CAPÍTULO II
Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida para levantar por un extremo la carga que abruma al pobre. —Gustavo Adolfo Bécquer-.
Rin trató de no darle tanta importancia, quizás solo estaba siendo paranoica. Sin embargo no se permitió aminorar el paso, dando largas zancadas rápidas se dedicó a mirar el camino a casa y de vez en cuando miraba de refilón hacia atrás. Su mente estaba jugando con ella, siempre lo hacía o eso era lo que creía, se sentía intimidada cuando la miraban demasiado pero aquel tipo de miradas no era algo muy normal.
Las sombras de la noche comenzaban a abrumar su alma intranquila a la vez que sus piernas comenzaban a doler por la rapidez con la que iba, repentinamente tomó aire en un costado ocasionando que le doliese, se obligó a ser fuerte y a seguir con su camino para finalmente respirar en paz llegando a casa.
—Vamos Rin, ya casi llegas –Se susurró a sí misma-.
Estaba tratando de no enceguecerse de terror mientras más trotaba más sentía las pisadas tras de ella sin embargo no había nadie por más que voltease una y otra vez su mente ruin se divertía con ella.
Ni la luna misma calmaba su angustia casi injustificada, a continuación su teléfono sonó ocasionando un fuerte sobresalto de su parte, sacó el móvil y contestó sin parar, si había algo tras de ella no le daría la oportunidad de tomarla o por lo menos sería escurridiza, no se la pondría fácil.
— ¿Aló? –Respondió jadeante sin mirar su pantalla-.
— ¡¿Dónde demonios estás, Rin Marie?! –Ella entornó los ojos ante la mención de su nombre completo-, ¡No sabes en qué estado está tu padre, solo hace preguntar por ti! –chilló furiosa-.
Ella se mordió la lengua para no responderle de mala manera reduciendo la velocidad de sus pasos.
¿Por qué su tía tenía que ser tan inoportuna a veces?
Resopló para que ella no la escuchara.
— ¿Tía Ágata, qué pasa con papá? –Preguntó-.
No dejó de mirar hacia los lados divisando las diferentes sombras que pasaban a su alrededor distinguiendo los diferentes aromas que llegaban, el olor del pan recién horneado de la panadería, el café o simplemente del alcohol que destilaban alguno que otro hombre que pasaba por su lado.
Lo que logró tranquilizarla un poco fue verse en un lugar poblado de gente.
—Ha bebido mucho Ri, demasiado ¿Sabes porque lo hizo esta vez?
Rin suspiro una vez más angustiada y agitada.
¡Claro que lo sabía! ¡¿Y cómo no saberlo?!
Todo era culpa de ella, de Laura, de su madre sin sentimientos.
Chasqueó su lengua para no soltar una retahíla de maldiciones.
—Ya llego tía, dame cinco minutos.
Trancó el celular volviéndolo a su bolsillo, entonces no pudo evitar susurrar:
— ¿Qué has hecho papá?
Con la preocupación se le había olvidado hasta la fija mirada en su espalda, no paraba de pensar en su padre y en lo egoísta que era su madre.
¿Estaría siendo injusta crucificando las acciones de su madre?
Aunque ¿Quién era el que la esperaba en casa afligido?
¿Dónde estaba su madre a estas horas?
Nuevamente su móvil empezó a vibrar sacándola de su estupor y con fastidio lo saco llevándoselo a la oreja.
—Ya llego tía no desesperes –Masculló con los dientes apretados-.
Pero cuando pensaba que quien hablaría era una insistente Ágata simplemente en respuesta se escucho una risa seca, risa que la heló por completo. Nunca en su vida se había estremecido de semejante manera, como si estuviese en un peligro invisible ante sus ojos claros.
Tembló como una niña para después aclarar su garganta y hablar, aún así volteaba a cada rincón del barrio que estaba atravesando.
No se sentía segura en absoluto.
— ¿Tía? –Nuevamente aquella risa apareció-, si supieras como realmente es esa mujer no le llamarías así, te daría vergüenza si quiera tener un parentesco con ella.
Ella frunció el ceño aún más.
Por alguna razón aquella voz le daba mala espina y a la vez no, extraño, fue lo único que pudo pensar Rin en ese momento.
Era como si la conociera muy bien aún así no la recordaba de nada.
Se sintió asustada y espiada, casi corrió esta vez se fijó que no había nadie sospechoso a su alrededor ni mucho menos hablando por teléfono.
— ¿De qué hablas, quien eres? –preguntó alerta-.
—La peor pesadilla de las niñas como tú –dijo con burla-.
Entonces Rin rió dejando por un momento de lado el miedo que la había recorrido con anterioridad, no una risa seca como la que había soltado él, realmente le había hecho reír. ¿Estaba de broma ese estúpido?
Su padre estaba alcoholizado y este imbécil le llamaba para bromas tontas.
Muy bien, ahora estaba enojada, casi furiosa tratando de contener su lengua para no decirle hasta la grosería más vulgar del mundo, Rin solía ser bastante bipolar en algunas ocasiones.
— ¿De qué vas, tonto? –dijo a la defensiva casi sintiéndose desfallecer del cansancio por la continua caminata-.
—Ya lo verás, ahora te dejaré una pregunta y luego cuando vuelva a llamarte la responderás...solo medítala bien, sin presiones.
Rin con curiosidad esperó la pregunta de aquel loco, no sabía cómo no le había trancado el teléfono, normalmente lo hubiese hecho pero por alguna razón quería escucharle.
