Capítulo 02: La torre de los demonios
Tras las delgadas columnas de luz que se tendían desde los respiraderos, la chica de cabello recogido se asistió de sus manos para cubrir su sollozo. Nunca antes se le había visto llorar de esa manera y extrañamente, verla de esta manera, se veía hermosa. El resplandor ámbar de sus orbes brillaban con intensidad, su cabellera castaña y sujetada por un lazo se revolvía sobre su delicado cuello pálido, casi como un cisne. El joven se había quedado hipnotizado por un momento, hasta que su mente previsora alejó aquella visión.
-"Sidney, silencio"-.
La chica reparó en la mirada metódica de su compañero cubierta por una cabellera alborotada y lacia. Temor. Desconcierto. Ira. Había un sinnúmero de sentimientos dentro de los ojos cafés de su amigo, todas aglutinadas a las fijas retinas de Dakota, coloreadas por borrones de los uniformes de la turba estudiantil que corría desenfrenada, presas de la locura y el miedo. Los pisotones eran bastante claros de escuchar desde el armario donde se encontraban, además de un bizarro chapoteo viscoso del cual provenía de una sustancia impregnada en el pasillo. Los gritos crecían y crecían a gran medida, como un eco cercano, que rebotaba por todas partes. Alaridos terribles provenían del piso inferior, anunciando un funesto destino para quien irrumpiera en aquél desconocido territorio.
Sidney estuvo a unos momentos de romper el silencio, pero se abstuvo. El joven notó aquello y al intentar preguntarle qué era lo que le sucedía, ella calló sus labios con el índice. Señalando los escalones, la muchacha hace hincapié en su compañero en prestar atención.
El joven no logra captar la idea. La chica hace seña de que siga atendiendo.
Los gritos menguaron drásticamente.
Un leve siseo se hizo presente, el cual se incrementaba paulatinamente.
El siseo deja paso a ecos de objetos resbalándose, arrastrándose trabajosamente, seguida de golpes secos y pausados, similares a empujones; adornadas por la afonía del ambiente la cual parece maquinar una orquesta siniestra. Como susurros casi inaudibles, profundas y esporádicas respiraciones rayan la quietud mental de la pareja.
-"¿Qué es eso?"-.
Antes siquiera de callar al muchacho, la chica atiende un llamado que profana hondamente su estabilidad. Escuchó a alguien agitación respingando irregularmente, similar a alguien haciendo gárgaras, quien respondió la pregunta con una sentencia impronunciable. Alguna sustancia pastosa y burbujeante ahogaba las palabras de su interlocutor dejando a Dakota con una sensación perturbadora y a Sidney, con creciente pavor.
-"Salgamos"-.
-"¿Qué? ¿Por qué?"-. Susurró el estudiante.
-"Por amor de Dios, Dakota ¡Vámonos!"-.
Dakota estaba seguro de algo. Los instintos de Sidney Hinzo eran certeros, precisos, de inequívoca exactitud. Si algo malo estaba por suscitarse, ella lo sabría momentos antes. En veces, creía que ella veía el futuro. Como aquella vez que le frenó en la esquina de la calle que daba frente a un supermercado. Un segundo más y habría sido arrollado por un motociclista a quien no había notado ya que, en su loca carrera, se había pasado el alto.
Ojalá hubiera sido un ejército de motociclistas lo que hubiese detrás de la puerta del conserje, lo que pululaba en el descanso de los escalones, lo que se estaba acercando más y más, a un ritmo incierto y tambaleante.
Leyendo los ojos de su compañera, el joven se atrevió a propinar una tremenda patada a la puerta, golpeando algo desconocido que estaba a punto de eclipsar los respiradores que usaban a modo de mirilla. El golpe seco de un pesado bulto tomó lugar, llamando la atención de la pareja.
-"¡¿Pero qué diablos…?!"-.
La chica suprimió un grito de espanto. El muchacho reaccionó al instante dando un paso hacia atrás, apartándose de unos largos brazos inertes, alejándose de unas manos escarlatas que intentaron apresarle los pies. Aquél bulto se arrastraba hacia ellos. La sorpresa en Sidney era mayúscula.
-"¿Daisuke?"-. Exclamó incrédula, reconociendo al aberrante ser: -"¿¡Qué te pasa?!"-.
Una perlada caverna bañada en carmesí se volvió hacia la vista de la mujer, obviando que se trataba de unas fauces propias del infierno. Un jadeo de la criatura bastó para que el joven se adelantara a Sidney, apartándola con un fuerte jalón en el brazo.
-"¡Aléjate!"-.
