Capítulo III
No recuerdo haber experimentado en mi vida un sentimiento similar a la nostalgia. Los años transcurrían y yo seguiría siendo inmortal, tan joven como lo era en mi adolescencia, así de simple. Y en este paraje natural, todo parecía ser tan gris y obsoleto como un tocadiscos. ¿Qué por qué lo relaciono de esa manera? Bien, era simple, Yoh solía comentarme lo mucho que le gustaba ese aparato. Y lo que más me había llamado la atención, lejos de su ridícula explicación, era precisamente el funcionamiento.
Siempre dando vueltas, la misma melodía, incluso la composición. Al final, todo cumplía un ciclo y yo era parte de ese incongruente mundo. Al hallar mi paz, recordaba las palabras de Ohachiyo en mi búsqueda de la venganza, de querer eliminar a la raza humana. Y mi plan seguía en pie, sólo que Yoh trataba en vano de convencerme de lo contrario, pero se le iba la vida en ello. Misión tras misión, aunque tenía éxito, no podía erradicar de tal modo la maldad.
—Todos tenemos esa parte oscura en nuestro corazón—evoqué de repente las palabras de Anna.
Entonces una ligera idea me vino a la mente cuando los vi trabajando juntos el primer mes.
—Voy a preguntarte algo y espero que me respondas sinceramente.
—Adelante, no voy a mentirte—me dijiste tan tranquilo.
Y era algo que tanto Anna y yo compartíamos, ambos sentíamos afinidad hacia ti por esa tranquilidad que destilaba tu alma. No objetaste nada y te levantaste del césped, sacudiendo la tierra de tus pantalones.
—¿Qué harías por el bienestar de la humanidad?
—Es cierto que hay… algunas personas que no deberían existir, te apoyo en eso, pero condenar a la humanidad por ellos es como eliminar lo bueno, que en mi opinión resalta mucho más que todo lo que algunas personas han hecho… sobre todo….
Sonreí al recordar esas palabras en más de una ocasión.
—Eso no responde mi pregunta.
—Bueno, daría lo mejor de mí.
—Entonces empieza por ser más desprendido.
—¿A qué te refieres con eso? —cuestionaste confundido—¿Te refieres a todo ese aspecto de los productos y las marcas? ¿El dinero?
Supongo que la propiedad de su respuesta me tomó prevenido, cualquiera pensaría que lo estaba condenando a una vida de hippie.
—Algo así.
—¿Pero qué en específico, Hao?
Giré a ver el diminuto campo de plantas que labraba Horokeu. Era imposible que resurgiera algo tan insignificante en el menor tiempo posible, pero les estaba otorgando a su favor el beneficio de la duda. Yoh me miraba fijamente y yo sólo podía ver a Anna escuchar la plática de una niña mucho más pequeña que ella.
—Te seré sincero, no creo que logres mucho haciendo este tipo de acciones.
—¿Por qué? En realidad he hecho mi mejor esfuerzo—replicó de inmediato.
Aunque su tono era suave, en verdad estaba determinado a cambiar mi perspectiva.
—No creo que estés tan comprometido con esto.
—Lo estoy.
Esperaba esa respuesta de antemano. Y él, anticipaba mi petición.
—¿Qué vas a pedirme?
—Quiero que dejes a Anna.
Creo que pocas ocasiones vi un rostro tan desencajado por la sorpresa en él, pero era totalmente natural, después de todo, Anna era prácticamente de la familia Asakura, tan sólo hacía falta un maldito papel para legalizarlo y que adoptara el apellido, así que era una petición por demás extraña.
—¿Por qué?
—Limítate a cumplir con lo que te digo, considéralo como un favor especial que te pido. Aunque no creas que te estoy rogando.
—¿Y qué explicación le doy? No sólo es ella, está toda la familia.
—Sabrás cómo arreglártelas solo.
Considero que Yoh en verdad me tiene un aprecio genuino, a pesar de nuestras diferencias y el tiempo que hemos pasado distanciados. Tardó sólo una semana para disolver el compromiso y en todo ese tiempo, he estado observando mi gran obra de caridad. En principio todo fue muy tranquilo, Anna se portó con una solemnidad digna de una gran dama, aun con la patética excusa de él, continuaron viviendo juntos.
No estuve con ellos todo el tiempo. Y eran aquellos momentos, en que los veía en la mesa, en los que deseé mucho regresar el reishi a mis capacidades. Sus gestos no me decían absolutamente nada. Ambos tomaban el té en silencio, veían la televisión e inclusive llegaron a cocinar juntos una o dos veces antes de partir a Izumo.
—¿Anna, quieres ir al templo?
—De acuerdo, pero no llevo dinero.
—Yo pagaré por ti, no te preocupes—contestó afable, con una sonrisa que se impregnó al poco tiempo en ella.
Compraron una caja con un alimento algo extraño que tomaban con palillos de madera. Se sentaron en una banca de piedra y contemplaron el templo con el ir y venir de las personas. En ese instante no comprendí mucho, no hasta ver un ligero sonrojo en él. No podía leer su mente ahora, pero su expresión tranquila denotaba muchas más cosas de las que podía traslucir en simples palabras.
—Me recuerda a nuestra primera cita, ¿recuerdas que yo no sabía ni qué hacer?
Francamente no sabía que ellos tuviesen una relación tan profunda y auténtica.
—Sí. No era necesario que dijeras algo, yo podía leerte la mente.
—Sí… es un día que nunca olvidaré, jamás—añadió tocando con melancolía el collar de Matamune— Pero gracias a eso estás aquí, así que valió la pena. ¿Sabes? Cuando entrené en el infierno me encontré al Oh Oni y me pidió que cuidara de ti.
