Better Days
El personaje de Sherlock Holmes pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y sus herederos, y la fabulosa serie de la BBC a Steven Moffat y a Mark Gatiss. El Sherlock de carne y hueso pertenece con absoluta exclusividad a John H. Watson y viceversa.
Los personajes de El Señor de los Anillos pertenecen al maestro J. J. Tolkien.
Piratas del Caribe pertenece a la compañía Disney.
Una aclaración, éste es un fic de Sherlock donde más adelante aparecerán personajes de los otros fandoms, pero los protagonistas serán Sherlock y John. También contiene mpreg, o sea, si no les agrada el tema, por favor no lo lean, que no quiero traumatizar a nadie.
Otra aclaración más, tiene menciones y personajes sacados de las obras de A.C.D., como el coronel Sebastian Moran y otras alusiones que aparecerán más adelante.
El título del fic está basado en la canción del genial, maravilloso y admirado Eddie Vedder.
Por último, este fic va dedicado a una amiga que adora estos tres fandoms, y que me leyó y corrigió muchas veces, Prince Legolas.
Capítulo Tres: Complicaciones
El asunto se complicó en la mitad del quinto mes. A John lo atacaron dolores fuertes en las entrañas y advirtió que variaban de lugar e intensidad de acuerdo con la posición de la criatura. Como el médico que era, se midió la presión y el pulso y descubrió que por las noches su presión y sus latidos se descontrolaban.
Lo que había temido en un principio finalmente estaba ocurriendo: su cuerpo no estaba preparado para soportar un embarazo completo. Decidió hacerse varios análisis y los resultados no fueron nada alentadores. Su salud se estaba complicando. Con Sherlock concluyeron en consultar a la doctora Cullen.
Mientras la aguardaban en la sala de espera, John se echó en un sofá junto al ventanal, sintiéndose pesado y adolorido, en tanto Sherlock se escapaba al balcón para fumar. Mandando al infierno sus parches de nicotina, se había comprado un paquete en una tienda, a escondidas de su esposo, antes de subir.
John suspiró. Al dolor y la incertidumbre, ahora tenía que añadirle el vicio recuperado de su cónyuge.
-¿Cómo se te ocurre volver a fumar? – protestó desde el sillón -. Estás destruyendo tus pulmones y a la altura en que nos encontramos, afuera debe hacer tres grados menos. Entra que vas a congelarte. ¡Sherlock! Apaga el cigarrillo y entra.
Como respuesta, Sherlock cerró las hojas del balcón y permaneció fuera dando pitadas.
-Estás actuando como un niño – continuó John en tono de reproche.
El detective se recargó en la baranda como si no lo oyera.
John rodó los ojos. Había aprendido que cuando Sherlock estaba con "su humor" era imposible razonar con él.
La secretaria los llamó. John se levantó pesadamente, mientras que su esposo aplastó el cigarrillo con el pie y se puso un chicle de menta en la boca.
La doctora los esperaba en el consultorio sosteniendo los resultados de los análisis con una sonrisa piadosa que no auguraba buenas noticias. Tal como John lo esperaba.
Llamó a su paciente a sentarse en la camilla para auscultarle el vientre, medirle la presión y el pulso, y oírle la respiración. Después lo interrogó sobre sus dolores.
Una vez terminado el examen, invitó a la pareja a sentarse con ella junto al escritorio y comenzó a explicar lo que John, como médico, ya anticipaba. Sufría alteraciones cardíacas, presión en las vísceras, retención de líquidos que podía devenir en una ascitis aguda, dolores abdominales, insomnio, pérdida de apetito, y distintos síntomas que se irían agravando con el progreso del embarazo.
-¿Cuál es la solución? – demandó el detective, imperante. La paciencia no era su virtud, menos aun cuando la salud de su esposo estaba en juego.
La doctora apoyó los codos en la mesa y cruzó las manos.
-La única solución que veo es interrumpir el embarazo – suspiró mirando al enfermo a los ojos -. Lo siento, John.
John se acarició el vientre abultado donde, por las molestias que estaba sintiendo, suponía que el niño reposaba. Sherlock quedó en shock como pocas veces. En su profesión no le resultaban ajenas las soluciones drásticas ni las decisiones dolorosas, pero ahora se trataba de su hijo. ¿Estaba esa mujer afirmando que la única salida era deshacerse de la criatura, ¡su criatura! para salvar a John?