El atacante fue golpeado por una repentina y potente patada de Dakota, quien lo arrojó hacia nuevas figuras demoniacas que emergían lentamente de las escaleras. Sus miradas perdidas, oscilando entre el limbo y el averno, desenfundando sus mandíbulas buscando la calidez de la carne humana, víctimas de un hambre caníbal; perseguían, extiendo sus brazos dentro del mar de tinieblas en el que sus inertes ojos se encontraban, las presas que Dakota y Sidney representaban.
La pareja vio que la horda se abría paso sobre la alfombra de estudiantes aplastados, fallecidos, en su lento éxodo hacia ellos.
El olor a muerte y la carnicería que mostraba al fondo de las escaleras derretía la cordura de Sidney mientras que Dakota, tomando la mano de su amiga, la jaló para sacarla del shock.
-"¡El pasillo del lado oeste!"-. Gritaba el muchacho.
-"¿Qué está pasando?"-. El temor creciente de la joven daba paso a la desesperación. Hacía un par de horas la escuela se encontraba en una cortina de tranquilidad, tan monótona como cualquier día de clases. Se preguntaba en qué momento fue que todo a su alrededor decayó en una pesadilla.
-"¡¿Qué es todo esto?!"-.
-"Ni idea"-. Su voz era severa, llamando a su coraje para eclipsar el pavor que buscaba controlar su juicio: -"Pero vamos a salir de aquí, Sidney ¡Saldremos de aquí!"-.
Los presurosos pasos de la pareja se perdieron al oeste, donde un pasillo conducía hacia otro edificio. Detrás, los profundos sonidos de su carrera llamaban al ejército de estudiantes que, sin voluntad, sin el brillo característico de vida en sus ojos, carentes de alma, caminaban serenos y pasivos. Era bien sabido que, tarde o temprano, nuevamente sus fauces se bañarían en bermellón.
Como siempre, el caballo negro se encontraba bajo la mesa del encargado. Zaragoza sabía que se encontraba allí, luego de que las primeras tres veces que se le caía específicamente esa pieza de la caja de juego de ajedrez; y que siempre era bastante difícil alcanzarla sirviéndose sólo de la mano. No tuvo problema cuando un día se le cayó la reina ya que sus dedos de mantequilla lograron alcanzarle. Es sólo que sucede que todos los días, cosa que le mosqueaba, pasaba exactamente lo mismo: Terminaba de practicar con un novato y al momento de guardar las piezas una de ellas se le resbalaba de sus manos, como si las tuviera del mono más torpe de un circo. En veces sospechaba que su cuerpo, o al menos una parte del cerebro, se le había quedado en ese lapso de pubertad – adolescencia, donde uno sentía que los brazos medían kilómetros y que las piernas eran de un enano, o la rara sensación de que daba largas zancadas con la sensación de estar corriendo.
"Jaque"
Levantando el caballo, recordaba cuando cierta chica de coletas rosadas había utilizado un caballo blanco, depredando a su rey. Había pensado en enrocarse, fallando en el intento. Sus peones estaban muy delante de la línea defensiva, sus alfiles estaban en la estratósfera tratando de acabar con la reina enemiga y sus caballos habían sido aniquilados por dos patéticos peones pálidos. Él estaba en problemas.
"Jaque" ella había dicho al turno siguiente. "Jaque", repetía al turno subsecuente la estudiante al posicionar su alfil cerca de la torre y del rey. "Jaque" al notar que la susodicha torre había sido borrada del tablero con un insospechado ataque de un caballo. "Hija de puta" su mente maldecía al reparar en el irremediable jaque mate. Zaragoza se encontraba pocas veces en aprietos de ataques tan feroces como aquellos, suscitándose sólo en los parques familiares donde jugaba contra ancianos y niños, donde un microscópico porcentaje de ese grupo dejaba su lado del juego totalmente desnudo salvo del rey; y donde sólo tres estudiantes, entre ellas esta joven de coletas amatistas; lograban vencerlo. De no ser por la pronunciada arrogancia de la que hacía gala la señorita Takagi, él se animaría a invitarla a salir. Era de muy buen ver, sin importar si usara pupilentes y lentes alternativamente, tampoco le molestaba o le fascinaba la idea de que ella fuese hija de un importante personaje de ultra derecha. Una mujer nada más y simple, sólo eso era.
La caja era de madera y tapizada de cuadros monocromáticos. Un regalo de la navidad pasada por parte de una admiradora.
