Hola queridísimos lectores :D PD: Gracias a José Luis por ayudarme en la publicación de este capítulo- y también a Sol Meyer y a Aliathna, por brindar el dato para sortear el error q la página arroja :)
He venido con otro capítulo de esta historia que se desenvuelve en la atestada pero sorprendente ciudad de Nueva York.
Poco a poco vamos veremos cómo nace, crece y se desarrolla la relación entre estos dos jóvenes y talentosos arquitectos.
Espero que sea de su agrado, un besote y buen viaje ;)
Capítulo tres: "Un proyecto da inicio"
Hermione llegó a la clase de Severus Snape con casi veinte minutos de antelación. No quería volver a llegar atrasada o de lo contrario podría llevarse otra desagradable sorpresa como había sucedido el día anterior. Cuando ingresó al aula paseó la vista rápidamente por todos los pupitres encontrando en uno de ellos nada menos que a Harry Potter. El joven revisaba un plano sumido en el silencio y aquello la descolocó. Nunca imaginó verlo tan temprano en la universidad, después de todo siempre llegaba retrasado. Restó la distancia descendiendo algunos escalones con paso dubitativo e inseguro. Al estar cerca de él miró el dibujo por sobre su hombro sin advertirle de su presencia. Su ojo instigador y detallista la llevó a darse cuenta de que se trataba de un proyecto para un museo. No estaba terminado, pero se veía interesante. Cuando se dispuso a hablarle y así sacarlo de su ensimismamiento, varios de sus compañeros ingresaron al salón junto al académico. Hermione rodeó rápidamente al ojiverde para ubicarse a un lado como si recién hubiera llegado. Harry la saludó con un alzamiento de sus cejas y la incomodidad se posó en el espacio de un metro que los separaba.
Snape comenzó a hablar sobre la tarea escribiendo con su elegante caligrafía en el pizarrón. Informó que tenían todo el semestre para desarrollarlo y exigió ideas innovadoras de Diseño Urbano, una maqueta a escala que hiciera justicia a los cuatro años de estudios universitarios. No quería atrocidades de niños de preescolar. Hermione tomaba apuntes mientras que Harry la miraba de soslayo. Recordó su vientre plano, sus brazos delgados y delineados, su busto firme, terso y perfecto. No hubo caso de que prestara atención a las palabras del profesor. Estaba demasiado ocupado en visualizar nítidamente aquella escena frente a su ventana. Hermione se veía tan relajada, tan concentrada en sí misma. Algo apaciguante irradiaba su persona, como un paisaje de Monet donde te pierdes de la realidad y descansas. Ella, toda, era una misteriosa contradicción. Comprendió que después de todo, tener a esa muchacha como vecina no significaba ninguna molestia hasta el momento, sino que todo lo contrario.
- ¿Quiere repetir todo lo que he dicho, señor Potter?- la pregunta de Snape lo hizo aterrizar forzosamente de regreso al salón de clases. El calor ocupó sus mejillas sin saber qué mierda contestar. No tuvo más opción que descubrirse distraído.
- La verdad, yo…
- Disculpe, profesor, pero justamente Harry me estaba comentando que la innovación de un proyecto urbano no asegura que tenga éxito- intervino Hermione para asombro del moreno. Ella prosiguió- Y como usted bien dijo la clase anterior, también hay otros factores importantes.- Snape frunció el ceño con suspicacia. Harry lo miró asintiendo con la cabeza. Tenía que aferrarse al chaleco salvavidas que su compañera le había lanzado. El académico, a pesar de mostrarse receloso, no quiso insistir y retomó su explicación en donde la había dejado.
La clase finalizó y ambos jóvenes se quedaron sentados esperando a que todos los demás salieran. Una vez solos, el silencio se apoderó del lugar. La castaña se volteó hacia el chico sentado a su lado y lo desafió con la mirada. Tenía el fuego intenso de quien se toma la vida demasiado en serio. Harry pudo adivinar su molestia. Era lógico. No podían darse el lujo de darle razones a Snape para que los tuviera en la mira y asintió resignado sin necesidad de oír su regaño. Se disculpó y le agradeció su ayuda oportuna para salvarle el pellejo. Sin hacer mucha bulla ante lo sucedido, la pareja de estudiantes se refugió en la cafetería de la universidad para comenzar a idear el proyecto en conjunto. Desafortunadamente, tanto Harry como Hermione deseaban tomar las riendas de la reunión desde un principio. Ambos eran talentosos y argumentativos. Los planes brotaban sin orden alguno, las contradicciones entre ellos frenaban la imaginación y sobre todo, el deseo de doblegar al otro se tornó exasperante. La tensión en la plática se condensó haciendo espeso el aire a su alrededor.
