Capítulo III


Durante su efímera pero entretenida conversación, Elliot comentó que su estadía en Nueva York era temporal. También le comentó que aparecería en "Good Morning América" dentro de un par de días y que su viaje era meramente profesional, haciéndole promoción a su nuevo single.

Por ello Kurt se aseguró de agendar una nueva salida con él, insatisfecho de haber tenido tan sólo unos quince minutos para conversar. Elliot aceptó muy a gusto, anotó su número de celular personal en el teléfono de Kurt y quedó con él el jueves a las ocho de la noche en un pequeño restaurante llamado In Vino Veritas, asegurándole a Kurt que le fascinaría la comida pero, sobre todo, la carta de vinos.

Y no se había equivocado. Aunque Kurt tuvo algunos problemas para escabullirse de su marido en aquellos momentos sus papilas gustativas estaban encantadas con el sabor del Chanpoutier que Elliot pidió por los dos.

—Tienes cara de haber tenido el mejor orgasmo de su vida —Kurt frunció los labios a pesar de la sonrisa que ocultaba tras la copa.

—Sólo tú sabrías cómo arruinar un buen momento —Elliot se alzó de hombros y sonrió, limpiándose los labios tras un buen mordisco a su ciapatta argentina —Además, ¿Cómo sabes que así me vería tras un orgasmo?

—Sólo me queda adivinar —Elliot sonrió coqueto —. Después de todo, la pulga que tienes por esposo no me dejó verla.

—Nada te asegura que, aún sin él, me hubiera acostado contigo.

—Pero ganas no te faltaron. Cuando no me estabas viendo con ganas de saltarme a la yugular y sacarme los ojos por ser mejor cantante que tú, estabas viendo mi trasero. Puedo abogar por ello. Al menos eso era lo que hacía yo cuando no tenía ganas de tomarte del cuello y sacarte del escenario.

A pesar del burdo intento de coqueteo Kurt rió y se ruborizó. No era por nada, después de todo Kurt extrañaba ese tipo de cortejos. Mentalmente se preguntó cuándo fue la última vez que Blaine le dijo algo así de caliente, o cuando menos, algo romántico.

—Ya quisieras, Gilbert. Y dime, ¿cómo es la vida en Los Ángeles?

—Estupenda, si te olvidas de la humedad y del calor —Ambos compartieron una sonrisa —. La verdad es que mudarme fue una de las mejores ideas que he tenido. Nueva York es estupenda, pero hay más oportunidades para los actores de obras de teatro y musicales que para los cantantes. Tampoco diré que fue fácil. Por varios meses estuve viviendo en una miseria de departamento y trabajando medio tiempo en un par de restaurantes, presentándome a audiciones y mandando mi demo a varias casas productoras; también subiendo mis videos a YouTube, pero al cabo de año y medio un caza talentos dio conmigo y me dijo que tenía potencial. Grabamos un single, me arregló un par de apariciones en programas matutinos y nocturnos, subimos la canción a las mejores apps de reproducción de música y vimos que pasaba. No sabes lo feliz que me sentí cuando me informaron que sacaría mi primer disco, o que haríamos una gira para promocionarlo.

Si bien Kurt se sentía feliz por él había una parte de él que lo envidiaba. Él amaba a su teatro, a su esposo, a su hijo y su vida, pero ahora raramente actuaba o cantaba y más de una noche se había preguntado si era realmente eso lo que quería.

—¿Y qué tal tu vida amorosa? Estoy seguro que al actor o la modelo con el que estés saliendo estará preparándose para tomarte del cuello apenas regreses a LA.

—En el remoto caso de que la o lo tuviera —Kurt lo miró sorprendido pero Elliot desestimó el argumento con un gesto de la mano —. No me malinterpretes. Estuve saliendo hace unos meses con una modelo, ¿Lenox Tillman? —Kurt cabeceó en reconocimiento. Recordaba haberla visto alguna vez en —Es una chica hermosa y estupenda, pero no funcionó. Creo que nos llevamos mejor como amigos que como pareja.

