La historia le pertenece a Meyer.
Poco a poco esto se pondrá más sexual, así que lo diré por última vez: si eres de las que grita porno en cada jodida palabra cuando lees, chica, no leas.
Me miré en los enormes vidrios del enorme hotel de la ciudad: mierda, me veía jodidamente bien. Vestido como todo un puto caballero, como mi bombón de turno quería.
Repase en mi cabeza como el buen estratega que era todo lo que debía hacer aquella noche:
Esmoking de dos mil dólares: bien.
Colonia Armani, su favorita: bien.
Cabello perfectamente peinado: bien, aunque era una mierda total tratar de organizar semejante desastre. No entendía por qué , no le gustaba mi melena rebelde, era mi mejor cualidad, me gustaba que los bombones en medio del orgasmo lo halaran con fuerza, era el signo para saber que estaba haciendo mi trabajo jodidamente perfecto.
Si Edward, te gusta que tus chicas te adoren y te lo hagan saber.
Aceites, dulces, flores y aromatizante para relajar el ambiente: bien.
Algunas palabras suaves en francés con acento parisino: bien.
Nadie podría decir que Edward Cullen el rey de la noche y de los coños en Chicago no era un experto y profesional en su arte, seis meses aprendiendo el jodido idioma y podía parecer como todo un franchute.
Volví a mirarme con una observación clínica, chasqueé mi lengua contra el paladar, hice un movimiento a lo Frank Sinatra o a lo Elvis frente a la imagen y sabía que aquella sería una buena noche, hoy tendría tres mil dólares en mi cuenta tan sólo por hacer que Rachel— una de mis clientes favoritas— tuviese el jodido sueño del caballero romántico.
Entré al lobby del The Palmer House Hilton, el cual era putamente fantástico para una mujer como ella, todo el ambiente era como entrar a una de aquellas viejas películas del viejo Hollywood con mucho glamour y toda esa mierda elegante que le gustaba a muchos de mis bombones. Varios de los botones del hotel ya me conocían, me miraban con envidia y con algo de celo, sabiendo quien era yo y cuál era mi trabajo ¡Oye chico! ¡No sueñes! Debes tener mi aspecto y una polla gigante como la mía para soñar con esto. Para calmar su envidia, le daba un billete de a cien y el chico pecoso y gordo me sonreía en complicidad.
La administradora me seguía con ojos de furia, claramente lesbiana, pues su aspecto era de un jugador de fútbol y con una sombra de bigote, ¡mierda! ¿Por qué a estas nenas no les divertía ser mujeres? Entiendan chicos, no tengo nada contra ellas, es más, comprendía su amor por los coñitos dulces y jugosos, pero ¿por qué mierda tenían que tener el aspecto de lo que tanto odiaban? Yo era el enemigo, es decir tan lindo que ofendía, pero con un leve problema: mi hermosa y enorme polla. Sonreí con arrogancia, he tenido una dos chicas de aquellas y ¡válgame Dios! las he hecho llorar de placer y rabia al entender como "mi fastidioso problema" las hacía estremecer.
Me planté frente a la mujer enorme y con diversión y malicia le guiñé un ojo y relamí mis labios de forma sucia y perversa, ésta levantó su dedo de forma soez, solté la carcajada de forma rotunda, esa era nuestra rutina desde hacía dos años.
Una de las camareras; mujercilla joven de unos veinte años me observaba ascender por las grandes escaleras, la chica babeaba, ellas me daban pena, esas pobres mujeres que trabajaban doce horas al día por un sueldo de miseria, que seguramente pagaban un mísero apartamento, con un novio que las explotaba o con un chiquillo llorón de padre desconocido el cual las folló en un auto viejo o en un baño de un bar. ¡No mires linda! Le dije tácitamente con mis ojos verdes maliciosos, ¡soy muy caro!
Ascendiendo por el lujoso y antiguo elevador, me sentía como unos de esos banqueros poderosos que se creen los dueños de todo el mundo. ¡Já! yo me había follado a sus esposas y cada dólar ganado en sus bancos había ido a mis manos sin tanto trabajo y sin la rutina idiota de ocho de la mañana a tres de la tarde, una hora, quizás dos y todo estaba hecho.
