Hola a tods! Yo por aquí otra vez. Perdón por tardar tanto, muchas de uds deben saber lo que es la vida universitaria cuando se está en exámenes :S Bueno. Al grano. En este capítulo es Jacob quien habla. Espero que lo disfruten. Advertencia: Está bien xxx. No apto para mentes inocentes ;) A leeeeeeeeer!


Capítulo 3.

Clímax

Alice estaba tendida, desnuda, sobre una playa que no conocía. Yo caminaba por la orilla desde una curva que dejaba atrás cualquier evidencia de población y le daba paso a un territorio desierto de arena casi blanca. Cuando veía la elegante vampiresa, a lo lejos, aceleraba el paso para llegar muy pronto hasta ella. Me desnudaba unos pasos antes de alcanzarla, la contemplaba de la cabeza a los pies, centímetro a centímetro, y luego me tendía a su lado. Apoyaba una mano sobre su frente y empezaba a descender. Repasaba sus cejas, rodeaba sus ojos, recorría su nariz y estiraba sus labios con mi dedo dejando entrever uno de sus colmillos. Seguía bajando muy despacio, primero por su mentón y luego por su cuello, cruzaba el delgado camino entre sus senos, me detenía un instante en el ombligo haciendo figuras alrededor de él y, cuando estaba a punto de alcanzar su sexo, ella despertaba. Me miraba con pasión desde el fondo de sus ojos miel y de repente se levantaba y me llevaba corriendo hasta el mar. Cruzábamos las primeras olas saltando como niños y caíamos al agua. Nos sumergíamos, y allí, bajo la superficie, nos abrazábamos por primera vez. Nadábamos uno al lado del otro para alejarnos aún más de la orilla y, cuando los pies ya no alcanzaban a tocar el suelo, nos buscábamos de nuevo y dejábamos que su piel y la mía se confundieran, mientras movíamos los pies para tratar de conservar el equilibrio. Luego la levantaba con mis brazos y dejaba que su cuerpo fuera descendiendo pegado al mío, lentamente, hasta que mi sexo entraba en el suyo

Me desperté lamentando que fue sólo un sueño. Su silueta seguía plasmada en mis ojos y, como siempre que soñaba algo bueno y despertaba antes que terminara, empecé a soñar despierto, a inventarme el final.

Un ruido, como el de unas pisadas rápidas, se escuchó fuera de la casa. Luego un abrazador olor a Alice inundó mis pulmones. Me dije a mí mismo –Idiota, debes estar soñando- Cerré los ojos y aspiré profundo para guardar su olor por un momento.

– ¿Es tan difícil creer que estás despierto? – Me quedé absorto. Abrí los ojos, me senté sobre la cama y volteé hacia la dirección que aquella voz tan conocida apuntaba.

– No soy un sueño Jacob! Aquí me tienes, y estoy dispuesta a ser tuya.

– ¿Alice?

– ¿Esperabas a alguien más?

Ahí estaba ella. Creatura de la noche de ojos bellos y alegres, caderas con timidez pronunciadas bajo aquel vestido negro ajustado perfectamente a su figura, piernas largas y esbeltas, brazos aparentemente frágiles, cintura profunda, pechos perfectos, cabello corto organizado en unas suaves ondas, labios suaves de un brillante carmesí.

Se acercó a mí elegante y provocadora. Sus zapatos hacían ruido de taconeo sobre el piso de mi habitación. Sus piernas parecían terciopelo bajo la luz tímida de la luna que entraba por alguna rendija de mi ventana cerrada. Mi mirada se perdía en la hermosura de su cuerpo. Su mirada comprendía una mezcla de dulzura, temor, y a su vez de deseo.