—Sí, suele suceder.

—¿Y tú? Veo que te ha tratado bien la vida. Aunque no esperaba que pensaras tener hijos tan pronto, a pesar de que a los 19 ya estuvieras comprometido.

—Ni yo —Y era cierto. Cualquiera que lo conociera podía comprobar lo mucho que Kurt aborrecía a los niños. Eran ruidosos, molestos, egoístas...Todo un dolor de cabeza. Menos su Damián —Pero ya viste a Damián. Es el niño menos terrible que podrías haber conocido.

Elliot rió a sus anchas y cuando sus carcajadas amainaron Kurt se dedicó a contarle su vida. Silenciosamente Hummel agradeció el silencio, la atención que le prestaba y la ausencia de interrupciones, era agradable que le pusieran atención a lo que decía como si realmente importara, aunque se tratara de nimiedades.

—En este momento nos estamos preparando para el estreno de "El libro del Mormón" la cual estrenará el jueves de la próxima semana. ¡Pero hay tantas cosas que hacer…! —Se quejó soltando un resoplido que podía ser interpretado como fastidio o cansancio —. Debo supervisar a los gestionadores de redes sociales, especialmente durante esta y la próxima semana en las que estarán llevando a cabo una campaña de apertura, obsequiando unos treinta boletos. También las campañas de radio y televisión, y cuidar lo que dicen de nosotros en los periódicos. Pasado mañana tendré una entrevista con una reportera del New York Times que publicará el viernes, para crear expectación. Y todo eso sin tomar en cuenta que debo de estar a cargo de dirigir la obra y asegurarme de que todo salga bien, especialmente cuando despedimos a uno de los protagonistas hace dos semanas.

—¿Qué? ¿Por qué! —Elliot pareció alarmado y Kurt no pudo culparlo. Miró al cantante por un par de minutos mientras bebía un poco más de vino y se debatió por contarle. Al final optó por decirle. No sabía si la cantidad de alcohol en su sangre podría haber influído en ello.

—Blaine pensaba que las actitudes de Alexander, el chico que representaba al Élder Price previamente, eran poco profesionales —Kurt jugó con su copa y se lamió los labios. Elliot parecía mucho más serio que lo que se había mostrado el resto de la conversación —. Así que lo finiquitamos y despedimos. Tuvimos que suplirlo lo más pronto posible. Blaine esperaba que le diera el papel sin chistar pero se enojó cuando llamé a audiciones. Sabía que Blaine era mucho mejor que nuestros suplentes pero haberlo asignado así, sin más, habría sido injusto.

—Sí, lo habría sido —Elliot confirmó y Kurt lo agradeció con una pequeña sonrisa —. ¿Y tú estuviste de acuerdo en que lo despidiera? ¿Pensabas que ese tal Alexander era poco profesional? —Kurt apretó los labios, miró su copa y se alzó de hombros —. ¿Entonces? ¿No le dijiste a Blaine que aquello se te hacía injusto?

—Claro que se lo dije, Elliot. Y no estuve de acuerdo. Yo fui el que hizo el casting, a mi parecer Alexander era un perfecto Price.

—¿Entonces?

Ojos grises y verdes se enfrentaron en un duelo silencioso. Kurt se sentía más avergonzado de la respuesta real de lo que se había dado cuenta. En vez de eso prefirió volver a alzarse de hombros y dar la conversación por terminada. Supo que Elliot no estaba conforme, sus labios apretados en una fina línea lo comprobaban, pero no insistió. Sabía que Kurt podía ser hermético y terco cuando quería, y si en ese momento no quería hablar muy seguramente no iba a hacerlo.

—Tal vez siga en Nueva York para cuando tu obra se estrene —El comentario neutro de Elliot le ofrecía una tregua que no pensaba rechazar. Kurt le sonrió y Elliot contestó con un brindis y un guiño de ojo, remojando sus labios poco después en aquel delicioso vino.