Caminé lentamente por el pasillo, a veces deteniéndome en los espejos para ver si mi uniforme de galán de los treinta estaba impecable y puesto en su lugar. No, no me malinterpreten, no soy un tipo vanidoso ni metro sexual, simplemente soy un profesional, en mi vida corriente soy uno de eso que andan en vaqueros y camisas de diez dólares, pero cuando llega la noche, esto es lo que soy: mercancía de la mejor, cocaína pura.
Habitación 308.
La tarjeta de entrada me daba acceso a una de las mejores suites del hotel, ésta pagada por Rachel, quien siempre quería lo mejor. Di un recorrido por la habitación, paredes color crema, cortinas de color salmón, una enorme lámpara de cristal en forma de lágrimas que colgaban del techo y una cama enorme que si no fuera porque mi Rachel era una dama yo habría utilizado de una muy perversa manera.
En diez minutos todo estaba preparado, champagne francés, hermosos tulipanes de Holanda, una tina de burbujas repleta de pétalos de rosas, fresas frescas, aceite de coco y naranja y música sexy de Tony Bennet, sí ¡aplausos para mí! Por el rey de la fiesta.
Me senté como todo un galán esperando a mi dama: Rachel Lowels, una dama total, quien había tenido la desgracia de casarse con un jodido sádico cuyo mayor placer era golpearla mientras le hacia el sexo, maldito hijo de perra. Después de ocho años en este negocio yo sabía que si las mujeres querían algo violento era porque ellas lo aceptaban y éstas nunca iban buscando un prostituto para que las follara de manera romántica, las sumisas adoraban su condición, pero no aquellas quienes soñaron desde niñas con príncipes azules y sólo encontraron látigo sin que éstas lo hubiesen pedido o firmado un jodido contrato. Tres años con Rachel y siempre era lo mismo, el miedo a pedir el divorcio porque el marica de su esposo le quitaría sus hijos y la dejaría en la calle. Por lo tanto mi trabajo con ella no era tanto sexual, era darle a esa mujer triste un poco de fantasía tipo Bogart o a lo Cary Grant.
A los veinte minutos Rachel apareció envuelta en un abrigo oscuro, con gafas negras y un sombrero enorme, sonreí, ese era su toque de misterio y de nocturnidad y yo era su pequeño oasis del infierno en que vivía.
Se paró en la puerta.
— Ma Chérie —mi voz era suave y profunda.
Ella sonrió como niña pequeña, aunque Rachel tuviese cuarenta y cinco años y, que de niñez ya no tenía nada, caminó despacio hacia mí, me removí en mi asiento, la deseaba, como deseaba a todos mis bombones. Yo no era un jodido cínico, no podía fingir mis erecciones, cada una de aquellas mujeres con sus imperfecciones, secretos, pequeños dramas o grandes tragedias me atraían, todas… cada una, un gesto sensual que sólo yo veía, un pequeño lunar cerca de su hombro me excitaba, sus manos pequeñas adornadas con dedos largos y uñas de nácar, me maravillaban; una pequeña arruga que daba carácter, una sonrisa, su forma de sonreír, cada mujer tiene algo bello, sólo faltaba alguien con la suficiente inteligencia y deseo para poderlo ver, y ese era yo. Estaba entrenado para ver más allá de las tetas jóvenes, cuerpos duros o cirugías plásticas.
—Hoy estás más hermoso que nunca Jean Paul.
Hoy era Jean Paul, para ella siempre sería Jean Paul.
—No tan hermoso que tú ma poupée chérie, eres un placer para mis ojos —se paró frente a mí, me incliné hacia ella y tomé sus nalgas las cuales acaricié con codicia—. Éstas, me fascinas Rachel —sí, porque Rachel tenía el mejor culo de la ciudad.
—Tú me fascinas más Jean —una mirada tímida y supe que aquella noche ella estaba dispuesta a que yo la mimase… claro está, por tres mil dólares.
Me levanté de la silla, la guíe por la habitación, agarré uno de los tulipanes y se lo coloque en su cabello oscuro, preciosamente teñido. Ella odiaba sus canas prematuras y yo era el único que sabía cuál era su color de tinte: café moca oscuro. Sonreí y hundí mi nariz en su cabello, sí, yo era el mejor, las conocía, todas esas pequeñas cosas que solo un hombre como yo, que vive de las mujeres, domina. Que solo un hombre como yo aprecia, que solo un hombre que había vivido entre mujeres y sus deseos entendía cuan importantes eran.
—Gracias cariño.