En un movimiento rápido, incluso para mis nuevos ojos, safó un tacón de su pie izquierdo y posó el derecho muy cerca de mis piernas mientras ponía en su cara un gesto de placer, muy (tal vez demasiado) exitante. Deslizó su mano por la pierna entaconada y muy despacio deshizo el broche del zapato y se lo quitó. Se subió sobre mis piernas, que estaban estiradas-casi-tiesas, y poniéndo sus brazos en mis hombros me llevó a una posición totalmente horizontal. Con sus manos suaves, delicadas, frías pero agradables empezó a recorrer mi cuerpo desde mi abdómen, empujando la camisa hasta que salió por la cabeza. Poco a poco se acercaba a mi boca seca de ansiedad y depositó su beso en ella. Inquieto, impaciente, ansioso, precavido. Era un rocío dulce-amargo, doloroso, prohibido. Apasionado. Sediento. Sus labios se movían cautelosos, como tanteando el terreno, sobre los míos que no se movían temiendo a sobrepasar una frontera que mentalmente me había establecido y que no cruzaría a menos que ella estuviera de acuerdo. Mi corazón empezó a latir arrítmico mientras involuntariamente mis labios se aferraban con fuerza a los de ella. Bum bum, una pausa y otro bum. Un vacío en medio de mi pecho, una caricia, un movimiento. Las ansias crecían, no sólo para mí, también para ella. Podía sentirlo.

En mi lengua pude distinguir varios sabores: Perversión, locura, éxtasis, dolor, deseo y menta. Con su cuerpo me tenía atrapado, con sus brazos, con sus besos, con sus caricias. Aunque intentara escapar no hubiera podido.

Escondidos tras la tela de su hermoso vestido negro, sentí la perfección de sus pechos rozando los míos. Su cabello tenía un delicioso olor a flores. La ropa empezaba a estorbarme. La tomé por los brazos e hice que cambiaran nuestras posiciones. Observé con detalle su cuerpo ávido de placer. Me deshice lentamente de su traje y mientras besaba el contorno de sus senos desabroché el sostén. Sus manos, que antes estaban en gesto de rendición, fueron hasta mi cabeza y empezaron a hacer ondas en mi cabello, como alentándome a continuar. Me acerqué a su boca y la besé con ferocidad, con posesión, con autoridad. Deslicé una de mis manos recorriendo su cuerpo de arriba hacia abajo. Amansé la intensidad de mi beso y con cautela, casi pidiendo permiso, metí mi mano en su panty. Se mordió el labio, entrecerró los ojos y, como si hubiera leído mi mente, asintió con la cabeza. Empecé a tocarla. Buscaba aquel punto en el que el placer rompe las barreras de contensión. Me concentré en ese punto, haciendo masajes circulares en él. Alice encorvaba su columna, como quien pide más. Aumenté la velocidad del masaje y sentí humedad en su zona. Era la señal que estaba esperando, era el momento en que debía (quería) penetrarla. Halando de los bordes, retiraba lentamente la prenda de encaje vinotinto. La miré a los ojos y advertí en ellos cantidades equitativas de miedo y deseo. Intenté darle tranquilidad. Acaricié con ternura su cabello y le pregunté,

– ¿A qué le temes? – Por un minuto no pronunció palabra alguna. Su gesto era dubitativo, pensativo.

– Jacob te amo. Pero tengo miedo al descontrol, al animal que hay dentro de mí. Temo hacerte daño. – Sus palabras fueron paralizantes. Fueron un puñal, una daga en mi pecho. Tomó su ropa y se fue.

Pensé en sus palabras. Luego una frase que alguna vez le oí a Paul llegó como una advertencia a mi cabeza: "El que piensa, pierde". Salí corriendo, rogando que pudiera alcanzarla. Recorrí el camino hacia su casa pero no estaba por ningún lado. Corrí hasta la playa pero no había rastro de ella. Casi a punto de rendirme fuí a aquel lugar donde le confesé que me gustaba. Estaba recostada en el árbol más alto, abrazando sus rodillas, como si quisiera llorar. Sin hablar me acerqué a ella, me agaché hasta su altura. La besé, no con ferocidad, no con avidez, no con impaciencia; la besé con amor, porque eso es lo que sentía (lo que siento), amor. Nos tumbamos en la hierba y mutuamente nos desnudamos, otra vez. Hicimos el amor. Alcanzamos más de diez orgasmos hasta que el clímax se adueñó de nosotros en una posición que ella llama "dulzura oriental", haciendo que yo expulsara un aullido. Alice sonreía como nunca, ni en mis mejores sueños con ella, la había visto hacerlo. Me besó con agradecimiento y le devolví el gesto. Era momento de irnos, pronto amanecería.


Espero que les haya gustado. DEJEN RW. Opinen. Comenten. Háganse saber. :D. Ls quiero mucho.