Disclaimer: Los personajes de esta historia, así como parte de la trama no me pertenecen, son propiedad de J.K. Rowling y yo simplemente los uso para ir más allá de la imaginación.
CAPITULO 3
Minerva saludó a la joven bibliotecaria, la señora Pince, antes de internarse entre las altas estanterías llenas de libros. El reloj marcaba las seis de la tarde y aquel lunes había amanecido lluvioso.
La prefecta de Gryffindor se sentó en su mesa favorita, bajo una gran ventana con una vista al lago, fantástica cuando atardecía.
Puso la cartera sobre la mesa, y sacó ordenadamente el fajo de pergaminos con apuntes de años anteriores, que había traído por si acaso.
"Transformar es desear ver tu propia imaginación" Le gustaba esa frase. Recodaba haberla oído en su primera clase con el profesor Dumbledore. Desde entonces, había aprendido a transformar, no solo unas simples instrucciones de un libro, sino aquello que deseaba en verdad.
Había comenzado a tejer un sueño. Quería enseñar. Ser como el profesor Dumbledore. Transmitir esa fuerza y esa pasión por las transformaciones. La verdad, es que sin haberlo consultado, ella ya había comenzado a estudiar como ser animaga.
Perdida en sus pensamientos fue como la encontró Tom. El chico la había divisado desde la puerta de la biblioteca, y se había acercado de forma silenciosa, como cualquier serpiente. Al verla con los ojos cerrados y esa suave expresión de serenidad y paz, sintió una punzada de envidia.
Sacó su varita y, concentrándose todo lo que pudo, transformó un pergamino que ella había desechado en un pequeño frasco que comenzó a emitir una suave fragancia a azucenas.
Minerva abrió los ojos y se giró. Tom la miraba con una sonrisa.
- Me ha costado aprenderme esa transformación – bromeó.
- Pues te ha salido muy bien – sonrió ella - ¿Por qué azucenas?
- Un pajarito me ha dicho que son tus flores preferidas – dijo él.
- ¿Qué pajarito? – quiso saber ella, curiosa.
- Si te lo digo, ya no será un pajarito – respondió él – Además, tenía la intención de que una guapa señorita me diese clases de transformaciones.
Minerva se rió. Sacó su varita y algunos pergaminos.
- ¿Por donde comenzamos señor Ryddle?
Él sonrió.
- Objetos inanimados si pudiera ser profesora Henderson – respondió.
Un mes después, Minerva disfrutaba de sus tardes en la biblioteca. Tres tardes a la semana, ella y Tom se reunían a estudiar transformaciones, y la joven bruja disfrutaba de aquellas horas. La compañía que Tom le ofrecía era fantástica.
Dorea, en cambio, seguía un poco enfadada con tal decisión. Pese a que Minerva no la había dejado de lado, su amiga sabía que pensaba en el Slytherin, y no le gustaba.
Charlus seguía por ahora sin sospechar nada. Sabía que era normal en su amiga pasarse las tardes encerrada en la biblioteca, así que no notaba nada extraño.
Pero aquella mañana, el sol salió brillando fuerte. Minerva dormía tranquilamente en su cama, cuando notó que alguien la sacudía con fuerza.
- ¡Levántate dormilona!
Minerva se incorporó aún medio dormida sobre las almohadas para descubrir a su amiga Dorea sentada en su cama con una gran sonrisa.
- ¡Feliz cumpleaños!
Y era verdad. Aquel cuatro de octubre, la bruja cumplía dieciséis años.
- Ya solo te queda uno para la mayoría – bromeó su amiga.
- Gracias – sonrió ella.
- Esto es para ti – le dijo la morena alargando un paquete envuelto en color rojo.
- No tenías porqué hacerlo – refunfuñó Minerva, a la espera de un gran regalo.
- ¿Por qué no? Eres mi mejor amiga – sonrió.