—Oh…—susurró apenas en un murmullo—No me puedo quejar, lo has hecho muy bien, hasta ahora.
—Sí, supongo que sí—afirmó posando su mano sobre la de ella—Anna, ¿podríamos despedir el año como siempre lo hacemos?
Eran meros murmullos en sus labios, pero tan claros como la acción que secundó ella. Ya no eran nada y aun así, había permitido que él la besara. Por un momento me pareció algo extraño. Lento, suave, creo que sentí envidia de estar muerto, no poder percibir un calor similar como el de ellos. Pero, así, tan rápido como comenzó, terminó.
No había fijado mi atención en ella de forma tan particular, todo había sucedido tan rápido. Yo en verdad sentía algo más que curiosidad por ella. Por una parte, veía en Anna a mi madre y algo más, pero nunca me cercioré de saber qué era. Ahora ella estaba lejos de mi alcance, aunque si tanto pregonaba ser la esposa del Shaman King, creo que podría tomarle la palabra.
Sin embargo, se veía resuelta a no tener asperezas con él. No tenían un compromiso oficial, y aun así continuaban sus vidas con total normalidad, ateniéndose a estúpidas reglas de urbanidad que no comprendía. Se estaban sometiendo a un sistema y a un mundo que no les correspondía.
—¿Pedirás el mismo deseo de todos los años? —le preguntó apenas rozando su mano…
—Así es. Mis deseos no han cambiado en lo absoluto.
—En ese caso, creo que yo sí cambiaré mi deseo. Quiero que tú vivas tranquila.
Fue suficiente para mí y por todo el séquito de momentos que tuve que presenciar. Mi esencia era innecesaria para él y Anna apenas se percataba de mis frecuentes visitas. Así, que no tuve ninguna duda en visitar a Kino, después de todo era mi abuela en la realidad, aunque estábamos lejos de tener un parentesco.
—¿A qué debo tu visita?
—Tengo un problema con Yoh.
—Bueno… yo tengo muchos, he estado buscando un reemplazo para Anna, pero Yoh se niega a ver candidatas—contestó ensimismada en una ofrenda en la que está la foto de Mikihisa.
—Entonces tal vez puedas solucionar mi problema.
Sabía que sus opciones más viables no le llegaban a los talones, era obvio, había seleccionado a Anna por una habilidad nata, que incluso aun con la mejor aprendiz que tenían aun en casa, no era suficiente. No había muchas opciones.
—Jamás pensé llegar a tener una charla contigo, esto es de lo más insulso—dijo con una pequeña sonrisa irónica.
—Envíala lejos de él, de otro modo no vas a tener oportunidad de encontrarle otra mujer.
Cerró los ojos y en su semblante pude notar un destello de lástima. Odiaba no saber si el sentimiento era por mí o por ellos, pero no pretendía averiguarlo. De ningún modo, sólo quería resolver esta situación antes de que él fuera a contradecirse.
—¿Qué te hace pensar que ellos realmente se van a separar? Si… según mis fuentes, ellos ya eran un matrimonio bien formado. Tú no los conoces tan bien, y dudo que te dé tiempo, pero nosotros les hemos puesto las circunstancias en sus manos, son ellos los que deciden qué tomar o no.
—Entonces dale la oportunidad.
—¿Por qué estás tan interesado en ello?
—¿En verdad quieres saber?
Me acerqué a ella y le conté todo cuanto sabía. Detalles que parecieron remover algunos sentimientos que ni siquiera yo conocía, pero que estaba seguro que con tan breves palabras, fue suficiente para convencerla. Totalmente.
Consecuente a esa visita, fue cuestión de meses ver cómo se alejaban. Yoh continuó solo, creo que no lo había notado, pero entrenaba con mucho más rigor que antes. Incluso sabía de buena fuente, había agudizado todos sus instintos. Y un año después se había atrevido a llamar a Matamune. Se afianzó a él, así como yo lo había estado en algún momento.
Ocasionalmente me acompañaba, nos brindábamos un poco de paralelismos. Y siempre me miraba con perspicacia cada vez que mandaba a Yoh a una guerra solo. Años después se transformó en un importante embajador, así que de cierto modo clarificar la paz era su trabajo y no el mío. Anna se convirtió en una importante política de relaciones exteriores en donde los humanos discutían aparentemente todos los problemas del mundo.
—Es difícil eliminar la afinidad de ambos, ¿no? —me cuestionó Matamune—Suelen coincidir mucho.
—Tú deberías impedirlo cuando suceda.
—Como un dios, creo que estás pecado de un error cien por ciento humano.
—Llegará el momento.
Sólo que cuando me percaté, habían pasado quince años desde entonces. El tiempo era relativo para mí, perderme en la inmensidad era fácil, después de todo, qué eran quinientos años contra quince. Estaba seguro de que de algún modo había olvidado la problemática por alguna razón en particular, especialmente de comprobar que mi interés por ella siempre había sido genuino.
Aparecí una tarde de noviembre frente a él. Su aspecto lucía cansado después de librar una intensa batalla en medio oriente. El lugar resplandecía con los ataques del arsenal de infantería del ejército enemigo. Me pareció extraño que no muriera en el intento de su estúpido tratado de paz.
—Vaya… tiene… mucho que no te veía, ¿has venido a ayudarme? No me caería nada mal una mano.
Su cabello lucía casi tan largo como el mío, pero siempre lo caracterizaba esa tranquila cara de muerto. A veces, ocasionalmente, aun temblaba en mi presencia y ésta no era la excepción cuando se derrumbó junto a su mochila.