- No podemos desarrollar una idea así, Harry- le reclamó la muchacha durante la charla- No tienes ningún fundamento basado en los cuatro principios básicos del diseño urbano…
- ¡Los principios básicos son aburridos!- espetó el aludido- Tenemos que ser más atrevidos.
- ¡Estoy de acuerdo con eso, pero no puedes sentar una idea en el aire sólo por hacer algo distinto!- la discusión se elevó por sobre el volumen aceptable de voz. Los otros estudiantes los miraban como una pareja de locos escandalosos. Harry sentía sus mejillas arreboladas y Hermione un calor que le obligó a quitarse la bufanda del cuello.
- ¡Eres la típica persona esquematizada que le corta las alas a un ave!- dijo el moreno en un tono ofensivo.
- ¿Y se supone que tú eres el ave?- preguntó la castaña, irónica- ¡Entonces no entiendo cómo es que no has terminado succionado por una turbina de avión en pleno vuelo!
- ¿Pretendes ser graciosa?
- ¡Pretendo enseñarte, aficionado!- contraatacó Hermione.
- ¡No porque seas la favorita de Remus J. Lupin te da el derecho de sentirte superior aquí!- aquello fue tan certero como una aguja fina en un punto neurálgico. Toda la cafetería quedó en silencio y la joven se puso de pie con suma tranquilidad y elegancia.
- Bien, esta tontería llegó hasta aquí- dijo simplemente y salió por las puertas de vidrio como alma que se lleva el diablo. Harry resopló enterrándose todavía más en su asiento.
Sólo bastó una hora para que la idea del trabajo en equipo entre ellos se fuera al carajo. Azotado por el sentimiento competitivo que radicaba desde siempre en su corazón, se dirigió hasta el despacho de Snape aun sabiendo lo desagradable que era hablarle a ese tipo de ojos penetrantes. Subió algunos pisos saltando los escalones de dos en dos hasta detenerse frente a la puerta con el nombre grabado en letras doradas. Golpeó un par de veces y el académico abrió sin disimular su fastidio de verlo allí. Harry casi no pudo controlar la verborragia que brotó de su garganta. Le explicó que era imposible trabajar con una niña sabelotodo que sólo buscaba la forma de ganarle en todos los debates. A decir verdad, era la primera vez para el moreno que alguien lo desafiaba de esa manera. En la universidad siempre había sido él quien tenía la razón y las mejores calificaciones; ahora, justo cuando cruzaba por una mala racha, llega una chica con la palabra perfección colgada al cuello, presumiendo su lugar de privilegio en la universidad de Cambridge. Snape lo escuchaba con paciencia, sin querer interrumpirlo en su perorata y cuando Harry hubo terminado al fin, sólo tomó aire para responderle:
- ¿Le molesta no ser el centro de atención, señor Potter?
- No es eso…
- ¿Acaso no puede domar a esa fierecilla inglesa?- volvió a preguntar con acidez. El joven frunció el ceño. Sabía que Snape lo estaba disfrutando- Basta de niñerías. Este trabajo es en parejas… o aprenden a trabajar juntos o sencillamente aceptan el hecho de que los reprobaré.
- No podemos trabajar en equipo, profesor. Somos muy diferentes…
- Nada indica que dos personas diferentes no puedan tener una química magnifica, señorita Granger- argumentó el rector Albus Dumbledore ante una molesta y testaruda Hermione. La muchacha estaba sentada frente a él con los brazos cruzados firmemente contra el pecho. Desde que había llegado a esa universidad que había sido ofendida por ese insolente de Potter. Primero dormirse en el seminario con descaro, ahora se atrevía a sugerir que gracias a favoritismos había llegado hasta dónde estaba. Había sido su esfuerzo, sus horas de desvelo, su amor por la Arquitectura lo que la llevó a Nueva York. Sólo obtenía reconocimientos merecidos, nada más.