—C`est mon plaisir, gentillesse —besé su cuello dulcemente—, te compré tus bombones preferidos hermosa.
Ella aplaudió como chicuela frente a un regalo.
—Eres tan bueno conmigo Jean, tan bueno —ocultó su rostro en mi cuello—. Hoy quiero que me digas qué tan hermosa soy y cuánto me necesitas.
—Eres hermosa y te necesito tanto querida —deslicé mis manos por su espalda con ternura, ella se estremeció, si, porque yo podía ser un jodido actor del puto método, pero todas ella sabían que yo mentía.
La desnudé dulcemente, me desnudé también, la metí en la bañera y enjaboné su espalda, ella gimió. ¡Maldito sea!, yo sabía porque gemía, lo sabía… su espalda estaba llena de marcas, el bastardo la había golpeado de nuevo y ella tenía toda su piel lastimada.
—Rachel por favor.
—Shiii querido, no digas nada, aquí ese hombre no existe, no me ha golpeado y tú eres mi amante, él que me hará el amor apasionadamente diciéndome cuán hermosa soy y lo perfecta y sin marcas que es mi piel —su voz era triste—. No, él no existe.
Hijo de puta, maldito cara de culo, un día va a matarla y nadie dirá nada y ella aceptará que la golpeé, ella aceptará todo hasta el final.
La volteé suavemente hacia mi cuerpo, recorrí su torso desnudo, no tenía veinte años, su cuerpo marcado ya tenía las huellas de tres hijos, pero para mí esa noche Rachel era la mujer más hermosa del mundo y necesitaba de mí y de mi talento.
La puse sobre mi regazo, la besé lentamente, haciendo con mi lengua pequeños remolinos con la suya, humedecí sus labios y la mordí con ternura. Jugueteé con sus senos y pellizqué sus pezones, ella gemía en mi boca, lentamente la monte sobre mi polla dura, poco a poco, sabía que resentía el tamaño, pero yo la había acostumbrado a él con paciencia, ella odiaba las vergas enormes, su marido era un elefante y siempre la lastimaba sin piedad. Sin embargo, yo entraba en ella con tranquilidad, cabalgándola suavemente, moviéndome de arriba hacia abajo para que al final tomara el control. Sí, porque Rachel necesitaba el control. Puso sus manos en los bordes de la bañera para apoyarse mejor, gemía de manera agónica mientras yo mordía sus tetas con ternura y pellizcaba su pequeño clítoris para hacerla correr más pronto, el agua no ayudaba, no obstante, cada una de nuestras sesiones comenzaba en la tina, sabía que era porque así el dolor de los golpes del maricón de su marido calmaban el eco de su látigo.
—Oh Jean... sí, mi querido —ella subía el ritmo—. Oh sí mi querido, así… así, eres tan hermoso y me amas Jean Paul, dímelo, dímelo por favor.
Ella exigía que yo le dijera que la amaba, pero aquella era una de mis reglas de oro y ni por ella, ni por el dinero, ni porque Rachel lo necesitaba yo se lo diría, jamás se lo dije a ninguna, ni siquiera a mi madre.
—Vous divine, votre peau est si douce, et ta chatte est délicieuse man chérie.
Ella cabalgaba sobre mí, mi polla era tomada con ternura, el movimiento de mi pelvis se hizo más fuerte, más animal, necesitaba tomarla con más fuerza, necesitaba joderla sin el agua impidiéndome el puto movimiento. La levanté de la tina, ella siguió en aquel éxtasis, yo la tumbe en el piso, tomé sus muñecas, grave error. Jamás sus muñecas, allí el sádico de su marido la tomaba para follarla cruelmente. —Shiii… —susurré— soy yo —me movía dentro de ella—, soy yo papillon, soy tú Jean —un sonido vulnerable emergió de su pecho—. ¿Te gusta Rachel? —Me movía en círculos dentro de su coño húmedo—. ¿Te gusta? —Sonreía con mi sonrisa de diez mil dólares, mordí sus labios—. Tú eres tan suave —besé su cuello—… tan dulce —embestí de forma rápida—… tan deliciosa —y obligué a que abriera sus piernas para que yo pudiese tener acceso total a ella, más profundo, más fuerte, más... hasta que Rachel olvidara los rezagos crueles del desamor y de la soledad.
