Las tres prisioneras fueron conducidas al interior del poblado. Ivy y Foolhardy guiadas con cierto respeto por sus captores. Grauj, simplemente, fue arrastrada. Ella no trató de ponerse en pie o revolverse contra las ataduras.
Los ponis re reunieron alrededor de ellos. En su mayoría eran grises y sus crines tendían al blanco, con algunas vetas de color en ellas, pero había también diversos tonos de beige, y el azul aparecía en algunos pelajes. Tenían marcas de pintura azul en sus caras. No hablaban entre ellos, se limitaban a observarlas, expectantes. Miradas serias y adustas.
Las condujeron hasta delante de una de las tiendas. Entonces se apartó la tela que servía de puerta y una poni entrada en años avanzó hacia ellas. Su pelaje era de un azul apagado. Llevaba las crines, blancas veteadas de ocre, recogidas en varias trenzas. Alrededor de su cuello lucía un collar de cuentas rojas, que parecían semillas de algún tipo. Tenía una mirada distante y fría en sus ojos magenta. Se acercó a las prisioneras y los ponis se apartaron a su paso.
– Oye, tú, ¡eres la peor anfitriona que he conocido! –la espetó Foolhardy–. De haber sabido que aquí erais tan antipáticos de seguro que... que habría venido igual pero prevenida.
La poni pasó de largo junto a ella y sus protestas, hasta detenerse frente a Grauj, atada en el suelo frente a sus cascos.
– Mi nombre es Silver Path, líder de este asentamiento. ¿Qué haces aquí loba invernal? ¿Cómo osas acercarte a nosotros sin tu manada respaldándote?
– Vine con la cola gacha del parlamento –respondió Grauj.
La vieja poni la observó un largo momento, luego hizo una pregunta.
– Cuéntame tus recueros más lejanos –dijo–, y no se te ocurra tratar de engañarme.
Grauj pareció incómoda ante la pregunta.
– La nieve. Yo seguía las huellas de los lobos sobre la nieve. Las huellas eran tan grandes que mis dos patas delanteras cabían dentro de ellas. Ese es mi primer recuerdo.
Silver Path pareció meditar su respuesta durante un largo momento y, después, se volvió hacia las otras dos prisioneras.
– ¿Por qué dos subditas de la princesa Celestia caminan al lado de una loba invernal?
– Es nuestra amiga –murmuró Ivy.
Foolhardy gritó desafiante.
– ¿Quién eres tú para decirnos de quién podemos ser amigas o con quién ir?
La anciana no mutó su expresión.
– ¿Qué buscáis vosotras más allá de las fronteras de Ecuestria?
– Explorar lo que hay, por supuesto –respondió Foolhardy decidida–. ¿Podríais soltarme de una vez? Quiero añadir este asentamiento al mapa que estoy dibujando.
Silver Path volvió su mirada hacia Ivy.
– ¿Tú qué buscas, pegaso?
Ivy se encogió y cerró resueltamente el hocico. Silver Path alzó la mirada hacia el geranius itineris sobre la cabeza de Ivy.
– Entiendo –murmuró Silver Path.
Se volvió de nuevo hacia Grauj.
–La lógica nos impone acabar contigo, loba, y lo sabes. Ha sido una imprudencia por tu parte acercarte a nosotros.
Ivy lanzó un chillido bajo.
–¡No, por favor! Sólo busca respuestas. Ella no es peligrosa para vosotras.
Foolhardy no se enteró de lo que pasaba hasta que vio a la poni beige sacar el cuchillo de sus alforjas.
–¡No! ¡No! ¡Parad! ¡Estáis locos!
Foolhardy trató de correr hacia allí, pero varios ponis se lanzaron a retenerla. Vio como la poni beige avanzaba hasta Grauj y colocaba una pata sobre su cuello para que no se moviese. Silver Path observó a la loba a merced de su mejor guerrera.
–¿Por qué no huiste, loba? Sabías lo que ocurriría.
La voz cascada de Grauj se elevó.
–Dejad marchar a Ivy y Foolhardy. Ellas sólo tuvieron la mala suerte de estar cerca de mí.
La poni líder observó a Grauj un largo momento, después asintió hacia la poni beige y su cuchillo cortó la cuerda que ataba a Grauj.
Foolhardy todavía peleaba contra los que la apresaban cuando vio que Grauj se ponía en pie, libre de sus ataduras. Le costó asimilar la sorpresa. Cuando lo hizo, dejó de debatirse y se puso a llorar temblando. Los ponis que la rodeaban aprovecharon para liberarla también.
––––––
Silver Path, la vieja yegua líder del asentamiento poni, las había observado desde el otro lado del fuego de su tienda. Las llamas, domadas y serenas, daban un tinte rojizo a la estancia.
–No debéis ir a Mountain Peak.
En el exterior reinaba la noche y una suave brisa se había levantado, haciendo ondular la tela del refugio.
– ¿Por qué no podemos ir?– preguntó Foolhardy–. ¿Acaso está prohibido? ¿Tan difícil es el acceso? ¿Qué hay en Mountain Peak?