Y es que Dorea era una Black, y el dinero no era algo que le importase mucho. Al igual que Charlus era un Potter.
Minerva rompió con suavidad el envoltorio rojo para extraer de ella una preciosa túnica. Se puso en pie y la estiró para verla mejor. Era en color amarillo muy suave, y tenía un corte medieval con largas mangas, cuerpo ceñido y falda que caía suavemente.
- ¡Oh Dorea¡Es preciosa! Muchas gracias – le dijo abrazando a su amiga.
Tras guardarla en el baúl, ambas chicas se vistieron con el uniforme y bajaron las escaleras hacia la sala común. Allí las espera Charlus, con una gran sonrisa y un pequeño paquete en sus manos.
- Feliz cumpleaños Minerva.
- Gracias Charlus.
El chico le entrego el paquetito, y ella lo abrió nerviosa. Su boca debió de abrir desmesuradamente cuando dentro halló una preciosa pulsera de plata.
- Plata de las minas élficas de Itacuayo – dijo el chico guiñando un ojo.
Minerva le miró boquiabierta. La plata de Itacuayo era de las más caras del mundo. Charlus, contento al ver su asombro, tomó la pulsera de la caja y se la puso en su muñeca derecha.
- Para que te acuerdes siempre de mí – sonrió – Y de Dorea también - se rió.
- Gracias chicos – y les dio un abrazo.
A continuación, los tres Gryffindors marcharon al Gran Comedor.
A las seis de la tarde, Minerva se sentó en la mesa como cualquier otra tarde de biblioteca. Aquel día tocaba clases con Tom. Pero no el chico no aparecía.
Al cabo de un rato, una pequeña lechuza entro por la ventana, que ella había abierto, y posó una azucena acompañada de una pequeña nota.
"Mira a la orilla del Lago. Un ramo de azucenas te espera junto a las brumosas olas"
Ella sonrió. Recogió sus bártulos de un salto y corrió escaleras abajo hasta salir a los jardines del castillo. Con un paso ya más lento, se encaminó hacia la orilla que se veía desde la ventana de la biblioteca.
Y tal como desde allí arriba había visto, encontró un ramo de azucenas en la orilla del mismo. Las recogió con suavidad y las olió. Le gustaba su olor. Le recordaba a su madre.
- Feliz cumpleaños – dijo una siseante voz a su espalda.
Minerva se giró para ver a Tom, con su típica media sonrisa esperándola. Ella le dio un fuerte abrazo.
- Gracias por el ramo.
Él tomó su mano y la llevó hasta la sombra de un sauce llorón. Bajo de sus hojas, el chico había preparado un pequeño picnic.
- No sabía que regalarte – se disculpó.
- No tenías porque hacer nada – sonrió ella.
- Bueno, gracias a ti, en mi último trabajo de Transformaciones he sacado un Supera las Expectativas. Es una forma de agradecértelo – y sonrió – Además, no todos los días una bruja cumple dieciséis años. Hay que celebrarlo.
Ella se rió. Aunque no hubiera sido algo grandioso ni espectacular, ni siquiera algo material, el regalo de Tom le había llegado hasta el corazón.
Ambos chicos se sentaron sobre la manta extendida.
- ¿Has robado en las cocinas? – preguntó ella al ver la comida.
- Tal vez – simplificó el chico, a la vez que le guiñaba el ojo.
- Eres de lo que no hay – rió ella.
Minerva y Tom disfrutaron aquel picnic en tranquilidad, aprovechando el calor que aún ofrecía aquel sol de otoño. Hablaron de temas diversos, hasta llegar a las familias.
- Mi madre murió cuando yo tenía cinco años – dijo Minerva – La recuerdo vagamente. Se llamaba Lily – y sonrió – y olía siempre a azucenas.
- Tu al menos la recuerdas – murmuró el chico – Mi madre murió unas horas después de nacer yo. De mi padre, no se nada. Creo que nos abandonó.
