Gentee! Bueno, no tengo mucho tiempo así aquí les dejo el tercer capítulo de El Testamento. No es que esté muy contenta con él, pero los capítulos flacos en contenido sirven como transición. Ya no los molesto más. A leer!

Veela-chan.


Inuyasha y todos sus personajes pertenecen a Rumiko Takahashi


-3-

CAPÍTULO TRES:

-Quiere verla –murmuraba Inuyasha en el pasillo—. Es todavía muy pronto…

Kagome asomó la cabeza por la puerta del baño, aguzando el oído para captar fragmentos sueltos de la acalorada conversación que se colaba en la habitación. Inuyasha discutía con su madre, pero no tenía idea sobre qué. Con un encogimiento de hombros salió de la ducha envuelta en una diminuta toalla, deteniéndose en seco al escuchar una frase particularmente curiosa. Akira. De eso estaban hablando.

-Maldición.

Sin pensarlo mucho corrió al armario en busca de algo que ponerse, decantándose por unos vaqueros desgastados y una sudadera púrpura, recuerdo de su último año de universidad. Agarró un cepillo de una de las repisas del baño y en menos de cinco minutos tenía el largo cabello crespo atrapado en una apretada coleta en lo alto de la cabeza.

-Kagome –Izayoi llamó a la puerta con delicadeza—. ¿Puedo pasar?

-Claro –replicó la pelinegra sentándose en la cama. Estaba mareada y todo por culpa de esos malditos calmantes—. Mi cabeza…

-Los efectos se pasarán pronto –Inuyasha entró tras su madre, el rostro contraído en una expresión de preocupación—. ¿Cómo te sientes?

-Inútil.

-No entiendo –Izayoi se sentó a su lado—. Explícate.

-Digamos que no estoy acostumbrada a esta clase de atenciones, además llevo dos días en esta cama por que no puedo controlarme como se debe –sonrió con amargura—. Pero ya no importa, ahora quisiera que me contaran por qué discutían.

Madre e hijo intercambiaron una incómoda mirada. La muchacha tuvo que morderse el labio inferior para contener la sonrisa que intentaba escaparse de su control. La situación no era para nada graciosa, pero no podía evitarlo. Ese par le recordaba, en cierto modo, a Isabella y Armando, sus amigos italianos; aquella era una reconfortante coincidencia que le estaba ayudando a recobrar la compostura aunque ellos no se dieran cuenta.

-El abogado está abajo –dijo Inuyasha arrugando los labios—. No le he dejado subir, pero supongo que no quieres hablar con él.

-La verdad preferiría no hacerlo, pero tengo que –se puso de pie con lentitud, utilizando a Izayoi de apoyo—. Se supone que soy la dueña de una cadena hotelera y desde aquí no creo que pueda manejarla.

-Entonces ve a la sala, nosotros estaremos cerca por si nos necesitas.

Les agradeció con una sonrisa, saliendo de la habitación recorrió el largo pasillo del tercer piso hasta llegar al rellano de la escalera. Allí se detuvo un momento, concentrándose en poner una convincente cara de póquer. No quería traslucir ninguna emoción, pero temía que sus nervios la traicionaran en el momento menos pensado. Nunca había sido buena para mantener sus expresiones bajo control y dudaba seriamente en lograrlo algún día.

La sala estaba en completa calma, la respiración de su único ocupante rasgando el silencio. Contó mentalmente hasta diez y avanzó con paso firme, entrando de golpe en el campo visual de Akira. El abogado palideció considerablemente al verla, mucho más después de notar la rabia bullendo en esos ojos color chocolate. Había cometido un error al aparecerse en la casa casi veinticuatro horas después del incidente.

-Necesito hablar contigo –señaló la butaca frente a él—. Preferiría que estés sentada.

-Dime que es lo que quieres –dijo en tono cortante. Mientras menos durase la conversación, más fácil se le haría mantener el gesto de fastidio—. Venga, que no tengo todo el día.

-Sí, claro –enrojeciendo levemente sacó del maletín la carpeta que le entregara Kaede la noche anterior y la dejó en la mesa que los separaba—. Es un contrato.

-¿Un contrato para qué? –Preguntó con curiosidad, leyendo las primeras líneas del documento—. Creí que con la firma del testamento todo había quedado decidido. O al menos eso fue lo que tú me dijiste.

-Es una simple formalidad, pero para que todo se muestre completamente legal, tu existencia tiene que contar en los libros de la compañía –le pasó un bolígrafo—. En la última hoja está la línea dónde tienes que firmar.

La pelinegra pasó las páginas hasta encontrar el espacio en blanco que tenía que rellenar con su firma. Dudó unos cuantos minutos antes de escribir su nombre con elegancia y devolverle el contrato al abogado. Genial. Su pacto con el diablo acababa de reafirmarse. Ya no había nada ni nadie que pudiera salvarla.