- No quiero trabajar con él- insistió la joven empequeñeciendo sus ojos de la ira- el profesor Snape nos obliga a hacerlo pero jamás tendremos la química que usted menciona. Harry Potter es un holgazán.
El rector, un anciano de rostro curtido por los años y abundantes canas largas, la miró unos segundos uniendo las yemas de sus dedos a la altura de sus labios. Se tomó todo el tiempo del mundo para sumergirse en sus pensamientos y analizarla en cada uno de sus detalles. Tenía ante él una persona extraordinaria. Dumbledore poseía el don de juzgar muy bien a aquellos que lo rodeaban y una corazonada interesante se enarboló hacia esa joven extranjera. Tal vez Snape en su sarcástica forma de impartir clases había dado en el clavo al unir a esos dos. Él conocía muy bien a Harry, de hecho había sido profesor de sus padres James y Lily veinte años atrás. Dos excelentes estudiantes. Tal vez era esa chica Granger quien podría volver a encausar al moreno en su camino perdido. Se puso de pie para caminar por su amplio despacho. Hermione estaba cayendo en la impaciencia. Tanta expectación la ponía nerviosa.
- No puedo intervenir en el paradigma de enseñanza el profesor Snape, señorita Granger- le dijo bajo un tono de serenidad y aplomo. Hermione apretó los dientes- Debe recordar que ya no está en la secundaria. Esto es una universidad y si la exigencia de la calificación es que trabajen juntos… entonces deberán buscar la forma de hacerlo. Lo siento.- no había nada más qué hacer. Si el rector de la institución no era capaz de ayudarla, nadie más podría. Suspiró largamente antes de incorporarse y salir del despacho luego de agradecerle su tiempo.
Ron se había enamorado de Luna desde el primer momento en que la vio. Sus ojos de color indefinido lo habían atrapado hasta el punto de sentirse equilibrado y en paz consigo mismo cada vez que la miraba al pasar. Averiguó mediante algunos contactos la carrera que estudiaba y al saber que se trataba de Medicina optó por conocerla echando mano de ese dato. Una tarde en la cafetería de la universidad, Ron simuló que se ahogaba debido a un trozo de carne en la garganta. Harry estaba sentado frente a él sabiendo perfectamente sus intenciones. Luna estaba al otro lado de la enorme sala y casi no alcanza a socorrerlo primero ya que aparecieron otros tres voluntarios en "salvarle la vida" al pelirrojo. La joven lo abrazó por la espalda y le aplicó la maniobra de Heimlich con sorprendente seguridad. Ron tosió desesperado volviendo a respirar después de sentir que casi le arranca la cabeza y finalmente la miró, embelesado. Harry tuvo que contener sus ganas de carcajearse cuando lo oyó agradecerle por evitar que muriera tan joven y sin haber amado. Se presentó con la voz entrecortada, destilando timidez y Luna le sonrió.
- Un placer conocerte, Ronald Weasley. Mi nombre es Luna Lovegood- le dijo palmoteando su espalda como si buscara asegurarse de que en realidad estaba bien- Debes tener cuidado al masticar. No es recomendable comer como si engulleras como un pato.- a Ron se le enrojecieron las orejas al punto de sentirlas arder.
- Entonces, compañero, tendrás que invitarla a comer para que te enseñe cómo se hace, ¿no?- intervino Harry, dándole un codazo en forma de ayuda. El aludido abrió y cerró la boca al igual que un pez fuera del agua, sin saber qué decir.
- Me encantaría- respondió la muchacha con total desenfado y ensoñación.
