Disclaimer: L, así como las situaciones que enfrenta en la historia denominada Death Note (aunque no le guste a él mismo la idea) pertenecen a sus creadores, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata.

Temporada de Fresas

3. Alcanzó a escuchar el quiquiriquí de un gallo.

–Feeer –los gritos de su madre le abrieron los ojos de golpe– ya me voy a dejar a tu hermana, ¿encargas algo de la tienda?

Lo primero que Kaika observó fue el rostro pacífico de Ryuzaki durmiendo frente a ella. Por un momento creyó que el sueño seguía, pero luego de reflexionar un poco se dio cuenta que todo era una maravillosa realidad.

–¡Sí! –salió de la cama de un brinco, y aún en camisón alcanzó a mamá en la entrada de la casa– tráeme helado, o dulce de leche, o galletas.

–¿Para que engordes? –mamá solía ser muy mordaz con sus comentarios, y Kaika detestaba que le recordaran que tenía unos kilos de más.

–Entonces... –algo tenía que darle de comer a L, y con la dieta rigurosa que estaba llevando iba a ser una odisea encontrar algo que le gustara– traeme fresas.

–¿Fresas?

–Son fruta, qué ¿no?

–Bueno, estamos en temporada.

Mamá se fue a dejar a Bety a la práctica de fútbol, luego iba al mercado. Hace algunos meses que hacerlo en sábado se le había hecho rutina. Para suerte de Kaika, ella no tenía que acompañarla porque a medio día iniciaba su curso sabatino de inglés. Subió a comprobar que L seguía plácidamente dormido, su respiración silenciosa sólo se hacía presente gracias al rítmico movimiento de su pecho. Bueno, a juzgar por sus ojeras debe estar agotado.

Se preparó el desayuno. Los huevos con pan tostado más insípidos del mundo. El nutriólogo le había prohibido la sal.

Mientras comía, Keika no paraba de pensar en qué había pasado esa mañana. El chico en su habitación ni de broma podía ser el personaje del manga. Alguien había dejado al muchacho ahí. Pero su mamá o Bety lo hubieran notado, la puerta estaría abierta, o alguna ventana rota. Con otra mordida a la tostada se dio cuenta del lío en el que estaba metida. Había un perfecto desconocido durmiendo en su cama. Y quizás ni él mismo pueda explicarle qué pasó cuando despierte. Tampoco es que ella quisiera decirle la triste realidad de su destino en el manga. No podía saludar y decir, "eres un personaje ficticio de un manga, y pues... bueno, te mueres".

–De plano no –dijo en voz alta para sus adentros, y se dio cuenta del silencio que reinaba en casa. Papá dormía como oso los fines de semana, su récord había sido levantarse a las cinco de la tarde un sábado. Y como buen oso en hibernación, se ponía agresivo si alguien lo despertaba antes que él quisiera hacerlo. Además,últimamente había estado muy mal por la muerte de su ahijado, y era mejor si lo dejaban tranquilo hasta que superara la pérdida. El silencio se cortó con el ruido de alguien jalandole a la taza de baño. Keika vio que el reloj marcaba las nueve de la mañana. Subió a su habitación a regañadientes, si su papá entraba a su habitación mientras ella no estaba ahí se metería en problemas.

Cuando se asomó esperando a ver el bulto bajo las cobijas, su invitado había desaparecido. Casi se le va el corazón a la garganta. En milisegundos entendió quién estaba en el baño, y medio se cayó cuando vio al joven salir y lavarse las manos como si nada.

Detestaba dormir. Cada vez que lo hacía terminaba con la cabeza embotada y con la incómoda sensación que había perdido el tiempo. Había muchos casos que resolver, y unas horas de distracción podían significar el asesinato de una familia completa, el robo a un banco nacional, o más turistas secuestrados. Al parecer Watari lo había llevado a la cama, por lo que amaneció arropado aunque todavía llevaba los jeans y la camiseta puesta.

Pero al quitarse las cobijas la quijada se le cayó al suelo. No estaba en la habitación del hotel. Era una especie de cuarto de alguna niña, a juzgar por las mantas floreadas, los poster de idolos de música pop coreana, la injustificada cantidad de rosa dentro del closet en la pared de al lado y la alfombra en tono pálido, y los peluches que se apilaban en una esquina del cuarto. Se asomó por la ventana, estaba en el segundo piso de una casa, apuntaba a una calle llena de coches estacionados por ambos lados de la acera. Enfrente había casas de varios colores, y el asfalto estaba parchado por doquier. Alcanzó a escuchar el quiquiriquí de un gallo, y los vecinos tocaban música electrónica en español a un muy alto volumen. A juzgar por todo esto, ya no debía estar en Japón. ¿Cómo había llegado a ese lugar? Un libro en la mesa de noche llamó poderosamente su atención, ¡había un dibujo de él en la portada! Al menos se podría considerar un retrato de él mismo en estilo manga, dónde estaba él sentado de frente bajo el título de "Death Note".

Ojeó el libro que efectivamente era un volumen de manga. No estaba habituado a ese tipo de lectura, y lo que a vuelo de pájaro resultaban ser ingeniosas caricaturizaciones de Light y los miembros de la policía japonesa, pronto se convirtió en un desagradable trago al saber que alguien seguía la pista de cada diálogo y situación en la que ellos se veían implicados. La historia, sin embargo, incluía un elemento ingenioso:

Light Yagami era kira, porque un dios de la muerte llamado Ryuk le había conferido el poder para serlo por medio de una libreta.

Le llegaron a la cabeza esas imagenes torcidas, borrones de criaturas blancas y púrpuras, el tintineo de una cadena. Todo apuntaba a que, por ridículo que pudiera sonar, la teoría de los dibujos podía ser cierta. Kira le había enviado un mensaje diciendo que los dioses de la muerte sólo comen manzanas; además, había una mención en el diario del segundo kira sobre el intercambio de libretas en Shinjuku. La veracidad de las palabras, y la exactitud sobre su encuentro con los miembros de la policía japonesa, le daban suficientes pruebas para creer en lo que acababa de leer. ¿Qué papel jugaba el encierro de Light en todo esto? Cuando terminó de leer el volumen, L se había enterado de la desafortunada muerte de la agente Misora. Dejó el libro en la cómoda junto con los otros volúmenes. El saber la verdadera identidad de Light no se comparaba con el trago amargo de que dos enfermos, autonombrados Takeshi Obata y Tsugumi Ohba, habían convertido el sufrimiento ajeno en un medio de entretenimiento. Necesitaba respirar un poco de aire fresco.

Nota de la autora: Muchas gracias por el interés y los comentarios que están poniendo en esta historia. En verdad no creí que fuera a tener buena recepción. Una vez una amiga me preguntó cómo sería si mis personajes cobraran vida y me conocieran; imagino que me matarían por todas las cosas horribles que les hago pasar lol. En adelante, los capítulos serán desde el punto de vista de L.