DISCLAIMER: Yuri! On Ice, así como todos sus personajes, son propiedad de Studio MAPPA y sus creadoras (Kubo Mitsurou, Sayo Yamamoto).
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AVISOS: Uso de "What if…?", algunos papeles invertidos, inclusión de OC's, insinuaciones de yaoi (?)
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SUGERENCIA: Buscar el video de Yuzuru Hanyu "Requiem of heaven and earth" durante la exhibición/gala del Campeonato Mundial en Boston de 2016 para tener una idea de la referencia durante el "momento de Víctor". Sabrán reconocer cuál es ;)
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VICTOR ON ICE
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SEGUNDA PARTE
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Farewell
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Diciembre, 2016
A medianoche, justo en el día previo a las festividades de navidad, contrario a lo que esperaba y antes de que intentara conocerle, de que compartiera mis planes con él, de que me permitiera mirarle fijamente y con expectación mientras probaba por primera vez en su vida el katsudon, Víctor Nikiforov intentó echarme a la fuerza de su casa.
—¡Pero…! ¡N-no puedes sacarme!
—Puedo, y lo haré.
—¡Pero… V-vitya! —solté. Me costaba un poco llamarlo de un modo tan informal, pero me habían dicho que era un apodo especial para él, y hasta cierto punto lo único que yo quería esa noche era hacerlo sentir… especial. Claro, no lo pensé lo suficiente.
—¡No me llames de ese modo! —Su rostro se crispó de un modo infantil.
Mientras se esforzaba en empujarme por la espalda, me aferré al marco de la puerta, resistiendo todo lo que podía. Era fuerte, bastante fuerte en realidad, y bien sabía que él alcanzaba y rebasaba con facilidad y por bastante poco mi altura y mi tamaño, pese a ser cronológicamente más pequeño. ¿Acaso era algo de rusos? Sin embargo, aquella era una reacción que yo no entendía.
—¡Está bien! ¡Está bien! ¿Podemos hablar de ello al menos? ¡Ay!
—¡Fuera! ¡He dicho fuera!
No cedió y, tomando un impulso mayor, ejerció presión contra la parte baja de mi espalda y logró zafarme. Caí de lleno en la nieve, manchándome de blanco el abrigo. Le miré desde abajo sin hacer intento de ponerme en pie; tenía las mejillas rojas por el esfuerzo, o por el frío, y respiraba ruidosamente, exhalando un vapor fino con cada bocanada de aire que expulsaba. Estábamos igual a la primera vez que nos vimos, yo en el suelo, él de pie, irradiando una furia que desconocía en ese entonces y también ahora. Sin embargo, había cambiado; el brillo en sus ojos había menguado y en donde antes había estado una brillante melena larga y lacia, ahora no quedaban más que rebeldes mechones de pelo desordenado y disparejo. Víctor había cambiado, y yo también.
Vamos, Yuri. Eres un adulto. Puedes lidiar con alguien más joven que tú.
Más joven que yo.
Tragué saliva, armándome de coraje. Quizá si lo intentaba de otro modo…
—¿Nikiforov-kun?
Sus ojos se abrieron y, por un momento, se desconcertó. Luego, su rostro se descompuso. Retrocedió un par de pasos, bajando la mirada y luchando por mantener su gesto de enfado. Entonces, una lágrima se escapó de sus ojos, y él la borró de inmediato con la mano.
—¿Cómo te atreves a jugar con eso? —me dijo en voz muy baja, como si temiera no ser capaz de pronunciar la frase si hablaba más fuerte.
—¿Jugar?
Su mirada era de reproche. El iris azulado brillaba tenuemente en la oscuridad, incontrolable como un océano en mitad de una tormenta. Entonces, de algún modo, comprendí.
—Yo… Lo siento… Creí que…
—No vuelvas a hacerlo —señaló, relajando ligeramente sus hombros; su rostro aún estaba pintado de carmín en las mejillas y las orejas—. No vuelvas a hacerlo nunca en tu vida, por favor —No parecía una solicitud; era más bien una orden.
—Está bien —cedí.
Tenía que recordarme que era un extranjero, que posiblemente las cosas para él funcionaban de forma muy diferente a la mía. Algo en mi expresión debió remover el descontrol de sus emociones. Se acomodó la bufanda, cubriéndose la nariz enrojecida, y se acercó a mí, tendiéndome la mano con lentitud.
—Hace frío —dijo, observándome con sus ojos de hielo que, tan lento como el goteo de una llave, apenas comenzaban a ablandarse—. Vamos.
