CAPÍTULO II: OTRO INTENTO

-¿Y si usamos un giratiempos? – sugirió McGonagall, mirando con una ceja alzada a Ron y Hermione. Todos los presentes en la sala aparentaban ser mucho más mayores de lo que realmente eran, excepto el pequeño James, que seguía pareciendo tener cuatro años.

-Ya lo hemos intentado. Si le decimos a Harry lo que ocurre, alteraremos gravemente el pasado, y si no lo hacemos, morirá. El giratiempos no dará resultado – replicó Lupin. Una enorme cicatriz, fruto de una pelea callejera con un mortífago, le recorría la mejilla derecha, y en su cabello aparecían algunas canas. Miró a todos los presentes poco a poco, y cuando sus ojos taladraron al hijo de Harry, supo que no quería que sufriera tanto como su padre.

Se pasó una mano por el cabello mientras se recostaba contra la silla, con la varita en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta.

-Iré yo – se ofreció Kingsley Shacklebot – soy el que más ha cambiado. A lo mejor no lo nota.

-Es una locura – insistió Lupin, pero la idea le parecía cada vez más atractiva.

Pero antes de que pudiera objetar nada, una pequeña cadena de oro con el pequeño aparato mágico recorrió la mesa de la cocina y fue a parar a las manos de Kingsley.

El auror se lo colgó del cuello, y aferró la varita, pero antes de empezar a dar vueltas, el pequeño James se metió debajo, transportándolos a los dos.

-Lo dije – murmuró de nuevo Lupin, pegando un puñetazo contra la pared -. Es una locura.

-¿Por qué huimos? – preguntó Rosalin por enésima vez. Harry se giró hacia ella con cara de cansancio. Llevaban una semana escapando de la ley. Al parecer, si te atacaba un asesino a sueldo, no podías matarle. Tenías que quedarte esperando a que te mataran.

-Tú no tienes que huir. Solo me sigues a mí. Y yo lo hago porque he matado a un hombre – las manos de la mujer rubia rodeaban su cintura mientras el caballo seguía galopando. Habían tenido que dejar a Norman atrás después de su muerte, lo que les facilitaba la huída a caballo.

-Sin embargo, te sigo porque quiero. Así que dime, ¿quién era ese hombre y por qué iba a por ti?

-No sé quien era, y el hombre iba a por ti – aquello empezaba a cansarle.

-Edward…

-Me llamó Harry – cortó, tajante.

-Perdona, Harry. He oído el ruido de cascos a lo lejos.

Él también los había oído. Se escuchaban en la distancia, y por lo que pudo deducir, eran muchos.

Harry tiró de las riendas del caballo hacia atrás para frenar el galope, dándole esto unos instantes para reflexionar.

Pero lo que no se imaginaba era encontrárselos tan pronto. Una enorme caravana, formada por cientos, tal vez miles de hombres vestidos con cotas de mallas y con espadas en los cintos.

-Perdone – quiso Harry hablar, pero solo recibió un empujón que lo apartó de la formación. Siguió intentándolo hasta que un soldado que iba sin yelmo, de cabello negro azabache rebelde y ojos verdes les miró con curiosidad.

-Dime, chico - quiso saber el soldado.

-Solo quería preguntar hacia donde os dirigís

-A la guerra – replicó el soldado, llevando una mano al pecho y golpeando la coraza. Vamos a invadir Hispania, por orden del cónsul Cneo Pompeyo, el Grande – el enorme parecido del hombre con Harry era increíble, pero Harry decidió no hacer caso.

La época del imperio romano. Allí le había mandado Voldemort. Harry sabía bastante de aquella época; en el colegio muggle lo había estudiado en profundidad. Incluso había tenido que hacer un trabajo sobre la segunda guerra civil romana.

La ardua tarea de investigación permanecería grabada a fuego en su cabeza.

-Debo ir a Roma, ¿podrías indicarme el camino más corto?

-Acabamos de salir. Solo tienes que atravesar esas montañas de allí y cruzar el Rubicón.