Esa noche de cena resultó perfecta, como para ponerlo en un cuadro y exhibirlo en un museo. Ron creyó que sería un torpe patoso como siempre pero todo salió de acuerdo al plan. Fue por ella en su destartalado Ford Anglia, reliquia de su padre, y la vio salir de su casa en un vestido de tonos alegres. Se veía hermosa en su particular sentido de la moda. Recorrieron las calles de Nueva York platicando de mil cosas por segundo. Luna reía con sus bromas y Ron se enamoraba más y más de ella al escucharla hablar de su vida y su carrera. Al llegar al oeste de Central Park, el restaurante "Jean George" relucía en su elegancia y pulcritud. Allí cenaron un delicioso salmón acompañado de vino blanco y la noche se hizo tan breve como un suspiro. En ese momento se lanzaron en picada a un amor repentino e intenso. Luna se había convertido en el cable a tierra de Ron a pesar de que fuese una soñadora empedernida y Ron en su apoyo constante e indiscutible.
Habrían de pasar dos años para que ese romance perfecto diera el siguiente paso. Ron le pidió matrimonio en aquel mismo restaurante testigo de su primera cita incentivada por Harry. Luna aceptó de inmediato, sin importarte que aún faltara tiempo para que pudieran vivir de sus profesiones. Esa era la noticia que el pelirrojo quería contar en el Coffehouse de Tonks pero al ver que no estaba su mejor amigo, prefirió guardarlo para otro momento. Fue entonces donde ambos chicos se reunieron el campus de la universidad para charlar. El moreno no pudo más que alegrarse por él al escuchar la novedad. Sabía que eran el uno para el otro y la enorme dicha que lo invadió habría de borrar por unos instantes el trago amargo que fue la visita al despacho de Severus Snape.
- Quiero que seas mi padrino- le dijo Ron sin vacilaciones.
- Será un honor- respondió en el acto volviendo a ponerse serio y ensimismado.
- ¿Qué sucede?- Harry sólo se encogió de hombros negando con la cabeza- Me enteré que deberás trabajar en un proyecto con la chica extranjera… Hermione.
- Sí… por más que le insistí a Snape que desistiera de ello, me dio con la puerta en la nariz.- contó sonando fastidiado- ¿Cómo te enteraste?
- Tonks me lo dijo. De hecho, Hermione estaba con ella en el Coffehouse cuando fui y tampoco se vio muy alentada de estar asignada contigo- al añadir lo siguiente soltó una risotada- Te llamó vago, impertinente y maleducado. Creo que ya te conoce bastante bien ¿eh?- a Harry no le hizo ninguna gracia viéndolo reír a destajo.
- Si no quieres que tu padrino te dé un puñetazo, te aconsejo que cierres la boca.
A pesar de su momentánea molestia, el ojiverde no podía caer en el mal humor. Estaba feliz por su mejor amigo y sin esperarlo sintió celos de su buena suerte. Hallar una persona que te ame con la misma intensidad y entrega no era algo sencillo. Es más, se atrevía a considerarlo como un imposible, digno de una novela fantástica. Se miró a sí mismo sabiendo que estaba demasiado lejos de gozar una relación así de seria. Pensó en Cho y lamentó más su mala fortuna. Había puesto sus ojos en una muchacha enamorada de otro sujeto, y no cualquier sujeto, sino que de un insufrible señor perfecto. ¿Cómo competir contra alguien así? Ya suficiente tenía con que sus profesores y compañeros tuvieran poca confianza en él como para entrar a compararse. Luego de aquella conversación, Harry propuso tomar un trago en el Coffehouse para celebrar. Ambos se treparon a la motocicleta del moreno y cruzaron las pocas calles que llevaban hasta el antro. Al atravesar las puertas de la entrada, el conocido sonido de la música del jazz les dio la bienvenida. Era agradable alejarse del mundo en ese lugar por algunas horas. Rodaron la mirada hacia la barra encontrándose con la sorpresa de que Tonks estaba acompañada de Luna, Ginny y Hermione. Harry al ver a la chica inglesa no pudo evitar lanzar un bufido…
Después de la fallida petición en el despacho del rector Dumbledore, Hermione salió de la universidad pateando piedras. Trató no dejarse dominar por su mal genio tan legendario en ella y se dirigió hasta la pequeña biblioteca de la calle 125th oeste llamada George Bruce, para leer un rato y extraviarse en historias paralelas a la realidad. Ya se había hecho costumbre en ella visitar aquel lugar. Tenía mucha similitud con la que frecuentaba en Londres. Sumida en su indecisión de escoger entre los autores como Jane Austen, Jack London y Ernest Hemingway, el carraspeo de alguien a su lado la distrajo. Remus J. Lupin le sonreía anchamente a pocos pasos. La castaña se alegró tanto de verlo que lo abrazó. Era la única persona que le traía algo de familiaridad en tierras extranjeras. El famoso arquitecto también era cliente asiduo de aquella biblioteca y no le asombró nada encontrarla allí. Luego de retirar un par de novelas cada uno, se dirigieron hasta el Starbucks más cercano para platicar un rato. Hermione, sin importarle desbaratar el sistema estructurado y monótono de la cafetería ignoró los macchiatos y pidió un vaso grande té.
