidado.

—Te lo hubiera merecido —dijo severa la princesa—. No me enviaste siquiera una tarjeta por Navidad.

—Debes disculparme, pero jamás envío tarjetas. Tal vez una de mis peculiaridades es mi falta de buena voluntad.

La princesa lanzó una carcajada al escuchar eso y se disponía a volverse para presentarlo con la gente que la rodeaba, pero Darien la detuvo.

—Deseo presentarte a mi enfermera, la señorita Tsukino. Ya sabe usted que sufrí un accidente antes de abandonar Inglaterra.

—¡Tu, con enfermera! ¡Y es apenas una niña! —exclamó la princesa.

Se limitó a rozar la mano de Serena con sus dedos enjoyados y después tomó a Darien del brazo para conducirlo hacia un grupo de personas sentadas junto a una ventana.

—Tengo aquí a una vieja amiga tuya que ansia verlo, de hecho voló desde Inglaterra sólo para eso —explicó.

Mientras se alejaban, Serena la escuchó susurrar:

—¿Tu enfermera comerá con nosotros?

Se sintió como paralizada de súbito y esperó la respuesta.

—¡Por supuesto! —escuchó decir a Darien —. La traje porque deseaba que conociera la gloria de Roma.

—Sólo te lo preguntaba —repuso vagamente la princesa—. Aquí está Beryl. No esperabas verla, ¿verdad?

Serena vio que una mujer se incorporaba del sofá para avanzar hacia Darien con los labios entreabiertos y los ojos brillantes bajo las pestañas muy aderezadas. Era bella, una de las mujeres más hermosas que había visto Serena en su vida.

Alta y pelirroja, llevaba puesta una chaqueta corta de piel y un manguillo de visón negro. Sobre la cabellera lucía un sombrero adornado con plumas y, súbitamente, Serena pensó que parecía una pantera, el animal más bello y peligroso de la jungla.

—¡Darien! —exclamó con voz baja y profunda que pareció vibrar por toda la habitación—. ¿Por qué no me avisaste de tu venida a Roma?

—Pensaba hacerlo, pero sufrí un accidente —respondió Darien.

—Me alegra no haberlo sabido —respondió la mujer—. Habría muerto de angustia. Afortunadamente, no me enteré hasta que la princesa me comentó que traerías a tu enfermera.

Sus palabras y mirada hicieron que Serena advirtiera que permanecía sola y aislada, aunque estaba rodeada de personas.

Para su alivio, alguien le habló. Era un joven sonriente, de ojos picaros, con ese aire distinguido tan notorio en muchos italianos.

—¿Puedo ofrecerle algo de beber? —preguntó.

—Me gustaría un zumo de tomate —contestó Serena.

Él le sonrió y tomó el vaso de una mesa cercana. Ella lo aceptó, agradecida por tener algo en qué ocupar sus manos y consciente de lo impropia que se veía con su gastado uniforme.

Nunca había visto antes atuendos tan fantásticos, excepto en las revistas de modas.

Las mujeres que los portaban parecían diseñadas por la naturaleza para ser modelos, con sus esbeltos y elegantes cuerpos, largas piernas y airoso porte.

—¿Le agrada atender a Darien? —preguntó el joven italiano.

—Por supuesto, fui afortunada de tener esta oportunidad para venir a Roma.

—No parece muy enfermo. ¿Qué tal si le ofrezco un trabajo más arduo?

—¿Cuál?

—El de cuidarme. Le aseguro que sufro un accidente casi cada semana.

—Nunca había conocido a alguien de aspecto tan saludable —respondió Serena .

—Hace sólo diez días me dieron doce puntadas en el brazo. Y tenía un golpe en la cabeza que, según mi doctor, eliminó mi última partícula de cerebro.

Al ver la asombrada mirada de Serena, añadió:

—Soy corredor de autos.

—¿Por qué hace algo tan peligroso? —preguntó Serena.