"Calcetines. Un par de calcetines. Si hubiesen sido unos jodidos calcetines le hubiese obligado a tragárselos"
Luego de haber recibido calcetines durante diecisiete años, se sentía en el derecho de tomarse esa pequeña venganza. Por mucho tiempo, nunca llegó un muñeco de Mazinger Z. Esperó a sus seis años un Godzilla con "rugidos de verdad", como decía aquél viejo comercial, en vano. Había preparado una maqueta para la figura de 25 centímetros de Voltron la cual tuvo que desechar al recibir dos pares de calcetines deportivos. ¿A quién demonios se le ocurría regalar calcetines a un niño en Navidad?
"¿Calcetines? ¿Por qué calcetines? Por Dios, madre… ¿es en serio? ¿Calcetines?"
Siendo el segundo encargado del club de ajedrez, necesitaba guardar las piezas y los tableros en la repisa que su jefe le había confiado. El salón era casi un cuadrado de tres metros y medio por cuatro, adornado de una puerta de madera con el clásico letrero en el exterior de "Guarde silencio"; así mismo poseía dos armarios cafés con tres estantes cada uno, mismos que resguardaban varios tableros de ajedrez de diversos colores. En las repisas inferiores de ambos muebles poseían siete tableros de madera cada uno, mientras que en la parte superior descansaban otros tableros de madera pero con piezas de cristal. Una verdadera belleza, pensaba el muchacho. Sólo se permitía el uso de esos juegos en presencia y sólo en presencia del dueño del club. En este caso, Zaragoza optó por guardar el tablero en un estante localizado casi a la entrada del club, en la repisa superior cerca de un juego de ajedrez de Southpark. El dueño de dicho juego, Ushida, le pidió que allí lo dejase, que a la hora de salida pasaría por él.
-"Uno más que descarta"-. Suspiraba el joven, recordando una de las tantas escenas en las que vio a Ushida jugar con Saya Takagi, siendo ésta última vencedora de la contienda. Además de haber ganado ocho enfrentamientos seguidos, para Saya no bastaba con vencerlo humillantemente en el juego sino también ridiculizar las jugadas del muchacho. Por Dios, él apenas era un primerizo y ella llevaba casi una vida jugando con los alfiles y con los caballos; ¿cómo esperabas que jugara como un experto?, pensaba Zaragoza.
La única razón por la que Saya asistía al club era porque no soportaba ser vencida por alguien más, en este caso él, el joven Zaragoza Franco. Admitía que era uno de los pocos estrategas en el juego que eran los favoritos para el campeonato estudiantil de todos los institutos de Tokonosu, sin embargo no le parecía atractiva la idea de hacerlo por destacar, por ganarse la admiración de todas las chicas de la escuela Fujimi y que al final del día tuviese una fila de mujeres esperando a que se acostaran con él, cosa que deseaba cierto aspirante a estrella de rock apodado "el babotas"; sino deseaba hacerlo porque en verdad le gustaba. Saya Takagi poseía el ferviente deseo de estar en el torneo por hacer gala de su intelecto, quizás por mero deseo egoísta… o por llamar la atención de algún chico que le gustase.
Faltaban veinticinco minutos para su segunda clase según la retícula. Al ser encargado del club de ajedrez tenía la facilidad de faltar a su primera clase, esto porque el maestro en turno era el actual docente del club y Zaragoza era su alumno predilecto. Dando largos suspiros de aburrimiento y orillándose a pensar en por qué y cómo fue que olvidó su Play Station Portable, el joven se aventuró a través de las mesas y sillas para rodear la mesa del maestro y sentarse pesadamente en el sillón aterciopelado. Eso sí que sentía bien. Un café y reclinando el sillón, recargando los pies sobre la mesa como todo un jefe de oficina en vacaciones; era excusa suficiente para dormir y roncar como Dios manda. De haber mozos o mozas en la escuela, ya hubiera hecho mandar una bandeja repleta de pays y un buen café mientras se dejaba llevar por la agradable sensación del sillón y de descansar sus piernas sobre el mueble.
Se volvió al instante hacia un par de bocinas que se situaban en la esquina superior del recinto, cerca de la puerta de entrada al club. Había un zumbido penetrante y seguido de un indescifrable mensaje. Desde el semestre pasado se había enviado un reporte que esos malditos aparatos estaban descompuestos.
-"¿Qué demonios le ocurre a dirección?"-. Decía molesto el joven: -"De haber sabido que mantenimiento…"-.
Un potente golpe sacudió el portón. Zaragoza se levantó de golpe. No articuló palabra alguna, no hacía falta. Había intentado cuestionar qué era o quién se atrevía a forzar la puerta, sin embargo un fuerte mensaje le hizo titubear al instante.