- Lo siento mucho Tom – respondió ella, poniendo su mano sobre su brazo para reconfortarle – Es muy injusto que a veces se nos prive de ellos.
- Me hubiera gustado poder estar con ellos. Disfrutar de una tarde de invierno, junto al fuego de la chimenea, como una verdadera familia – dijo él a voz queda, pero luego recuperó su semblante frío – Lo siento. No debería contarte esto.
- No importa – respondió la bruja – A veces hace falta alguien para desahogarse de todo aquello que nos guardamos en el corazón.
- Gracias Minerva.
Ella le miró. Tom la miraba fijamente, su mirada transmitía sinceridad y agradecimiento.
- ¿Por qué?
- Por estar aquí, junto a mí. Realmente, eres la única amiga que tengo.
- Siempre voy a estar aquí – repuso ella con una sonrisa.
- Gracias Nagini.
Minerva volvió a sentirse extraña al recibir aquel nombre. Pero no se atrevió a preguntar. Simplemente sonrió y se recostó sobre el chico, que un poco extrañado, la abrazó.
Y así, juntos, vieron atardecer.
La sala común de Gryffindor estaba casi vacía. Minerva estaba sentada sobre el sofá, leyendo un grueso libro de transformaciones extraído de la biblioteca. Pero apenas podía concentrarse, su mente volaba una y otra vez a aquella nota, escrita con elegante caligrafía, en la que Tom la invitaba a ir juntos a Hogsmeade en la próxima salida.
Una sonrisa, que se le antojaba un poco estúpida, no había logrado hacer desaparecer de su rostro desde entonces.
En ese momento, Charlus entró en la sala común. Serio. Con una simple mirada bastó para que el grupo de alumnos de segundo saliese corriendo de allí. Y es que pese a ser un chico de quince años, Charlus era el capitán de quidditch e imponía su presencia casi sin darse él mismo cuenta.
Tras él, entró Dorea con la mirada baja. Minerva se fijó en su amigo.
- ¿Quién es Tom?
- ¿Qué bicho te ha picado Charlus? – protestó su amiga, en tono jocoso.
- Déjate de bromas Minerva. ¿Quién es Tom? – volvió a preguntar.
- Un amigo – respondió ella desafiantemente, poniéndose en pie - ¿O acaso no puedo tener más amigos aparte de ti?
- Yo no llamaría amigo a una persona que se aprovecha – dijo el chico.
- ¿Qué que? – exclamó sorprendida - ¿De donde sacas eso?
- Dorea os vio el día de tu cumpleaños. Y luego todas esas tardes en la biblioteca. Y esas miradas cuando vamos a clase – exclamó el mago.
- ¿Pero quién te crees que eres¿Mi padre? – Minerva estaba furiosa - ¿Quién os ha dado permiso para inmiscuirse en mi vida? Yo hago lo que me da la gana.
- No quiero que te juntes con ese Slytherin. No es buena persona – dijo autoritariamente Charlus.
- Tu no eres quién para prohibirme nada – respondió de forma fría ella. Dorea reprimió un escalofrío, ya hablaba como él – Y tú – dijo entonces Minerva mirando a la bruja – Me has decepcionado. Me prometiste no decir nada.
- ¿Cuándo vas a entender que estamos preocupados por ti y que ese chico no te va a traer nada bueno? – preguntó ella.
- Es mi vida – desafió Minerva – Y desde luego, vosotros ya no formáis parte de ella.
Y dicho esto, la chica salió corriendo de la sala común. Corrió desesperada por los pasillos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin siquiera darse cuenta. Tampoco se fijó en la soledad y el silencio que envolvía el castillo. Solo quería correr.
De pronto, al girar una esquina, se quedó quieta. Allí, sobre el suelo, había un chico. Vestía el uniforme de Hufflepuff. Minerva no se atrevía a acercarse. El chico estaba tendido en el suelo, inmóvil, como si estuviese… petrificado. O peor, muerto.