Y Harry así lo hizo. Pasando soldados y soldados a su lado, avanzó en dirección contraria, con Rosalin abrazada a él. Galopaba sin descanso, acercándose cada vez más a la cordillera.

El Señor Tenebroso reposaba con tranquilidad sobre la silla, observando la espada de Godric Gryffindor, que no había sido modificada más. Se dedicó a pulir la espada durante una semana, hasta que el acero quedó impoluto y como nuevo, sin ninguna marca.

Su respiración era tranquila y calmada, mientras se repetía así mismo que Potter estaba en el pasado. No podría hacerle nada ahora, y si encontraba algún método para conseguir regresar, solo tenía que volver a derrotarlo. Él no corría peligro.

Kingsley miró hacia abajo y vio al pequeño James corriendo hacia delante, recorriendo otra vez la casa de Grimmauld Place. Tenían que ser silenciosos, y el pequeño lo estropearía todo.

-Mierda… - murmuró Shacklebot antes de correr detrás del niño y levantarlo, poniendo una mano sobre su boca y otra rodeando su vientre.

Se puso detrás de un sofá en cuanto escuchó el ruido de pasos apresurados bajando las escaleras, y vio a Harry saliendo de la casa, antes de echarse la capa de invisibilidad por encima.

Suspiró, pero se obligó a callarse al bajar rápidamente Ron y Hermione, llamando a Harry a gritos.

Salieron detrás del elegido sin cubrir sus cuerpos con nada que los ocultara, cerrando la puerta detrás suya.

-¿Hay alguien en casa? – gritó imprudentemente Kingsley. Aunque aquella era la única manera de asegurarse al cien por cien de que estaba solo en Grimmauld Place.

Al no obtener respuesta, soltó a James para que correteara por la casa mientras subía a la habitación de Harry. Tenía que citarle para que fuera a buscarle, pero ¿dónde sería el lugar idóneo para hablar con él sin ser descubiertos?

Empezó a escribir con excelente caligrafía sobre un pergamino con un bolígrafo muggle que residía sobre la mesa.

Estimado Harry. Espero que comprendas que no te pueda dar ningún dato acerca de mí, ya que estoy seguro de que otros antes que tú verán esta carta, y no deseo que nadie más conozca que estoy aquí.

Quiero que nos reunamos. Solos tú y yo, aquí, en tu habitación, mañana a medianoche.

Si hay alguien aquí a esa hora, me iré y no volverás a saber de mí, así que por tu propio bien intentaría que la habitación estuviera desierta.

Hasta que nos reencontremos, con aprecio, un miembro de la Orden del Fénix.

Releyó la carta hasta que estuvo seguro de que era lo que quería enviar, y luego dobló el pergamino por la mitad, y luego otra vez, y así hasta que quedó encima de la mesa, lo suficientemente grande para ser visto, pero lo suficientemente pequeño para no reparar en ella.

Él ya no podía hacer nada, así que dejó el bolígrafo encima de la carta para ayudar a que ésta fuera descubierta. Después, agarró a James y se apareció en el Ministerio.

Notas del Autor: Este capítulo es muy cortito, y unos pocos más serán así, pero dentro de poco la extensión empezará a aumentar considerablemente. Bien, empezaré esta sección de notas del autor para pedir (suplicar) reviews. Quiero saber si la historia gusta o no, si la trama es buena o mala, si debo cambiar algo, y los reviews me ayudan a hacerlo. Además de que suelo escribir más rápido cuantos más reviews tenga.

FRAGMENTO DE CAPÍTULO SIGUIENTE:

Y Harry lo miró con curiosidad. El futuro emperador Cayo Julio César, junto a su amigo y cónsul Pompeyo Magno el Grande bebían con ansia, presidiendo la mesa, mientras tenían al lado a sus bellas y jóvenes esposas. Calpurnia, la de César, lo miraba con pasión, un preludio de lo que aquella noche sería, y Julia, la de Pompeyo, hacía lo mismo con su marido. Ninguno de los dos hombres podría dormir aquella noche, sus esposas no les dejarían.