—¿Aun quieres a Anna? —supe de antemano que mi pregunta lo había invadido en un severo estado de conmoción—Sé conciso, no te voy a dar motivos, sólo limítate a responder mi pregunta.
—No, es sólo que tu pregunta está mal formulada—respondió cansado—Pero sí, todavía siento algo por ella, más allá de una amistad.
—Bien, entonces ve por ella—añadí dándole la espalda—Eso no quiere decir que te esté dejando una entera disposición. Ella también me interesa, así que antes de que acabe el año, te sugiero que finiquites tus problemas con Anna o tomaré posesión de quien por derecho es mi mujer.
Fue sólo presión. Una inaudita manera de dejarle en claro el poder que tenía de sus vidas. Él tenía dos opciones, dos magníficas formas de hacer que todo funcionara de nuevo. Pero al ver a Matamune de regreso, cerca de la víspera de navidad, supe que había agotado el último recurso.
—¿Lo logró?
—No…
Me levanté de mi trono y sonreí al verlo caminar en medio de una ligera tormenta. Su cara… creo que con el tiempo aprendí a leer las facciones completamente, y sabía que estaba mal. Probablemente sí la quería más de lo que yo especulaba. Adopté una forma mucho más terrenal y sentí el frío suelo, por lo menos lo acompañaría en su agonía un momento antes de revocarle totalmente la oportunidad, pero antes de siquiera hablarle, ella llegó.
—Yoh…—pronunció seria.
Se detuvo y dejó que una ligera brisa pegara en su rostro. Entonces ella caminó hasta él y ambos se miraron fijamente. Me desintegré al instante, no quería evidenciar mi presencia ahí, mucho menos cuando Anna se quitó la bufanda del cuello y la anudo a él.
—Olvidaste tu bufanda.
Una mirada de reojo a esa inoportuna prenda, un rápido vistazo a su cara y ahí estaba de nuevo una sonrisa en su rostro. Minutos atrás se moría de tristeza, pude notarlo en su aura, ahora resplandecía de un soberbio sentido de tranquilidad y calma.
—Gracias.
—No, gracias a ti, me protegió del frío—repitió dando un par de pasos hacia atrás—Ahora debo irme.
No había dudas en ella, pude sentirlo, dejarlo ahí era más sencillo de lo que pensé en el momento en que escuché su voz. Sin embargo, al dar los primeros pasos de regreso al hotel, él había parado abruptamente su andar.
—Anna.
—¿Qué? —cuestionó sin siquiera mirarlo.
Y él permaneció estoico en su lugar.
—Gracias por haber sido el soporte de mi vida.
Soltó el aire y aquella exhalación transpiró en el aire.
—Siempre fue algo mutuo. Así ha sido desde siempre—y sus ojos se toparon con los suyos.
Fue un momento extraño de presenciar, más porque aquella mujer estaba destinada a ser uno más de los Asakura. Sería todo un privilegio hacerla mi esposa, sin dudarlo, pero aún le estaba dando una última oportunidad a él. Qué bondadoso de mi parte. Difícil de creer, pero los apreciaba, a ambos. Probablemente a uno más que otro, después de todo, podía cumplir el deseo de Anna de convertirla en la reina.
—¿Alguna vez en todos estos años que han pasado… tú dudaste de mis sentimientos por ti? —cuestionó ella.
Esperaba esas mismas palabras en Yoh, pero había sido Anna quien las pronunciara primero, lo cual, no tenía previsto.
—Confiamos mutuamente en nosotros, creo que no hay nada más fuerte que lo que tenemos, aun con el tiempo, la distancia, jamás he dudado de lo que existe.
—¿Y qué es? —preguntó Anna.
—Amor…
Fue suficiente para que él sonriera. Pronunciar una palabra tan monótona no hacía de ése un momento romántico. Sólo hubo un profundo silencio y ambos caminaron a lados opuestos, en direcciones totalmente contrarias. Uno no se explicaría el sentimiento que intentaban proyectar porque carecía de sentido con sus acciones.
Observé a Yoh de cerca. No hizo nada por buscarla de nuevo, se limitó a disfrutar del poco tiempo disponible en aquella víspera. En mis recuerdos no encontraba algo agradable o sentimental, para mí carecía de significado la temporada invernal. Pero él, abría regalos, daba abrazos de navidad, incluso colocaba deseos a personas que ya ni siquiera figuraban en este mundo.
—Hao, qué sorpresa—me dijo, tomándome totalmente desprevenido.
—¿Debería serlo?
—Supongo, es navidad—afirmó acercándome un platón de caramelos—Feliz Navidad.
—Así que lo de Anna no funcionó.
Suspiró y metió a su boca un chocolate.
—Anna es impredecible.
—¿A qué te refieres con eso? —pregunté confundido.
—A que si tanto te gusta deberías darte una oportunidad con ella, pero para hacerlo yo creo que deberías dedicarle tiempo. Ser una persona que esté enteramente aquí y no en todos lugares.
No pude evitar sorprenderme de su consejo.
—Hace unos días hasta llorabas por ella, ¿acaso vale tan poco….
—Hace unos días comprendí algunas cosas.
—¿Y qué comprendiste? —pregunté con verdadero interés.
Había un brillo peculiar en sus ojos, algo que creo…. Nunca había percibido. No logro comprender cómo es que aun logra confundirme con todo el universo que compone su mente. Debería comprenderlo mejor, pero me resulta algo absurdo. Totalmente.
—Que existen personas que reconocen al amor de su vida desde la primera vez. Y Anna y yo somos un digno ejemplo—confesó con cierto toque de sobriedad— Jeanne y Ren son una gran pareja, pero… yo creo que difícilmente alguien podría igualar el amor que Anna y yo nos tenemos.
