Gracias Love. La verdad es que un review siempre se agradece XD. Sí que habrá algo de gore por ahí, se interará. Y también al resto de personas que me dejen un review... al resto ni agua... Vale, es broma. AVISO... en este capítulo hay porno... así que no lo leáis en sitios públicos... pueden pasar cosas extrañas (?)


Mallory Mills

La preparación había sido en balde. Regina había llegado tan tarde que me había quedado dormida en la cama, y cuando había vuelto a abrir los ojos había desaparecido una vez más. Tan sólo había una rosa sobre mi vaso como una pequeña disculpa. Este matrimonio ya no parecía ir a ninguna parte. Regina parecía más preocupada por su psiquiátrico que por nuestra relación. Sentía ciertas ganas de llorar por lo mucho que me había abandonado. Yo la había amado desde que tenía memoria. Y ahora me obligaba a hacer cosas que no quería hacer. Hacía seis meses que no me tocaba. Lo que había organizado era mi última esperanza de conseguir algo por su parte.

Tenía mis necesidades... Y si mi esposa no pensaba cumplirlas tendría que buscarlas en otro lugar. Empezaba a sospechar que ella hacía lo mismo. En ese momento miré por la ventana y vi que había una mujer apoyada en el quicio como si aquello fuese lo más normal del mundo. Mis ojos se abrieron por la sorpresa, pero fui incapaz de abrir la boca mientras ella se acercaba. La conocía. La había visto por el pueblo más de una vez. Anzu. Su hija estaba en el hospital donde trabajaba Regina.

Sin embargo, en aquel momento, mientras se bajaba del quicio y se quitaba ese sombrero, que juraría que se parecía mucho a los que yo solía usar, la veía de otra manera. No como a una mujer desconocida. En aquel momento, cuando nuestros ojos se cruzaron, la observé como mujer. Mi libido estaba completamente disparada. Ella sonreía, pícaramente, mientras se sentaba sobre la cama.

_ He venido a cumplir todas tus fantasías..._ Dijo, en un cálido susurro a mi oído., acariciando mi pierna sobre la manta... de algún modo llegaba a notarlo a pesar de lo gruesa que era._ Sabes que Regina no te merece.

Solté la manta sin querer, y se reveló mi torso desnudo ante la mujer, que se acercó y me dio un largo, placentero y húmedo beso. Llevé la mano a su cabello pelirrojo, tan suave y sedoso, y la noté separarse. Cuando abrí los ojos había desparecido, pero había una nota sobre mi regazo, con la marca de sus labios bien definida, y un número de teléfono, sobre el que estaba escrita con caligrafía bastante elegante "Llámame esta noche". Al parecer quería asegurarse de que no le había respondido sólo por el calentón... que vaya calentón, por cierto. Sentía que iba a romperme por dentro.

Regina Mills

Emma Swan. No sabía que tenía ese nombre, pero no podía quitármelo de la cabeza mientras la esperaba. Llegaba tarde, lo cual, decididamente, no la beneficiaba en nada a la hora de conseguir que la diese como cuerda. Por otro lado, estaba pensando en Anzu... y en sus razones para hacer que esa chica estuviese allí. Sabía que ella tenía algo que ver. Me había lanzado un guante en nuestro encuentro. Y yo era la clase de mujer que solía recoger esos guantes.

Y por eso Emma Swan no iba a salir jamás de aquellas instalaciones... No a menos que supiese para qué diablos me la había enviado Anzu.

Emma Swan

Parecía que, después de aquella noche infernal, la mañana no era mejor. Alice había intentado por todos los medios que no saliese de la habitación. Me había dejado marcas en la mano incluso. Y los otros pacientes parecían cortados por el mismo patrón. Todos le tenían pánico a aquella mujer. La veían como a una especie de tirana diabólica... una reina malvada. Pero eso era absurdo. Se suponía que ella estaba allí para ayudarlos a curarse... Pero tampoco se le podía pedir cordura a un atajo de locos.

Toqué en la puerta que rezaba el nombre de la directora. "Regina Mills". Un nombre elegante a mi parecer. Confieso que por alguna razón yo también me sentí algo asustada en el segundo que pasó antes de que escuchar cómo me decía que pasase con un sencillo "Adelante".