-De ninguna manera – interrumpió su esposo, decidido -. No permitiré jamás tal cosa.
-Lo siento mucho, John – repitió la obstetra, apesadumbrada -. Tu anatomía no está preparada para afrontarlo. Si continúas, en los meses siguientes tu salud se deteriorará aún más. Esto es apenas el comienzo.
-¿No existe otra opción? – inquirió Sherlock impaciente -. Pastillas, suero, inyecciones. ¿Acaso la medicina no avanzó lo suficiente? ¿Cómo en pleno siglo XXI no existen remedios para esto?
John y la médica sacudieron la cabeza.
-Lamentablemente no hay nada para este caso – concluyó ella.
El detective se levantó, exasperado, y comenzó a caminar en círculos como león enjaulado. Sacó su paquete de cigarrillos, pero una rápida mirada al vientre de su esposo lo obligó a guardarlos.
La doctora Cullen releyó los resultados.
-La operación no sería sencilla pero te salvaría, John – insistió. Era su deber preservar la vida de sus pacientes a toda costa -. Estás en peligro. Conoces las consecuencias si continúas con esto. La interrupción es la única salida que veo.
-Sé que la operación me sanaría – respondió John en tono de hielo -. Y se equivoca, doctora. No es tan complicada. Sólo bastará con sedarme con anestesia local, abrirme las entrañas y remover a mi hijo, que, en el mejor de los casos, fallecerá al instante, o, en el peor, sobrevivirá un tiempo. Ustedes lo abandonarán para que muera miserablemente o, tal vez, lo entubarán y torturarán hasta matarlo. No aceptaré tal cosa. Jamás.
La obstetra suspiró.
-Otra solución es continuar con el embarazo hasta el séptimo mes y si el niño está preparado para sobrevivir fuera del vientre, practicarte una cesárea. Sin embargo, si el deterioro de tu salud avanza demasiado, no sé cuánto podría ayudarte. La interrupción es urgente, según mi opinión.
-El niño no nacerá hasta que su supervivencia esté cien por ciento asegurada – recalcó John taxativo.
-Estás decidido a seguir con esto – John asintió -. También eres consciente de lo que te espera en los próximos meses.
-¿Qué le espera? – cuestionó Sherlock, regresando junto a ellos y apoyando las manos pálidas sobre el escritorio.
John tomó la palabra.
-Los síntomas se complicarán a medida que el embarazo progrese – explicó y a pesar de emplear un tono neutro, la voz se le quebró ligeramente -. Al no estar mi anatomía preparada, no cuento con el espacio necesario para el desarrollo del niño. Por eso su crecimiento está obstruyendo mis vísceras, provocándome alteraciones cardíacas. La retención de líquido está dañando mis riñones. Supongo que en cuestión de semanas, cuando la ascitis avance más, se me dificultará respirar por la presión en las costillas y los pulmones. ¿Estoy en lo cierto, doctora Cullen?
La obstetra asintió.
Sherlock iba a replicar cuando su teléfono sonó con un mensaje de Lestrade. Lo borró automáticamente y se volvió hacia su esposo.
-¿Puedes llegar a morir?
-Me temo que sí, Sherlock – respondió John con aire sombrío.
Sherlock se estremeció sin mostrar emoción alguna.
-¿Estás dispuesto a aceptar esto?
-¡Claro que sí!
-Pero yo no, John – fue la brusca respuesta y sacando un cigarrillo, Sherlock dejó el consultorio con un portazo.
La doctora miró a John, incómoda. Éste suspiró.
-Hablemos del tratamiento y recéteme pastillas para el dolor, por favor.
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De regreso a Baker Street, no se hablaron durante todo el viaje. Permanecieron sentados, cada uno concentrado en su propia ventanilla, sin dirigirse siquiera una mirada. Sherlock bajó apresurado del taxi y no se molestó en ayudar a John. Estaba enfadadísimo y pensó que ya que su esposo detestaba que lo trataran como a un inválido, no veía la necesidad de auxiliarlo.