Él creía encontrar comprensión, yo sólo hallé un gran cúmulo de dudas, en qué momento había llegado a esa ridícula conclusión si yo había visto todo por completo y no había manera de encontrar optimismo ahí. No lo había.
—Quiero hacerla mi reina—declaré inamovible mis intenciones.
— ¿En verdad?
—Así es.
Cerró sus ojos y sonrió con algo similar a la ternura. Sus ojos se cristalizaron en un breve instante, un segundo que colapso por completo mis emociones y me hizo sentir extraño.
—Gracias, Hao.
—¿Por qué me agradeces? Yo te separé de ella.
—Tú sabes porqué—me interrumpió—Gracias…
Callé y me mantuve absorto unos momentos, adentro se desarrollaba una íntima cena, a comparación de la que una semana atrás, la última vez que él la había visto. Se encogió de hombros y soltó el aire que contenía. Sólo vapor salía de su boca. Y aquello me recodó al poblado en que viví mi primera vida. Yo solía correr, solía disfrutar con mi madre esos pequeños detalles, aquel calor humano.
—Se supone que soy un dios, no debería confundirme por nada…
—Bueno, creo que nos hace falta esa parte, ¿no crees?
Sonreí y me fui a mi paraíso personal. Yo lo había amenazado con quitarle a esa mujer, la que por derecho me correspondía a mí. Pero al igual que Kino, ahora él sabía las razones de mi parecer y eso me dejaba sin armas, sin señuelos y sin objetivos claros que lograr ahí. Reflexioné un poco más y continué observando el proceder de ese mundo.
El invierno abrió paso a la primavera. Y cada uno prosiguió con más ahínco en sus deberes y obligaciones. De acuerdo a Matamune, Yoh no volvió a hablarle en el transcurso del año. Sonaba totalmente irracional, pero era la parte humana de la que tanto se jactaba. La que él aún tenía.
—Tendrías treinta y uno, ahora mismo—comentó el gato.
Qué rápido pasaba el tiempo. Supongo que dentro de mí aun habitaba esa bondad denominada amor por el prójimo.
—¿No crees que es hora?
Algunas cosas como ésas ya no dependían de mí, sino de ellos, quienes no podían arreglar sus diferencias.
—Quiero que la acompañes.
Él se marchó y los últimos meses correspondientes al año, se convirtió en la sombra de Anna. Día y noche se encargó de cuidarla, de acompañarla. Era difícil verla al caer el sol, a veces tocaba su cabello y mis dedos apenas rozaban las finas hebras de su cabellera, que se escapaban al instante de mis manos. Tan frágil y a la vez tan fuerte, una perfecta ambivalencia.
Y ahí estaba de nuevo, ese sentimiento en mí no alcanzaba a dominarme, pero sí que parecía bombardear mi mente con ideas ajenas a mi persona. Hace mucho no la veía de frente, así que observé su respirar y la forma en que se abrazaba a una almohada y de repente… soltó el agarre. Una lágrima brotó de sus ojos aun cerrados. Una tras otra. Jamás había visto esa vulnerabilidad en alguien tan fuerte como ella.
—Vete de aquí, Hao, quiero estar sola—me dices en medio de un suspiro—No necesito un cuidador, con el gato es más que suficiente.
Observé a Matamune dormitar a un costado de ella, en el sillón cercano a la ventana. Anna abrió sus ojos, ya humedecidos, aquello sólo acentuaba su mirada.
—Por más que lo pienso no logro comprender por qué lo hiciste.
—¿Y qué hice?
Mi pregunta obedecía más al cinismo y por un momento pensé que me golpearía y eliminaría en ese instante. No lo hizo.
—Nada, en realidad—susurraste en un suspiro, tal vez porque no entendías a ciencia cierta qué había provocado la ruptura de compromiso, y así, simplemente, cambiaste el tema—A menudo sueño con él, como antes, cuando vivía en Aomori.
—¿Qué sucedió en Aomori? —pregunté tranquilo.
De alguna manera estaba envuelto en un cúmulo de sensaciones pacíficas, familiares. No estaba hostil, incluso con ella, mi tono era neutral, ahora simplemente estaba interesado.
—Ahí lo conocí.
—¿Y lloras porque te acuerdas de eso?
—Lloro porque fue una despedida temporal—y giraste tu cuerpo—Ahora no lo es.
—Nunca sabes.
Silencio. Escucho tu respiración un poco más suave, pero el ritmo sigue siendo el mismo, un tranquilo vaivén en el aire.
—Él siempre tuvo la capacidad de ver más allá, incluso más que yo.
Claro que lo sé, él tiene una increíble habilidad para ver cosas que incluso yo necesitaba hacer con ayuda del reishi.
—Ahora me nublan muchas cosas y no logro entenderte. Así que márchate, tu presencia aquí es innecesaria.
Entiendo, y realmente no la juzgo.
—Me iré, pero recuerda que todo lo hice por él.
—¿Por él?
Sería inútil explicarle más detalles, así que me desvanezco antes de mirar esa incógnita en sus ojos. Por lo menos tenía la certeza de que ella no permitiría que lo mataran. Fue así como dejé que transcurrieran unos meses más. Sus vidas francamente me tenían sin cuidado si lo consideraba con atención, sólo que me sentía en deuda aún.
Entonces ocurrió. No tenía conocimiento total de aquella rama de los Asakura, pero existía. No fue hasta que me fusioné con el espíritu supremo que ahondé en aquel parentesco que teníamos Yoh y yo con ellos. Y como imaginé desde que vi nacer al heredero Asakura, ellos vendrían a reclamar lo que a Hana le correspondía.