La bruja no pudo evitar gritar. Fue un grito de angustia, de dolor, de decepción, de miedo, de histeria…
Rápidamente notó como unos brazos la envolvían en un abrazo. Se agarró fuertemente a ellos para no ver. Pronto oyó más pasos. Murmullos, conversaciones que no llegaba a entender.
Sin ser consciente, empezó a andar aún protegida por esos brazos. Poco después, estaba en una cama de la enfermería. Fue entonces, cuando vio que había sido Tom quién la había abrazado.
El profesor Dippet, junto al profesor Dumbledore, se encontraban allí.
- Señorita Henderson¿se encuentra mejor? – preguntó el director. La bruja asintió - ¿Sería mucha molestia que me contara lo ocurrido?
- No se que ocurrió profesor – dijo ella – Cuando llegué el chico ya estaba en el suelo. Me dio miedo. Creí que estaba muerto.
- Tranquilícese señorita Henderson – dijo entonces la suave voz del profesor Dumbledore – No ha pasado nada. Solo está petrificado.
Minerva respiró hondo para tranquilizarse.
- La dejaremos descansar. Ha sido un gran susto – sonrió el director.
Y dicho esto, ambos profesores abandonaron la enfermería. Entonces, Tom se acercó a la chica. La miró sin decir nada.
- Supongo que he de darte las gracias – dijo ella.
- Tranquila Minerva. Es normal que te asustaras – sonrió él, y añadió poco después – Pero hay algo más¿verdad?
Minerva bajó la mirada. Se sentía insegura respecto a contárselo.
- He discutido con Dorea y Charlus – respondió finalmente en un susurro.
- ¿Por mí? – aventuró el mago.
La bruja asintió pesarosa. Inmediatamente le miró.
- Me iré – dijo entonces Tom – No quiero ponerte en problemas con tus amigos.
- Tu también eres mi amigo Tom – respondió ella, cogiéndole la mano para evitar que se fuese.
- No quiero ser la causa de la destrucción de una gran amistad de muchos más años – dijo él bajando la mirada.
- Allá ellos si no entienden que soy libre de tener cuantos amigos quiera. Tú eres mi amigo. Y si no lo entienden…
Se paró. No se atrevía a decirlo, o más bien, no quería. Tom acarició su mejilla con suavidad. Era un contacto frío, pero que a ella la llenó.
Ambos chicos se miraron fijamente. No dijeron nada. Una palabra hubiese roto aquel silencio que les envolvía, hubiese roto la magia del momento.
Tom acercó su rostro. Minerva cerró los ojos, esperando aquel beso. Sus labios se rozaron suavemente.
- Señor Ryddle – llamó la enfermera – Debería marcharse y dejar descansar a la paciente.
El chico se separó sobresaltado. Asintió a la enfermera y miró a la bruja que reposaba en la cama. Minerva esbozó una sonrisa, y él se despidió con una inclinación de cabeza.
A continuación, abandonó la enfermería. Entonces Minerva dejó escapar un suspiro. Con suavidad se llevó los dedos a los labios. Le había sentido. Había sentido aquel contacto helado, aquella fría brisa que le caracterizaba. Y le había gustado.
Cerró los ojos, dispuesta a soñar.
Y de nuevo estoy aquí. ¿Qué tal? Espero que os haya gustado. Para mí ha sido una gozada escribir este capítulo, sobretodo la parte final. ¿Qué me decís?
Muchas gracias a Koumal Lupin-Nott, keena89, rachel black87, ArteMisa, aurinah, Clau Felton Black, Yedra Phoenix y Tom O'neill Ryddle… muchas gracias por sus reviews en el anterior capítulo y por ese apoyo invisible que está ahí.
Disfrutad leyendo, tanto como yo escribiendo. Y ya sabéis, cualquier crítica, consejo, idea, teoría… lo que sea, un clic en GO y un review jejeje.
Un beso muy fuerte.