John se mordió el labio al salir del coche. Estaba adolorido y el peso le incomodaba, pero no se rebajaría a llamar a su esposo.
Subieron en silencio y, al llegar a la sala, Sherlock se echó en su sofá, apoyando las manos sobre el estómago y cerrando los ojos. John se sentó en su sillón favorito con un libro grueso de obstetricia.
No se oyó ni el zumbido de una mosca por el espacio de un cuarto de hora.
-No puedo creer que hayas actuado así – John rompió el silencio -. ¿Qué quisiste decir con eso de que no aceptas que siga con el embarazo?
Sherlock se hizo un ovillo en el sofá, dándole la espalda.
-¡Sherlock! – protestó John, cerrando el libro -. Bien, sigues madurando. A este paso vas a convertirte en un modelo para Will.
El detective volteó como picado por una víbora.
-¿Will? Ya lo apodaste Will. Sabes, John. Este es tu gran problema. Eres demasiado – buscó la palabra con un gesto despectivo -. Eres demasiado sentimental. Patéticamente sentimental.
John se sintió herido.
-¿Patéticamente sentimental? – repitió -. Ah, ya veo. El veredicto de un hombre que cree no tener sentimientos. ¿Cómo puedes llamar patético a lo que siento por nuestro hijo?
Sherlock se sentó.
-Voy a dejarte una cosa en claro. Mientras esa criatura signifique un peligro para ti, no lo consideraré un hijo mío – John abrió los ojos en shock. Su esposo se levantó y acomodó el traje -. En serio. No lo quiero, ni me importa si sobrevive o no.
-¿Cómo tienes cara para afirmar eso? – exclamó John, irguiéndose, no sin dificultad.
-Te digo la verdad te guste o no – respondió el detective, con la voz helada -. Si vas a continuar con esto, más vale que lo hagas solo. Yo no te dejaré morir, ni voy a acompañarte en tu suicidio.
John no soportó más y le plantó una bofetada. Sherlock apenas parpadeó.
-Ahora dirás que no me necesitas – continuó Sherlock, sin medir el efecto que sus palabras provocaban en su esposo -. Y yo te responderé que para suicidarse no se necesita la ayuda de nadie.
-¿Cómo puedes llamar suicidio a esto? – estalló el médico.
-¿Y cómo lo llamarías tú? ¿Acto de amor al próximo? ¿Instinto paternal? ¿Sacrificio por amor? Vas a matarte, John. Vas a matarte sufriendo como un cerdo. ¡Ni a Moriarty le desearía tu muerte! Y estás feliz. ¡Asquerosamente feliz! ¿Quién te crees que eres? ¿El ganador del Nobel del Amor?
John iba a plantarle otro golpe pero se refrenó. Su esposo no hablaba desde el corazón, sino desde el miedo.
-Voy a hacer oídos sordos a lo que dijiste. Estás atemorizado. Necesitamos platicar, Sherlock – lo tomó de los brazos. El detective temblaba como una hoja y se mordía el labio para refrenar sus emociones -. Sherlock, escúchame. Ahora mi salud cambia las cosas por completo. No quiero morir – se le quebró la voz -. No quiero hacerlo, pero perder a Will sería aún peor para mí.
-¡Deja de llamarlo Will! – gritó el detective. Cuando las emociones se contienen por mucho tiempo, estallan como bombas -. Le pusimos John William, no Will. Y como eliges morir por él, su apodo me suena a "testamento". (*)
-Sherlock, tranquilízate – pidió John suavemente.
-¡No me tranquilizaré! – ladró y con un sacudón se liberó -. Tú tienes que abrir los ojos y ver la locura que estás cometiendo. No es más que un feto, podíamos haberlo llamado sofá, calavera o – miró hacia la cocina -. ¡Microondas!
John suspiró.
-El nombre no tiene importancia.
Con la mirada furiosa, Sherlock le miró el vientre.
-No es más que una cosa, una cosa maldita que te corroe por dentro, John. Es una abominación. ¡Una maldición! Vas a morir por esto y lo aceptas.
John apoyó una mano sobre el estómago.
-Es nuestro hijo, te guste o no.
-No me gusta – gruñó Sherlock, recuperando su tono más gélido que la nieve -. Y no es mi hijo. No puedo llamar "hijo" a algo que aborrezco. Lo aborrezco, simplemente lo aborrezco. Y aborrezco tu actitud de héroe inmolado.