Permanecía sentado en el suelo de madera, esperando lo peor después que el médico diagnosticara una pequeña anomalía en la matriz de su madre. Suspiró largamente y catalogó aquella experiencia como algo realmente extraño. Si tenía fe en sus creencias, nada malo pasaría, pero tampoco podía aseverarlo. Y si Keiko se iba, entonces sería el último de la dinastía.
—Todo estará bien, ¿no es así, joven Yoh? —cuestionó Tamao.
Sonrió sin siquiera pensarlo, después de todo ella era su amiga desde su más tierna infancia.
—Así es, Tamao. Todo irá bien—afirmó mirándola con mucho más tranquilidad—¿Habías visto un invierno tan… gris?
—Probablemente…—añadió la mujer sentándose a su lado—Cada navidad hay algo de nostalgia en el ambiente.
—¿Y no te preguntas porqué?
Sus manos se entrelazaron por un fugaz momento, que se vio arropado por un sutil sonrojo en su rostro. A pesar del tiempo, el amor por él aún existía. Era algo que no entendía del todo al verlo con tantas otras personas, pero también estuvo presente esa pronta resignación a tiempo.
—A veces es por todas aquellas personas que nos han dejado, que se han ido—pronunció mirando los pequeños copos de nieve—Y también las cosas que han pasado en nuestra vida.
—Sí, creo que tienes mucha razón—dijo suspirando largamente.
Sintió la sutil caricia de Tamao como algo fraternal, a pesar de que sabía de antemano que no lo era. Su carácter era afable con la mayoría de las personas, pero también había adquirido mucho más valor con el paso del tiempo, una cualidad que había adoptado gracias a la compañía de Anna. Se preguntaba en ocasiones, qué habría sido de ella si realmente la rubia hubiese estado embarazada. Ambos habían planteado varias cosas, pero al ver la realidad, hubiese sido imposible llevar a cabo sus planes de ese modo.
—En algunas ocasiones me llegué a preguntar qué tenía de especial ella. Sobre todo cuando llegó de ese viaje hace tantos años, no comentó mucho al respecto, pero fue algo que cambió mucho su forma de ser—dijo con sobriedad mientras sus ojos se cerraban tranquilamente y retiró su mano de aquel singular contacto— No me cabe la menor duda de que ella se preocupó por usted desde ese momento. Y siempre vio la manera de ayudarlo, en todo lo bueno y malo.
—Lo sé…
—La señorita Anna sigue esperando por usted, lo sé. Ella lo ama mucho. Después de todo, qué puede ser la distancia. El amor es así, ¿no? Son despedidas, son encuentros, son separaciones.
Era una simple frase que tal vez no tenía mucha connotación, no hasta ver acomodadas aquellas últimas palabras. Entonces todo tuvo sentido. Era un sentimiento de extraña felicidad, un palpitar similar al que recordaba en aquel invierno de 1995.
—Todos necesitamos de alguien, ¿no es así? Afortunadamente he podido hacer de mi vida, aunque no fue del todo afortunada.
—Bueno, pero lo hiciste y ¿eres feliz, verdad?
—Así es.
—Eso es lo más importante, Tamao—respondió levantándose—Muchas gracias, tu siempre has sido un gran apoyo en mi familia y por todo eso te debo mucho.
—Oh, no, claro que no. Al contrario, soy yo quien les debe todo.
—Tú no nos debes nada, Tamao. Eres libre y parte importante de nuestra familia, aunque no lleves nuestro apellido, créeme.
Al contrario, había mudado su residencia ahí para permanecer junto a su madre, aunque decía que el cambio le había sentado muy bien a su hija, para crecer en el lugar donde ella lo había hecho. Besó su frente y corrió hacia la habitación donde reposaba Keiko. Apenas débil, su vista se fijó en él con atención.
—¿Todo bien? —cuestionó acercándose a la cama.
—Como siempre.
Miró al doctor y veía en él un semblante alentador.
—¿Estarás bien si te dejó un par de días? Necesito terminar algo.
—No te preocupes por mí, Yoh—respondió incorporándose en la cama—Tú eres el jefe en la familia, haz lo que tengas que hacer sin pedirme permiso.
Su respuesta no le extrañó en lo absoluto, peculiarmente cuando el medico se acercó a darle un par de pastillas. Decidió no refutar su idea, después de todo, en cierta parte tenía razón: era el cabeza de familia.
—Es algo curable, Joven. Sólo será necesaria una pequeña cirugía para quitar el quiste en la matriz.
—Así es. No es algo de tanto cuidado, Yoh. Puedes irte, yo estaré bien, aunque…¿no esperarás hasta mañana mejor?
Podría, particularmente porque no quería dejar solas a estas tres mujeres que eran en verdad especiales para mí. Sin embargo, era algo que necesitaba.
—No creo, me iré sólo porque sé que te dejo en buenas manos. Pero volveré pronto.
—Está bien, cuídate.
Empacó sus cosas y compró un boleto de tren. El trayecto fue silencioso, profundamente callado. Miraba el asiento de enfrente y no pudo evitar recordar su viaje con Matamune. A decir verdad tenía años de no ir tan al norte de Japón, salvo las ocasiones que visitó a Horo Horo que en realidad eran contadas.
Suspiró y exhaló vapor de su boca. Sus manos frías se entibiaban mutuamente mientras caminaba y concluía su viaje en aquel paraje espiritual: la ancestral prefectura de Aomori. Sonrió al ver las calles poco transitadas y la colina donde circundaban todos, dirigiéndose al festival en el templo. En unas horas más sería un año distinto y él comenzaría un nuevo ciclo. Era un lindo atardecer.
