El ambiente era insoportable, casi enfermizo. De hecho, tenía problemas para diferenciar las náuseas del hambre y la sed lo mataba. Por primera vez en mucho tiempo agradeció que en aquella habitación las ventanas no dejaran que la luz natural entrará incluso en los rarísimos días soleados. Aun así, aún lograba ver las manchas de humedad en las paredes que alguna vez fueron blancas y ahora se veían como una mezcla de abandono y un gris tan deprimente como el estado de sus cortinas.
Con esfuerzo, logró levantarse y ponerse un pantalón antes de dirigirse a la cocina. Al segundo vaso de agua tuvo que olvidarse del dolor de cabeza que se agudizaba a cada paso para correr hacía el baño, mientras escuchó como alguien más se levantaba y lo llamaba mientras caminaba por el pasadizo entre su cuarto y el resto del pequeño departamento.
—Estoy aquí, Natalia
Los pasos dejaron de escucharse, e Ivan aprovechó para acomodarse el pantalón y lavarse la cara una vez más antes de volver a estar alerta cuando volvió a escuchar pasos, esta vez más cercanos.
—Creí que te habías ido —murmuró ella, recostando su espalda en la pared que terminaba en la puerta del baño, cuya ducha dejó de funcionar la noche anterior.
Ivan no respondió, se limitó a mirar fijamente la camisa militar que ella llevaba puesta, sin abotonar pero cerrada con ayuda de sus brazos cruzados. Siempre la veía usando vestidos, y por el tamaño de la camisa, ahora también le parecía que llevaba puesto uno.
—Necesito ir a la reunión con uniforme —le informó, peinando su cabello con los dedos y un poco de agua, alejando la vista de ella.
—Tienes muchos en tu casa, ¿no? —respondió ella, sin cambiar ni su postura ni su expresión.
Él la miro de nuevo, se fijó en sus ojos azules y su cabello que a veces era de un tono oscuro de rubio y otras veces le parecía más bien casi como el suyo. Observó sus facciones y su peinado, siempre suelto y adornado por un listón cuando se alistaba para salir. Su personalidad tan neutra, monótona. Y estar con ella era demasiado fácil para ser divertido.
Ella era tan diferente a lo que él quería.
—Claro, tendré que irme ahora mismo para tener tiempo de…
—Espera, tendré el tuyo listo en veinte minutos —le interrumpió Natalia, dándose la vuelta sin esperar una respuesta.
—Iré a hacer el desayuno —respondió Ivan, sonriendo para sí mismo.
—No sabes cocinar, solo espera —oyó que le respondió desde otra habitación, y por un momento se preguntó si Yao le diría lo mismo si él tratara de ser amable.
Quiso responderle, pero cuando abrió la boca sintió que algo más iba a salir, y en medio de un ataque de nauseas se disculpó mentalmente con Yao por compararlo con la que tendría que limpiar otra vez el baño.
—Córtame el cabello.
—Hm, ¿Por qué asumes que yo sé cómo hacer eso?
—No pretendo enamorar a una chica, solo quiero que no me tape la vista.
Estaba serio, notó, y quizás por eso acepto las tijeras y no impidió que su amigo se sentara. Yao ordenó su cabello con las manos y pensó por un minuto, iba a preguntarle si realmente no le importaba como se vería su nuevo corte, pero se dio cuenta de que él estaba concentrado en otra cosa.
—¿Aún no decides? —preguntó mientras separaba un mechón de cabello del resto.
—Todo sería más fácil sí lo asesino y punto. Pero no lo sé, eso de un plan del teniente favorito del General W para terminar con nuestra sección… Además, no tenemos comunicación, no puedo informar nada.
El sonido de las tijeras cerrándose cerca de su oído lo sobresaltó, y Yao puso una mano en su hombro para relajarlo. Veía como el cabello negro y liso caía hacía el suelo mientras le daba una nueva forma y cortó de nuevo, y de nuevo.
—Deberías dormir —le dijo Yao, mirando de reojo las bolsas oscuras debajo de los ojos castaños y cansados de Chin Ji.
—Tú también.
Chasqueó la lengua y se paró frente a él, tomando su flequillo en las manos sin intención de cortarlo aún.
—Durmamos juntos entonces, así podremos estar con energía en la madrugada para trasladarnos. Llevamos retrasados dos días a causa del prisionero.