Su esposo cerró los ojos.
-Sé que no estás hablando con el corazón.
-Claro que no hablo con el corazón, John. Hablo con mi cerebro – se tocó la cabeza -. ¡Yo pienso! Y si tú pensaras un poco más, te darías cuenta de que ese feto es aborrecible.
-¡Deja de decir que lo aborreces!
-No – contestó Sherlock y su mirada se tornó fría como el acero -. No lo aborrezco, John. Simplemente lo odio.
-Sherlock – pidió su esposo con un ligero temblor -. Retráctate de lo que estás diciendo. No estás hablando tú, están hablando tus miedos, tu frustración, tu temor de perderme.
-Deja de jugar al psicólogo – espetó Sherlock -. Tus truquitos no funcionan conmigo. Odio a esa cosa que llevas, la odié desde siempre. ¿De veras te creíste que me alegré cuando me contaste que lo esperabas? ¿Pensaste que estos últimos meses disfruté del embarazo? Los dos estábamos perfectos estando solos. Pero tuve que fingir visitas al médico, interesarme por su estado, escoger un nombre juntos. ¡Por Dios, John! ¿Cómo una persona como yo podía disfrutar de esas estupideces? Sin embargo, tuve que mostrarme feliz y preocupado para que no me dejaras.
-¡Sherlock, cállate que estás yendo demasiado lejos!
-No – continuó, ponzoñoso -. Te diré la verdad, la única verdad. Tu criatura no me interesa, la odio, la odié siempre, y si vas a morir por ella más vale que lo hagas solo porque no quiero perder mi valioso tiempo contigo.
John quedó pálido como una sábana.
-¿Estás diciendo la verdad? – murmuró -. ¡Sherlock, escúchate!
El detective se anudó la bufanda, dando a entender que saldría.
-Si no te retractas ahora mismo, no quiero escuchar nunca tus disculpas – amenazó John.
Sherlock se colocó el sobretodo y con una mirada intimidante, respondió.
-Odio a tu hijo y no quiero tener nada contigo.
John se echó en el sillón, palpitando. Tenía la mente en blanco y una palidez asombrosa. Imperturbable, su esposo bajó las escaleras y se marchó.
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En Lothlórien, Galadriel sacudió la brillante cabellera dorada con tristeza, mientras en su espejo se reflejaba la figura espigada de Sherlock abandonando Baker Street.
-John Harold Watson Holmes de la Casa de Eryn Lasgalen deberá viajar solo – murmuró en el tono misterioso que empleaba para dar a conocer sus premoniciones -. Sherlock Holmes Watson aún no está en condiciones de ser presentado ante Mandos. Pobre John. Tener que abandonar a su esposo y a su hijo. Pero no queda otra salida que separarlo de su familia, al menos por un tiempo, hasta que Sherlock esté preparado.
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Sherlock partió rumbo a Scotland Yard. Lestrade lo había contactado en el consultorio por un doble homicidio en Islington. En el momento de recibir el mensaje, Sherlock, preocupado por John, lo había leído y borrado pero ahora, después de escupirle en la cara mentiras que ni él mismo creía, viajó a conocer el caso.
Si John seguía empecinado en su misión de héroe Kamikaze, que hiciera lo que le diera la gana pero él no lo apoyaría. El pronóstico de sus síntomas sonaba trágico y él no estaba dispuesto a sacrificar su energía en acompañarlo y verlo sufrir. Sherlock no estaba preparado para afrontar la pérdida de John. Podía soportar mil tormentos, podía esclarecer los crímenes más morbosos, siempre manteniendo una mirada distante y objetiva, podía someter su cuerpo a presiones insoportables para resolver un caso, pero no podía, de ninguna manera, enfrentar la muerte de su esposo.
Para él John era simplemente todo. Así como según el maldito Sistema Solar, la Tierra gira alrededor del Sol, John se había convertido en el centro de su existencia. Sherlock no iba a reconocerlo ni en un millón de años, pero lo amaba por encima de su vida.