Era muy extraño. Hacía un segundo me había echado sin contemplaciones y ahora, sin ningún remordimiento, me ofrecía entrar de nuevo. No, no era extraño. Era un insensible. ¿Y se suponía que él era un fan mío? Quizá estaba demasiado acostumbrado al prototipo de "fan". Sin embargo, no podía quejarme. Al menos me dejaría seguir con mi propósito de esa noche. Tiró de mí con fuerza y entró en la casa, cerrando la puerta. El fuego emitía chispas de forma débil en la chimenea. Víctor se acercó con rapidez y, haciendo magia, removió las brasas hasta que estuvieron lo bastante juntas y por inercia volvieron a encenderse.
—Impresionante —susurré sin darme cuenta.
Víctor se giró para echarme una corta mirada. Las comisuras de sus labios se elevaron una milésima y su ceño se relajó. Ahora que le contemplaba mejor era capaz de ver las señas de una persona animada y demasiado joven en su interior. Sus ojos se habían ablandado por completo, mostrándose sensibles y vulnerables. Se quitó los guantes y los dejó sobre una repisa, mirando hacia el suelo y a todos lados menos a mí, casi como si estuviera incómodo. Yo tampoco sabía qué decirle.
—B-bueno… ¿entonces no quieres cenar? —propuse, dirigiéndome a la mesa, haciendo uso de toda la serenidad y buena disposición que siempre procuraba mostrar cuando tenía que ser grabado concienzudamente. De alguna manera, intentar establecer una buena relación con ese ruso estaba convirtiéndose en una tarea titánica, más difícil incluso que cien entrevistas para la FJP.
—Claro.
Escuché sus pasos rodeándome por detrás, demasiado calmado, y de pronto sus manos estuvieron junto a las mías, sorprendiéndome, cerrando bolsas y retirando recipientes vacíos. Era estúpido, muy estúpido y patético, pero casi temía que de un momento a otro estirara el brazo y me pegara.
—Todo lo que dijiste antes… —comenzó él, dándome la espalda—. Todo eso… ¿era cierto?
El ambiente por fin parecía relajarse, lo sentía. Suspiré.
—Yo nunca miento —le dije. Paseé mis manos por el respaldo de la silla mientras miraba el katsudon en el plato. De pronto se me había quitado un poco el hambre—. Y sí, todo es cierto. Voy a ayudarte. Quiero ayudarte —añadí, antes de que él dijera algo—, así que voy a darte una oportunidad, Nikiforov-kun. Eso es todo.
—¿Por qué? —reclamó. Su voz permanecía baja todavía, pero la sombra de una sonrisa de incredulidad se desvelaba en ella; el asunto de su nombre parecía haberse olvidado de momento—. No sabes nada sobre mí. Casi nada —añadió, corrigiéndose.
Estaba de pie cerca de la pequeña estufa, contemplándome de nuevo con aquellos ojos intensos. Eran quizá los más intensos que yo había visto, de un azul muy llamativo y tan luminosos como los de un gato albino.
—Porque te lo debo —contesté. Volvió a fruncir el ceño y, cuando iba a replicar, alcé una mano—. Déjame hablar… por favor —le pedí. Increíblemente guardó silencio—. Soy una persona muy poco clara en ocasiones, me consta. Lo soy incluso cuando intento comprender cosas de mí mismo, así que nunca espero que la gente comprenda mis motivos —Casi me reí, a punto de arruinarlo todo. Sonaba un poco patético, me daba cuenta—. ¿Lo ves? Estoy haciéndolo incluso ahora. Lo que quiero decir es… ¿tan difícil es creer que entre mis planes contemplo el que tengas una gran vida?
O al menos lo que se pueda de ella.
Nunca le había dicho algo como eso a ninguna otra persona; caí en la cuenta de ello cuando ya lo había soltado. Víctor no lo creía, estaba claro en su rostro pero, por primera vez, parecía haberlo dejado sin palabras. La suya era una cara digna de ser fotografiada. Se acercó muy lentamente, como si intentara controlar las emociones que se debatían en su interior. Pasó por detrás de mí y, cuando creí que me dejaría solo ahí en la cocina, tomó una de las sillas y se sentó.
—Okay… —dijo en tono suave—. Pero necesito muchas explicaciones, y aunque no veo la forma en que puedas hacerlo, supongo que en eso no puedo detenerte, Yuri Katsuki.
Pronunció mi nombre con cuidado, como si temiera dañarlo en su boca. Por alguna razón sonreí ante su mirada, una mirada pícara que me obligó a retirar la vista. Me agradaba, me agradaba bastante, pese a ser increíblemente impredecible. No podía estandarizarlo, de eso estaba seguro. Parecía una caja de sorpresas, siempre lista para desbaratar todo y rehacerlo a su manera.