—Porque me gusta. ¿No es buena excusa para todo? Y lo bello es, también, peligroso.

—A mí no me lo parece —repuso Serena con seriedad.

Él se rió con suavidad.

—Entonces jamás se ha enamorado, porque es el deporte más peligroso de todos.

Serena se rió, no pudo evitarlo. Había algo descarado y sin duda divertido en el joven italiano. No era tanto cómo hablaba, sino la forma en que lo decía, mirando de soslayo con sus insolentes ojos oscuros.

Le agradó su sonrisa y le complació que charlara con ella para impedir que continuara aburrida y aislada.

La mujer que parecía pantera acaparó a Darien y lo que le decía parecía divertirlo.

—¿Quién es la que charla con el señor Chiba? —preguntó al italiano.

—Gomo es inglesa, supuse que la conocía. Es una de sus grandes bellezas, ¡ Beryl Bolton! ¿No ha oído hablar de ella?

—Sí, creo que sí —respondió Serena y recordó vagamente fotos en revistas y ese nombre en las páginas sociales.

—Por supuesto, Beryl es una personalidad en toda Europa. Ocúpese en cuidar de Darien o le robarán al paciente.

—¿Está enamorada del señor Chiba ?

Al preguntarlo comprendió su indiscreción ante un desconocido, pero era ya tarde, las palabras habían escapado de sus labios.

—¡Qué dulce e ingenua es usted! Darien es un millonario, o al menos eso tengo entendido.

—¿Y eso qué tiene que ver con…? —empezó a decir Serena con asombro, pero pronto comprendió la insinuación del joven y se ruborizó.

—Ya veo —añadió—. No debí hacer la pregunta, ¿verdad?

—Pregunte cuanto desee. Es como un oasis en el desierto, un manantial de agua fresca para un hombre sediento. Mi dulce enfermerita inglesa, le rindo homenaje, ¡es usted encantadora!

Levantó su copa ante ella y Serena , en lugar de sentirse turbada, se rió.

—Empiezo a aceptar como verídico cuanto he leído de la adulación italiana —dijo.

—Le juro por mi honor que así es —fue la respuesta.

Todos empezaron a moverse hacia una puerta y Serena advirtió que el almuerzo estaba listo.

—Vamos —escuchó decir a la princesa—, yo debo adelantarme para mostrarles dónde sentarse.

Cruzó frente a Serena y pidió a su acompañante:

—Oh, Haruka, atiende a la enfermera de Darien . La sentaré a tú lado en la mesa.

—¿Qué mejor suerte podría yo pedir? —preguntó el italiano.

Serena notó que su lugar no tenía tarjeta con el nombre del comensal. Miró hacia la de su acompañante y leyó: "Conde Haruka Camparno".

Él lo percibió y le acercó la tarjeta, mientras decía:

—Nunca nos presentaron, ¿verdad? Llámeme Haruka, así me llaman todos.

—Yo soy Serena Tsukino.

—¡Serena! ¡Hermoso nombre!

Charló animadamente con ella y le hizo comentarios escandalosos relacionados con los asistentes sentados a la mesa; esto motivó la hilaridad de Serena como jamás pensó hacerlo en ninguna fiesta, mucho menos una tan conservadora como ésa.

Sin embargo, Darien no se divertía tanto como ella.

Beryl, sentada a su lado, lo miraba con sus enormes ojos oscuros y estaba tan hermosa y seductora, que Serena no pudo explicarse la razón de la indiferencia de Darien.

Al terminar el servicio, el conde tomó la tarjeta con su nombre y escribió un número de teléfono por el reverso.

—La llamaré, pues deseo invitarla a cenar conmigo. Le mostraré Roma mientras Darien habla de negocios y me contará acerca de usted. ¿Trato hecho?

—Ni por un momento volverá a pensar en mí —repuso Serena—. Pero, de todas maneras, gracias por la invitación.