-"¡Ayúdenme! ¡Ayúden…! ¡No, aléjate! ¡No, por favor! ¡AHHH!"-.
El alarido se suprimió por la cacofonía de algo o alguien masticando con fuerza. Podía escucharse cómo algo suave y compacto expulsaba un sonido de un líquido ignoto chorrear con enfermiza presión. El encargado alcanzaba a escuchar casi inaudibles jadeos rayando la quietud, jadeos de alguien sediento o hambriento.
Las piernas le traicionaban. Su mente le impulsaba a dar pasos hacia atrás, a buscar un escondite ante lo desconocido, aquello que había tras el umbral, aquello que aguardaba más allá de la recámara, donde el pasillo había protagonizado la agonía de aquél horripilante grito de auxilio y que se esfumó y eclipsó al momento en que forzosas respiraciones tomaron lugar.
¿Escapar?
¿Escapar a dónde?
¿Debajo del escritorio? Ni en broma.
¿Sobre los armarios? Ni hablar.
¿Desaparecer? ¿En serio? ¿Tienes dieciocho años y crees que puedes desaparecer así nada más?
¿Y desaparecer de qué? ¿De quién? ¿Vas a cagarte en los pantalones y no sabes por qué?
-"¡Hey!"-. Gritó, pensando que sólo su paranoia le estaba haciendo una mala jugada: -"¿Qué pasa?"-.
Algo lo hacía desistir en la idea de desear abrir la puerta. No pasaron siquiera cinco segundos para notar que tras el vitral de la puerta se asomó una sombra quien se acercaba.
-"Vaya"-. Suspiró aliviado y molesto a la vez: -"Deberían de dejar las estupideces para otra ocasión. No es para nada gracioso, imbécil"-.
La silueta chocó contra el umbral. Zaragoza se alarmó un momento. Examinó nuevamente en el cristal de la puerta. La sombra se estrelló otra vez, esta ocasión con un poco más de fuerza. El joven comenzaba a irritarse.
-"¿Qué diablos te pasa? ¿No ves la perilla o eres idiota?"-.
La ventana templada mostró otras dos figuras más que también se golpeaban, en un esfuerzo por allanar el interior. El jugador de ajedrez comenzaba a perder los estribos.
-"¡Suficiente! Si quieren verme la cara de estúpido, yo…"-.
Un estremecimiento fracturó el cristal ante un fuerte empujón. Para ser una broma de mal gusto, el juego ya había ido demasiado lejos. Esto frenó los pasos de Zaragoza quien ya se había decidido a ponerle fin al asunto. Otro azote hizo crujir la madera del umbral, dejando escapar un agudo chillido mecánico. El mecanismo de la chapa estaba siendo destrozado.
Zaragoza se quedó mirando fijamente un destello que atravesaba el suelo de la habitación, que rellenaba el hueco que había bajo la puerta. Avanzaba inexorable y lentamente hacia los interiores, dejando rastro sobre el mosaico del cuarto y cegando tenuemente los ojos del joven. Sus órbitas estaban ahora paralizadas.
"¿Sangre?". Pensaba al notar que el resplandor nacía de aquel charco viscoso y escarlata.
El vitral no resistió más. Un espantoso crujido se hizo presente al mismo tiempo que la ventana caía en múltiples pedazos. Del marco nacían largos y grisáceos brazos que le señalaban, que se abrían y cerraban en el aire, que buscaban aprisionar una presa ignota. Ojos pálidos como la nieve, aspiraciones jadeantes de un animal sediento invadían la mirada del jugador de ajedrez.
Las bocas
Esas bocas.
Esas malditas bocas se abrían y cerraban con pasmosa velocidad, mordiendo el vacío, ansiosas por colmar su hambre caníbal.
Pávido, Zaragoza fue víctima del terror. Se había quedado tan sólido como una estatua, olvidándose completamente cómo usar las piernas para caminar o cómo hacer que su cerebro dominara siquiera los brazos. Inmóvil, había quedado hipnotizado por ellos, los que trataban de acercársele… los que deseaban abrirse paso siguiendo sus instintos, criaturas sin voluntad, para satisfacer su hambre demente… los que poco a poco se agrupaban para demoler la puerta mientras ésta les detenía con el minúsculo pestillo de metal en la que consistía el seguro del pomo.
-"Yuri, ¿dónde están los Yari?"-. Demandó una joven de cabello corto. Su mirada se encontró con una estudiante de remera blanca y shorts negros, uniforme deportivo característico del instituto como el que ella vestía.