—Tal vez pueda conseguirte un lugar en el palco.

Tras un brindis que sellaba aquella promesa siguieron con su conversación por un rato más. Cuando estaban a punto de marcharse, ya algo achispados por el alcohol, Kurt decidió que no podría llegar a su casa hasta Brooklyn y que le pediría a Rachel asilo en su casa. Encendió su teléfono y vio con sorpresa la horda de mensajes y llamadas que lo esperaban, todos del mismo remitente. Escuchó un chiflido sobre su hombro que le hizo estremecerse por la cercanía, no había que ser un genio para darse cuenta que Elliot había husmeado su celular por sobre su hombro.

—Veinte llamadas y 100 mensajes. ¿Es en serio? —Kurt se alzó de hombros. No era la primera vez que le pasaba —. ¿Pues qué piensa? ¿Qué te secuestraron?

—No, es su costumbre. Siempre quiere saber dónde estoy —Abrió un nuevo mensaje de texto y le contestó a Blaine bajo la sorprendida mirada de Elliot. Eran las 12 de la noche así que probablemente ya estaría durmiendo junto con Damián. Le avisó que pasaría la noche en casa de Rachel y lo apagó de nuevo. Por suerte no era la primera vez que pasaba.

Elliot se ofreció a llevarlo hasta el departamento de su amiga y Kurt no se hizo del rogar. Con la mano de Starchild en el codo esperaron a su chofer hasta que apareció conduciendo un Bentley EXP 2015 Speed. Tras las bromas de rigor y el cómo Kurt se acababa de vender por una buena comida y casi una botella de vino se subieron al auto y viajaron hasta el departamento de Rachel en Manhattan. Caballerosamente y a pesar de que él también parecía estarse tambaleando, Elliot le acompañó hasta las puertas del edificio y se despidió de él besándole la mejilla, marchándose sólo hasta que Kurt le prometió hablarle en la semana y quedar una vez más antes de la obra. El día del estreno del 'Libro del Mormón' también se volverían a ver, pero Elliot tendría que marcharse temprano y nada aseguraba que Kurt le pudiera prestar demasiada atención.

Cuando Kurt vio el Bently desaparecer mientras las paredes del ascensor se cerraban se permitió cerrar los ojos y recargarse contra la pared del ascensor. Definitivamente no se arrepentía de nada de aquella salida.


Nunca le había agradado "Starchild". Era un tipo presumido y pedante que le gustaba coquetear con Kurt. Años atrás recordaba que su marido se había empeñado para que lo conociera apelando que eso iba a mermar sus celos pero aún con ello, a pesar de que le tiró en cara que Kurt era su futuro esposo y que estaban prometidos, y que Elliot pareciera aceptarlo con demasiada facilidad, jamás le cayó bien.

Por eso era de lo más razonable que no se hubiera sentido nada feliz cuando Kurt le comentó que se lo había encontrado tras una de sus discusiones, ni mucho menos cuando Damián pareció no dejar de hablar de él y de lo genial que era y que pensaba presumirle a sus amigos la experiencia, como cuando conoció a Idina Menzel, 'Harry Potter' ó Mercedes Jones.

Pero Blaine era un buen esposo y, a pesar de su renuencia y desagrado, cuando Kurt le informó que saldría con Elliot no le quedó más que plantarle un beso con todo lo que tenía y bendecir su salida. Pero Kurt no había contestado ninguno de sus mensajes ni llamadas la noche de su salida, y no había vuelto a casa a dormir, y aquello no hizo más que tenerlo al borde de un ataque de nervios. Cuando por fin pudo tenerlo en sus brazos Blaine no lo había dejado ir. Tras plantarle un beso ansioso y demandante y abrazarlo insistentemente por la cintura también lo recibió con una taza de café caliente y uno de esos bocadillos con queso crema y frambuesa que Kurt amaba a pesar de pregonar a todos los vientos que engordaban y que hacían que sus muslos fueran más anchos.