- ¿Y cómo vas en tus clases?
- Excelentemente- respondió la joven de forma casi automática.- Sólo tengo un problema, ¿recuerdas a ese chico que se durmió en el seminario de hace unas semanas?- Lupin asintió. Cómo olvidar el enfado encendido en sus ojos marrones.- Pues bien, con él fui asignada para realizar un proyecto en la clase de Diseño Urbano Avanzado.
- ¿Y cuál es el problema?- Hermione frunció el ceño. Creyó que había quedado claro con el antecedente que había aludido.
- Que es el típico estudiante descuidado y convencido de tener la razón en sus errores. Nos reunimos esta mañana para comenzar el proyecto y fue un desastre. Le pedí al rector que nos reasignara pero no quiso ayudarme- Lupin la escuchaba en absoluto silencio. No veía la gravedad del asunto. Dejó su café expresso sobre la mesita entre ellos antes de responderle.
- Ya no estás en Cambridge, Hermione.- le recordó con un tono suave y pausado- En Londres podías obtener ciertos beneficios por ser una de las mejores en la carrera, pero aquí las cosas son diferentes. Además, lo que pasó en el seminario con este chico no lo define completamente. Tienes que comenzar a entender que las personas no son perfectas, ni siquiera tú.
- No he dicho que yo sea perfecta…
- No lo dices, pero actúas como si lo creyeras y eres despiadada cuando alguien comete un error.- Hermione no pudo decirle nada para debatirle. Lupin continuó- No siempre tendrás la razón. Escuché de Kinsgley Shacklebolt el otro día que ese muchacho tiene talento, sólo está pasando por una mala racha.
- ¿Y debo salvarlo?
- Sólo trabaja con él. Aprende a ser más tolerante.
Aquello fue una sacudida para la joven. Sí, su mentor tenía razón. Ya era suficiente de estarse lamentando, sólo estaban perdiendo tiempo valioso. Le agradeció sus consejos y le prometió que daría todo de su parte para no dejar mal su nombre. Después de compartir al interior de la cafetería, Hermione se dirigía a su apartamento cuando fue interceptada por la simpática Luna Lovegood en el camino. La rubia se mostró emocionada por volver encontrarse con ella contándole en su atropellado diálogo que iba a casarse. La castaña comenzó a reír de buena gana. Esa muchacha le caía en gracia. Tenía la misma ternura de una niña. Le resultó inaudito que tuviera la repentina confianza de contarle la noticia. Recién se estaban conociendo y ella no estaba acostumbrada a ese desprendimiento americano.
Con suma insistencia, Luna la invitó al Coffehouse de Tonks para compartir unos tragos. Su cuñada estaba esperándola allá y sería una noche de chicas. Hermione dudó unos segundos. Tenía todo un plan elaborado para esa velada: un baño de espuma, una copa de vino, un buen libro y a la cama. Sin embargo, la emoción y bondad que veía en los ojos de la chica frente a ella la llevaron a aceptar. Fue así entonces donde pudo distraerse del mal día. Aquella tabernera de prendido cabello violeta junto con la genial Ginny Weasley la envolvieron en comodidad. Se carcajeaba de las tonterías que decían y de las bromas que lanzaban como agudos disparos. No tuvo problema de sentirse parte de ese grupo. Al pasar de algunas horas, Luna la invitó a la boda sin miramientos. Hermione, perpleja, no supo qué decir. Sin dejar de sentirse halagada por tal prematura amistad, volvió a dudar sobre su respuesta.
- ¿Qué dices? Tienes que ir, la novia lo ordena- le insistió Ginny.