Además existía otro aspecto. Él más angustiante para el detective. Si John aceptaba morir y separarse de Sherlock para traer a su "Will" al mundo, significaba que no lo amaba lo suficiente. Significa que John Watson ponía a John William por encima de Sherlock y Sherlock no constituía el centro de su existencia.
El detective estaba plagado de celos hacia su propio hijo. ¿Cómo podía John haber decidido dejarlo por un feto? ¿No eran suficientes las caricias, los besos, la pasión con que se amaban, que prefería abandonarlo para traer al mundo a un infante que aunque lo sintiera, no lo conocía?
Lestrade lo aguardaba con el informe del crimen. Apenas Sherlock llegó a las oficinas, Anderson le salió al encuentro.
-Aquí entra nuestro detective consultor solito como cualquier psicópata – observó el forense, sarcástico -. ¿Dónde quedó tu mascota? Ese gordinflón que te acompaña y come de tu sombra.
Sherlock lo asió de la solapa y lo estampó contra la pared ante la mirada estupefacta de toda la policía.
-Una sola vez te oiré burlarte de mi esposo, Anderson – siseó Sherlock con furia helada -. La próxima te mato – y lo tumbó al suelo de una bofetada.
Lestrade y otros oficiales corrieron a ayudar al forense a incorporarse. Tenía la nariz ensangrentada. Cuando Sally Donovan se la presionó con su pañuelo, Anderson chilló de dolor. Sherlock le había partido el tabique.
-¡Eres un enfermo! – exclamó Sally, enfurecida -. ¿Quieres matarnos a todos, freak?
El detective se apartó de ellos con desprecio.
-¿Cuál es el caso? – interrogó a Lestrade.
-¿Qué demonios te sucede, Sherlock? – protestó el inspector -. ¿Cómo perdiste el control por un comentario?
-¿Cuál es el caso? – exigió Sherlock, alzando la voz.
Lestrade lo condujo a su oficina y después de cerrar la puerta, le enseñó una carpeta sobre el escritorio.
-Doble homicidio en Islington. Ocurrió hace tres días pero recién ayer descubrieron los cuerpos. Una pareja, ella de treinta y ocho años y él de cuarenta, que llevaban seis meses de casados. Rentaban el departamento y los descubrió el casero. La mujer tenía una herida de bala en el pecho y el hombre varias puñaladas. No se encontraron huellas, ni rastros de las armas. Los vecinos no reportaron ningún ruido extraño. No hay testigos, nada.
-A mí me suena a un doble homicidio común y corriente – concluyó el detective -. ¿Me hiciste venir para que te consiguiera una pista?
-No exactamente, Sherlock – replicó Lestrade y la señaló la hoja con los datos de la víctima.
El detective leyó el nombre: Andrew Davidson, CEO de Sariam Corporation.
-Moriarty – murmuró el detective entre dientes.
-¿Qué dices?
-Él estaba detrás de la mascarada de Janus Car y estoy seguro que lo estaba también de Sariam – contestó Sherlock y, a pesar del mal momento que estaba pasando, sonrió astutamente. Adoraba los retos -. ¡Ah, Moriarty! Tres años sin saber nada de él y ahora me saluda con el doble homicidio de uno de sus empleados. Muy listo, muy listo.
El inspector frunció el ceño, confundido.
-Pero si descubrimos lo que quedaba de su cadáver junto a la piscina y los peritos encontraron retazos chamuscados de su Westwood cerca de los explosivos.
-¡Sobrevivió! – exclamó Sherlock exasperado -. ¿Cuán difícil puede resultarle a un cerebro como él fingir su propia muerte? Siempre lo supe – se frotó las manos, sonriendo -. ¡Siempre lo supe! Moriarty está vivo y esta es su carta de bienvenida.
Lestrade se echó hacia atrás en el asiento frotándose la frente. A él no le producía ninguna alegría que el criminal número uno de Londres estuviera vivo y de regreso a las andadas.
Sherlock comenzó a caminar en círculos. Estaba excitadísimo.
-Moriarty es muy inteligente y estoy seguro que plantó una pista para que sólo yo la encuentre – apoyó demandante las manos sobre el escritorio -. Tienes que llevarme a la escena del crimen. Tengo que revisar cada centímetro de ese departamento y ver los cuerpos. ¡Tengo que encontrar la pista que me dejó Moriarty!
