El camino de regreso a casa estaba prácticamente desierto, ni una sola persona, ni un solo coche… Claire aprovechó para cerrar los ojos, dejando que el viento fresco de la tarde acariciara su rostro, llevando la bicicleta a ciegas durante unos instantes. Aquel lugar era como su Shangri-La personal: sentía que la liberaba de cargas y la rejuvenecía interiormente; y eso era algo que últimamente había necesitado mucho.
Cuando abrió los ojos ya había llegado al final de la carretera Royston y giró a la derecha para tomar la carretera Cumberlaund, la única que la separaba ahora del diminuto distrito escocés que era Hogganfield. En ese momento, su teléfono móvil comenzó a sonar con insistencia en el interior de su chaqueta. Debía de ser su padre, ya que el teléfono móvil era nuevo y no lo tenía demasiada gente aún, el anterior había acabado perdiéndolo en Roma, como su chaqueta, un zapato izquierdo, casi la vida y…
Claire puso los ojos en blanco: hiciera lo que hiciera, él siempre volvía a su memoria, sentía que nunca había llegado a abandonarla del todo. Desvió momentáneamente la vista de la carretera y volvió la cabeza hacia su chaqueta, en la que empezó a buscar el teléfono con la mano derecha mientras sostenía como podía la bicicleta con la izquierda. Todo pasó muy deprisa: se oyó la estridente bocina de un coche, ella perdió el control del manillar y sin saber muy bien cómo, terminó chocando lateralmente con un coche que había surgido de la calle Lochview. El impacto de la bicicleta contra el lateral del coche hizo que la joven cayera de la misma con gran estrépito.
El conductor del coche frenó enseguida, por miedo a atropellarla en caso de que hubiera caído frente al morro del vehículo, pero no había sido así: Claire Dilthey se encontraba aún junto a la bicicleta de su padre, en el suelo, ilesa, pero bastante sobresaltada. La puerta del coche se abrió y de la misma salió un hombre que debía tener unos sesenta años, puede que hasta fuera uno de los señores que había visto jugando al dominó en Riddrie Park.
- Dios mío, lo siento muchísimo - se apresuró a decir el hombre, acercándose a donde estaba la joven y ayudándola a levantarse - No creí que fuera a haber nadie por la carretera a estas horas en bicicleta…
Claire se quitó de encima la bicicleta y se apresuró a incorporarse, frotándose con cuidado el brazo izquierdo: lo había llevado en cabestrillo durante tres meses después de que se lo rompiera en Roma y ahora temía que cualquier golpe en el mismo pudiera suponer una interrupción en el proceso de solidificación del hueso. Ella se apresuró a negar con la cabeza:
- Ha sido culpa mía, me he distraído… - se disculpó, por la parte de culpa que tenía en el incidente.
- ¿Te has hecho daño? - se interesó el hombre, al ver que la joven seguía pasándose la mano por el brazo.
- No, en absoluto - hizo saber Claire - Ha sido más el susto que otra cosa…
Aquel hombre pareció darse por satisfecho con la respuesta de la joven, chasqueó la lengua y protestó ligeramente:
- Si es que los jóvenes nunca tenéis la cabeza en su sitio, y así os va… Un día os atropella un coche y al otro os matan…
Pero Claire no le escuchaba ahora: se estaba fijando en la portada de un periódico que llevaba el señor que casi la había atropellado en el asiento del copiloto del coche. Era de ese mismo día y mostraba al nuevo Pontífice de la Iglesia Católica recibiendo uno de sus más que habituales baños de masas en la última audiencia general que había tenido lugar en Roma. En la imagen él parecía feliz… Dios santo, ¿cómo no estarlo? Ese siempre había sido su lugar, un mundo que él había amado con cada fibra de su ser… Mucho más de lo que nunca la había amado a ella, al parecer. En el titular, parafraseando a la popular canción de Joan Osborne, se podía leer: "¿Y si Dios fuera uno de nosotros?". Claire esbozó una media sonrisa:
- Enhorabuena Patrick, ahora te elevan a la categoría de Dios… - pensó ella, había oído cosas sobre hacerlo beato, santo… Pero al parecer Patrick McKenna estaba desempeñando su nuevo cargo bastante bien: nunca había visto a un Pontífice de la Iglesia Católica ser portada de un periódico antes de su muerte.