— ¡Dios ! eres un Dios, un Dios, quisiera —ella gritaba— quisiera que el maldito me viera, quisiera que me viera y supiera que no me posee y que tú —agarró la base de mi polla y la acarició con fuerza—… y que tú tienes la mejor verga de todo el planeta Jean —yo estaba ciego, el placer me invadía, ella se movía furiosa contra mí. Levantó sus piernas y las puso sobre mis hombros entonces, yo la embestí sin piedad, mientras decía putas palabras en francés, penetraba en ella centímetro a centímetro con furia; la sentía vibrar y apretar con fuerza toda mi longitud, yo cabalgaba en ella con fuerza, los gritos me llegaban y me enardecían. ¡Sí!, con un carajo, yo era el rey del mundo y le daba a cada una de ellas el sueño de amor perfecto.
— ¡Joder! —grité mientras me ordeñaba—. Joder, voy a correrme jodidamente duro Rachel, ¿me deseas? —puse mis manos por encima de su cabeza, mi cabello había perdido el chic del peinado perfecto.
— ¡Sí! —ella se movía contra mí con fiereza.
— ¡Dímelo Rachel! —mierda, mierda… yo era una jodida máquina, bajé un poco y mordí sus pezones y mi lengua humedeció la punta de ellos.
— ¡Te deseo Jean! ¡Te amo! —El sonido de nuestros cuerpos estrellándose uno contra otro era enloquecedor, mis pelotas golpeaban haciendo que el placer fuera… fuera…
— ¡Merde! –Grité—. No, no, dime qué quieres Rachel —joder me dolía aguantar, ella debía correrse primero—. Dímelo —exigí con furia, mientras pellizcaba y hacía redondeles contra su clítoris con fuerza.
—Quiero… Dios —lágrimas empezaron a correr sobre su rostro—, quiero que no me duela —gemía—, quiero que no me duela… quiero ser yoooo, quiero… quiero… —la vi abrir sus boca en un movimiento de agónico placer y gozo; el orgasmo poderoso estaba allí, llegó hasta ella y finalmente dejó de sentir, dejó de sentir rabia, dolor y soledad.
Entonces era mi turno, empuje con fuerza dentro de ella, salía y entraba con fiereza, una y otra vez, mi columna vertebral ardía, mis bolas parecían querer explotar, mis ojos estaban ciegos de placer y ¡gracias jodido Dios!, un orgasmo doloroso me invadió hasta derrumbarme sobre mi dulce bombón.
Durante dos horas hice todo el show: la masajeé con aceite de coco, la alimenté con mis propias manos, bailamos música suave, peiné su cabello tiernamente, le hice el amor al estilo perrito, mientras besaba su cuello y decía palabras incoherentes en francés, al final Rachel era una mujer que por horas olvidaba quien era y se hacía la ilusión de que ella valía la pena y que aún era hermosa y deseada.
Me vestí con lentitud para no despertarla, ella me había dejado el dinero sobre mi esmoking mientras yo me bañaba y como siempre, yo nunca apremiaba por ello, era de mal gusto y de mala clase hablar sobre el sucio dinero con una dama a quien le has proporcionado tres poderosos orgasmos.
Con los zapatos en mis manos camine sigilosamente sin prender las luces. Era un vampiro y la luz del sol no era mi amiga.
—Jean.
¡Mierda! ¡La había despertado!
—Dime chérie —contesté con la mano puesta en la puerta.
— ¿Ese hombre? —Hablaba con voz de sueño—. Ese otro hombre que escondes, el cual no sé cómo se llama y que no conozco, ¿ha amado alguna vez? ¿Amado de verdad?
Mi contestación fue silencio absoluto y ella, Rachel lo comprendió.
No.
Yo no amaba.
Nunca lo haría, vi el amor en mi vida de frente, vi a mi padre amando a mi madre de forma delirante, enfermiza, sin control y sin medida; vi a mi madre amándolo igual, fui testigo de cómo ambos desaparecían el mundo. Comprendí como yo no era nada frente a ellos, y entendí como al final, cuando mamá murió, mi padre simplemente decidió perder la cordura, ser un demente, casi un zombi y vivir en su mundo delirante para así estar con ella.
No, Edward Cullen, no amaría jamás, amar era demencia, no sería jamás mi padre. No, yo no era Carlisle.
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Gracias por leer bombones.
No devuelvo comentarios porque no tengo tiempo, esto lo escribo cuando el mundo y ciertos demonios me permiten respirar.