A pesar de que le molestaba verlo sacar el celular y seguramente contestarle al remedo de vampiro que se había empeñado en tener por amigo guardó silencio mansamente y, al salir, los había llevado a él y a su hijo a cenar a 'Le Bernardine', uno de los restaurantes preferidos de Kurt, especialmente porque su esposo amaba la cocina francesa. Una vez que hubieron pedido ya no hubo fuerza sobrehumana que hiciera que su hijo se estuviera callado. Damián parecía emocionado por saber del famoso Starchild y Kurt lucía igual de extasiado por contarles su experiencia.

Con una sonrisa lo invitó a hablar y escuchó pacientemente toda la vida de Elliot desde la entrada hasta el postre. Damián se había aburrido a mitad del camino del relato al no entender del todo lo que hablaban y decidió que jugar con su comida y pedir un enorme trozo de pastel crocante francés lo ayudaría a aliviar su sopor.

Una vez que todos estaban satisfechos Blaine pagó y juntos se marcharon a la estación del metro que los llevaría hasta su casa en Brooklyn. Cuando subieron al vagón éste ya estaba algo vacío por lo que no se complicaron en encontrar lugar. Blaine cargó a Damián y lo dejó dormir en sus brazos mirándolo con cariño y besando su frente para dejarlo descansar. Pocos instantes después Kurt recargó la cabeza en su hombro y él se permitió respirar más tranquilo.

A pesar de que fuera un día pesado su vida seguía siendo perfecta, como diez años atrás, y no dejaría que la intromisión de alguien como Starchild a su rutina podría arruinarlo. Kurt lo amaba y él lo amaba también, eso era todo lo que contaba y haría cualquier cosa para demostrarlo y mantenerlo a su lado.


—...Y luego tuve una seria conversación con Lord Tubbington. Sé que extraña a Santana tanto como yo pero esa no es razón suficiente para recaer en las drogas.

Amal se abstuvo de rodar los ojos mientras escuchaba a su protegida guiándola cuidadosamente fuera del auditorio. Para él era sorprendente que una genio, tan astuta e inteligente como lo era Brittany, divagara con tanta frecuencia y soltara comentarios que nadie más que ella, y tal vez López, lograba comprender.

Britt miró a Amal y sonrió embutiendo sus manos dentro de la bata blanca que portaba y mirando los aparadores de las tiendas, dejando a su mente volar.

Tras haber aterrizado en Roma, Brittney careció de tiempo para divagar. Ocupada entre pláticas y seminarios abandonaba su hotel alrededor de las nueve de la mañana sólo para regresar de la diez de la noche, dispuesta a dormir. De cierta manera lo agradecía pues apartaba su mente de Santana, pero aún con tanto trabajo, cansancio y distracciones era incapaz de dejarla de lado.

Sabía que había hecho lo correcto. Amaba a Santana pero, por más que la quisiera, nunca hablaba con ella, no de algo íntimo e importante. No sin que ella se lo rogara cada vez que ocurría. Podía argumentar que lo hacía por no preocuparla, por no molestarla o simplemente porque necesitaba tiempo, pero eso no amainaba la sensación de falta de confianza que le transmitía.

Cerró los ojos, la extrañaba. Extrañaba esos labios carnosos y demandantes envolviendo los suyos, esa lengua sincera y filosa que soltaba, sólo para ella, palabras de cariño; el cuerpo curvilíneo y cálido envolviéndola en un abrazo y esas manos que la hacían arden en cuestión de segundos. Pero debía mantenerse firme, seguir con su viaje y resistir la tentación de comunicarse con ella. Santana debía aprender a hablar, necesitaba estar separada de ella por un momento y darse cuenta de ello por su parte. Internamente sabía que si no se lo hacía ver de esa manera no sabía de que otra manera lo podría lograr.

—¿Doctora Pierce?