—¿Cenará conmigo esta noche?

—No… será difícil, el señor Chiba puede necesitarme.

—Inténtelo —suplicó el conde—. En el trayecto de regreso investigue si puede acompañarme. La llamaré como a las siete de la tarde.

Serena abrió los labios para protestar, pero la princesa ya salía y tuvo que seguirla, junto con las demás.

Cuando llegaron al salón, Beryl se le acercó.

—¿Está muy mal su enfermo? —preguntó.

—Fue un accidente de consecuencias, en realidad debería estar descansando —respondió Serena.

—Nada lo detendrá, lo sé —comentó Beryl y la miró de arriba abajo antes de añadir—: Es usted muy joven. Quizá fue difícil conseguir una enfermera de emergencia.

—No intentó buscar otra —respondió Serena.

Evitaba mostrarse descortés, pero la actitud de Beryl había sido un tanto insolente y le molestaba que la juzgaran muy joven para tener experiencia.

Beryl se alejó y Serena , para no permanecer sola en medio del salón, se dirigió a sentarse junto a una de las enormes ventanas con vista al jardín.

Pareció transcurrir un lapso interminable antes que los caballeros regresaran del comedor y Darien, cojeando como nunca, le hizo una seña para marcharse.

Caminó hacia él.

—Cariño, te veré esta noche, ¿verdad? —escuchó a Beryl decirle—. No digas que no, Darien, debo verte.

El interpelado miró su reloj de pulsera.

—Te llamaré por teléfono cuando termine la conferencia. Estamos en las etapas preliminares de la discusión y ya sabes cuánto tardan. Vamos, Serena .

Se despidieron de la princesa. Cuando se volvían hacia la puerta, Serena sintió que alguien la tomaba del brazo y Haruka le murmuró al oído:

—Tiene que cenar conmigo, no lo olvide. Invéntese un pretexto cualquiera, pero salga conmigo o iré a raptarla.

—Lo intentaré —repuso Serena.

Esperaba que Darien no hubiera escuchado. Abordaron el auto y ya casi llegaban al final de la vereda de cipreses cuando Darien exclamó:

—Al parecer lo pasó bien.

—Mucho más de lo que esperaba —respondió Serena—. Es una casa maravillosa y aunque al principio me sentía confusa, el conde se mostró muy amable conmigo.

—Eso advertí. Debe tener cuidado y no creer todas las tonterías dichas por los italianos. Ese joven en particular no es bueno para nada. Su máximo esfuerzo es apostar en una ruleta.

El tono despectivo de Darien incomodó a Serena.

—Me pareció encantador y fue muy gentil conmigo.

Darien no dijo nada y, después de un segundo, Serena añadió:

—Me invitó a cenar con él esta noche, me gustaría ir.

—Será imposible. Requiero de sus servicios, ¿está claro?

—Sí, por supuesto. Sólo pensé que tal vez tendría usted algún otro compromiso.

—Se equivocó —fue la sombría respuesta.

Serena quiso objetar, pero su sentido común se impuso. ¿Por qué anhelaba cenar con ese joven desconocido?

Quien, sin lugar a dudas, jamás hablaba en serio.

—Recibiré a una persona en el hotel —anunció de pronto Darien—, y no saldré hasta las cuatro. Deseo que espere hasta entonces por si la necesito.

—Muy bien, señor Chiba.

Al llegar al hotel encontraron a una multitud esperando afuera del ascensor. Cuando llegó, Serena comprendió que eran demasiados para poder subir a la vez.

—Lo sigo después —indicó a Darien cuando ya se cerraban las puertas.

En seguida, se volvió hacia el mostrador.

—Soy la señorita Tsukino, la enfermera del señor Chiba —dijo a quien la atendía—. Espero varias llamadas esta tarde. ¿Podría hacer que me las pasen a mi habitación? Tengo entendido que anoche, a quienes me llamaron se les negó la comunicación conmigo. No deseo que eso vuelva a suceder.