¿Por qué se sentía tan extraña con respecto a él?
— ¿Conoces bien a tu familia? No es fácil aunque lo creas...
¿Era en serio?
Ambas de sus cejas se encontraron fruncidas al igual que sus labios.
¿Qué era lo que le quería decir?
¡Claro que conocía a su familia!
— ¿Crees que eres muy listo, qué lo sabes todo? ¡No me jodas! –gritó-.
Algunas de las personas que se encontraban cerca de ella la miraron con el ceño fruncido otros con burla.
—Se unos cuantos secretos tuyos, de tu familia, incluso de tu mejor amiga Hyo Hee.
Atónita miró la pantalla del móvil, el número no tenía identificador dos segundos después estaba molesta con ella misma por no a ver trancado antes que ese sujeto que al parecer se había fumado algo.
Gruñó fastidiada y se esforzó por llegar lo antes posible a su casa.
Sin duda este día no era común.
— ¿Qué puede saber de mi o de Hee? –Se preguntó en un susurro-.
Era una tontería después de todo ella no tenía secretos... o a lo mejor sí.
Finalmente había llegado a casa, Rin abrió la puerta y soltó la respiración antes de entrar, su mirada se dirigió hasta dónde estaba su padre tirado a un lado del sillón con una botella de alcohol tapándose la cara con los antebrazos mientras lloraba desconsoladamente, Rin se estaba cansando de aquello, la tía Ágata se sentó a su lado pasando su mano por su hombro parecía preocupada.
Su cabello negro estaba recogido perfectamente a un lado de su cabeza y vestía elegante como siempre cosa totalmente opuesta a su única hija que era toda extravagancia.
—No ha parado de balbucear o gritar el nombre de Laura y el tuyo, ¿Por qué está así Rin? ¿Sabes algo?
Ella solo negó con la cabeza sin apartar su vista de su padre, estaba sufriendo, no iba a decirle a Ágata el porqué estaba así, si su padre quería contarle sobre el divorcio que lo hiciera él, esa era su vida y ella no tenía derecho a comentar nada sobre los problemas internos de su familia.
¿Por qué era tan chismosa? La sacaba de quicio.
—Se que sabes algo y no lo quieres decir, debe ser esa meretriz de Laura –Dijo con rencor-.
''Si supieras como realmente es esa mujer no le llamarías así, te daría vergüenza. ''
De repente esas palabras vinieron a ella, no entendía el porqué solo miró a Ágata tratando de descifrar algo en ella pero esta volvió los ojos a su hermano ¿Nerviosa? ¿Fastidiada? Rin no lo supo sin embargo le pareció sospechosa su actitud.
—Debo irme, Ainhoa está sola en casa y conociéndola hará una fiesta con todos sus amigos porque no estoy, si pasa algo llámame.
Solo asintió, sabía cómo era Ainhoa y también sabía que era capaz.
Pero por otro lado se sentía nerviosa y no quería que le dejaran sola, aquel presentimiento no la había abandonado en absoluto y justo ahora estaba demasiado paranoica, nerviosa como para que su tía la dejara en manos de su padre casi inconsciente pero no le dijo nada por el contrario la acompañó hasta la puerta.
Después de todo solo contaba con su padre quien ni siquiera podía levantarse solo de aquel sofá por ahora.
—Papá, vamos a dormir...
Él gruñó hastiado.
— ¡Calla, tú no tienes derecho de decirme que hacer, no eres mi hija, ni siquiera Gustavo lo es!
El silencio lo abordó y el corazón de Rin dejó de latir ante aquella declaración tan fuerte.
No, aquello tendría que ser una broma de mal gusto o producto del alcohol, su padre estaba enfadado con su madre y quería perjudicarla.
—Lo siento Rin , tú no eres una mujer como tu madre –lloró en pena-, tú eres mi niña y te amo.
A continuación Rin fue abrazada por su padre pero esta solo fruncía el ceño en confusión.
Solo tenía una pregunta en mente...
¿Podían ser esas palabras reales?
Tembló y se negó ante aquella posibilidad su padre estaba desvariando, ella era su hija, de eso estaba segura.
— ¿Qué quieres decir con que nosotros no somos tus hijos? ¿Papá? ¡Papá!
Pensaba encontrar una respuesta ¡Pero él se queda dormido!
Era un disparate quizás, Rin rogaba en silencio porque lo fuera.
Ya no había nada que hacer, no podía cargar a su padre y subir las escaleras con él, como pudo subió sus pies al mueble y lo dejó descansar aún así si quería respuestas, Laura las tenía que dar, ya sin nada que hacer se cruzó de brazos esperando que entrara pronto por la puerta.
Sus nervios no disminuyeron, se sentía al asecho.
¿Qué estaba pasando con ella y ese nerviosismo estúpido que sentía?
A donde quiera que la vista clavo
Torno a ver tus pupilas llamear
Más no te encuentro a ti; que es tu mirada,
Unos ojos, los tuyos; nada más. (Becquer)
Rin jadeó al escucharlo en su mente otra vez, sonaba como la voz del chico que la había llamado por teléfono, pero aquello era algo absurdo, se estaba volviendo loca, entonces corrió a colocarse unos audífonos con música, esperaría a su madre para que le aclarara la situación que le había dicho su padre, se lo diría hoy mismo aunque aquella voz la abrumara la ignoraría hasta que llegara Laura quien tenía mucho que explicar.