-¿Algo más? –preguntó Kagome, parte de su enojo aplacado por la fuerte sensación de vacío que la invadía sin razón.

-En realidad, sí –Akira se puso de pie mientras se acomodaba la chaqueta de cuero, bastante casual para un abogado de su talla—. Tienes que acompañarme al hotel.

-¡¿Qué cosa?!

-Lo que oíste. Kaede, tu vicepresidenta, quiere conocerte antes de la entrevista de mañana. Necesitarás mucha ayuda si es que queremos que todo salga a pedir de boca.

-No soy idiota, Akira –se levantó también, visiblemente nerviosa—. Dame cinco minutos, iré a cambiarme de ropa.

-Mejor no lo hagas –se acercó a ella para poder ponerle una mano en el hombro—. Pasar desapercibida con tu aspecto es algo muy difícil, por lo que es necesario que vayas lo menos llamativa posible. Debemos mantener tu identidad en el anonimato hasta mañana.

-Como sea, pero vámonos antes de que me arrepienta.

-

La mujer que lo miraba desde la foto parecía gritarle oscuras maldiciones a pesar de la seductora sonrisa que perfilaban sus labios. Sesshomaru lanzó la instantánea al cenicero y le prendió fuego con la punta del cigarrillo. El bonito rostro de Kikyo se consumió rápidamente en las llamas, reduciéndose a un miserable puñado de cenizas. La extrañaba. La extrañaba al mismo tiempo que la odiaba. La sensación de necesidad que le provocaba su ausencia era más de lo que podía soportar. Le hacía sentirte tan… vulnerable.

-Sesshomaru –Sango lo llamó por tercera vez en un cuarto de hora. A ella tampoco le emocionaba la idea de estar allí, pero era parte de su trabajo mantenerse en contacto con las compañías que tenían alguna relación con el hotel—. Lo que acabas de hacer fue algo bastante retorcido, como ya te he dicho las veces anteriores.

-Agradecería que te guardases tus opiniones –le espetó secamente, entregándole un sobre algo pesado—. El dinero está en efectivo, así que ándate con cuidado.

-Tengo el auto estacionado abajo –se puso de pie rápidamente mientras recogía sus cosas—. Volveré a las cuatro por la otra mitad y espero ver la cifra en un cheque. Ya sabes que los permisos para portar y utilizar armas no me van a salvar de la cárcel si tengo que matar a alguien por tu irresponsabilidad.

-Como sea –la despidió con un gesto de la mano, pero añadió algo más antes de que se marchara—. La entrevista a tu nueva jefa es mañana, un evento que espero con ansiedad, pero te recomiendo que la conozcas antes, por que te vas a llevar una gran sorpresa.

-Después de seis años trabajando contigo no creo que nada logre sorprenderme.

-Espera y verás.

Sango le sonrió brevemente, cerrando la puerta de la oficina tras de sí. Sesshomaru Taisho le ponía los pelos de punta y ese temor aumentaba por momentos. Todavía no entendía como Kikyo había podido casarse con alguien como él. Alguien tan frío y calculador. La única explicación posible era el sexo. El tipo tenía que ser una verdadera maravilla en la cama para mantener a una mujer a su lado por más de dos días.

Sacó las llaves del auto del bolso y arrancó el motor. Aceleró a fondo, esquivando tráfico con una habilidad envidiable. El móvil comenzó a vibrar en el bolsillo interior de la chaqueta. Aprovechó que el semáforo estaba en rojo y presionó el botón de descolgar.

-Kaede… sí, ya tengo el dinero… no, me lo ha dado en efectivo… es como si quisiera verme muerta –cambió de marcha y torció a la izquierda—. ¿La nueva presidenta…? Ahora estoy yendo para allá… claro, me encantaría conocerla. Nos vemos.

Cinco minutos después estacionaba el auto en el subterráneo del hotel, una zona dedicada exclusivamente a ejecutivos y clientes VIP. Guardó el sobre en el bolso, sacó las llaves del contacto y tras activar la alarma corrió al ascensor de cromo que acababa de llegar. Esperó a que la pareja de señores que ocupaban el ascensor ser marcharan para entrar en él y cerrar las puertas.

Cuando la pantalla digital marcó el piso número once, arriba del pent-house, contuvo la respiración. Por algún extraño motivo la sola idea de conocer a su nueva jefa le daba escalofríos. Era como si su cuerpo estuviera advirtiéndole sobre algo que se le escapaba. Pasó de largo su oficina y llamó a la de Kaede. El murmullo de las voces en el interior de la estancia cesó de golpe.