Caminó hacia allá y se sentó en una de las bancas más altas, donde podía observar toda la multitud acudir con deseos escritos, largas listas de cosas qué pedir. Concluyó que Anna consideraría eso algo sumamente egoísta, pero quién era él para juzgar si tampoco carecía de esa malicia que solían acuñarles a los humanos.
—Creo que al fin y al cabo todos labramos nuestra propia justicia—comentó confiado—Creo que hubiese traído a Amidamaru conmigo, me siento un poco solo sin él.
Entonces oyó el sonido de una bolsa caer. Inmediatamente se levantó y auxilió a la persona que levantaba sus pertenencias.
—Muchas gracias, joven—dijo amable—A veces soy un poco torpe.
—A todos nos pasa, no creo que sea por torpeza—respondió tranquilo—Yo lo hago muy a menudo.
—¿Y esperas a alguien? —preguntó la anciana—Porque si es así, casi anochece y comenzará a nevar aún más.
—En realidad…—calló antes de sentirse plenamente acompañado—Sí, estoy esperando a unos amigos.
—Bien, entonces me marcho. Te agradezco mucho el gesto. Pero antes déjame darte algo.
Su mirada se desvió un momento al objeto que ella había puesto en sus manos.
—Es una pequeña figura artesanal, espero que te agrade. Dicen que da muy buena suerte.
—Muchas gracias…—susurró.
Fue así que el primero de ellos apareció delante de él. Identificó el mismo amuleto que el guardaba de Hao y pudo contemplar ciertos rasgos, levemente parecidos a la primera figura de su hermano. El adolescente apenas tendría unos trece años, quien debía ser Yohane Asakura, el heredero de la otra rama Asakura.
—Fue bastante oportuno que vinieses aquí—comenzó a hablar una mujer que venía caminando detrás de él—Con Keiko enferma, no será difícil aniquilarte, y ser la única familia Asakura.
Y ella era Luka.
—La verdad, no comprendo mucho—respondió el castaño—Somos familia, ¿no?
—¡No! —exclamó Yohane—Tú no eres parte de mi familia. Así que hemos venido a eliminarte.
—Amm… ¿y se tomaron la molestia de venir a matarme en víspera de año nuevo? Deberían estar festejando con su familia, ¿no lo creen?
—Será el festejo perfecto, después de matarte. Después de todo, somos descendientes directos de dios, la realeza de nuestra sangre es más espesa que cualquier otra—añadió Luka.
Yohane brincó y detrás de él estaba un espadachín. Aunque no lucía del todo temible, más bien… figuraba más un samurái muerto, sin nada de grandeza. Desechó la idea la verse rodeado de una serie de personas más, seguramente que acompañaban a ese par de hermanos. Miró de nuevo al joven y ciertamente percibía un aura poderosa, más al saber que era descendiente directo de Hao.
—Eres muy fuerte, puedo verlo—dijo el castaño tranquilamente.
—¿Y tienes el cinismo de burlarte? ¡Tsukiyomi lance Oversoul! —llamó con gran fuerza.
Y una gigantesca espada apareció como resultado de la conjunción de ese espíritu. La grandeza y magnificencia le sorprendieron, especialmente cuando veía en él toda la determinación. Pero no sólo había sido él, su hermana y acompañantes realizaron una similar acción, determinada por un fuerte deseo de venganza.
—Veo que van en serio—dijo observando a todos a su alrededor y suspiró—¡Espíritu de la tierra!
La grandeza del espíritu no lo hacía sentir más tranquilo, pero al menos a sus atacantes sí que los atemorizaba. No pretendía pelear con ellos, creía que podrían encontrar una tregua en ese camino. Aunque francamente no sabía cómo llegar hasta ellos.
—Aún podemos desistir.
—De ninguna manera—pronuncio Yohane—¡Oboro Zangetsu!
Comenzó el ataque, arrojándose de lleno contra él. Sin embargo, eludió el ataque gracias a la protección de la esencia sagrada y de su rápida reacción, ya que en un instante, todos y cada uno de los shamanes comenzaron a atacarlo. Sólo defendió, no quiso ni deseó atacarlos. Aunque una de las armas había rozado levemente su mejilla, provocando un corte en apariencia superficial.
Una gota de sangre resbaló por su piel y de nuevo en su brazo, provocando un corte más profundo. Retrocedió y el ataque de los shamanes simplemente no cedía. Entonces chocó con pared. Y Yohane clavó la espada en ella, fallando apenas unos centímetros.
—¿Es que piensas dejarte morir, así? —le espetó con dureza.
Y entonces contraatacó usando su espíritu. Había usado la gravedad para afectar a todos aquellos shamanes, que al instante de verse aplastados contra el suelo, desintegraron su posesión de objetos. Cedió poco a poco y espiró agitado de esa emoción un poco descontrolada en su interior.
—Basta, Yohane, soy más fuerte que todos ustedes.
Él sólo rió y se alejó un par de pasos para mirar la aparente figura principal de la casa Asakura.
—No eres ni la mitad de fuerte que nuestro antepasado, no te quieras pasar de listo.
—No quiero matarlos—pronunció cansado y guardando su guardián—Hablemos pacíficamente.
—¡Eso es arrogancia, Yoh Asakura!¡Nosotros no venimos a hablar contigo, venimos a matarte!—añadió Luka, mostrando una gran posesión con un enorme santuario—¡Carroza Andante de Amatetsu! ¡Amaterasu Kachiyumi!