—¿Cómo se come con esto? —preguntó, intentando sostener los palillos entre los dedos. Era como un niño, uno travieso y lleno de lindura.
—No, lo estás haciendo mal —corregí, acercándome. En un impulso casi le tomé las manos, pero me detuve. No era correcto tomarme tanta confianza—. Es así, ¿lo ves? Los dedos, todo está en los dedos —indiqué, chocando las puntas de los palillos en el aire. Me imitó de forma perfecta, y antes de que pudiera dar gracias por la comida, picó en el plato y se llevó un trozo de carne a la boca.
Entonces, con los ojos brillantes, e invadido por un océano de sabores que contrastaban entre lo dulce y lo salado que en vano intentó contener, Víctor explotó.
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oOoOoOo
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Me dejé caer sobre la cama de la habitación, con los pies descalzos colgando por el borde cuando el teléfono sonó. La pantallita se iluminó y no me hizo falta ver el nombre para tener una idea bastante acertada de quién llamaba. Solo esperaba que no me destrozara los tímpanos.
—¿Diga?
—¡Ciao, ciao! ¿Yuri?
—Ah, Celestino-sensei.
Una ráfaga de alivio me invadió. Celestino sabía muy poco sobre mi partida repentina, incluso se podría decir que lo abandoné casi sin avisar en absoluto, pero era uno de mis hombres de confianza y tenía la certeza de que no me recriminaría demasiado si antes escuchaba lo que tenía que decirle.
—¡Yuri! ¿En dónde te has metido, muchacho? Llevo intentando contactarte desde hace varias horas.
—En verdad lo siento mucho, sensei —me disculpé—. Fue muy repentino, lo sé, pero puedo explicarlo…
—Espero que sí. Los medios han enloquecido en todos lados, y lo que me pediste que hiciera fue…
Su voz se cortó, como si alguien le hubiera arrebatado el teléfono. De fondo se oyó un grito furioso y, aunque intenté retirar el móvil de mi oído, no fui lo suficientemente rápido.
—¡YURI! —La voz atronadora azotó el altavoz—. ¡Más te vale que tengas una buena explicación para esto y que vayas corriendo al aeropuerto por un boleto de vuelta o si no…! ¡¿Dónde demonios estás?!
Me froté las sienes. Ahí estaba lo que ya sabía que llegaría.
—Buenas noches, Minako-sensei —saludé levemente apenado. Era casi la una de la madrugada—. ¿Podrías bajar la voz? Estoy en un hotel, compartiendo las paredes con vecinos que de seguro necesitan dormir.
Mi chiste no le hizo gracia.
—¡Yuri! ¡No intentes hacerte el gracioso conmigo! ¡¿Te das cuenta de todo el escándalo que has causado?! ¡Tienes suerte de que los comentaristas confundieran tu distracción del programa libre con una lesión y que atribuyeran tu ausencia en la gala a eso! ¡¿Es que acaso no piensas en lo que pudo…?! —Se quedó en silencio de golpe, como si le faltara el aire—. Yuri… —Su voz sonaba ronca ahora—. Esto no es un juego. Debes volver a Detroit. Lo de la gala es excusable, pero...
—Necesito unas vacaciones, Minako-sensei. No puedo.
Estaba jugando con fuego, lo sabía. Minako-sensei también. Rara vez me atrevía a retarla. No habló durante un buen rato, como si meditara sus palabras.
—Yuri, solo quiero que pienses… ¿te das cuenta de lo difícil que será que retomes tu carrera si la dejas ahora?
—No iba a vivir de ello para siempre, ¿no es así, sensei? Tú lo sabes mejor que nadie.
No volví a escucharla. Un golpe sordo se oyó, seguido de pasos rápidos que se alejaban.
—¿Yuri?
La voz de Celestino graznó en el auricular.
—Sigo aquí. ¿Y Minako-sensei?
—Se ha ido. Me debes un teléfono nuevo —bromeó, intentando aligerar el ambiente. No lo logró—. Yuri, ¿en verdad piensas dejarlo ya? No es que pueda reprocharte, claro. Has sido de los mejores alumnos que he tenido el placer de entrenar, y me alegra poder ver todo lo que has logrado pero… pensaba que querrías ir por más.
Me froté los ojos, luchando contra las emociones que me producían sus palabras. La convivencia con Celestino siempre había sido cálida, llena de bromas pero, más que nada, muy profesional. Nunca me había dicho algo así.