Ella se acercaba, arrastrando una bolsa con un sinnúmero de objetos. Balones de básquetbol y voleibol. Lo jalaba con una pereza increíble.
Demonios Yuri, de haber sabido que estabas haciendo un berrinche sólo por ir a buscar un par de lanzas de práctica hubiera mejor ido por ellas; pensaba la chica impacientemente. Reparó en que la chica daba lentos pasos y que en su andar su rostro estaba cabizbajo.
-"Saikena"-. Una tercera joven, de melena rubia y corta quien llevaba la misma indumentaria, apareció por detrás: -"¿Dónde está Yuri? Hace quince minutos que debimos que haber empezado"-.
Su interlocutora señaló a su compañera. Su mirada destellaba chispas.
-"¡No sé qué es lo que le pasa a esa holgazana, Milán!"-. Respingó Saikena: -"Voy a hablar con el instructor. Pero antes, voy a enseñarle a esa boba lo que es bueno"-.
Era un día soleado y fresco, ideal para la práctica del club de Sōjutsu en el patio del bachiller. El grupo se había instalado cerca de las gradas, donde habían comenzado con el calentamiento obligado con el instructor en lo que Yuri recorría el patio para llegar a un cobertizo, instalado bajo las gradas, donde se resguardaban las lanzas yari, las pelotas de baloncestos y voleibol, entre otros artículos. El cuarto consistía en una estructura no mayor a dos metros de profundidad, con una puerta de metal cerrada con candado, y una ventana en la pared izquierda.
Yuri destacaba por su gran habilidad para saltarse las clases, para buscar frases profundas en el ciber espacio y subirlas a las redes sociales, y para utilizar el yari con experta capacidad. Esto había causado envidia desde el semestre pasado, especialmente en Saikena quien un sentimiento enfermizo de competición prevalecía en ella.
-"Oye, cálmate. No es razón suficiente para alterarse"-.
Saikena estaba a escasos dos metros de una taciturna Yuri.
-"¡No me digas qué puedo y qué no puedo hacer, Milán! ¡Estoy harta de esta estúpida!"-. Vociferaba la adolescente: -"No voy a permitir que los caprichos de una mediocre me afecten. Si al profesor le importa una mierda que Yuri haga estos berrinches, entonces yo…"-.
Un golpe seco acalló a las jóvenes. La rubia y su compañera se volvieron hacia el cobertizo, donde una mano vacilante había tumbado accidentalmente una caja con pelotas de tenis. La mano de Yuri seguía rastreando algo qué tomar, a tientas, en el espacio de la repisa donde se encontraban otras cajas con guantes de futbol y demás artículos.
-"¡Milán! ¡Yuri! ¡Saikena!"-. Una potente voz interrumpió el silencio: -"¿Por qué demoran tanto?"-.
Milán se encontró frente a frente con un hombre en traje deportivo color azul, mostrando su rechoncha figura. Éste miró hacia el fondo del cuarto.
-"Yuri, ¿qué carajos estás haciendo?"-.
Saikena abrió sus ojos tan grandes como platos al notar una gélida mano que se alargó hacia su cuello, jalándolo con tremenda fuerza hacia una dentadura sangrante. Y con el frenesí de un predador, Yuri hundió sus mandíbulas profundamente en la carne de una histérica Saikena. Estupefactos, Milán y el instructor contemplaron la terrorífica escena. Una pesadilla. Tiene que ser una pesadilla, el profesor pensaba.
-"¡Yuri!"-. Gritó la estudiante: -"¿Qué crees qué haces? ¡Suéltala!"-.
La boca de Saikena se había convertido en una fuente escarlata, ahogando palabras que no llegaban a articularse, sus manos buscaban apartar las mandíbulas mortales que apresaban los tejidos de su desgarrado cuello, sus ojos suplicaban por ayuda. En un arranque de valor, Milán consiguió acercarse a Yuri y logró separarla tomándola por detrás, apretando su cuello con un gancho. El docente asistía a la chica herida, tomándola de los hombros en lo que la rubia se esforzaba en gran medida al notar que Yuri buscaba liberarse el abrazo. Milán no daba crédito a lo que ocurría.
"¿De dónde saca tanta fuerza?" Pensaba la joven reparando en la exponencial fuerza que Yuri ejercía para escapar de la llave que le estaba aplicando, "¿Por qué es tan fuerte?"