—Lo lamento, señorita, pero son órdenes del señor Chiba . Le sugiero que cancele la orden y así la telefonista podrá obedecer las instrucciones de usted.

—Gracias —respondió Serena.

El ascensor volvió desocupado y entró en él con actitud resuelta.

Era intolerable, se dijo. Ya era suficiente que Darien se mostrara tan altanero cuando le venía en gana, pero evitaría ser tratada como una niña o una esclava.

Se dirigió al salón sin quitarse el sombrero y el abrigo. Darien se encontraba sentado en el escritorio, con una pila de cartas frente a él.

—Pedí en la administración que me hicieran llegar mis llamadas telefónicas —dijo Serena—, y me informaron que por órdenes suyas no puedo recibirlas. Le ruego cancele esa intolerable restricción.

Él levantó la mirada, con el ceño fruncido.

—¿Para qué desea recibir llamadas telefónicas?

Serena sintió crecer su indignación.

—Debo aclarar, señor Chiba, que aunque soy su enfermera, no tiene derecho a supervisar mi vida privada o mi tiempo libre.

—No la dejaré hablar con periodistas. Se lo advertí anoche. Ya conozco los métodos y comportamientos que utilizan.

—Si se refiere al señor Kou, lo vi esta mañana y hablé con él. Es una persona agradable y no veo el porque no pueda hablar con él por teléfono, o con alguien más.

—Le advertí que no tuviera trato con él —con furia, Darien golpeó sobre el escritorio con la mano.

—Lamento si eso lo ofende, pero sólo puedo repetir lo que ya dije. Mi tiempo libre me pertenece.

—Al reportero no le interesa usted, pequeña tonta. Se interesa en mí y desea averiguar cuanto hago. Busca reportajes, entrevistas exclusivas, rumores vulgares y hará cualquier cosa por conseguirlos.

—Si supone que el señor Kou intentará obtener eso de mí, estoy dispuesta a prometerle que no lo conseguirá. Pero me agrada y tengo la intención de verlo.

—Fui un tonto al traerla. Es demasiado joven e inexperta para este tipo de cosas. No sabe actuar.

—Lo comprendo muy bien. Pero debe perdonarme si le recuerdo que yo no quería venir y usted me obligó.

—¿Y por qué no quería? —casi gritó Darien .

—Por usted, me perturba, es grosero, regañón y me asusta.

Lo dijo espontáneamente y se detuvo, una vez más molesta consigo misma. ¿Por qué se comportaba así? ¿Cómo podía ser tan poco profesional?

Bajó los ojos y habló con voz muy diferente.

—Lo lamento. No debí decirlo. Tiene razón, fue un error traerme. No soy el tipo de enfermera adecuada para este trabajo.

—No me quejo, ¿o sí? —preguntó Darien.

—No —admitió Serena, renuente.

—Muy bien, será mejor que se salga con la suya.

Tomó el auricular del teléfono.

—Habla Darien Chiba. Pueden pasar a su habitación las llamadas que reciba la señorita Tsukino.

De un golpe colgó el auricular.

—¿Satisfecha ahora?

—Gracias —Serena, de pie frente a él, se retorcía los dedos—. Lo lamento, señor Chiba, haberme comportado como lo hice. Ha sido amable y generoso y no sé por qué me indigno, pero así es.

La miró, pero sin suavizar su expresión. Sólo escudriñaba su rostro como si buscara algo indescifrable. Le pareció como si penetrara hasta su corazón y, tal vez, hasta su alma.

No supo cuánto tiempo permaneció ahí. Pero los ojos de Darien la retenían y no podía alejarse, como lo deseaba.

—Me pregunto si no es usted una fantasía —dijo Darien casi entre dientes.

Ella creyó no haber escuchado esas palabras, pero las escuchó. ¿Qué querría decir con ellas?