—Lo siento, Celestino-sensei, pero hay algo más importante que eso en este momento. Una cuestión de honor, por llamarlo de alguna manera; de compensar lo que arruiné.
—Entiendo.
—De todas formas, me gustaría poder seguir contando con su ayuda. ¿Logró averiguar algo sobre lo que le mencioné?
—No demasiado —contestó—. Es complicado, tal y como te dije, y las únicas formas en las que podría funcionar serían invirtiendo para que lo acepten en la federación, algo que creo poco probable, o financiándolo tú mismo y yendo en contra de esta, lo que será aún más difícil. De cualquier modo, requerirá una gran suma, y tendrá que empezar desde cero, abriéndose paso en torneos pequeños.
—Lo pagaré.
—¿Estás seguro? —Celestino parecía incrédulo—. ¿Estás seguro de que ese chico vale la pena? Solo miraste el video durante medio minuto. No puedes asegurar que va a lograr un lugar en esta jungla tan fácilmente.
—Créame, Celestino-sensei —le dije, sonriendo—. Lo estoy. De cualquier forma, le agradeceré que continúe apoyándome con eso; me contactaré con usted regularmente para estar al tanto. Gracias.
—Cuídate, Yuri. Ciao, ciao.
Colgó. Rodé hacia un lado, descansando boca abajo y enterrando la mejilla entre las sábanas. Todavía tenía el teléfono en la mano. Abrí la galería, pasando directamente a la sección de videos. Era el último que había recibido. El último que había visto en Francia antes de la competencia del programa libre de la final de Grand Prix, antes de tomar mi decisión y comprar un boleto para el primer vuelo hacia Rusia, y seguía ahí. Presioné el ícono y saltó en pantalla completa. Era un video de poco más de medio minuto, pero había sido suficiente para causar una completa revolución en mí y en todo lo que yo conocía.
La figura de Víctor, oscura entre el acendrado paisaje de nieve, destacaba en el fondo. Se deslizaba suavemente sobre la pista casi sin ninguna intención, con el largo cabello platinado enmarcando ambos lados de su cara. Luego comenzó a bailar. El acercamiento se activó en ese momento y pude apreciar cada uno de sus movimientos, delicados al principio, feroces al final, irradiando una pasión desenfrenada que cobraba vida y se escurría del móvil, saltando de la pantalla e inmiscuyéndose bajo mi piel.
El video era de Leiko-san, quien lo había grabado con gran precisión desde debajo de su abrigo antes de decidir que era más sensato dibujar los movimientos de su silueta para así inspirar mi programa libre. Incluso los bocetos que al final se vio obligada a mostrarme tenían su nombre al pie de página. Víctor, RU. La vergüenza que sentí cuando corroboré lo que aquel joven me había reclamado durante la Copa Rostelecom fue inmensa. Lo único que le agradecí a Leiko-san antes de que la despidieran fue que al menos su imprudencia me permitía apreciar a Víctor en todo su esplendor sobre la pista.
—Nunca me has visto patinar.
Eso era lo que había dicho esa misma noche en su ronda de preguntas que surgió después de la cena. Cuestionó todo, desde su condición, el estatus actual de la temporada, el terrible efecto que mi breve receso tendría sobre mi carrera, su poca disposición a abandonar su trabajo para perseguir un sueño imposible, su falta de experiencia así como la casi imposible probabilidad de que lo admitieran en la federación sin antecedentes de por medio y, finalmente, lo más obvio: que jamás le había presenciado tocar el hielo. No me atreví a decirle que sí lo había hecho.
Tenía razón en muchas cosas, por supuesto. No era pesimismo; tampoco se trataba de falta de visión o de superación personal. Era solo… De alguna manera Víctor era más realista en cuanto a todo lo que le rodeaba y sucedía, con los pies bien plantados sobre la tierra… o más bien sobre la nieve. No sería nada fácil lo que venía a continuación.
La vibración del teléfono me despertó en la mañana. Me había quedado dormido en la incómoda posición sin nada que me cubriera y mis pies estaban helados. Me froté la cara, limpiándome la saliva que se me escurría de la boca. ¿Había roncado? Tenía años desde la última vez que había roncado; regularmente lo hacía cuando me sentía inseguro de algo que debía hacer.
Revisé el celular, viendo los nuevos mensajes. Había uno de Yuko, tres de Minako-sensei, uno de mi madre y el reciente de Celestino.