La directora estaba organizando unos papeles cuando entré, pero los hizo rápidamente a un lado en cuanto entré, y clavó la mirada en mis ojos. La sensación que tuve entonces fue bastante distinta a la que describían los pacientes. Lo que no pude hacer fue evitar fijarme en lo atractiva que parecía la mujer. Había algo atrayente en esa mirada... casi mágico, que hizo que me quedase parada donde estaba sin decir nada.

_ Usted es la señorita Swan._ Dijo ella, devolviéndome a la realidad._ Llega usted tarde. ¿Acaso tenía algo más importante que hacer esta mañana?

No, por supuesto que no tenía nada más importante que hacer aquella mañana. Estaba encerrada en una celda, madre mía. Sólo pude poner los ojos en blanco ante aquella irónica pregunta.

_ Muy bien... siéntese._ Me dijo, señalándome un diván.

_ No._ Dije, tajante._ He venido aquí a dejar claro que no estoy loca y a que me deje salir.

_ Pero está claro que usted, señorita Swan, tiene un problema._ Dijo ella, con un suspiro._ Según mi informe llegó diciendo que un monstruo había destrozado su coche.

_ Algo lo destrozó... y me sacó fuera como si fuese poco más que una muñeca... Así me hice esto._ Dije, señalándome el rostro, y el corte que aún notaba arder en mi rostro.

_ Señorita Swan... ¿Qué es lo que trata de enseñarme?_ Preguntó ella, parecía hastiada.

_ Este corte... es bien visible._ Dije, señalándolo con el dedo. Regina no se inmutó.

_ Señorita Swan... a su lado hay un espejo... le sugiero que lo use.

Aún sin entenderlo me giré y miré al espejo... para ver que la herida no estaba. Segundos antes había visto que estaba ahí, la había sentido. Y ahora no estaba... sencillamente no existía. Pero la cosa no se quedaba allí, porque cuando me aparté y quedé frente a la ventana, que estaba a un lado del escritorio, pude ver el exterior. Y, aparcado en el parking del centro, destacando irremisiblemente sobre el resto de vehículos, estaba aparcado el escarabajo amarillo en perfecto estado.

_ Dígame... señorita Swan... ¿Sigue pensando que no tiene ningún problema?_ Preguntó la mujer, mirándome._ Pero no se asuste... con la terapia adecuada... estará bien en unos días.

Normalmente yo lucharía contra toda aquella idea. Pero Regina... la forma en que me miraba, me quitaba las ganas de luchar. Sentía que era una batalla perdida, y lo que había visto había hecho que la idea de que realmente había algo que no funcionaba bien en mi cabeza comenzó a cuajar. Suspiré, asentí, y me senté en el diván.

_ Hace lo correcto, señorita Swan._ Dijo, levantándose del escritorio y sentándose más cerca.

La vi sacar un pequeño objeto de su bolsillo. Al principio pensé que se trataba de un reloj de bolsillo, pero no tenía manecillas ni ninguna marca, tan sólo la cadena y un pequeño péndulo con extraños grabados. Tampoco pude examinarlo con demasiado detenimiento, puesto que en cuanto posé mis ojos en él, mi consciencia se nubló y cayó en la más absoluta oscuridad.

Regina Mills

Cada segundo que iba pasando iba haciendo que dudase más que esta chica realmente tuviese relación alguna con Anzu. Todo ese numerito con respecto a su cordura no era propio de alguien que hubiese enviado ella para espiarme. En cualquier caso, con un par de pequeños toques de magia de la que yo conservaba, la había convencido de que realmente necesitaba ayuda, y en cuanto vio caer mi amuleto, estuvo perdida. Todos caían en trance nada más mirarlo. Ella se encontraba tumbada en el diván, con los ojos cerrados. Pero ante un chasquido de mis dedos se abrieron, con la mirada perdida, sin mirar a ningún lugar.

_ Saludos una vez más, señorita Swan._ Dije, con una sonrisa de oreja a oreja._ Lamento no haberla informado de que iba a ponerla en trance... pero la gente es demasiado reticente con la hipnosis. ¿Pero a usted no le importa, verdad?

_ No me importa..._ repitió, con voz monótona, sin hacer un sólo movimiento más que un parpadeo.

_ Ahora quiero que seas sincera conmigo, señorita Swan._ Dije, acomodándome en mi silla._ Recuerda... estás bajo mi poder... y puedo romperte la mente si quiero.

