Esther Quesada Gálvez 9 mayo 2006
Capítulo 3 – ¿Y quién es él?
Mientras caminaban por la sabana, Nala les explicó el giro que había tomado la situación tras el ascenso de Scar al poder a causa de la muerte del antiguo Rey, Mufasa, y la desaparición de Simba, único heredero al trono.
Ankaru silbó.
―Vaya. Las cosas de palacio van peor que las del pueblo. Y yo que creía que los suricatos éramos los animales más perjudicados del mundo entero.
―La situación no afecta solo al Clan de los leones, también se expande a lo largo de las Tierras, y ha empeorado. ―Continuó Nala ―Scar no respeta nada; nadie está ya seguro en los alrededores de la Piedra del Clan. Si seguimos a este paso pronto ya no quedará nada, y todos morirán antes de que lleguen las lluvias.
"Timón" Frida susurró el nombre para sus adentros. Tenía miedo. Y si el chico había caído preso en las garras de las hienas? Lo torturarían con aquellos feroces dientes, lo asarían en los surtidores de lava y luego… Alejó aquel pensamiento de su mente con firmeza. No era posible que Timón estuviera pasando por todo aquello. Puede que fuera un caso perdido en lo referente a cavar túneles, y un negado como centinela, pero no era ningún insensato; sabía perfectamente cuando debía alejarse del peligro y cuando podía quedarse en un sitio…
―Ya estás pensando en él?
―Qué? ―Parecía haber despertado de un sueño.
―Estaba pensando en nuestro querido amigo, a que sí? ―Ankaru le guiñó el ojo.
―De quién habláis? ―Nala se añadió a la conversación.
―De su novio. ―Contestó la amiga.
―No es mi novio! ―Frdia se puso colorada. ―Somos amigos, ya está.
―Ah sí? ―Nala miró a Ankaru con una sonrisa. ―Es un chico de vuestra colonia?
―De hecho, lo era antes. Hace tiempo que se fue en busca de aventura y nunca más hemos vuelto a saber nada. ―Prosiguió la suricata. ―Y como que no había manera de que ésta le olvidara… ―Señaló a Frida ―hemos decidido ir en su busca.
―Vaya, así que vosotras también estáis intentando dar con alguien.
―Sí, alguien cabezota y estúpido que no tiene remedio. ―Ankaru rió entre dientes cuando Frida le lanzó una mirada de desaprobación y Nala sonrió.
Caminaron toda la tarde sin comer nada. Estaban agotadas y hambrientas, pero su situación no parecía mejorar.
El sol comenzaba a ponerse cuando llegaron a un escampado con rocas grandes.
―Será mejor que pasemos la noche aquí. ―Nala se sentó bajo una de las rocas para mantenerse cubierta y bostezó ruidosamente ―Mañana será otro día.
―Pasar la noche aquí? Con todos los carnívoros rondando cerca? ―Ankaru miró a lado y lado del escampado.
―Tranquila. Yo estoy aquí para protegeros.
―Hum… pues sí, tienes razón. ―Carraspeó. ―Ejem. Buenas noches, entonces. ―Saltó encima de Nala y se acurrucó en su espalda. Era como dormir en una alfombra calentita y cómoda de pelo natural. Una delicia! A los pocos segundos, Ankaru ya roncaba sumida en un profundo y placentero sueño.
―Tan pronto está muerta de miedo como está tranquila y contenta. Todavía no sé como puedo llegar a entenderla. ―Frida se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el costado de Nala.
―A propósito ―Dijo la leona ―Aún no me has contado nada de ese chico al que buscáis.
―Bueno… en realidad no hay demasiado que contar. ―Frida tenía las mejillas sonrosadas pero intentaba disimular lo que sentía en su interior. Cada vez que pensaba en él era como si un volcán estallara en su corazón.
―En serio? ―Nala sonrió con picardía ―Habría jurado que lo considerabas alguien… especial.
―Especial? ―Frida la miró con cara de circunstancias.
Timón y Pumbaa se encontraban estirados en la hierba fresca, cada uno sumido en sus pensamientos. Simba acababa de retirarse por alguna razón que no entendían. De hecho no sabían que le habían herido los sentimientos al reírse de lo que había dicho sobre esos puntitos brillantes que colgaban del cielo cuando se hacía de noche.
De pronto, Pumbaa, sin apartar la mirada del cielo, inició la conversación.
―Timón…
―Dime, Pumbaa.
―De verdad te encontrabas tan solo allí donde vivías antes?
―Qué importa eso?
―Es que… sé muy pocas cosas de ti. Aún no me has contado demasiado de tu vida.
―Pumbaa, Pumbaa; a quién le importa mi pasado?
―A mí ―Sonrió el jabalí.
Timón suspiró.
―Ya te dije que mi vida en los túneles era desastrosa. No te basta con eso? Además, tú eres el único amigo que he tenido; ya lo sabes. Bueno… tú y Simba. Lo demás es historia.
―Ah, claro… ―Calló un instante. ―Y amigas?
―Perdón? ―El suricato enarcó una ceja.
