AMARILLO

Era jueves cuando trajo a la niña. Kaien los vio a través de la ventana donde se acumulaba el vaho: una silueta a contraluz con un bulto acurrucado en sus brazos, caminando a pasos rápidos sobre la nieve.

Una brillante noche sin estrellas. Sólo con una luna plateada, enorme, como un espía que todo lo observa y que a todo le da un matiz especial. El director de la Academia Cross teatralizaba sobre ese marco perfecto justo antes de ponerse serio y, con lo que parecía un suspiro, se ajustaba la bata y bajaba hacia la entrada.

Toc-Toc (una grave llamada)

Por supuesto, ellos siempre tan amables. Los vampiros nunca dejaban de sorprenderle. Podían comentar casualmente cuanto te favorecía ese color mientras te apuñalaban por la espalda. Literalmente. En aquella ocasión el individuo en cuestión incluso le pidió perdón.

Kaien parpadeó para sacarse las memorias de las pestañas y se ató el pelo rubio pálido en una cola de caballo. Apresurándose en los últimos escalones y mirando a lado a lado para asegurarse que no había nadie más, se dirigió a las robustas puertas de roble y abrió con un sonoro crugido.

Por supuesto, sólo un excéntrico personaje como Cross habría abierto la puerta a dos vampiros desconocidos.

Kaien Cross sonrió como un gatito. Sólo un vampiro muy excéntrico o muy desesperado llamaría a su puerta en mitad de la noche. Las tornas estaban igualadas.

En cuanto el frío le asaltó las mejillas sin piedad y vio la desoladora estampa que tenía ante él, se quedó desconcertado, y no supo si reir o llorar.

Ahí estaban. Sus peores miedos confirmados.

Kaname Kuran, manchado de sangre y tiritando de frío; sujetando el dormido cuerpo de su hermana pequeña.

Se quedaron así por lo menos un minuto más. Mirándose. Kuran esperando a que Cross asimilara lo sucedido y éste intentando tragar algo que le obstruía la garganta. Kaname tenía paciencia, y de todas formas, él tampoco estaba en condiciones de reaccionar con rapidez. Por fin, Kaien enfocó la mirada hacia los dos niños y, excusándose por su lentitud, los hizo entrar con rapidez y cerró la puerta tras ellos.

Subieron en silencio hacia su despacho y habitación, donde Kaname acostó a la chiquilla con delicadeza. Kaien a duras penas pudo mirarla, todabía estaba en cierto estado de shock.

Pero tenía que sobreponerse. Por aquellos dos. Debía tomar las riendas.

- Kaname-kun – susurró - ¿Me contarás lo que ha pasado?

Ya lo sabía. Pero sólo sabía el final. Aún cuando no podía cambiar ese final, tenía la necesidad, la urgencia por saber todos los detalles, hasta el más mínimo, que habían llevado a la tragedia.

- Todo empezó hace unos días... - habló, serio, el joven Kaname.

Kaien sintió horror al escuchar la frialdad y objetividad de las palabras del vampiro. No se había molestado en lavarse las manchas de sangre, ni en decir hola: parecía completamente inanimado. Continuó explicando la historia hasta el final, sin omitir detalle alguno, tal como Kaien había deseado antes, pero de una forma que lo hizo arrepentirse. Aquel chico lo había vivido todo. El terror, la verdad, la muerte de sus amados padres... y la enorme carga de continuar hacia delante sin ellos, sin nadie para apoyarle, cuidando de una niña pequeña.

Cuando Kaname acabó su relato, Kaien se levantó, y casi por inercia se acercó al chico y le rodeó con sus brazos. Le abrazó primero gentilmente, luego lo apretó como si fuera a desaparecer. El otro se estremeció primero, para después dejarse caer en los brazos del adulto como un muñeco.

- Está bien, Kaname-kun. Está bien. No tienes que seguir esforzándote más. Aquí estás a salvo.

Si Kaien se hubiera separado en ese momento, habría visto una única lágrima cayendo por la mejilla del moreno. Pero para cuando le dejó ir, Kaname volvía a ser frío y estático como la misma escarcha que cubría las ventanas. El director pensó con tristeza que aquella noche cambiaría al progenitor de los Kuran, probablemente para siempre, y quién sabía si volvería a confiar en alguien. O si se sentiría a salvo alguna vez.

Kaname no tuvo que insistir. De hecho, casi no tuvo ni que pedir nada. Kaien Cross sabía perfectamente lo que le preocupaba y no dudó en ofrecerse.