El saber de él siempre le resultaba tremendamente desagradable, por lo que había evitado toda información sobre lo que ocurría ahora en el Vaticano, pero quisiera o no el nuevo Pontífice seguía siendo el punto de mira de la prensa y siempre terminaba enterándose de algo. Sin ella, su mundo seguía adelante sin ningún tipo de problema: la había olvidado. Pero para Claire era mucho más difícil quitarse a Patrick McKenna de la cabeza, teniendo en cuenta que parecía haber invadido su mundo: en las televisiones, en los periódicos que traían a su casa, en las estampas de su madre… Y ella debía mantenerse al margen, y la mayor parte del tiempo lo lograba, pero siempre había momentos en los que el joven sacerdote parecía cobrar vida propia en sus recuerdos.
- ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que te acerque a algún lado? - preguntó el desconocido que casi se la había llevado por delante, haciendo que la joven saliera de sus pensamientos.
Claire no respondió enseguida, pero finalmente se encogió de hombros y recogió el teléfono móvil - que había dejado de sonar - del suelo:
- Estoy muy cerca de casa, gracias… - murmuró ella tomando el manillar de la bicicleta y subiendo de nuevo a la misma.
Parecía que aquel anciano había formulado la pregunta simplemente por cortesía, ya que no insistió nada en su propuesta, sino que dio media vuelta y se dispuso a abrir la puerta de su coche. Entonces algo pareció llegar a la mente que aquel señor, quien irguió la cabeza y miró de nuevo a Claire, que ya estaba apunto de comenzar a pedalear.
- ¿No te conozco de algo? - inquirió el desconocido mientras escrutaba el rostro de la joven con minuciosa curiosidad.
"Otra vez no" - pensó de inmediato ella. Negó con la cabeza de modo natural, como si hubiera considerado realmente esa posibilidad: no quería otro episodio como el del matrimonio del parque, que vestía ropa de verano durante el otoño de uno de los puntos de más altos de Glasgow. De repente, el desconocido debió caer en la cuenta, ya que se llevó la palma de la mano a la frente en expresión de sorpresa y después la señaló con el dedo.
- ¡Ya sé quién eres!
La joven no pudo evitar apretar levemente el manillar de la bicicleta bajo sus manos, ojalá pudiera empezar a pedalear y no parar hasta llegar a casa, lejos de cualquiera que pudiera reconocerla y así recordarle lo vivido hacía unos meses en Roma. Pero no hizo eso, sino que inclinó levemente la cabeza a un lado con una expresión interrogante en el rostro. El anciano esbozó una sonrisa nerviosa y la apuntó varias veces con el dedo de modo entusiasta:
- Tú eres la hermana de ese chico tan simpático, el que me cortaba el césped…
Entonces fue ella la que recordó: era el señor Carter, uno de los vecinos de la zona que no residía en Hogganfield, sino que utilizaba su casa de allí como un lugar de recreo en las vacaciones. También recordaba que había sido uno de los "clientes" de Eddie cuando éste quiso empezar a obtener dinero extra durante su adolescencia. Algunas veces ella había ido a recogerlo y de ahí que el señor Carter la reconociera. Había pasado muchísimo tiempo, y aún así él seguía recordándoles: era un detalle que hizo que a Claire la invadiera una cálida sensación de alegría que no había sentido a lo largo de todo el día.
- No puedo negar esa acusación - acabó diciendo Claire finalmente con una pequeña sonrisa.