―Digo, qué si tuviste alguna amiga?
―Amiga? ―Rió con ironía ―La única amiga que tenía era mi madre. ―Miró hacia las luciérnagas atrapadas en el techo azul y negro de arriba y le vino a la mente el recuerdo de una calurosa noche de verano de su infancia, cuando estaba contemplándolas con… ―Bueno, mi madre y… ―Cerró la boca antes de decir el nombre.
―Y…? ―Pumbaa se sentó en la hierba y le miró con expresión risueña ―Es que había alguien más?
―No, no había nadie más. ―Contestó, tajante, el otro.
El jabalí enarcó una ceja con desconfianza.
―Estás seguro?
―Bueno, ya basta, no? ―Timón se dio la vuelta algo molesto ―O es que quieres amargarme la noche?
―Lo siento, Timón. Yo sólo quería conocerte mejor. ―Bajó las orejas con aire culpable. ―Me daba pena que no hubieras tenido a nadie con quien jugar de pequeño… Snif!
Timón suspiró de nuevo.
―Frida.
―…? ―Pumbaa volvió a mirarle. ― Qué?
―Se llamaba Frida. ―Repitió Timón ―A parte de Mama era la única de la colonia que me respetaba y no se reía de mí. Jugábamos juntos cuando los otros no venían a apartarla de mi lado, y siempre nos entendíamos con una simple mirada. Era algo… especial.
―Sí, especial. ―Repitió Nala. ―He observado como te cambia el color de las mejillas cuando hablas de él.
―Bueno, yo… ―Ya está. No podía continuar negándolo. ―Oh, está bien! ―Dijo poniendo morritos. ―Sí, es un chico especial para mí.
Nala reía por lo bajo.
―Era tu novio?
―No… no creo que pudiera considerarlo mi novio. ―Sonrió con timidez ―De hecho… nunca le confesé que me gustaba.
―Y te gustaba? ―Pumbaa miraba a Timón con ojos brillantes.
―Y eso qué más da!
―Ahá! Te has puesto colorado! ―Rió.
―Qué va! ―Timón se dio la vuelta para esconder la cara.
―Timón, no debe darte vergüenza admitirlo. Que alguien te guste es lo más normal del mundo.
―Pumbaa, ella no me gusta! Tan solo… me cae bien; eso es todo.
―Lo que tu digas ―Pumbaa no dejaba de reír entre dientes. Volvió a echarse en la hierba mirando al cielo y esperó a que el suricato hiciera lo mismo. Pasados unos segundos…
―Y nunca le diste un besito?
―Pumbaa!
―Pero supongo que es mejor si no lo sabe ―Frida sonrió con tristeza ―Si se lo dijera… seguramente se reiría de mí.
―Y por qué iba a hacer eso?
―Porque se burla del amor.
―Pero qué tienes en contra del amor, Timón?
―El amor? Qué tengo en contra del amor? ―El suricato rió exageradamente ―Pumbaa, Pumbaa, Pumbaa; el amor es desastroso. Un asco! Lo vuelve a uno loco y estúpido; te hace perder la cabeza y el mundo de vista, y te aparta de lo que es la verdadera vida. ―El jabalí lo miró inexpresivo sin mencionar palabra. Timón lanzó un suspiro ―Mira, amigo mío; si el amor llegase a entrar en nuestras vidas, aunque sólo fuera un poco, nuestro Hakuna Matata se iría al garete! Comenzaríamos a suspirar como idiotas, y nos lamentaríamos por cualquier cosa. Luego empezaríamos a quitarles pétalos a las margaritas, y a danzar entre flores y abejas zumbando en un campo lleno de colores, con un arco iris surcando el cielo. Y finalmente nos volveríamos tontos perdidos! Inútiles! Zombies sin seso!
―Y… eso es malo?
―Es cursi! Y de muy mal gusto! Además, quién necesita estar enamorado, eh? Te diré una cosa, Pumbaa; el día en que yo caiga en los brazos del amor, ese día, me dejaré humillar de nuevo por todo aquel que quiera hacerlo. Volveré a convertirme en el bufón de mi colonia. Y ―Se sacudió las manos ―como que ese día no va a llegar nunca, puedes estar seguro de que nadie va a volver a reírse de mí jamás. ―Y diciendo esto, se levantó de la hierba y se fue a tomar un banyo relajante.
―Vaya. ―Nala hizo una mueca ―No parece ser precisamente un "príncipe azul".
―Lo sé. ―Contestó la suricata ―Por eso no se lo he confesado nunca. Timy prefiere… la libertad. Supongo que es por esa razón que nunca ha querido liarse con ninguna chica.
―O eso… o es que es gay. ―Comentó Nala.
Las dos se miraron y se echaron a reír.
―Será mejor que nos durmamos ya. ―Sonrió la leona ―Mañana hay que madrugar.
Frida asintió con la cabeza y se acomodó bien al lado de Nala. La leona colocó la cabeza encima de sus patas y cerró los ojos. No tardaron en caer dormidas. Sin embargo, aquella noche, Frida soñó con una sonrisa en los labios.