En eso, a sus espaldas, un nuevo sonido se hizo presente. Un objeto se arrastraba hacia donde ella se encontraba. Un bulto jadeante, astillado por los cristales de la ventana del cobertizo, se arrimaba hacia sus pies. Antes de que los brazos largos del infeliz la alcanzaran, Milán liberó a Yuri de su agarre y consiguió hacerse a un lado. Mientras el reptante ser se impulsaba con las manos hacia ella, la joven notaba que Saikena cayó al suelo de espaldas, agonizando. Ella intentaba llamar la atención del maestro para que le ayudase, pero hubo decenas de gritos se hicieron presentes al unísono. El instructor estaba estupefacto, con el rostro en blanco, perdido en los abismos de su mente.
-"¡Profesor!-. Exclamó.
Presa de la histeria, el docente huyó de la escena hacia los interiores del instituto en compañía de algunas gimnastas mientras un ejército gris intentaba darle alcance. Milán no necesitaba saber que algunos participantes de aquél gentío lo conformaban varios jóvenes quienes, minutos antes, eran parte del club de Sōjutsu.
El torso seguía arrastrándose hacia ella, jadeando y babeando una sustancia parecida a la resina. Sus largas manos escuálidas trabajosamente se afianzaban al suelo, tanteando cuánto tuviese cerca de su alcance para atrapar a su víctima en el mar de sombras en el que su visión se encontraba. Siendo su juicio sumido lentamente hacia el pánico, Milán retrocedió hasta sentir la fría sensación del muro del cobertizo. Ya no tenía escape, sólo se interponía la pared y el monstruo.
Dos metros.
Un metro y cuarenta centímetros.
Un metro y diez centímetros.
La distancia se acortaba más y más. El ente abría sus fauces en un grado imposible, preparadas para sentir la calidez de la sangre fluir por sus encías, una vez que cerrara con fuerza los pútridos dientes de su mandíbula.
La muerte se acercaba más y más.
-"Vete…"-. Suspiró la chica: -"Vete o yo… Yo… Yo"-.
Sesenta y tres centímetros y aproximándose.
Milán posó la mirada sobre el yari que estaba al lado suyo, recargado sobre la pared.
Cuarenta centímetros.
La respiración se le entrecortaba. Su frente estaba bañándose en sudor, así mismo, dentro de su mente, se libraba un torrente de ideas. Actúa. Actúa rápido. Rápido. Vas a morir.
Veinte centímetros.
-"¡Vete!"-.
El mordisco fue inminente. Sus dientes se cerraron al vacío, a escasos ocho centímetros de la tibia de la chica. Ella no tuvo elección. Tomando la lanza por instinto, ella se lo clavó en el cráneo, deteniendo el avance de su agresor. Se sentía aliviada y asqueada. Sentía una culpa creciente, como si hubiera cometido un asesinato. En su cerebro, circulaban escenas de ella siendo apresada por la policía, de ser encerrada en prisión, de estar condenada en un sucio lugar por décadas. Todas esas ideas se fueron, se desvanecieron, se evaporaron casi al instante al notar que en el marco del umbral del cobertizo se alzaba la figura tambaleante de la joven Saikena. Descubrió que ésta se mostraba destellando una mirada perdida, dentro de un vacío desconocido, jadeando y babeando, victimada por una atroz hambruna; quien pesadamente avanzaba hacia ésta.
-"¿Saikena?"-.
No hubo palabra alguna salvo un balbuceo. Milán agradeció no haberse aventurado hacia ésta para descubrir qué le pasaba ya que, en un parpadeo, algunos de los estudiantes y gimnastas que habían perseguido a los demás compañeros, comenzaban a acompañar a Saikena. Su avance era lento, dejando escapar profundos jadeos, suspirando por una desconocida y terrible sensación de hambre.
Antes siquiera que la horda entrara al cobertizo, la joven salió por la ventana cargando el yari consigo. No tardó en descubrir que el patio, los accesos, el porche; todo a su alrededor estaba invadido por algunos compañeros, jóvenes de otros salones, maestros de diversas aulas, inclusive directivos; quienes caminaban con pesada lentitud, mostraban una mirada lanzada al infinito, y abrían y cerraban la caverna sangrienta de sus fauces.
-"Esto no puede estar pasando"-. Musitó para sí, sintiendo que nada de esto tenía que ser real. Que bastaba un pellizco para salir de esta pesadilla y que al despertar estaría en su alcoba, que los únicos gruñidos que escucharía serían los de sus padres roncando y nada más.
Sólo gruñidos estaban presentes a su alrededor, conformando un coro cacófono de vidas extinguidas bajo una maldición divina. Sus amigos ya no eran como antes. Eran ahora criaturas que buscaban asesinar a personas, que buscaban comer su carne e infectarlas para que éstos se alzaran y se unieran a sus filas recorriendo un éxodo que jamás tendría un fin.