– Nadie sabe lo que hay en Mountain Peak, súbdita de Celestia, pero puedo contaros lo que había si tienes la paciencia para escuchar –Foolhardy se tapó la boca con los cascos y Silver Path continuó–. Los ponis en estas tierras somos nómadas. Viajamos, nos movemos con las estaciones y huimos de los depredadores. El pueblo de Mountain Peak era el único que podía permitirse habitar el mismo trozo de tierra siempre. La inaccesibilidad de su montaña los mantenía a salvo de los lobos invernales y de otros peligros. En verano bajaban a comerciar junto al río. Eran gente afable, feliz y cariñosa. Grandes trabajadores y artesanos.
Una noche, hace muchos años, se desató una tremenda tormenta sobre Mountain Peak. Los lobos invernales estaban aullando. Fue una noche de terror para muchos. La nieve lo cubrió todo, los relámpagos llenaron el cielo y los lobos aullaron hasta cerca del amanecer.
Silver Path hizo un alto.
–¿Qué ocurrió después? –preguntó Ivy.
–Después de aquello, nadie más bajó de Mountain Peak en primavera, y ninguno de los que subieron a Mountain Peak regresaron de una pieza para contarlo.
Foolhardy levantó la pata.
–Entonces, ¿nadie regresó nunca de Mountain Peak?
–De las todas las expediciones, tan solo uno regresó, pero no volvió completo.
Foolhardy abrió mucho los ojos.
– ¿Quiere decir que... le faltaba una pata? ¿O una oreja?
– No. Su cuerpo estaba completo, no le faltaba ni un pelo de la crin, pero en él había un vacío terrible y oscuro. Algo se había instalado en ese vacío, algo hambriento y sin piedad.
Las llamas chasquearon y una ráfaga algo más fuerte agitó las paredes de tela. Foolhardy no pudo evitar dar un respingo y agarrarse a Ivy.
–Foolhardy, me estás estrujando.
–Perdón...
La poni pelirroja volvió a ocupar su puesto. Grauj gruñó suavemente y negó. Fruncía el cejo preocupada.
–Debo ir a Mountain Peak, pero no puedo pediros que vengáis conmigo. Es demasiado peligroso.
Ivy se volvió hacia ella.
–Eso es decisión nuestra, Grauj. Yo voy a ir.
–Yo también voy a ir. O mi mapa estará incompleto –añadió Foolhardy.
Silver Path observó fijamente a Grauj.
– Tú corres más peligro que ellas, loba.
Grauj negó.
–He vivido aquí. Sé pelear. Sé qué peligros hay, ellas no.
La anciana rió suavemente.
– No lo entiendes, loba. Si vas a Mountain Peak, es probable que nunca más puedas quitarte esa piel de poni.
–No entiendo lo que dices.
–Me refiero a que puede que nunca más puedas volver a vivir como una loba.
Grauj se quedó petrificada, una mirada de desconcierto en sus ojos.
– ¿No podría volver a ser una loba? ¿Volver con mi madre y mis hermanos?
– Si deseas reencontrate con tus otros orígenes deberás recordar y eso puede que te cambie para siempre.
La desolación se dibujó en el rostro de Grauj. Ivy la observó. Notaba cómo su ánimo y su decisión se hundían ante la perspectiva de no volver con los suyos. Silver Path alcanzó un saquito de tela y se lo tendió a la pegaso.
–Una infusión con esta hierba antes de dormir ayuda a aflorar los recuerdos silenciados.
Ivy cogió el regalo.
–¿Por qué me lo das a mí?
–Porque una poni que se precie nunca ayudaría a una loba invernal.
– No entiendo por qué una loba invernal y una poni no pueden ser amigas.
Silver Path no añadió nada a ese comentario.
–Si queréis saber más deberéis hablar con el único que regresó de Mountain Peak. Lo encontraréis en el asentamiento de River Hills.
Mientras hablaban con Silver Path, en el exterior se habían ido reuniendo los ponis. No de una manera oficial o espectante. Ninguno de ellos se sentía amenazado, no había alarma alguna en los reunidos, pero muchos de los miembros del asentamiento, se habían ido congregando alrededor de la hoguera, en el espacio vacío frente a la tienda de Silver Path.
Hablaban entre ellos, la mayoría en un tono de voz bajo y, al lado de la hoguera, en un rincón había un montón de comida. Verduras, tubeŕculos y un clan caldero con algo que debía ser sopa de verdura hirviendo en el fuego.
Cuando las tres forasteras salieron de la tienda una poni de un tono magenta trotó hasta ellas. Sin mediar palabra dejó una pequeña cesta con algunas frutas frente a ellas.
– Os invitamos a compartir nuestra comida y nuestro fuego, si gustáis. Esta noche seréis nuestras invitadas.
Foolhardy alzó la orejas encantada.
– Vaya, ¡esto está mucho mejor!
Cogió una fruta de las que les ofrecían y trotó hacia la hoguera donde se congregaban la mayoría de ponis. Ivy se volvió hacia Grauj.
– A tí también te invitan, Grauj. Ven conmigo.
La poni dio un paso atrás y negó.
– No me apetece la fruta...
– Entonces vamos a probar la sopa.
– No sé si debería ir. Los ponis son enemigos de los lobos invernales.
– Esta noche tenéis una tregua, vamos.
Sin aceptar más negativa, Ivy se colocó a su lado y le dio un suave topetazo para animarla. Grauj no discutió más y caminó con ella hacia la hoguera.