- Yo criaré a Yuuki. Prometo cuidarla y protegerla, Kaname-kun. Puedes estar seguro de ello. ¿Imagino que no quieres que sepa...?

- No debe saber nada. Tiene que vivir como una humana más, tranquila, lejos de los viciosos cículos vampíricos – y añadió algo más bajito – Justo como mi madre quería. Feliz...

El adulto sólo asintió, de acuerdo.

Una hora después, Kaname Kuran desapareció de la Academia con la promesa de pasar a visitarlos siempre que le fuera posible, y con la seguridad de poder internarse en el colegio cuando fuera más mayor. Así lo habían acordado. De ese modo, recompensaba a Kaien Cross ayudándolo en su lucha por la paz entre humanos y vampiros, por la ardua tarea que ahora se le encomendaba.

Ayudar a crecer a aquella chiquilla sin recuerdos.

- ¡Director! - llamó una voz chillona desde el baño - ¿Está ahí mi bocadillo? ¡Voy a llegar tarde!

El aludido director Cross se acababa de levantar, más tarde de lo previsto, con la melena revuelta y el pelo, fino como briznas de hierba recién segada, le entorpecía la visión mientras con una mano trataba de atarse su habitual cola y con la otra acababa de colocar embutido en un panecillo.

- ¡Síí! - se hizo oír - ¡Yuuki-chan, espera que le eche una pizca de sal!

Una exclamación de alarma le interrumpió.

- ¡No me havéis despertado! - la voz airada se había unido al escándalo matutino.

- ¡Eres tonto! ¿Para qué tienes tres despertadores? - replicó la voz aguda.

El director Cross se encontró sonriendo de oreja a oreja ante la discusión como si estuviera escuchando trinar las golondrinas en lugar de dos pre-adolescentes en pijama intentando no llegar tarde a clase de matemáticas.

- ¡Ohhh!¡Estáis monísimos! - se le escapó con adoración. Se limpió las manos en el delantal distraidamente y, rápidamente para que Zero no pudiera escapar, les pellizcó las mejillas suavemente.

A veces, le gustaba hacer teatro y exagerar su afecto a manera de broma, eso sí, de buen gusto. Se ponía una máscara de bondad y extrema y hacía cosas como aquella.

La niña, de unos 12 años de edad, aceptó con cierto agrado la caricia, mientras que el chiquillo, de un año más y mirada penetrante como un adulto, casi le ladra por el roce.

- ¡Odio los fines de semana! - comentó, enfadado, pero con un leve rubor en las mejillas.

Kaien casi se rió en su cara. Los fines de semana eran las únicas tres noches en las que los tres dormían juntos, en el conjunto de habitaciones que componían la "vivienda" del director, que a su vez estaba unida a la escuela.

Miró a los pequeños vestirse (en el caso de Zero), coger las cosas para el estudio y abrir la puerta para ir al pasillo principal.

- Que tengáis un buen día. Yuuki-chan. Zero-kun.

Yuuki se giró con una sonrisa angelical.

- ¡Claro que sí! Vamos a trabajar mucho - y, dudando un poco, y en voz más baja, añadió - ...papá.

- Lo mismo digo – cortó la voz más grave. Yuuki le pegó un codazo poco disimulado, y Zero intentó pronunciar la palabra, mirando al suelo y ruborizado, pero al final no le salió y se fue todabía más enfadado que antes, con Yuuki siguiéndole los talones y dándole golpecitos en el brazo para molestarle.

Kaien Cross se quedó todabía varios segundos como un idiota, plantado delante de la puerta.

Quieto, como suspendido en el aire, su corazón se había parado en aquel latido durante un momento.

Papá

El término le hizo estremecerse de arriba a abajo, y no sólo por lo que los niños lo consideraban, sino más bien por lo había descubierto sobre sí mismo.

Hasta hace un instante sólo pensaba que adoraba a esos niños. A Yuuki, que había llegado como una recién nacida, sin conocer su pasado. A Zero, que lo conocía demasiado bien, pero que aún así era tan cálido dentro de su corazón.

Pensaba que sólo adoraba a esos dos pequeños desamparados que habían ido a parar a sus brazos.

Rió mientras se quitaba el delantal, mirando en el espejo esa expresión estúpida de inmensa felicidad, imposible de ocultar por fachada alguna, que le venía a la cara cuando pensaba en ellos.

Qué tonto había sido. Adorar se quedaba demasiado corto.

Porque Yuuki y Zero eran suyos. Sus hijos.

Se cierra el telón, Cross. Se te ha acabado el guión.

Con un suspiro, se puso a hacer papeleo mientras esperaba a que sus dos niños volvieran a casa.