Al instante un puñado de flechazo comenzó a salir de aquel andante objeto. No tuvo la presteza de convocar al espíritu cuando una flecha rozó su pierna y lo atravesó en el brazo. Aquello era más que un par de gotas de sangre. Sostuvo con dolor su brazo, mientras ella se acercaba cada vez más y pretendía lanzar su ataque final. Pero, al hacerlo una luz eliminó por completo aquella posesión.
Todo había pasado tan rápido, que apenas figuró en la persona que estaba delante de él. Todo cuanto hacía era presionar su hombro, donde había entrado aquella flecha. Su respiración se agito, y el ambiente se aclaró con la destrucción masiva de los shamanes que aún quedaban en pie.
Efectivamente, estaba viendo varios de ellos. Destrozando de par en par, a todo aquel que osase levantarse en pro de la lucha. Yohane trató en vano de destruir uno de aquellos entes, pero es que simplemente se movían rápido. Sonrió al notar su presencia justo a un costado de las escaleras de piedra. Ella subía tranquilamente sin verse sorprendida de la acción del par de hermanos.
—Son demonios, ¿quién eres? —preguntó con dureza Luka.
La rubia bajó el gorro del abrigo y dejó que su larga cabellera cayera a un costado. Finos copos de nieve comenzaron a caer en el lugar que se desarrollaba una gran batalla.
—¿Quién eres? —repitió Yohane.
Ignoró el reto que aquel joven le impuso con su oversoul y pasó de largo al ver a Yoh recargado en la pared, deteniendo una hemorragia.
—Anna Kyouyama—se limitó a responder mientras caminaba hacia él.
Ambos se miraron con una extraña mezcla de duda. Su padre les había dado claras instrucciones y de acuerdo a su investigación, ella no debería estar ahí.
—Ya veo, así que tú eres esa mujer—mencionó mucho más pasiva—Es hora de irnos, Yohane.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo? —cuestionó la rubia a una tranquila adolescente.
—Creo que tienes muy mala fama—respondió ella.
—Pero ya nos veremos en otra ocasión—amenazó el menor de los hermanos—Retírense.
El séquito de hombres se marchó y con ellos, todos los demonios que había convocado para pelear. Todo se desvaneció y la nieve comenzó a caer con más afluencia. Entonces se hincó delante de él para poder ver con mayor detalle la herida.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—No lo sabía—respondió Anna—Vengo aquí cada año.
—¿Por qué?
—No lo sé, me nace venir aquí—dijo colocándole un paño en la herida—Hay que sacar la flecha, te va a doler.
Rió sin poder evitarlo. Fungía como amenaza pero en realidad era una advertencia.
—¿Me estás pidiendo permiso? Siempre me pegas y eso me duele, no veo porque…
Calló y gritó en un instante. ¿Por qué Anna tendría la delicadeza de avisarle? Definitivamente no iba implícito en su trato.
—Sostén esto—le indicó dándole otro pañuelo—Es el colmo contigo, pudo haberte matado y ¿sabes lo que eso significa?
—¿Qué significa? —cuestionó mirando detenidamente cómo buscaba en su bolso una botella de agua.
No respondió, ni se molestó en volver a mirarlo hasta que hubo humedecido el paño para colocarlo en su hombro.
—Voy a convocar a Fausto. Así que tendrás que usar tu espíritu, no quiero que te desangres. La casa de la abuela no está lejos.
—¿Aún está en funcionamiento la pensión?
—Por eso vengo cada año—le recordó sin un ápice de sentimentalismos—Coordino a las que son aún muy jóvenes, no las entreno yo, pero sí tengo cierta supremacía ahí.
Otra persona lo hubiese llevado al hospital, pero ella que lo había acompañado a un par de misiones al medio oriente, sabía lo básico para auxiliar a una persona, en su caso no veía tan grave la herida. Pero así lo hizo, convocó a su amigo y él fue indicándoles las correspondientes medidas para sanar el ataque.
— Si no me necesitan más…—le dijo el rubio.
—Adelante—respondió Yoh, despidiéndose de él con una sonrisa.
El vendaje no le incomodaba, mucho menos que su enfermera fuera ella. Se miraron en absoluto silencio, hasta que Yoh comenzó a vestirse de nueva cuenta. Era un poco tarde, si lo consideraba, pero también había ido a Osore por la razón que lo había traído hace veinte años ahí: ella.
—Sí, puede retirarse—le indicó a una anciana sacerdotisa.
Anna comenzó a darles indicaciones a las tres ancianas que tenían a su cargo el recinto y suspiró cuando una le recordó las bajas que habían tenido con un par de aprendices. Era un problema del que solía quejarse su abuela, su abuelo, incluso su padre. Aquel patrimonio estaba desapareciendo y viéndolo desde ese punto, él estaba en un punto de límite.
—Está bien, encárguese de eso.
Abrochó los últimos dos botones de su camisa y dejó escapar un gran suspiro. Viendo el reloj era lo bastante tarde, pero era la hora más indicada, pronto darían las ciento ocho campanadas. Las ancianas se retiraron y ella cerró la puerta, brindándoles así más privacidad.
—¿Anna, te gustaría salir al templo?
—Para qué quieres ir ahí, acabamos de regresar.
—Quiero pedir un deseo muy especial.
Fue más que suficiente explicación. Ambos caminaron cerca uno del otro hasta encontrar ese paraje aún más transitado. Ya no había peligro, no había amenazas, no había nada más que su simple compañía. Un joven andante comenzó a tocar el violín, ambientando con una sutil melodía, que pudiese ser hasta melancólica para evocar la época invernal.