- Bueno, yo… - fue en ese momento en que vio aparecer por las puertas de entrada a Harry junto a Ron. Al igual que él no pudo encerrar el bufido tras sus dientes.
- Vaya, también me alegra verte- le ironizó Harry al acercarse a la barra.- Así que soy un vago, impertinente ¿no?
- No deseo discutir ahora- frenó la muchacha llevándose la botella de Corona a los labios.
- Traté de que Snape nos reasignara pero como supondrás, me envió al carajo.- Hermione sonrió ligeramente al entender la coincidencia.
- Bueno, yo hice lo mismo con el rector. Creo que estamos atrapados- aquel último comentario provocó en Harry un suspiro de resignación.
- ¡Hagamos un brindis por los novios!- exclamó Tonks llenando unas copas largas con champaña y cortando el tema de conversación entre ambos. La reunión de amigos se encendió en charlas animadas nuevamente. Fue extraño para Hermione pero sentía que los conocía de toda la vida. Observaba el buen humor de Ron, de Luna, las agudezas de Ginny, la divertida honestidad de Tonks y… a Harry no supo cómo definirlo. Aquel moreno le inspiraba complejas sensaciones que no lograba dilucidar. Esperaba que con el tiempo que compartirían pudiera conocerlo más allá de saberlo un perezoso. Lo mismo pasaba con Harry, quien miraba a la chica inglesa de reojo evocando las miles de veces que la espiaba por la ventana. Tenía ganas de platicarle sobre aquella novela que le vio leer, sobre su gusto por la actualidad del periódico, de sus tazas de té, sobre esa llamada telefónica que le hizo llorar… no obstante, tuvo que guardar silencio. Eran detalles íntimos que nadie debía saber, mucho menos viéndola de un apartamento a otro. De pronto, Hermione recibió un mensaje de texto en su celular que al leerlo le borró la sonrisa por completo. Se despidió de todos algo apurada y Harry no disimuló su preocupación.
- ¿Estás bien? ¿Quieres que te lleve? Tengo mi moto afuera… - la castaña se negó.
- No, prefiero irme en taxi que montarme a una de esas máquinas endemoniadas, pero gracias- y con eso, salió del Coffehouse a paso apresurado.
Una hora después, cerca de la medianoche, el grupo de jóvenes abandonó la taberna para irse a dormir. Era velada entre semana y Luna tenía turno temprano en el hospital. Harry se trepó a su motocicleta y enfiló hacia su apartamento en la calle 71 casi sin interrupciones de la luz roja en los semáforos. Cuando descendió un poco la velocidad llegando a destino, reparó que un auto que conocía muy bien estaba aparcado frente a su puerta, a orillas de la calzada. Desde su interior, Cho Chang se bajó al verlo estacionar tras ella. Harry frunció el ceño, extrañado. Hacía mucho tiempo que no estaban solos, sin nadie más alrededor. Se quitó el casco de la cabeza y advirtió que estuvo llorando. Aquello le contrajo el pecho. Se disponía a preguntarle el porqué de su visita tan tarde cuando el abrazo repentino de la joven lo calló de inmediato. Comenzó a llorar nuevamente. El joven la encerró por la cintura con algo de torpeza. No sabía cómo reaccionar. Una vez recuperado la compostura, Cho rompió la expectativa.
- Lo siento, Harry, no quise presentarme así nada más…
- Está bien, ¿qué sucedió?- la joven no respondió enseguida, enjugándose las lágrimas con el puño.
- Discutí con Cedric- dijo simplemente y más que alegrar al moreno, le inyectó una dosis de veneno en las venas.- Sé que no debería molestarte con esto, a ti menos que a nadie… pero necesitaba hablar con alguien. - Harry la alejó un poco de sí para mirarla a los ojos. Algo tenía esa mujer que lo atraía como imán al metal. No pudo evitar deslizar su mirada despacio hasta posarla en sus labios. Sólo los había besado una vez y el recuerdo invadió su mente. Tuvo que alejarse de ella para no cometer el error de intentarlo y quedar como un idiota. Qué insulsa situación. Se auto compadeció por todavía sentir atracción por ella. No era más que el consuelo de esa noche y retrocedió un par de pasos.