Aquel hombre esbozó una gran sonrisa y agitó el dedo en el aire con vehemencia:
- ¡Menudo era! Siempre que pasaba algo, él había tenido mucho que ver. Aún recuerdo cuando me dijeron que se había tirado al lago con su traje de graduado…
Claire dejó escapar una pequeña risa al recordar aquello, algo que en ese momento no le hizo ni pizca de gracia, ya que todos la miraban como instándola a que hiciera algo digno de su hermano, pero ella era muy distinta a él: ni muerta pensaba meterse en el agua con un vestido nuevo. La joven suspiró y murmuró:
- Lo siento de verdad, pero tengo que irme, me esperan y ya llego tarde
El desconocido asintió y se hizo a un lado para dejarla pasar con la bicicleta, cuando ya pedaleaba carretera abajo hacia la zona residencial de Hogganfield, el hombre le gritó parecido a que le diera recuerdos a su familia o algo así. Claire se sentía como si el encuentro con aquel señor la hubiera rejuvenecido: por fin la reconocían como lo que realmente era, como lo que siempre había sido. Sintió que finalmente la imagen de reportera magullada desaparecía, y volvía a ser simplemente Claire Dilthey, la hija del único ferretero que había en uno de los distritos más pequeños de Glasgow.
Ya podía ver su casa, con las ventanas iluminadas en ambos pisos, a medida que se iba acercando. La puerta debía de estar abierta y podía reconocer con bastante facilidad la silueta de su padre, sentado en el porche, recortada por la luz. La joven hizo sonar el timbre de la bicicleta para hacerle saber que prácticamente ya había llegado. El sonido hizo que el hombre irguiera la cabeza y se apresurara a ir al encuentro de su hija, a la vez que ésta bajaba de la bicicleta junto a la puerta del jardín.
- ¿Se puede saber dónde has estado? Te he llamado un montón de veces y no cogías el teléfono - le espetó su padre cuando llegó hasta ella.
Ella hizo pasar la bicicleta por la puerta del jardín:
- Un hombre que salía del campo de golf casi me atropella al principio de la carretera
La expresión de Zachary Dilthey cambió al instante, como si acabara de recibir la noticia de que había estallado la Tercera Guerra Mundial. Pasó del rojo al blanco en cuestión de segundos. Al ver la reacción de su padre, Claire se apresuró a decir:
- No te preocupes que no me he hecho daño, ha sido más el susto que me he llevado que otra cosa
Su padre no parecía muy convencido, pero tampoco veía que la zona de las rodillas de los vaqueros de su hija estuvieran deshilachadas ni nada, ni tampoco que tuviera rozaduras en las manos ni ningún tipo de herida a la vista: pareció conformarse. Respiró hondo y se pasó la mano por el rostro con aspecto cansado:
- No mataré a nadie, entonces - murmuró Zachary, provocando una leve sonrisa en el rostro de su hija - Te llamaba para decirte que necesitaba la bicicleta a las ocho, tengo que ir a casa de la señora Higgins.
Claire miró su reloj de pulsera: eran las ocho y media.
- Papá, lo siento mucho… - se apresuró a decir ella - No quería tardar tanto
Su padre hizo un gesto con la mano para quitarle importancia, pero tomó el manillar de bicicleta de las manos de su hija:
- No se enfadará por unos minutos arriba o abajo… Soy el único que puede arreglarle el baño…
La joven no evitar dejar escapar una carcajada, la visita de los nietos de la señora Higgins a Hogganfield siempre indicaban que el baño no tardaría demasiado en estropearse debido a las canicas que los niños acostumbraban a tirar por el retrete cada vez que venían. Dejó paso a su padre para que saliera del jardín de la casa con la bicicleta:
- ¡Vuelve para la cena! - exclamó ella apoyada en la puerta del jardín de la casa.
- ¡Y traeré la tarta! - contestó su padre mientras se alejaba con la bicicleta calle abajo.
Ya le parecía oler a cerezas, la señora Higgins nunca había dejado escapar al padre de Claire sin regalarle una o dos de sus especialidades. Finalmente, dejó escapar un suspiro y cerró la puerta del jardín con el pestillo; echó un leve vistazo al cielo otoñal que cubría Hogganfield y se dirigió hacia la puerta de su casa. Cuando sólo la separaban un par de pasos del umbral de la puerta, vio una diminuta figura dirigirse hacia ella a total velocidad con los brazos en alto:
- Pero bueno, ¿a quién tenemos aquí? - preguntó la joven con una sonrisa en el rostro, arrodillándose y extendiendo los brazos.