-Sherlock, espera – lo detuvo Lestrade -. ¿Qué me estás diciendo? ¿Moriarty regresó como esa vez cuando plantó bombas en sus víctimas? ¡Esto no es juego! Se trata de la vida de personas inocentes. ¡Por el amor de Dios! ¿No recuerdas que una de las víctimas era un niño y que una anciana murió?
-Moriarty es el criminal psicópata más cruel que existe – afirmó Sherlock con el tono melodramático que empleaba para hablar de sus enemigos -. Esto es sólo un juego para él, haya vida de inocentes en peligro o no. Yo soy el único capaz de detenerlo. Vas a llevarme a la escena del crimen o vas a sentarte a esperar una seguidilla de muertes que dejarán a Jack el Destripador como un payaso del kinder.
El inspector bufó. Cuando se levantara por la mañana y saludara a su esposa no había imaginado que lo esperaría una jornada así. Se levantó para recoger su abrigo y las llaves del coche.
-Yo mismo conduciré hasta allí – decidió.
Sherlock sonrió entusiasmado. Su archienemigo había regresado y acababa de lanzar las cartas sobre la mesa. La mano estaba echada y sabía que con su astucia, él sería el ganador. Se anudó la bufanda y salió detrás de Lestrade.
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Sherlock regresó al 221B de Baker Street a las nueve y media de la noche. A pesar de la adrenalina y el entusiasmo que le provocara el retorno de Moriarty, su expresión cambió al recordar que había dejado el departamento después de una pelea con John. No tenía ganas de sostener otra discusión sobre el amor paternal y los sacrificios.
Tampoco hacer frente a la idea que más lo angustiaba. Reconocer que no era la persona más importante para John y que había sido dejado de lado por un feto.
Cuando llegó a la sala, lo aguardaba la señora Hudson con aire sombrío.
-Sherlock – murmuró, acercándosele -. Al fin regresas. John estuvo muy mal.
-¿Qué le pasó? – preguntó el detective preocupado.
-Esos dolores horribles que está padeciendo. ¡Pobrecito! La médica le recetó unos calmantes pero apenas si lo aliviaron un poco. Tuve que prepararle un té con mis hierbas para que se durmiera. Ahora está descansando.
-¿Por qué no me llamaron? – cuestionó Sherlock, aunque por dentro sabía la respuesta.
-Quise hacerlo – confesó la anciana, compungida -. Pero John me lo impidió. Dijo que estabas atendiendo asuntos muy importantes y no quería que te molestase. Yo insistí que para ti él era lo más importante. Disculpa, Sherlock. Sé que no te gusta esa clase de frases pero quería hacerlo entrar en razón. Sin embargo, no quiso que te llamara, se enfadó y como estaba tan adolorido me preocupé y no te avisé.
Sherlock se acercó a la puerta de su alcoba y aunque agarró el picaporte, no se atrevió a bajarlo.
-¡Pobrecito! – gimió la señora Hudson -. Es una persona maravillosa. No merece sufrir así. No deberías salir tanto, Sherlock. John te necesita más que nunca y tienes que permanecer con él.
Sherlock bajó la cabeza.
La anciana dio media vuelta para retirarse.
-Ahora que regresaste iré a prepararme la cena. No dudes en avisar si necesitan algo.
El detective no contestó. Ella salió en silencio.
Al quedar solo, Sherlock fue hasta el sofá y se sentó en él, con la cabeza sepultada entre las manos.
Ahora Jim Moriarty le importaba un bledo. ¿Qué sería de su John? No podía soportar la idea de perderlo y no podría soportar verlo sufrir.
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(*): Se trata de un juego de palabras. Will es el diminutivo de William pero también significa testamento en inglés.
Nota de la autora:
"Apoyando la mano derecha extendida sobre las obras completas de Sir Arthur Conan Doyle, prometo solemnemente que pase lo que pase en el transcurso del fic, su final será el siguiente: Sherlock y John terminarán juntos, completamente vivos y extremadamente felices, viviendo en el 221B de Baker Street.
Midhiel"
Así que por favor, tomen sus respectivos kleenex porque habrá angustia pero no duden del final. Será alegre y nuestros protagonistas terminarán tan unidos como uña y carne.