- Será mejor que te vayas, Cho- le dijo a pesar de no quererlo- No puedo aconsejarte sobre Cedric ni mucho menos escuchar detalles sobre su pelea. Lo siento, pero no quiero ser tu amigo.- sin agregar nada más, giró sobre sus talones para ingresar al edificio. Aquellas palabras quedaron quemando su garganta pero sabía que había hecho lo correcto. Si no podía estar con ella como lo deseaba entonces era mejor alejarse.
Al llegar a su apartamento Max lo recibió moviendo la cola con énfasis. El muchacho lo acarició agradeciéndole su infaltable e incondicional bienvenida. Le prometió sacarlo de paseo en la mañana gracias al espacio en su horario del día siguiente. Con los hombros caídos, se sentó en su amplia mesa de dibujo sin poder creer lo que había pasado. Cho apeada en la entrada de su apartamento era algo difícil de creer, mucho menos que él le hubiera dicho todo eso. Su corazón desconsolado había hablado en su lugar, de eso no tuvo duda. Con la mirada perdida, buscando pensamientos sensatos en el caos de su cabeza, Harry miró descuidadamente hacia la ventana del edificio de enfrente. Vio que en la ventana de Hermione, un tipo descorría las cortinas para mirar al exterior. Aquello lo descolocó. ¿Quién era él? Nunca lo había visto antes. Desapareció unos segundos para luego mostrarse la castaña hablando, gesticulando, evidentemente enfadada. Estaban discutiendo, resultaba claro, y eso lo desconcentró de la insólita presencia e influencia de Cho. Aquel tipo debió ser el mensaje de texto en el celular de Hermione. Se quedó allí, mirando, atento a cada movimiento perpetuado. Max miraba también alzando sus dobladas orejas. Su inquietud contagió a Harry. Parecía que compartían el mismo presentimiento. Fue en ese instante donde el tipo cometió el error. En un ademán brusco cogió a Hermione de los brazos para sacudirla, como si le pidiera respuestas o quisiera convencerla de algo. Ella trataba de zafarse sin conseguirlo debido a la fuerza impuesta en ella. El moreno no lo pensó dos veces. Se puso de pie de un brinco, corrió para salir del apartamento, bajar estrepitosamente los escalones, cruzar la calle y subir por las escaleras de incendio hasta el apartamento de la joven. Sin importarle nada, entró por la ventana sorprendiendo al desconocido forcejeando aún contra Hermione.
- Déjala en paz, imbécil- le dijo con la voz teñida de furia.
- ¿Harry?- habló la castaña sin creerlo de pie en su sala.
- ¿Quién te crees que eres?- bramó Cormac, rabioso- ¡Soy su novio! ¡No intervengas en asuntos que no te incumben! ¡Sal por donde entraste!
- ¡Quítale las manos de encima si no quieres volver a Inglaterra en una caja!- insistió el moreno, apretando los puños. No había nada que lo descontrolara más que un maldito abusivo. Cormac lo miró y al comprender que hablaba muy en serio, no tuvo más opción que obedecerle. Sin intercambiar una sola palabra más, cogió su chaqueta desde el respaldar de una silla y abandonó el apartamento azotando la puerta. Sólo silencio quedó flotando en el aire. Hermione se sentó en uno de sus sofás sintiendo cómo lágrimas de rabia corrían por sus mejillas. Las barrió casi a manotazos. - ¿Te encuentras bien?
- ¿Cómo supiste dónde vivía?- quiso saber la castaña. Harry no pudo más que revelarle su pequeño secreto.
- Vivo en el edificio de enfrente. Vi por la ventana que su conversación pasó a las manos y decidí intervenir.
- ¿Desde hace cuánto sabes que vivo aquí?- el tono rencoroso que sonó de ella le advirtió que era mejor mentir en ese punto.
- Sólo ahora me di cuenta de ello.- soltó rápidamente. Hermione lo miró con suspicacia pero no quiso seguir hablando. Se puso de pie para luego caminar hacia su habitación.
- Quiero estar sola, si no te importa- dijo, mientras se abrazaba a sí misma- Cierra la puerta cuando salgas, por favor- Harry asintió sin querer insistirle. Supo que no sólo él había tenido una noche extraña.