Aquella personita se echó a sus brazos como si no la hubiera visto desde hace siglos, con un júbilo y una alegría sólo propia de los niños. Claire le devolvió el abrazo con cariño mientras lo mecía con cuidado. Alzó la mirada y vio a su madre, que se acercaba a ella. La joven tomó al niño por debajo de los brazos y se incorporó hasta quedar a la altura de su madre:
- ¿Qué le has dicho a tu padre sobre un coche? - preguntó Elizabeth Dilthey cuando llegó adonde se encontraba su hija con el niño en brazos.
Claire le sostuvo la mirada durante unos segundos sin saber muy bien qué decirle: le había dicho lo del incidente del coche a su padre porque sabía que no iba a hacer un drama en cuanto viera que ella estaba bien, pero no estaba muy segura de que su madre fuera a reaccionar de la misma manera. Aun así, decidió ser sincera... Al menos en parte.
- He tenido un problema con un hombre que salía con su coche del parque de golf cuando yo venía hacia casa, le he dicho a papá que menos mal que no me había llevado el coche. - dijo Claire mientras acomadaba a su sobrino, que ya le había echado los bracitos por el cuello, en sus brazos.
Elizabeth Dilthey chasqueó la lengua en un gesto de evidente enfado y miró por la ventana, como si el tipo del que le había hablado su hija aún pudiera seguir por allí para poder salir a reprenderle.
- Un día pasará una desgracia, los ricos vienen con coches que no caben por la carretera y aún piensan que pueden salir del parking como si estuvieran en una carrera de F1...
- Estoy bien, mamá, no ha sido nada - Claire decidió cambiar el tema de conversación y se dirigió hacia su sobrino - ¿Se ha portado bien este campeón hoy?
El niño asintió enérgicamente y escondió el rostro en el hombro de su tía, agarrándose levemente de los largos cabellos rubios de ésta. Claire se volvió a su madre, preguntándole con la mirada sobre el comportamiento del niño:
- No ha dado nada de guerra, tranquila - hizo saber la madre de Claire, la abuela del niño.
- Claro que no, Eddie nunca da guerra, ¿a que no? - afirmó la joven dando un leve saltito para hacer que el niño la mirara.
El segundo Edmund "Eddie" Dilthey de la familia negó con la cabeza rotundamente con la cabeza varias veces y murmuró, sin apartar la vista del cabello de la joven, mientras seguía enredándolo con los dedos de las manos:
- La abuela ha hecho galletas y el abuelo va a traer tarta…
Claire compartió una mirada divertida con su madre: realmente el niño llenaba de vida la casa con tan poco que casi parecía salido de otro mundo.
- ¿Les has dado las gracias ya a la abuela? - preguntó Claire a su sobrino.
Eddie dejó de prestar atención al cabello de su tía y extendió los brazos hacia la madre de ésta, su abuela. Ella se acercó hasta quedar al alcance del niño, quien rodeó su cuello con los brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla. La joven sonrió ante la espontaneidad del niño y se dio unos toquecitos en la mejilla:
- Ahora a la tita
El niño repitió la acción y volvió a esconder su risueño y brillante rostro en el hombro de su tía. Claire se volvió hacia la puerta aún abierta a la incipiente noche de Hogganfield y la cerró finalmente. Se volvió hacia su madre y sostuvo mejor a su sobrino en los brazos:
- Papá aún tardará un poco, voy a subir a bañar al niño…
Elizabeth Dilthey asintió y señaló con el pulgar la mesa que había tras ella, en medio del comedor:
- Voy a poner la mesa, no tardes mucho que me tienes que echar una mano en la cocina. Tenía que hacerlo tu padre, pero ha desertado…
- No te preocupes - dijo Claire, quitándole importancia - Lo compensará. Siempre lo hace.
Su madre volvió a asentir y desapareció finalmente por la puerta de la cocina. Ella bajó al niño al suelo de la habitación y comenzó a buscar la bolsa que le había traído Emily cuando trajo a su sobrino a Hogganfield, en la cual estaban todos los pañales, las cremas que necesitaba Eddie Jr. Cuando por fin la encontró, cambiaron de tema en el noticiario nocturno de la BBC y en la pantalla de televisión volvieron a aparecer las imágenes de la última audiencia general que había tenido lugar en Ciudad del Vaticano. Otra vez.