Tuvo un leve recuerdo de la última vez que habían salido ahí, su primera cita. Nada parecía haber cambiado, salvo sus cuerpos. La primera comenzó a sonar y la mayoría parecía rezar o evocar recuerdos alegres para despedir el año. Mientras, ellos permanecían de pie al templo, bajo la pequeña ventisca de nieve.
—Anna, sé que han pasado dieciséis años desde…
—Y no me volviste a buscar.
—No… no lo hice—contestó con una sutil sonrisa—No hubiese soportado que me rechazaras de nuevo.
—¿Y cómo lo sabías?
—Porque tenías que aceptar la idea, como hace muchos años hiciste. Tú no sabías que me amabas hasta que confrontamos tu corazón entre dos decisiones: seguir siendo miserable o aceptar que en verdad eras amada por alguien—le explicó con lentitud mientras tomaba su mano— Ya estuvimos mucho tiempo separados.
Y la penúltima campanada sonó. Cerró los ojos y esperó que aquel sentimiento de tranquilidad se fuera y mezclara con algo más, pero era imposible. Estando con Yoh ahí era algo natural. No sentía nada que no fuera una paz espiritual en ese momento. Casualidad o no, ambos estaban tomados de la mano y asió con mayor fuerza el agarre. Él tenía mucha razón en todas las cosas que decía, porque necesitaba ese tiempo, realmente lo necesitó.
—Mi deseo es que seas mi esposa…—murmuró el castaño al oír el último sonido que anunciaba la llegada de año nuevo—¿Cuál es tu deseo, Anna?
—Que tú seas mi esposo—respondió suspirando, mientras atrás muchas personas celebraban jubilosas un nuevo ciclo.
—¿Puedo retomar nuestra tradición?
Asintió y permitió que él tomara su cintura. Entonces sus labios se reencontraron y sintieron la nostalgia de los años de separación. Una dulce y sublime caricia los había tomado por entero, mientras redescubrían los sentimientos perdidos. Torpe, afable, lleno de melancolía, de felicidad, de todo ello iba impregnado cada encuentro de sus labios. Una sutil sonrisa se coló en el rostro de Anna, cuando ambos comenzaron a besarse mucho más familiarizados y así… lloraron juntos el inevitable resurgimiento de su inextinguible amor.
Me recargué en la copa del árbol para admirarlos de lejos. Supongo que a ninguno les hubiese encantado mi particular visita. No pude evitar sentir un poco de envidia, pero aquellos sentimientos los disipé en el momento que Matamune me acompañó. Nos miramos y él sonrió con algo similar a la ternura, o probablemente era nostalgia.
—Lucen bien juntos.
—Supongo…—contesté con una pequeña esfera de luz en mi mano y que se desvaneció en un fugaz instante—Ahora será cuestión de tiempo para que nazca.
—Hiciste lo correcto, de alguna manera.
Me senté y recargué en la corteza del tronco mientras los veía caminar abrazados. Era una faceta nueva para mí y supongo que en alguna medida para los dos. Habían pasado tantos años, que era obvio que se extrañaban uno al otro. Y aunque la experiencia les había brindado nuevas vivencias, podía sentirlo del mismo modo, ellos se reconocí como una pareja definitiva, como un amor único y verdadero.
—Ahora Hana crecerá en un hogar más estable—añadió Matamune—¿No es lo que deseabas para tu sobrino?
—Las familias siguen siendo mi punto vulnerable—confesé sin dudarlo, después de todo, no podía ser fuerte ante alguien que me conocía tan bien—Encárgate de ellos.
—Así lo haré.
Brinqué y me desvanecí en el aire, pero antes de hacerlo, no puede evitar mirarlos una vez más. Era la razón por la que Yoh me agradecía y que Anna no comprendía. Yo sabía que ambos querían una estabilidad y no la tendrían a no ser que sacrificaran algo realmente importante, en este caso, un pequeño niño que no vería de ellos nada, más que a dos simples extraños. Me miraron por un breve instante y mi hermano me saludó a la distancia. Después de tantas lágrimas, separaciones y brazos extraños, qué eran un par de años contra una bella eternidad juntos. Nada.
En una larga vida, hay una gran angustia…
Pero también habrá felicidad en el encuentro de año nuevo.
El amor son encuentros, despedidas.
Como una tela transparente, vieja y roída.
Fin
N/A: ¡Y Fin!¡Saludos! Después de unos cuantos días (prefiero días a semanas, me gusta mentirme de vez en cuando) les presento la conclusión de este fic. Un capítulo eterno. Sé que fue difícil ver esa separación entre Yoh y Anna, a mí también se me hizo un poco feo, pero fue uno de los planteamientos que he tenido con el pasar del nuevo manga Flowers y en conjunto con una historia ya escrita, quise mezclarles esto. Al final fui conjuntando aspectos del manga poco a poco, porque he tenido más y mejores experiencias leyéndolo de nueva cuenta, me he inspirado y emocionado mucho. Espero que sea de su agrado, a mí, personalmente, me encantó y me siento complacida del resultado. Está narrado bajo el punto de vista de Hao y en tercera persona, por lo que dividí estas dos partes con una línea, además que se diferencia por la narración. En fin, fue un poco complejo armar la idea, pero finalmente salió y bueno no me queda mucho por decir salvo lo que ustedes ya saben.
Cuídense y nos veremos próximamente en otra historia.
Agradecimientos especiales: Liz Asakura, Nia Shi Dae, DjPuMa13g, MenyPshh, angekila, Love Anna, jessi1424, Alejandro Asakura, FanieKrieg, Mick, Shiro Hitsuji, diazepam, ormaL92, vero lee, Llizag, Carnadine. Y todas aquellas personas que me acompañan desde siempre en todas mis locas ideas.
