¡Buenas!

Gracias a Emily, Roxy Everdeen y Malevola por los reviews del capítulo anterior.


III

A Lucretia siempre le han aburrido las fiestas que da su padre en casa, ésas a la que van todo tipo de personalidades. Casi nunca ocurre nada interesante, y el tema más apasionante del que Lucretia ha oído hablar a los adultos tenía que ver con un intento de robo en Gringotts. Fascinante, piensa con sorna.

Se ha sentado en un rincón, el rincón de siempre. Ése desde el que se ve toda la sala, desde los hombres hablando de negocios en las mesas hasta las parejas bailando al ritmo del cuarteto que ha contratado papá. A Lucretia le gustaría bailar, pero nadie se lo ha pedido, y obviamente ella no va a hacerlo.

Su mirada se dirige, sin poder evitarlo, a Ignatius Prewett, sentado en el otro lado de la sala con su hermano (cuyo nombre Lucretia no recuerda). El joven no hizo el menor caso a los intentos de ella por limar asperezas, y cuando el curso estaba a punto de acabar Lucretia se dio por vencida. La tenacidad es de los Hufflepuffs, y ella fue a la Casa de Salazar en cuanto el Sombrero rozó su oscura cabellera.

Y, sin embargo, no puede evitar odiar a la joven –guapísima– con la que lo vio el otro día en el callejón Diagon, cuando acompañó a Orion a comprar sus cosas para Hogwarts. Los vio cogidos del brazo, charlando y riéndose, y deseó agarrar el moño rubio de esa tía y arrancárselo a tirones. De alguna manera, sentía que estaba arrebatándole algo que le pertenece.

—Sería un desperdicio que te quedaras aquí sentada toda la noche.

Lucretia da un respingo al encontrarse a Ignatius Prewett ante ella. El joven no sonríe, pero su mirada es considerablemente más amable que la última vez que hablaron.

—¿Qué quieres decir?

Ignatius pone los ojos en blanco.

—Intentaba pedirle de un modo sutil que bailase conmigo, señorita Black—por algún motivo, el retintín implícito en que Ignatius la trate de usted –cuando él le saca casi tres años– no molesta a Lucretia.

Ella asiente, poniéndose en pie. Ignatius toma su mano y la guía hasta la zona en la que bailan algunos invitados. Lucretia identifica un vals y se le escapa una risita ante la parodia de reverencia que hace Ignatius antes de sujetarla y guiarla. No es que Lucretia necesite ayuda para bailar –mucho menos un vals–, pero algo en la mano que tiene entrelazada con la de Ignatius, en los dedos de él sobre su cintura, en la cercanía del joven, hace que Lucretia sienta que sus venas están rellenas de fuego y no de sangre.

—¿Por qué te enfadaste tanto?—inquiere tras unos minutos.

Ignatius ladea la cabeza.

—Lo sabes—responde. Luego, sin embargo, explica—: Me gustas, Lucretia Black, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a dejar que me trates como a un perro.

Los pálidos pómulos de Lucretia adquieren un tono rosado.

—Aquello…—empieza, mordiéndose el labio—. A todas nos gustaba Cassius Avery, y quedar con él era una especie de apuesta—explica. Luego agrega con asco—: Hubiera preferido haberla perdido.

Ignatius no la sujeta con más fuerza, pero Lucretia se da cuenta de que sus músculos se tensan.

—He oído que están metidos en algo extraño—comenta—. Avery, Nott, Lestrange… Una niña de mi Casa se cayó al lago poco antes de que terminara el curso, y ella jura que vio a Ryddle y sus amigos fuera del agua, y que habían hecho algún tipo de encantamiento para impedirle salir a la superficie.

Lucretia frunce el ceño.

—¿Eso es lo que los Gryffindors os inventáis para odiarnos? ¿En serio?

—No odio a nadie—replica Ignatius—. Es sólo rivalidad.

Lucretia arquea las cejas, divertida. El cuarteto de cuerda ha terminado el vals y comienza una serenata. Ignatius pone la otra mano en su cintura y la joven, perdida en su mirada gris, desea con todas sus fuerzas no olvidar jamás ese momento.

—Te vi en el callejón Diagon el otro día—murmura. Ignatius sonríe—. A riesgo de parecer una obsesiva, ¿quién era la encantadora señorita que te acompañaba?

Ignatius frunce el ceño, extrañado, pero luego ríe.

—Mi prima Constantine—y Lucretia se siente completamente idiota—. Vive en Alemania, pero está pasando el verano en Inglaterra… Hay una guerra allí—explica—y, si bien ella no soportaba tanta destrucción, cuando murió su marido huyó de allí…—sacude la cabeza, y sus ojos grises se llenan de determinación—. Cuando salga de Hogwarts les echaré una mano.

Lucretia arquea las cejas, pero no puede evitar que se le encoja el estómago.

—¿A qué bando?

—Al de los buenos, por supuesto—responde Ignatius—. Si es que se pueden considerar así—agrega con cierta amargura—. Todos matan.

Casi sin darse cuenta, Lucretia se pega más a él. La idea de Ignatius Prewett yendo a la guerra le da más miedo del que está dispuesta a admitir.


Notas de la autora: No negaré que, además de liar las cosas, disfruto dando respiros de vez en cuando. Pero los tira y afloja me gustan más que a un tonto un lápiz, y aunque de momento estos dos se han... "reconciliado" (sin el "re", porque no vuelven a ser amigos; antes sencillamente no eran nada), liaré las cosas. Insértese otra risa malvada (que les he cogido el gusto).

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