Brittney se detuvo al ver llegar a dos jóvenes en bata, ignorando la mirada censurada que su representante le mandaba. Eran muchachos que asistieron a su conferencia. Con una sonrisa alegre los recibió y escuchó, contestando a todas sus dudas y escuchando sus hipótesis, disfrutando la conversación. Pietro, quien se veía alrededor de 26 años, aportaba interesantes puntos de vista a su conversación, tratando de contestar todas sus dudas, empaparse de conocimiento mientras que Chiara, la más joven, la miraba con insistencia y coquetería, tratando de llamar su atención pero no para discutir acerca de la glucosilación no enzimática de las proteínas.

—¿No le gustaría seguir conversando con nosotros? Podríamos intercambiar puntos de vista acompañados de una cerveza o una copa de vino si prefiere —Animó Chiara palpando con su lengua sus labios, tentativamente.

—Conocemos un bar aquí cerca con el mejor vino de toda Verona. Aunque si no ha cenado podemos invitarla al Ristorante Toretta. Uno de los mejores en toda la ciudad.

Britt los miró alternativamente y deliberó. Todavía no recorría la ciudad, estaba hambrienta y necesitaba apartar a Santana y su decisión de su cabeza por al menos unas horas.

—¿Por qué no? —La ligereza de su respuesta los impactó pero emocionó. Con una sonrisa Britt se excusó, habló con Amal y lo convenció de que estaría en el hotel temprano antes de dejarse guiar por los italianos que acababa de conocer. Le echó un último vistazo a Chiara, que le guiñó un ojo, y le sonrió. Necesitaba eso. Descansar y dejar todo de lado. Con suerte eso evitaría que hiciera algo de lo que se podría arrepentir en un futuro.


Dave intentaba disimular su fastidio en la junta. Había terminado de dar su reporte y sus ideas así que prácticamente no tenía más que ver a sus compañeros y aburrirse con el monocromático atuendo de su jefe. Dave odiaba la combinación de traje negro y camisa blanca, no había en el mundo algo más aburrido, aunque Michael Denker había intentado matarlo fastidio con la ridícula corbata negra con puntos blancos que traía puesta.

Claro que el desentonaba en aquella mesa era él y no el aburrido de su jefe. Con ese traje gris claro, camisa azul, corbata violeta y sus oxford bicolor, Dave parecía más un visitante que un ejecutivo. Sin embargo se sentía bien de ser diferente. Le había costado tanto llegar a ese nivel de autoconfianza que no podía más que disfrutarse.

Quizá todo aquello había empezado una fría noche en un bar de Michigan. Había empezado a trabajar como cazatalentos y había viajado por tres meses sin parar. Esa noche había decidido relajarse con un trago. El bar no estaba muy lejos de parecerse al Scandals y Dave se había sentido ligeramente en casa después de unos cuantos tragos. Se le había acercado después de unos bailes y tonteos con otros tipos. Le invitó un trago y Dave le hizo reír, habló con él sin intención de coquetear y entonces sucedió algo maravilloso. Ése tipo rubio, delgado, de bonita sonrisa, de unos profundos y cálidos ojos azules le dijo:

Eres sexy

Dave sólo había reído y el tipo se lo volvió a decir con una contundencia que hizo sonrojar a Dave. El tipo lo sabía, David no se creía en lo más mínimo esas palabras que creía obra del alcohol. Habían ido a la casa del tipo, que resultó llamarse Brian. Dave se sintió enamorado esa noche y cómo no, Brian se la había mamado hasta hacerlo eyacular.

Brian tenía unos impresionantes cuarenta años y le había enseñado a Dave algo más que el arte de la paciencia al hacer el amor. Le enseñó a estar cómodo con él mismo, con su cuerpo y con esas partes de su vida que aún no sabía cómo compaginar. Podía ser un tipo gordo pero con gusto y a la vez gustarle los deportes y disfrutar de ellos. Sus tres meses con Brian resultaron ser increíbles fuera y dentro de la cama. Cuando Dave tuvo que irse de Michigan, Brian lo despidió con una noche de sexo y una corbata de un verde tan intenso que Dave pensó que era una broma.