Saikena era una de ellas. A su lado estaba Marco, un compañero de química, quien babeaba regularmente en clases y ahora sólo se orillaba a cerrar y abrir su sanguinolenta boca; Sagako, una amiga íntima quien había compartido muchos viajes a Hokkaido el semestre pasado y ahora ella arrastraba la pierna derecha con pesadez, a expensas de que un destrozado brazo izquierdo se le cayera al suelo debido a una profunda herida. Parecía que alguien había tratado de arrancárselo de raíz, como el tallo de una mala hierba. Sentía un poco de remordimiento al no haberse nunca disculpado por aquél día en el hotel de Hokkaido, donde descubrió que las noches en las que se habían dado calor ya no eran suficientes para ella.
-"¿Qué significa todo esto?"-.
El avance de los caminantes liderados por Saikena se había detenido dentro del cobertizo. Milán había tenido suerte. De no haber salido por la ventana hubiera sido devorada por Saikena, Sagako y otros caminantes más.
A la derecha, las criaturas habían ocupado un gran porcentaje del área del patio. A su izquierda, la suerte no parecía estar de su parte. Los errantes le habían cerrado el paso por ambos lados. No obstante, un pasillo que se abría hacia delante, el cual conducía a los interiores de la escuela; estaba despejado.
No lo pensó dos veces y se abrió camino. Agradecía que había calentado para la práctica ya que, uno de sus más profundos temores, era padecer un calambre. La situación ameritaba que una dolencia de esa índole no sólo sería motivo para suspender su práctica con el yari, sino la vida en sí. Milán corría rápidamente hacia el pasillo. A la izquierda, un ente intentaba darle alcance, extendiendo en abanico sus brazos. La joven despejó toda duda y haciendo un swing de abajo hacia arriba golpeó la mandíbula inferior del muerto con fuerza, causando que éste perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás. Escuchó al instante el chirrido que causaba sus zapatillas sobre el mosaico. Había conseguido llegar al pasillo con éxito.
Sin embargo, lo peor estaba por venir:
"Si aquí afuera es un infierno, ¿qué tan mal estará allá dentro?"
Mientras con una mano sostenía con firmeza la lanza, la otra abría lentamente la puerta de entrada al instituto. Salir de este averno no sería nada fácil.
Los azotes castigaban sin piedad el seguro del cuarto. Él sentía que en cualquier momento iba a ceder y sería atrapado por aquellas espasmódicas manos grises. Su sentido de raciocinio menguaba, se derretía, se le escapaba. Sentía las gotas de sudor frío correrle por la sien. Mientras no pensara en algo y rápido, sería victimado por esas criaturas.
Un poderoso golpe venció uno de los tornillos del mecanismo de la puerta, al tiempo que causó a un congelado Zaragoza salir de su parálisis y ver a su derredor. ¿Una silla? No ¿El armario? Quizás
Con fuerza, el chico empujó el armario hacia la puerta. Varias manos impedían cumplir su objetivo, amenazando tirar el mueble sobre él. Fue entonces que, en su necedad y apoyando la espalda sobre el armario, pujó fuertemente. El tirón logró sacar varios brazos de la puerta, sin embargo el joven no estaba preparado para lo que venía. Un poderoso azote golpeó el mueble y lentamente hizo que cayera sobre él. Tratando de evadir el impacto, consiguió quitarse de en medio. Sólo la pierna derecha quedó atrapada, consiguiendo que él perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Por si fuera poco, un estruendo metálico dio a conocer un terrible anuncio.
El seguro de la puerta se rompió.
-"¡Maldición!"-.
Sin tener opción, Zaragoza se agazapó llevándose ambas manos a la cabeza esperando el final. Los enfermizos jadeos continuaban y un nuevo forcejeo golpeaba el estante caído. Abriendo los ojos y levantándolos hacia adelante, encontró que todavía le quedaba algo de tiempo.
La puerta no conseguía abrirse al ser atorada por el pie del armario.
"No voy a morir" Se repetía "¡No voy a morir!"
Sentándose en el suelo, tiró con ambos brazos la pierna atrapada. Las manos lentamente comenzaban a acceder al recinto, provocando que Zaragoza se empeñara más en su esfuerzo. Finalmente sabía cómo se sentían los ratones cuando tenían la cola aprisionaba por las trampas.
Tirando con más fuerza logró escapar del abrazo de la trampa. Ahora sólo le restaba escapar del gato.