Me puse de pie de un salto, respondiendo con rapidez mientras buscaba los zapatos con desesperación. El corazón casi me saltaba del pecho. Lo había conseguido. Celestino lo había conseguido. Había logrado poner sobre la mesa la propuesta de incluir a Víctor en la nómina de patinadores, algo casi imposible si no se tienen antecedentes en el deporte, retando a su paso a la federación rusa. En el mensaje admitía que no tenía idea de cómo todo aquello podría funcionar, pero no habían tardado en considerar su petición en cuanto les contó con los dedos todos los ceros de la suma que él había mencionado. Por desgracia, incluso en nuestro mundo de hielo, algunas cosas funcionaban así. Nunca antes me había sentido tan feliz por ello.
Eran casi las seis de la mañana, pero no podía quedarme dormido otra vez. Me abrigué lo suficiente y cerré la puerta con llave antes de salir. No era demasiado temprano. El velador recorría las escaleras y me saludó de forma amable cuando pasé a su lado. No lo creí posible, pero Rusia despertaba por completo incluso aunque no saliese todavía el sol. Quizá en aquel lugar ya lo estarían.
Lo vi a través del cristal de la puerta a metros de distancia. Las luces de la cafetería estaban encendidas y las personas salían y entraban con regularidad, cargando bolsas de papel con algún bocadillo dentro y grandes vasos de café americano en la mano. Víctor estaba detrás de un mostrador de madera, atendiendo con diligencia y sonriendo cordial. Entré justo cuando un hombre de negocios salía a prisa y me mezclé entre la multitud, fingiendo contemplar los bizcochos que, evidentemente, eran una nueva incorporación. Escogí uno al azar y me acerqué al mostrador, colocando la bandeja encima con el dinero en mano. Víctor me daba la espalda, revisando apurado notas de papel.
—¿Es todo lo que llevará? —preguntó en automático, con una voz cálida ensayada mientras se llevaba un teléfono fijo a la oreja y marcaba—. ¿Me permite? En un segundo lo atiendo.
—Claro.
Dio un giro de ciento ochenta grados en cuanto pronuncié la palabra y se quedó mirándome, sorprendido de verme ahí. Su uniforme blanco con delantal café oscuro le sentaba muy bien. Sin embargo, no abandonó su tarea. Sonrió, retador, y acomodó el teléfono entre su hombro y su mejilla para encararme.
—¿Sí? ¿Con el encargado de distribución? —dijo marcando el precio de mi producto y embolsándolo. No me quitaba los ojos de encima; comenzaba a ponerme nervioso. Me lanzaba sonrisas furtivas a intervalos mientras se esforzaba en fingir que no me conocía—. Ah, sí, lo que ocurre es que necesitamos hacer otro pedido de urgencia. ¿Podría registrar uno a nuestro cargo, por favor? —Cubrió el auricular con la mano y se inclinó hacia adelante—. ¿Desea algo más?
—Sí, un descafeinado, por favor —pedí.
Logró entregármelo sin colgar en un tiempo récord. Era asombroso en lo que hacía, casi como si tuviera más de dos brazos.
—Muy bien, ¡gracias! —Devolvió el teléfono a su lugar y centró toda su atención en mí—. Son tres con cincuenta y nueve.
—Por supuesto —asentí, demorándome más de lo habitual en soltarle el dinero. Se dio cuenta—. Ah, se me olvidaba —Me apoyé sobre la barra, procurando que nadie más que él escuchara—. ¿Puedes reunirte conmigo en la pista del lago?
Sonrió de forma encantadora, tentándose en lo que parecía ser una respuesta negativa.
—Mi descanso empieza a las doce. No puedo irme antes.
—Mmm… —Lo pensé durante un momento, disgustando al hombre detrás de mí en la fila—. Supongo que he de hablar con el jefe para solucionarlo —dije retirándome. Víctor me siguió con la mirada, luchando por contener el brillo de diversión que comenzaba a vislumbrarse en sus ojos.
—Suerte con ello —me despidió. Cuando lo perdí de vista, dejé salir por completo el aire que no sabía que había estado conteniendo. Mi cabeza parecía dar vueltas. ¿Qué había sido eso? ¿Acaso Víctor se lo había replanteado todo tan pronto? ¿Cómo habíamos pasado de un "quiero destruir tu cara" a… bueno… esto? Solo había transcurrido una noche, y ahora parecía que estábamos…
—Ah, es usted de nuevo.
El hombre de rostro arrugado y gran calva me despertó del letargo. Regresaba de la parte trasera con cajas en las manos y atravesaba otra puerta con un letrero en blanco y negro de "Solo personal autorizado". Me echó una mirada y le seguí, cerrando detrás de mí.
—Feltsman-san —Incliné la cabeza a modo de saludo—. Un placer verle de nuevo.