No tengas miedo de darte a notar o de ser diferente. No tienes que ser un estereotipo y no tienes que darle cuentas a nadie más que a ti mismo. Procura nunca mentir, ni mentirte y mantente con la conciencia tranquila.

Dave comprendió que no se había enamorado de Brian pero supo que jamás lo olvidaría.

Poco a poco empezaron los cambios en su vida. Fue más él y dejó de tener tanto miedo. ¿Era sexy? De alguna manera y más para algunos chicos en especial. Estaba bien con eso, esperaba encontrar el amor, algún día o tal vez no. Él no tenía los hilos de la historia y sólo se dedicaba a disfrutar lo que venía.

—Con eso terminamos señores —Dave salió de su maravilloso sueño con Brian y volvió a la terrible realidad de corbatas negras con puntos blancos. Se puso de pie y cogió sus cosas sin prestar demasiada atención en su jefe hasta el imbécil descendió del olimpo y le llamó —. David —sólo su madre y Michael Denker lo llamaban así —. Te recuerdo que el sábado es la convivencia mensual con los ejecutivos —Dave esperaba faltar. Era un evento para las familias y él no tenía más familia que su viejo que estaba en Hawai creyéndose Magnum P.I. —. Puedes llevar a tu pareja… —ése fue el pequeño momento incómodo en el que el jefe de la compañía recordaba que tenía un ejecutivo maricón. Dave se preguntaba en ocasiones si ésa había sido la razón por la que le había costado el doble el hacerse de ese trabajo.

—Gracias señor. No lo olvido. Creo que invitaré a una muy buena amiga mía —Michael Denker asintió y luego se giró como si nada. Obvio, el gran Michael Denker no había hablado con nadie.

Dave iba a arrastrar a Santana a esa jodida fiesta porque no iba a aburrirse sólo en medio de todos esos pedantes y el animal de su jefe.


Tras su primer encuentro tanto Kurt como Elliot se habían hecho de una rutina: salían a pasear, a cenar o a comer cuando el cantante estaba de visita en Nueva York, se llamaban al menos una vez por semana por teléfono e incluso intercambiaron un par de mensajes por día para saber del otro y comentar sus problemas, triunfos o sólo uno que otro chisme. Kurt sabía que, pese a que Blaine fingiera tranquilidad, a su esposo no le gustaba su relación, pero eso era algo especial para Kurt y no planeaba dar su brazo a torcer para dejar de interactuar con tan buen amigo.

Un par de días atrás Elliot le confirmó que regresaría a Nueva York y que se quedaría al menos unos cuatro o cinco días para firmar un contrato con Sony Records y empezar a exportar su material a otros continentes, como Asia. Era una apuesta arriesgada, según le comentó, porque no estaba seguro de triunfar en esos sitios, pero tomaría el riesgo y asumiría las consecuencias si no resultaba una buena inversión.

Como un mes atrás le reservó un lugar en el teatro. 'El libro Mormón' se seguía presentando y, pese a que Elliot ya había ido al estreno e incluso los acompañó al evento de celebración, Starchild accedió a ir. Ambos habían visto una oportunidad de publicitarse sin necesidad de tanto drama al presentarse en ciertos eventos patrocinados por su amigo y no pensaban no sacarle provecho.

—¿Entonces si saldrás con él? —Kurt se abstuvo de rodar los ojos, cerrándolos y respirando antes de mirar a su marido. Blaine y él habían tenido una discusión cuando le dijo que iba a salir esa noche de nuevo con Elliot. Blaine insistió en acompañarlos pero Kurt lo rechazó amablemente. Ese rechazo desató un ataque de celos que incluso lo impulsó a gritar. Kurt aún esperaba silenciosamente porque Martin hubiera distraído a su hijo lo suficiente para no prestarles atención a ellos.