_ Estoy bajo tu poder._ Dijo. Sus ojos entonces se enfocaron en mí. Lo confieso, aquello provocaba en mí emociones contradictorias la mayoría de las veces.

_ ¿Conoces a Anzu Stealer?_ Pregunté._ ¿Qué estáis tramando, para qué te ha traído aquí?

_ No he escuchado antes ese nombre._ Dijo, sin cambiar el tono._ He llegado aquí contra mi voluntad.

_ Entiendo._ dije, pensativa._ Parece que no ocultas nada, después de todo. No eres una amenaza.

Emma se quedó callada, porque no le había hecho ninguna pregunta, aunque sin embargo, de haber sido falsa cualquiera de mis afirmaciones habría tenido que refutarla. Adoraba la hipnosis desde que la había descubierto. Era lo más satisfactorio de lo que disponía en aquel mundo para conseguir lo que quería.

_ ¿No ocultas nada que tenga relación conmigo?_ Pregunté, más para asegurarme que por nada más.

_ Una cosa._ Dijo, llamando mi atención.

_ ¿Qué cosa?_ Pregunté.

_ Usted me pone._ Dijo, sin más._ Su forma de llamarme señorita Swan... nunca nadie me había provocado tanto tan sólo con una mirada y un par de palabras.

Abrí los ojos, sorprendida... casi incrédula. Pero la curiosidad fue más fuerte que los reparos. A fin de cuentas, en aquellos años había hecho de todo a mis pacientes, así que, lo que le pedí a continuación, fue poco más que inocente en comparación.

_ Bájese los pantalones._ Ordené, con una sonrisa traviesa, ya no tan cruel, pero sí pícara.

Emma hizo lo que le ordené. Se puso en pie y se bajó el sucio pantalón del uniforme del hospital, mostrando su ropa interior. Aunque no lo dudaba, porque no tenía la capacidad para hacerlo, me sorprendió encontrarme las pruebas de que no me estaba mintiendo. Pasé el dedo por la tela empapada y ella lanzó un gemido involuntario. Yo quise reír, pero me contuve. Me salió la vena traviesa, oscura. Había algo en aquella mujer que también me provocaba a mí.

_ Súbete los pantalones de nuevo._ Dije. Y ella, diligentemente, volvió a hacer lo que le dije._ Vuelve a sentarte.

Se me ocurrían miles de travesuras que hacer. La hipnosis me daba poder absoluto, pero sin embargo, era mejor actuar con cautela. Quizá el trance mágico era casi imposible de romper, pero no así el hecho de que la puerta no estuviese cerrada con pestillo. Pasé las manos por su abdomen y no me pude resistir a acariciarle el pecho. Emma gimió dulcemente, totalmente encerrada en su trance.

_ Escúchame bien, Emma Swan... cada vez que escuches que te llamo señorita Swan... serás presa de una excitación incontenible._ Dije, en un susurro._ ¿Lo aceptas?

_ Lo acepto..._ Dijo, una vez más.

_ A partir del día de hoy, no podrás salir de aquí... le tendrás pavor al exterior._ Dije, mientras mi dedo jugueteaba con su pezón._ Simplemente acercarte a las verjas te dará tanto miedo que sentirás la necesidad de correr a tu habitación.

_ Sentiré la necesidad de correr hasta mi habitación._ Dijo, entre gemidos.

_ Muy bien, Emma._ Dije, ensanchando mi sonrisa._ Cuando chaquee mis dedos despertarás... recordarás haber accedido a ser hipnotizada... pero no lo que ha ocurrido durante la hipnosis. Te sentirás renovada y querrás repetirlo pronto... pero sobretodo... recordarás las normas que te he dado.

_ Recordaré las normas que me has dado._ Repitió. Conté hasta tres y chasqueé los dedos.

Emma Swan

Parpadeé, despertando del trance en que Regina me había metido. Lo cierto es que había sido una gran idea. Me sentía despejada, tranquila. Observé el reloj de la pared, y comprobé que habían pasado unos diez minutos, pero yo no recordaba nada de lo sucedido. Me incorporé en el diván, bostezando, y me pasé la mano por el cuero cabelludo.