—Veo que no lograste convencerlo —comentó, acentuando las comisuras de sus labios—. No creí verlo tan temprano esta mañana. Llegó incluso antes. ¿No aceptó?
—No es eso —comencé, replicando—. Es solo que… —No sabía cómo explicárselo—. Bueno, creo que para empezar lo del nombre no fue una gran idea.
—Se lo dije —murmuró Yakov. Hice un puchero. ¿Cómo era que Víctor podía trabajar tan a gusto ahí?—. Lo conozco. Esa era una fibra muy sensible. No podía esperar otra cosa.
—Pero —comencé, echando una mirada hacia atrás para comprobar que estábamos solos— parece que ya comienza a planteárselo.
—Eso también se lo dije, ¿recuerda? —continuó él, sin dejar de lado su labor—. Lo sabía de antemano. Víctor puede parecer un estúpido a veces —explicó con naturalidad mientras le clavaba los ojos con sorpresa. ¿Cómo podía hablar de una persona así sin más?—, pero no es tan tonto. No podría desaprovechar una oportunidad como esta que solo en sus sueños se ha presentado. Tarde o temprano tenía que ceder. Es tu fan, después de todo.
—No lo parece.
El señor gruñó una palabra en voz baja y cruzó los brazos.
—Porque se trata de ti. Es lógico. Vitya no puede dejar salir sus emociones si está con su ídolo de la infancia. Se avergonzaría de sí mismo. Probablemente tiene miedo de asustarte con su fanatismo.
Ahora que él lo decía, todo cobraba sentido. Si los papeles estuvieran a la inversa y el patinador estrella fuese él, ¿cómo habría actuado yo? Me cubrí el rostro ante la posibilidad. No, no podía estar imaginando aquello.
—Quisiera llevar a Víctor a la pista de patinaje un momento —dije—. ¿Se podría?
Pareció pensarlo un segundo, contemplando los vasos desechables en donde servían el café y las pajillas. Frunció el ceño y luego asintió, caminando hacia la puerta.
—Tendré un par de problemas con la clientela pero está bien —aceptó, empujando la madera—. Por ese muchacho, lo que sea —Su mirada estaba perdida cuando lo dijo y, de manera inconsciente, sonrió. Era una imagen bastante curiosa de contemplar. Yakov Feltsman parecía pensar en Víctor como un padre vela por un hijo—. Iré a decirle yo mismo, porque si lo haces tú quizá ni siquiera te haga caso.
Empujó el domo y yo le seguí de cerca, dando soplos pequeños al café mientras él se desviaba y llamaba a Víctor con un gesto. Cerré la puerta principal del local un segundo antes de que Nikiforov dejara su puesto y me siguiera con la mirada hasta la salida, casi sin ponerle atención a su jefe. Permanecí de pie sobre la avenida, apoyado en la barandilla mientras me calentaba las manos con el recipiente tibio. Miles de interrogantes me asaltaban. ¿Qué íbamos a hacer, y cómo?
Salió por la puerta, acomodándose el pelo y sacudiendo nieve de su cabeza. Todavía traía los pantalones oscuros de su uniforme, pero se había quitado el delantal y caminaba ajustándose el abrigo sobre la camisa blanca con chaleco. Me vio de pie a mitad del camino y se detuvo.
—No creí que vendrías aquí.
—Imaginé que aquí te encontraría —dije ofreciendo el vaso de café. Lo tomó por pura cortesía y saboreó un poco antes de devolvérmelo—. Tómalo; beber mucho café me hace ir al baño.
—Odio el descafeinado.
Me reí. Era tan curioso, y aquel enigma que se formaba alrededor de él me impulsaba a hacer más por descubrirlo.
—Hasta ahora tengo dos buenos motivos de demanda en tu contra —señaló con gesto de suficiencia—. El primero, por irrumpir sin permiso en mi propiedad, y el segundo, por invadir mi privacidad y mi información personal —sonrió, malicioso, mientras yo sentía cómo el color se desvanecía más de mi rostro.
Entonces Víctor estalló en risas. Se pasó un breve momento así hasta que abrió de nuevo los ojos y se detuvo, suspirando mientras sus mejillas se enfriaban con polvo de escarcha. Tardé un instante en darme cuenta de que le estaba observando con fijeza. Tenía una risa muy curiosa, demasiado suave, demasiado cálida.
—Es broma —murmuró, girando y emprendiendo la marcha. Le seguí de cerca.
—Vaya —respondí, sin saber qué más agregar.