Cogió el recipiente de agua que reposaba sobre la mesa, y con cuidado mojó un poco la cabeza de Chin Ji. Empezó a cortarle de nuevo el cabello, esta vez con más cuidado, y tratando de hacer como sí él no lo estuviese mirando fijamente.
—bien, pero que no pase de 5 horas.
Yao asintió, y siguió cortando hasta que quedó casi satisfecho. El mayor se preocupaba demasiado, pero era normal. Incluso había rumores que aquel teniente tenía una relación incestuosa con su hermana menor. Sexual, más que nada. Era un sádico de lo peor y un alcohólico sin moral. Incluso antes de la guerra solía ser un asesino. Solo por eso era conocido, o eso había oído. Miró el cabello de su amigo y asintió para sí mismo, no había quedado tan mal, y hasta podría decir que lo hacía ver mejor. Aunque no se veía como lo que él tenía en mente.
—A propósito, ¿Quién es ese teniente? Por lo que me han contado, es peor que Braginski… no creí que eso fuera posible… —dijo, aunque secretamente se sentía aliviado. Después de todo, había buscado inspiración en el estilo desordenado del enemigo.
Chin Ji se rió débilmente, y suspiró.
—Él es Braginski —sintió otro corte demasiado cercano a oreja e hiso una pausa—…No hay un teniente más demente, pero quien sabe, después de esto lo podrían ascender y pronto terminaría trabajando con el General W, mano a mano.
Yao dejó de cortar y se dio la vuelta para dejar las tijeras sobre la mesa.
—Si eso pasa, vamos a estar realmente jodidos —añadió Chin Ji, tocando su cabello para sentir la diferencia.
Pero él no respondió, más bien tomo agua para contrarrestar el repentino dolor de estómago.
Al final de la reunión, Ivan no tuvo más remedio que disculparse.
¿De qué se quejaban? ¡Había introducido un espía con éxito en el campo enemigo! Claro, fue sin consultar y el espía no era ni ruso ni militar. Y el lugar en donde fue introducido no era precisamente estratégico. ¿Pero que habían hecho ellos además de comprar nuevo armamento?
Solo habían pasado un par de días y ya se habían enterado, ¿No debería estar trabajando contra el enemigo la división de inteligencia?
—Me duele la cabeza —se quejó en voz alta, acomodándose la bufanda para disimular el movimiento de labios.
Ignoró a uno de sus compañeros que intentó saludarlo, tenía prisa de volver a su oficina y saber si había noticias. No era muy grande, pero había conseguido todos los equipos que necesitaba y como acostumbraba dormir allí, era de cierta forma acogedor. Además, no estaba interesado en tener una casa.
¿Cuál era el punto si no iba a haber nadie esperándole?
Se sentó con un suspiro y buscó sus auriculares con los ojos, recordando que debería ordenar un poco su escritorio. Encendió el radio mientras seguía buscándolos, e incluso ajustó la sintonía. Extrañaba a su secretaria en momentos así.
—Sin ellos será… —murmuró algo molesto, acercándose a la radio y presionando dos botones que cambiaron de naranja a verde— ¿Eduard? ¿Aún vives?
Escuchó un ruido brusco en la otra línea y una voz confusa haciéndose más clara hasta que pudo entender lo que decía.
—¿…Señor Bragisnki?
—Perdón, ¿te desperté de una siesta?
—¡N-No! y-yo… estaba ocultándome en un árbol y…
—No quiero escuchar tus lloriqueos, dame un informe.
No estaba de humor para nada, casi siempre era así después de encontrarse con su hermana. O más bien, la hija de su madrastra. Claro, habían crecido juntos, y fue hasta que su padre murió que ellos supieron que no existía un vínculo sanguíneo.
—…En cuanto al estado de Toris, se han ocupado de él decentemente. Hay posibilidades que lo lleven a la siguiente área. Pero él que organiza todo es un mayor sin mucha capacidad.
Ivan recordó su rostro lleno de dolor, y enseguida la mirada intensa de Yao. Recién lo había notado, pero parecían cercanos.
—¿Están solos?
—Me han informado que una tropa nuestra se encuentra cerca de aquella área, pero son menos en número de soldados.
—¿Y sus condiciones?