Claire llevaba mucho tiempo evitando cualquier noticia sobre Patrick McKenna, pero en muchas ocasiones - como aquella misma - la vencía la curiosidad y se quedaba contemplando el televisor hasta que acababa la noticia en sí. Tras vacilar unos instantes frente a la pantalla de televisor, finalmente se sentó en el sofá y prestó atención a las imágenes que ofrecía la cadena para la que esperaba seguir trabajando en breve. Era poco menos que extraño verle de nuevo, y en dos dimensiones. Además, en un ambiente tan sumamente distinto del que lo había conocido. Nunca había pensado en Patrick como una de esas personas que se dan baños de masas semana tras semana, pero también comprendía que no podía ser de otro modo conforme había actuado hacía cinco meses y que tenía esa buena fama más que merecido.
Él seguía tan atractico y carismático como la primera que le vio, hacía ya cinco meses en aquella rueda de prensa. Dios, a veces hasta le costaba pensar que hubiera ocurrido de verdad. No pudo evitar fijarse en que seguía utilizando muletas para caminar cada vez que tenía un encuentro con los fieles, algo que hacía que, en cierto modo, la imagen de las acciones de los Illuminati siguieran demasiado frescas en la memoria de mucha gente. Pero no importaba, no quería pensar en esa gentuza que había fracasado del modo rotundo y estretiposo posible en sus maquiavélicos planes, lo único que le importaba era el faro de esperanza que seguía siendo Patrick McKenna para toda esa gente, aunque eso le provocara sentimientos enfrentados. Por una parte se alegraba mucho de que todo le estuviera saliendo tan bien después de todo lo que había pasado, además era la prueba de que todo lo que había pasado fue real; pero también saber que él había seguido adelante con su vida de forma completamente normal y que ella no podía hacerlo, no mientras Patrick McKenna siguiera apareciendo en cada rincón su vida, ya fuera en portadas de periódicos, en informativos, incluso en las estampas de su madre.
En ese momento en que la periodista se encontraba divagando en sus propios pensamientos, el niño se puso delante del televisor con los brazos extendidos mientras daba pequeños saltitos, interrumpiendo la visión de Claire y haciendo que saliera de sus pensamientos de forma inmediata.
- Quiero bañarme con Bobo - hizo saber el pequeño de la casa mientras mantenía los brazos en alto y agitaba las manos como pidiendo que se le cogiera en brazos.
Tras unos instantes en los que Claire decidió dejar atrás todos sus pensamientos y reñirse mentalmente por haber dedicado parte de su tiempo a seguir torturándose por algo que ya nunca cambiaría, dedicó una sonrisa al niño:
- Cariño, Bobo se pone malo si lo metes en la bañera... - dijo tomando finalmente a su sobrino en brazos mientras se incorporaba con dificultad - Lo vamos a dejar aquí en la mesa para que te guarde el sitio en la cena, ¿vale?
Eddie Jr. asintió conforme con el trato tras pensarlo durante unos instantes y comenzó a contarle a Claire todo lo que había hecho ese día: cómo le había leído un cuento el abuelo, cómo la abuela le había hecho sus galletas de vainilla preferidas... Siempre con las pausas y vacilaciones tan propias de esos niños que aún son demasiado pequeños como para decir todo lo que quieren con palabras.
Ésa era la vida de Claire Dilthey, su mundo, siempre lo había sido y era feliz allí. Dejando atrás el salón con el televisor aún encendido mostrando imágenes de Ciudad del Vaticano, la periodista pensó que al igual que Patrick McKenna había seguido adelante con su vida sin ningún problema, ella debía de hacer lo mismo también, tarde o temprano dejarían de hablar de él, y así ella podría ir acostumbrándose poco a poco a saber de él sin que eso la hiciera sentir mal. Pero habían pasado cinco meses y no había día que no informaran sobre él.
Claire Dilthey se preguntaba cuándo Patrick McKenna iba a dejarla seguir adelante con su vida.