De alguna manera me sentía joven de nuevo cuando estaba a su lado. Joven, intranquilo, inseguro, completamente perdido, y lo que más me desconcertaba era que a Víctor no parecía importarle en absoluto. La mayoría de la gente esperaba demasiado de la gran estrella del patinaje, Katsuki Yuri, y por ello a través de los años me había esforzado en acostumbrarme a parecer siempre lo más perfecto posible, encerrando en una caja fuerte mis inseguridades, pero en ese instante…
—Entonces supongo que no te importa que alguien te acose.
Le di un sorbo al café, apartándolo y enrojeciendo al instante cuando caí en la cuenta de que los labios de Víctor ya habían estado ahí también. Él me echó un vistazo de soslayo, retirando la vista de inmediato.
—Si eres tú —comenzó, ocultando el rostro— puedes acosarme todo lo que quieras.
Ahí estaba, ese atisbo de fanatismo que el señor Yakov había mencionado. Víctor lo había dejado escapar esa vez, como si sus emociones estuvieran al borde de la explosión y estuviera lo suficientemente desesperado como para querer tantear el terreno. Me oculté de nueva cuenta en el café, en busca de serenidad. Cuando hablé, casi sonreí.
—Lo tendré en cuenta.
El trayecto hasta la pista fue muy largo. Le conté todo, sin guardarme ningún detalle. Víctor escuchó en silencio, cavilando conmigo y haciendo preguntas de repente.
—Entonces… ¿podría…? ¿Yo en verdad podría…?
Su rostro relucía, iluminado por una pequeña y frágil llama de esperanza que la noche anterior no le había vislumbrado.
—Podrás —contesté. Confiaba en él, era la certeza más grande que tenía.
Víctor negó con la cabeza, bufando.
—Todavía no te he dicho que sí.
—Estas discutiendo esto conmigo mientras caminamos hacia la pista de patinaje con mi café en la mano —le reclamé—. En un lenguaje no hablado, ya has dicho que sí.
Nos detuvimos antes de cruzar la calle. El sol aún no había salido del todo, y el arrebol en el horizonte apenas comenzaba a percibirse con los pinceles del artista. El hielo relucía como un espejo oscuro. Víctor se detuvo sobre la barandilla.
—¿Y bien? —preguntó.
Tomé un gran sorbo para calentarme la garganta antes de soltar mi petición.
—Patina para mí.
En la oscuridad, y por primera vez desde que le conocía, Víctor Nikiforov se ruborizó. No dijo nada, pero no hizo falta que lo hiciera. El rojo pálido de sus mejillas hablaba por él. En silencio, se acercó y saludó al encargado de la caseta quien, gratamente sorprendido, le ofreció un par de patines en estado regular para calzarse. Tendría que comprarle unos profesionales aunque, si era sincero conmigo mismo, Víctor no lo aceptaría. Tardó un poco en entrar a la pista, pero en cuanto las cuchillas tocaron el hielo, Víctor se relajó de forma visible, adoptando una faceta extraña.
—¿Qué quieres que patine? —preguntó.
—El patinaje se trata de sentimientos, ¿no es así? —le dije. Él asintió. Eso sí que lo comprendía—. No puedo decirte lo que puedes sentir o no —Sus manos se hallaban sobre la barandilla, apoyadas para escucharme de cerca. En un impulso impropio, coloqué las mías sobre las suyas—. Solo muéstrame lo que sientes, sin cortarte en nada.
Se separó de mí temblando pero asintió, deslizándose hacia la lejanía con gran facilidad. Lo que él me mostró esa mañana jamás se perderá en mis memorias. Víctor nunca volvió a interpretar aquella rutina; fue la primera vez y la última. Cuando lo pienso, por mi cabeza siempre cruza la idea de que pude haberlo grabado pero, después de todo, si lo hubiese hecho, no habría disfrutado de la forma en que lo hice. Cuando estás demasiado preocupado por grabarlo todo, te olvidas de vivirlo, y cosas como esa solo se aprecian una vez.
Víctor se posicionó con la cabeza gacha y los brazos relajados a sus costados. Entonces, con una música imaginaria, comenzó a moverse. Primero dio un par de pasos, extendiendo una mano hacia el frente como si anhelara alcanzar algo antes de resbalar y caer sobre el hielo; esa fue mi primera impresión, hasta que me di cuenta de que no había caído: era un ave que había sido derribada. Movió los brazos como si fueran alas ahora sin función y luego hacia arriba, como si buscara el cielo que le había abandonado, y se puso de pie de nuevo, deslizándose hacia adelante, dando giros diversos y juntando los pies, con la mirada en el hielo.