—Parece que no tienen muchas provisiones… pero en armamento y demás, todo está bien. Y han estado entrenando francotiradores.
—…Deberíamos poner su entrenamiento en prueba.
Ivan saco una pluma y papel, lamiendo sus labios mientras empezó a escribir un reporte algo informal para su amigo general. De repente, se encontraba inmensamente complacido.
—¿Cómo dice, señor?
—Que Toris podrá ir a Polonia pronto, ha hecho un buen trabajo. Se merece un pequeño descanso.
Esa sonrisa, la distinguiría donde fuera.
Sus manos bajaron por su torso, acariciándolo lentamente, y él no se atrevió a moverse. Observó como él acercó su rostro, hasta perderlo de vista y en su lugar sentir un suspiro contra su cuello. Casi tembló, pero se contuvo.
—Estás muy tenso.
Yao apretó los labios, no había forma en que pudiera hablarle. Le respondió con un movimiento de cabeza, pegándola a su hombro mientras trataba de verse no tan afectado por las manos del otro que ya habían comenzado a desvestirlo, y agradecieron el gesto con besos que lentamente se tornaron algo violentos sobre la piel de su cuello.
No pudo evitar que un pequeño gemido se escapara de sus labios, y maldijo a sus cuerdas vocales que para eso sí parecían funcionar.
Sin saber cómo, ya estaban desnudos. Y las pequeñas marcas que iban apareciendo en su cuerpo cada vez viajaban más hacia el sur. Tomó aire al sentir sus labios sobre su cintura, y la textura suave de su cabello cuando intentaba cerrar las piernas.
Los pequeños gemidos se tornaron más fuertes conforme las manos del hombre entre sus piernas se movían más rápido. Dando a su longitud pequeños recordatorios de lo que vendría después con ayuda de su lengua.
—Ivan —gimió, cerrando los ojos en un intento de normalizar su respiración.
Él sonrió más, y abrió la boca no para responder a su llamado, sino para cumplir el deseo detrás del movimiento de caderas de Yao. Haciendo que él empujé su cabeza contra su entrepierna aún más.
—Yao, ¡Yao!
Abrió los ojos de golpe, sorprendiéndose al ver a Chin Ji frente a él, con una toalla mojada en la mano.
—¿Estás bien? Estabas sudando y parecía que ibas a llorar.
Se sentó rápidamente, agradeciendo la toalla cuando se la entregó y usándola para evadir su mirada y limpiar su rostro.
—Fue una pesadilla —respondió, sin saber cómo sentirse, aunque el bulto que sentía entre sus muslos parecía saber.
—Ya lo creo, incluso escuché que nombrabas a Braginski.
Tragó saliva y apretó sus piernas juntas, atrayéndolas hacia su pecho mientras ocultaba su rostro en sus rodillas por un instante antes de responderle.
—Una horrible, horrible pesadilla.
Habían tardado dos días más, pero ya estaban a solo un kilómetro de su destino.
Era el turno de Yao para hacer vigilancia desde el frente, lo que significaba que no podía retrasarse, y para lo cansado que estaba… bueno, se lo merecía.
—El prisionero sigue durmiendo.
—Deberíamos hacer que camine.
—¿Qué no se había desmayado?
—Oh.
Suspiró al oír la conversación, había hablado con él antes de partir, y en realidad se sentía un poco mal por su situación. Tenía la mirada cansada.
Miró hacía el cielo con un mano sobre sus cejas, y calculó que no eran más que las tres de la tarde. Es decir, llegarían a tiempo antes del atardecer.
—El mapa dice que hay un río cerca, al parecer lo vamos a tener que cruzar —comentó un soldado, frunciendo el ceño mientras revisaba la pieza de papel— no indica algún puente.
—¿Es profundo? —preguntó Yao, sin mirar atrás ya que no sería muy bien visto.
—No, es poco probable.
—Genial, tomaremos un baño —comentó un soldado.
—A algunos les hace falta.
Yao sonrió de lado mientras los soldados bromeaban entre sí, hasta que escucharon el sonido de una corriente ancha pero débil.
Sin notar que, sobre ella, desde las ramas un grupo de soldados les apuntaban silenciosamente.
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ñe
:'D algún día tendré un horario o algo para hacer cosas medio útiles(? como escribir
