El torneo de las vanidades

Desde que poseía uso de memoria había deseado convertirse en un guerrero.

Al inicio de los tiempos sólo albergaba la idea de emular a su padre, mas según la vida fue avanzando y él creciendo, sus pretensiones aumentaron, ya no le bastaba con ser un buen soldado. Él quería medrar, ser alguien de renombre, poder decir quién era en cualquier parte del mundo y que la gente lo mirase con admiración.

Su entrenamiento comenzó en cuanto pudo sostener una espada en la mano.

En el despertar de su adolescencia, ya los primeros músculos formados por la lucha y el cortar leña, empezaron a vislumbrarse. Las miradas mal disimuladas que, le dedicaban algunas muchachas no hacían sino acrecentar su ego y bravuconería.

Fue entonces cuando, la idea de presentarse al gran torneo de las Marcas Libres, germinó en la tierra fértil de su interior. Una quimera que se tornó en obsesión.

A pesar de no poder costearlas, encargó una espada nueva y una armadura al herrero del pueblo para tal fin. Una deuda que, por vergüenza, sus padres al comprender que el hijo ya no volvería al hogar, acabarían saldando a costa de privaciones y lágrimas maternales.

Camino a la competición conoció a otros atrevidos que, al igual que él, albergaban la esperanza de hacerse un nombre en la más famosa justa de guerreros. Viajar con ellos le dio la oportunidad de conocerlos, valorarlos y descubrir alguna que otra debilidad.

Ya alcanzado su destino, la ciudad bullía de vida, colores y alegría. Las posadas rebosaban, sin hueco ya ni para un ratón. Muchos de los participantes o tan sólo meros espectadores, se decantaban por instalar sus tiendas en los arrabales. Thom los imitó al montar la suya en uno de esos campamentos.

Allí precisamente fue donde vio por vez primera a Ser Geoffroy, aunque en aquel momento apenas sí se fijó en él, puesto que se hallaba demasiado absorto limpiando con arena su casco para darle más brillo todavía. Sin embargo, el chèvalier sí puso sus ojos en él, preocupándose de acercarse al día siguiente al campo para observarlo luchar.

Pasó por alto su arrogancia, quizás se la achacaba a la juventud que tenía y, se aproximó a él con cortesía. Tras una larga charla y unas jarras de cerveza, le ofreció una jugosa propuesta que le resultó imposible de rechazar.

Colaborar juntos para reducir a los participantes fue todo un acierto. A eso había que sumarle el regocijo que suponía que, la última estocada le correspondiese siempre a él, algo que a pesar de ser un gesto desinteresado por parte de su compañero, él en ese momento interpretó como debilidad.

Fueron días intensos, de olor a sangre, cerveza, acero, tierra y triunfo.

En la última jornada, un fino aguacero cayó desde antes del alba y aun así, para Thom, era como si el sol brillase en todo su esplendor.

La lid que decidiría al campeón estaba a punto de tener lugar. Dos hombres se enfrentarían por el título, él mismo contra Ser Geoffroy. Y no tenía ninguna duda de quien iba a ser el vencedor. Confiaba en sí mismo, también en la endeblez de su oponente.

¿Fue un buen combate? Lo cierto es que podría haber sido mejor, pues aunque al principio había arrancado con garra, según fue discurriendo se dio cuenta de que el caballero no luchaba todo lo bien que debiera o sabía; no se beneficiaba de la débil defensa del flanco izquierdo o las estocadas demasiado altas de su oponente, verbigracia.

Si no deseaba el honor, o no era lo suficiente hombre como para alzarse con el premio, no sería Thom quien desaprovechase la oportunidad. Porque él sí había nacido para ganar.

Tras que lo proclamasen como el número uno, el baño de aplausos y vítores, se retiró de la arena. En la puerta lo aguardaba el chèvalier. Le tendió la mano amistosamente al tiempo que le transmitía sus congratulaciones. Luego le pidió hablar con él. Evidentemente, le hizo aguardar, había ganado, creía que no existía nada sobre lo que charlar y, si pretendía pedirle una parte del premio por el simple hecho de dejarse vencer, no cometería la simpleza de aceptar. Pero lo que le ofreció, además de no esperarlo, le hizo sonreír.

Uno o dos años antes, el servir a un caballero orlesiano para él semejaría ser un sueño hecho realidad. Pero ahora, ahora era diferente. Se había alzado con el triunfo del gran torneo, el mundo estaba a sus pies. Encantado como estaba de haberse conocido, su vanidad le hacía creer que no precisaba de señores ni favores, su mero nombre y su espada abrirían todas las puertas que él desease traspasar.

Antes de desaparecer de su vida para siempre, aquel caballero, agitando la cabeza le dedicó una última mirada que, él interpretó como amargura por haber perdido la justa y a un posible vasallo. Con el tiempo, muchos años más tarde, cuando Thom se convirtió en un hombre con una tremenda carga sobre sus hombros, al recordar ese fugaz instante, constató que aquellos ojos lo miraban no con amargura, sino decepción y preocupación.

El chèvalier sabía que Rainier se encontraba a punto de embarcarse en un largo viaje y que, en la encrucijada en donde debía elegir por donde continuar, había escogido la senda de la ambición. Un despropósito para alguien tan lleno de orgullo y altanería.

Y fue entonces, en el instante que comprendió esa mirada, en que ese se convirtió en uno de los momentos más vergonzosos de su vida. Sus mejillas, cada vez que lo rememoraba, se teñían color carmesí.

Al final, en lugar de comerse el mundo, éste lo había devorado a él.