Iba en retroceso, marcando su paso y dejando un camino de escarcha. Volvía a mover las manos, intentando volar, reclamando a las nubes y al todopoderoso por no permitirle hacerlo. Se preparó, patinando hacia atrás e hizo un salto que no salió bien, un salto simple y sin dificultad, pero que sirvió para darle fuerza y regresar. Dio un giro y se dobló sobre sí mismo, colocando las manos hechas puños a ambos lados de su cabeza, suplicando, reflejando dolor e impotencia.
Hizo una voltereta sencilla, y luego otra, moviéndose en círculos y sin control antes de detenerse y lanzar los puños hacia los lados. Lucía como una bailarina, la más grácil de todas, con extremidades suaves y flexibles que ejecutaban los movimientos de manera natural, asemejándose cada vez más a un ave preciosa. Entonces hizo algo que me sorprendió: se agachó, cruzando la pierna izquierda bajo la rodilla derecha y apoyando la mano izquierda sobre la pista, y dio una vuelta, levantando el brazo libre hacia arriba, siguiendo la dirección de su mirada. Me cubrí la boca para evitar una exclamación, observando su siguiente salto.
Retrocedió, lanzando las manos hacia adelante, como si no quisiera dejar ir y, después de su giro, atisbé a la distancia su expresión afligida y las lágrimas que ya resbalaban desde sus ojos. Se cubrió la boca, evitando el aprecio de su tristeza y continuó hacia adelante, saltando, girando, sosteniendo su garganta. Al dar la vuelta rasgó el hielo, arrojando una línea de volutas blancas, una y otra vez, descontrolándose, liberando la rabia y la presión, sosteniendo su corto cabello y ofreciendo una disculpa de rodillas.
Cuando su pierna tocó la superficie, su mano alcanzó los restos del hielo picado por él mismo y los levantó, llevándoselo a los labios. Aunque no le escuchaba, pude oír la pregunta muda.
¿Es esto lo correcto?
Dio un último giro, desprendiéndose de sus últimas energías y se abrazó a sí mismo, un último consuelo, antes de elevar la mirada y detenerse. El sol comenzaba a asomarse, impaciente, derramando su luz de oro sobre la silueta de Víctor, y yo no sabía en qué momento había comenzado a llorar. A pocos metros, el encargado le contemplaba absorto, en trance, con la boca abierta y los ojos húmedos. Víctor respiraba con dificultad; su pecho se movía visiblemente y sus ojos no abandonaban el cielo.
—¿Será eso suficiente?
Habló en ruso, lo suficientemente claro para que su voz se escuchara, y al principio pensé que me llamaba a mí, pero no. Era a ella. Le hablaba a ella, y esa había sido su despedida.
Cuando se acercó evité su mirada con decoro. No quería incomodarle y, si él necesitaba llorar, tenía todo el derecho de hacerlo en paz. Sin embargo, fue él mismo quien me buscó. Lo recibí en la entradilla y le di la mano para que saliera y se quitara los patines. Me agarró de la manga y no me soltó. Su rostro estaba pálido, con el rubor del cansancio todavía dejando su marca, y sus pestañas estaban mojadas, pero había algo diferente. Los labios le temblaron y sonrió, un gesto fácil, profundo y sincero.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó.
Se rio y, como si fuera contagioso, el sonido vibró en mi pecho y me provocó una risa también. Ya lo comprendía. Víctor era libre al fin.
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Entrega número tres, y se viene lo bueno XD
Como mencioné al principio, recomiendo mucho que observen el video para poder apreciar mejor lo que traté de describir. A partir de este capítulo habrán varias referencias a patinadores reales que inspirarán las rutinas, así que agradecería mucho que les echaran un vistazo.
La rutina de Hanyu, como bien indica su nombre, es un "réquiem", una especie de canto a la muerte que destila belleza, sentimiento y sensibilidad por donde sea que la mires y que, de acuerdo a como yo la percibo y la interpreto, deja entrever el dolor, la ansiedad, la furia, la desolación, la tristeza y la nostalgia ante lo perdido.
Dato curioso: Kenji Miyamoto, coreógrafo de las rutinas de Yuri! on Ice, creó esta coreografía para Yuzuru Hanyu también OuO
Quise atribuir esa imagen a Víctor por el mismo motivo: él está "cantándole a la muerte", reclamando por la muerte de una persona que jamás podrá recuperar, y Yuri lo siente.
Eso es todo. Gracias a las personitas que se tomaron el tiempo de dejarme un comentario. Me animan mucho. ¡Los amo! *u* Y para el resto, sean bienvenidos xD ¡Gracias a todos por leer!
Mina.