De decenas de gatos.
Calculó que el tobillo estaba lastimado así que correr no sería una opción. Más jodido no podría estar, pensó.
Fue entonces que al volverse hacia arriba encontró una solución.
"El techo" Pensaba: "El techo es de pared falsa. Si la estructura del techo es de varilla o está reforzado, podría salir por ahí"
Arrastrando el pie pesadamente, Zaragoza avanzó hacia el escritorio y consiguió subirse. Está fuera de alcance, pensaba.
"Está demasiado alto. Necesito apoyarme en algo"
Los azotes hacían crujir la puerta terriblemente. La madera del umbral se estaba destrozando.
"¡Demonios!"
Zaragoza tomó uno de los asientos y lo subió al escritorio. Consiguió otra silla y la colocó sobre la otra. Su vida ahora pendía de esta pequeña torre de Babel. Apoyó la pierna buena sobre el asiento de la primera silla para acomodarse y lograr subir la pierna lastimada. Eureka, sólo faltaba ascender al chapitel de la torre. Mientras subía, rezaba para sus adentros que la puerta resistiera más, que la torre resistiera más, que la pierna no se quejara.
La endeble estructura se quejó, amenazando con desmoronarse y tirarlo al vacío. Para su alivio, esto no ocurrió y logró llegar al segundo asiento. Para su suerte, el techo estaba frente a él. Con ambas manos, examinaba las pálidas láminas del muro.
"Tetsuya decía que las coyunturas no estaban remachadas, porque así pueden cambiar las lámparas fácilmente, a diferencia de si el muro fuera de concreto. De acuerdo con él, no son más que tapas"
Intentó forzar una.
Se lastimó la mano, maldiciendo su intento.
Forzó con más fuerza.
Bingo, consiguió destrozar la tapa y en efecto había un vacío dentro del techo. Removió otras tres tapas y logró crear una apertura cuadrada. Asomando la cabeza trabajosamente, vigilando el portón de madera y la torre que crujía y temblaba al moverse, se alivió al confirmar su teoría. Había un armazón reforzado por dentro por lo que podría sujetarse de allí y seguir el camino de techo falso. Un poco de luz se asomaba por ese negro boquete. Atinó a ver una larga columna metálica, la cual emanaba aire frío.
"Los ductos de aire", pensaba. Si seguía los ductos de aire, llegaría hasta los demás salones y hasta el aparato de aire mismo, el cual se encontraba en el exterior.
Sus pensamientos fueron interrumpidos de forma repentina ante un estremecimiento terrible.
Su rostro se blanqueó al instante.
La puerta acababa de ser destrozada.
Una marcha de criaturas grises avanzaba hacia él.
-"¡No!"-.
Sin pensarlo y olvidándose de su dolencia, Zaragoza se impulsó torpemente hacia el interior de la boca. Ambos brazos se afianzaron fuertemente al esqueleto metálico del techo. Escuchó por detrás que la torre de asientos se desplomó. Eso causó que la intensidad de esos malditos jadeos creciera más y más.
Se deslizaba por el interior de la cueva con desesperación.
"No me atraparan. No me van a atrapar"
Sintió un poderoso tirón.
"¡No me van a atrapar!"
Un nuevo tirón lo jaló hacia atrás
"¡Maldita sea! ¡No me van a atrapar!"
Pataleaba y jalaba con fuerza hacia techo. Jamás en su vida se había desesperado tanto. Una patada bastó para conseguir impulsarse hacia dentro, al sentir que había asestado un golpe contra algo viscoso. Arrastrándose más y más adentro, logró internase en el abismo.
-"Estuvo cerca"-. Musitó: -"Maldición, estuvo cerca"-.
Descansó un momento, respirando lentamente. Luego, arrastrándose como un gusano en el compactado túnel, se arrimó hacia el ducto de aire. Como si se tratara de una cuerda arrojada a un pozo, se afianzó a éste y comenzó a seguir el ducto.
Sólo esperaba que más allá de ese mar de tinieblas lo llevara afuera, lejos de esta visión infernal. Mientras avanzaba, pensaba y temía por sus sospechas.
"¿Estará pasando esto mismo allá afuera, en la ciudad? Si es así, entonces... entonces ¿qué debería hacer?"
Notas del autor:
Quizás haya algunos términos que desconozcan así que las coloco en este pequeño apartado.
Yari: Es la lanza japonesa, utilizada en un arte marcial llamado Sōjutsu
Sōjutsu: Arte marcial japonés donde se utiliza la lanza (yari). Significa "arte de la lanza".