—Sí, Blaine, saldré con él —Anderson frunció la cejas y Kurt no pudo más que soltar aire y darle la espalda, apoyándose en una de las mamparas mientras observaba cómo se desarrollaba la obra. Silenciosamente Blaine se le acercó y empezó a besarlo en el cuello y los hombros, pasando su lengua tras su oreja, esperando con eso calmarlo. O calmarse. A veces Kurt sentía que su esposo se alteraba con esas discusiones mucho más que él.

—¿A dónde irán?

—No sé, creo que a Frankie's 457 Spuntino. Hace semanas quedé con antojo de ir allí. Madelaine me dijo que el vino era bueno.

Silencio. Blaine lo apretó más fuertemente pero no dijo más. Kurt agradece sus esfuerzos por calmarse.

—Nunca me dijiste que querías ir —Kurt se alzó de hombros.

—Tampoco es un lugar a donde podríamos ir con Damián. A menos que coma pizza, como siempre.

—Debiste decirme —. Ninguno habló y por largos minutos se dedicaron a mirar la obra. Esa noche Blaine había dejado que uno de los suplentes tomara su lugar. Anderson jamás le admitiría a Kurt que la presencia de Elliot lo ponía muy nervioso y tenía pavor a que se acercara a su esposo sin estar él cerca.

—Dime cuando llegues y cuando vayas de regreso a casa. Y no llegues muy tarde.

—Entendido, madre —Kurt rodó los ojos y soltó un resoplido de risa. Blaine no sonrió o se rió. No era gracioso imaginar a su esposo con ese cantante hasta muy tarde. Y no era la primera vez que se quedaba a dormir con él en casa de Rachel...o que lo llevaba a su casa.

La obra finalizó como un rotundo éxito, como de costumbre. Kurt y Blaine recibieron las ovaciones con humildad y orgullo para meterse tras el telón y felicitar, nuevamente, a sus entusiasmados actores. Para desagrado de Blaine Elliot apareció con un ramo de rosas que le entregó a Kurt acompañado de un beso en la mejilla y un abrazo. A él, en cambio, lo saludó con un apretón de manos, un abrazo y una corbata de moño, cosa que él sabía, le daba por compromiso. Para su mayor disgusto su hijo llegó corriendo y abrazó al cantante, llamándolo por el apelativo de tío y pidiéndole que jugara con él. Blaine veía el cuadro de su marido con su hijo y Starchild con un hueco en el estómago y una ira ácida bullendo en su vientre. Starchild parecía no comprender que esa era su familia, y hacía todo lo posible para arrebatársela poco a poco. Y Kurt no se daba cuenta. ¿Qué no se daba cuenta de que todo eso era incorrecto? ¿Qué Kurt no debería acercarse a ese hombre? ¿Qué tenía segundas intenciones? Blaine se lo había tirado en cara y eso sólo lo llevó a tener una peligrosa discusión con Kurt. Por el momento se mordía la lengua y se aguantaba sus comentarios, pero aún no se rendía en su intento por convencerlo de que todo eso era una tontería.

—Regresaré a casa en un par de horas —Un beso suave y sencillo en sus labios lo sacó de sus elucubraciones —. Cuida de Damián y que no se vaya a la cama muy tarde.

—Si te importara la hora en la que se acuesta tu hijo te quedarías en casa.

Kurt negó, lo besó en la frente y cargó a su hijo para despedirse de él. Blaine también notó como Elliot lo miraba y le observó de mala gana. Éste sólo dejó de verlo cuando Kurt se giró hacia él y le dijo que se podían marchar y Starchild, pagado de sí mismo, le colocó una mano en la espalda para guiarlo a la salida.

Blaine rechinó los dientes y se giró a mirar a sus compañeros de trabajo. Era mejor hacer eso que empezar a gritar.


Como no me dijeron nada, les puse otro largo. Mañana la publicación será un poco más temprano.