_ Ha sido una sesión muy provechosa._ Dijo Regina, mirándome._ Creo que deberíamos repetirlo dentro de dos días. Creo que es mejor que te trate personalmente.

_ Sí, claro... me apetece mucho._ Reconocí. Lo cierto es que casi se me había quitado todo el miedo a aquel centro. Me puse en pie y me dirigí a la puerta.

_ Que tenga un buen día... señorita Swan.

En ese momento noté como mis pezones se endurecían y se me clavaban en el sostén. Un calor se apropió de mi entrepierna y me giré por instinto, mirando a la mujer del escritorio. Por un momento sentí el deseo de lanzarme sobre ella, arrancarle aquella americana y hacerla mía allí mismo. Pero, de algún modo, conseguí mantener la compostura y salir de la habitación. Pero no pude controlarme mucho más. Me dirigí al baño más cercano, y, afortunadamente, había duchas. Me metí en una de ellas, quitándome la ropa apresuradamente y abrí la ducha, más para ocultarme que para ducharme en realidad.

Mis manos aferraron mis pechos con furia. Me hice algo de daño mientras jugaba con ellos. De haber estado más consciente quizá habría pensado en la posibilidad de que lanzar los gritos que estaba lanzando haría que la ducha fuese inútil. Pero en ese momento, metida bajo el agua caliente, no podía pensar.

Mi mano derecha, con prisas, bajó hasta mi sexo, y mis dedos, traviesos, empezaron a chapotear en una zona que, incluso sin la ayuda de la ducha, ya estaría terriblemente empapada. Me deslicé por la pared de azulejos, finalmente quedando sentada en el suelo, con las piernas extendida, dándome placer como un animal desesperado. En mi cabeza estaba la imagen de Regina... de su escote... de sus labios carnosos. Por más que lo intentaba, no podía fantasear con nadie más.

Sentía que me faltaba una tercera mano para darme placer. Intenté desesperadamente alcanzarme uno de los pechos con la lengua sin demasiado éxito, dándolo por imposible y decidiendo alterar la mano que tenía libre entre los dos. Finalmente exploté en una serie de orgasmos, tan intensos que hicieron que me replantease los límites del placer humano. Me quedé quieta, dejando que al agua cayese sobre mí, esforzándome por no pensar en lo que acababa de hacer.

Ignoraba por completo que había una cámara que me había estado observando todo el tiempo... y que mis gritos invocando a Regina habían sido escuchados precisamente por la morena.

Anzu

Mientras descendía por la escalera hasta llegar al sótano, seguía esperando que el móvil sonase. No estaba desesperada, pero sabía que sonaría, y quería cogerlo en el momento oportuno. La bandeja de comida que llevaba en las manos se coló por una rendija que servía precisamente para eso dentro de una enorme jaula que se encontraba allí. Dentro de ella, una mujer acercó la mano y cogió el pan, sin dejar de mirarme con desprecio.

_ Vamos, querida... deberías relajarte... somos familia, después de todo.

_ Entonces déjame salir._ Dijo, enfadada._ Quieres destruir a Regina tanto como yo.

_ Pero no tan deprisa... ni del mismo modo... además... las dos sabemos que no puedes salir a la calle.

La mujer dio un golpe a los barrotes, y luego se quejó del dolor que esto le había producido. Lo cierto es que a veces hacía esa clase de estupideces. Pero no estaba mintiendo precisamente. Sabía que si la sacaba de allí iba a salir a la calle, iba a ir al psiquiátrico, y entonces todo se iría a paseo.

_ ¡Tú y tus normas!_ Se quejó._ No entiendo por qué tienes tantos remilgos para matar a alguien.

_ Porque no quiero matarla..._ Dije, sincera._ Quiero destrozarla por dentro como ella me ha hecho a mí. Y eso, querida... no está entre tus planes.

En ese momento mi móvil comenzó a sonar. Lo revisé y, efectivamente, Mallory estaba llamándome. Sonreí, porque estaba claro lo que esos significaba. Regina me había quitado a mi marido... ya era hora de que yo le quitase a su esposa.

_ Y ahora... si me disculpas, Zelena... tengo una llamada que atender.

La bruja tuvo otro arranque, lanzado un grito y zarandeando la jaula con sus manos verdes de pura envidia. Como había dicho... no podía sacarla de allí... no mientras tuviese el color de piel del mismo tono que las esmeraldas.