-Sango –Akira la abrazó tras abrir la puerta, dándole vía libre para entrar—. ¿Cómo te fue en tu reunión?

-Es la cuarta foto que quema en mi presencia, así que ya te puedes imaginar el resto –se sentó junto a Kaede en la pequeña mesa para cuatro personas ubicada en un rincón de la oficina—. Kaede, ¿cómo estás?

-Cansada –replicó, extendiendo la mano hacia la figura encapuchada a su izquierda—. Sango, quiero presentarte a la nueva presidenta.

La castaña parpadeó confundida. Ante ella no tenía más que a una muchacha fanática de las sudaderas púrpuras. Se inclinó hacia adelante para verle mejor el rostro cubierto por la capucha, pero la iluminación del lugar no hacía más que crear un velo de sombras dónde se suponía debía estar su cara.

-¿Es esto una broma?

-Por motivos personales y de seguridad le hemos pedido a Kagome que vistiese ropa extremadamente informal –explicó el abogado con tono de evidencia—. Nadie, ni siquiera los demás empleados puedes ver su rostro hasta la entrevista de mañana.

-¿Por qué?

-Dejemos que sea ella quien te lo explique –intervino Kaede—. Kagome, muchacha, quítate la capucha.

La aludida realizó el movimiento mecánicamente, descubriendo un hermoso rostro sonrosado y nos brillantes ojos castaños, ahora opacos por los nervios. Sango se llevó las manos a la boca en un intento de sofocar el grito de espanto que escapó de su garganta ante la tan sobrecogedora visión. Kikyo la miraba desde el otro lado de la mesa, sus facciones ancladas en una expresión de confusión.

-Mi nombre es Higurashi Kagome, soy la hermana menor de Kikyo –dijo la muchacha con voz temblorosa—. Ahora mismo debes estar muy confundida, así como lo estuvo su familia cuando me conoció.

-¿Te refieres a los Taisho? –estaba pálida como la cera y le temblaban las manos. Aquello era imposible. ¿Kikyo tenía una hermana?—. Por Dios…

-Vivo con ellos –replicó la italiana—. Hace dos días que estoy aquí, en Japón. No tienes idea lo complicado que ha sido todo esto para mí.

-Akira –la castaña lo sujetó del brazo con fuerza—, tienes dos segundos para hacerme comprender esta locura.

-Les dije que nos tocaría explicar todo desde el principio –el abogado encaró a su amiga—. Kikyo escribió un testamento hace mas o menos un año en el que dejaba todas sus posesiones a su pariente sanguíneo más cercano –señaló a Kagome—. Hace una semana nadie sabía de la existencia de Kagome, una hermana a la que mantuvo oculta desde que nos conoció. Después de morir el testamento entró en vigencia y mi trabajo consistía en ir a Italia y encontrar a su hermana.

-Kikyo me nombró su heredera después de once años de no dirigirnos la palabra –Kagome se llevó una mano a la cara en un gesto de genuino cansancio—. Hay muchas cosas que ella les ha ocultado, pero ese es un tema que prefiero no tratar. Además, todavía no me hago completamente a la idea y supongo que para ti es mucho pero. Por lo que Kaede me contó ustedes dos eran muy cercanas.

-Era mi mejor amiga –parecía a punto de llorar—. Éramos un trío inseparable Akira, ella y yo. No me cabe en la cabeza que me haya ocultado algo como esto. Siempre nos contábamos todo, hasta el último secreto… imagino que hay muchas otras cosas que no sé sobre ella.

-Ninguno de nosotros la conoció realmente, pero tenemos que acostumbrarnos. Kagome es ahora la dueña de todo y nosotros somos su único apoyo. Si no tiene en quien sostenerse, todos caemos con ella –intervino Kaede—. Eso ténganlo siempre en mente.

-

La oficina era amplia, a falta de una palabra más adecuada. Una enorme cristalera daba a las concurridas calles de Tokio, que desde el onceavo piso, parecían más un hormiguero rebosante de vida que las avenidas de una ciudad. Ubicado frente a la cristalera estaba un gigantesco escritorio de madera negra con una computadora fija de pantalla plana. Un armario, un perchero, un archivador, las butacas de cuero a juego con los demás muebles, una mesa para tres personas y demás aderezos. El lugar era una verdadera maravilla, eso no lo podía negar, pero todo lo que estaba allí rezumaba su energía, como si su anterior ocupante estuviese allí con ellos.

-Me encanta –murmuró Kagome en italiano.

Después de que sango consiguiese sobreponerse a la noticia, comenzaron el recorrido de rigor por las instalaciones. Desde el vestíbulo hasta las suites presidenciales, le mostraron todo y explicaron las características de cada lugar. Al ser ahora una ejecutiva importante y bastante reconocida tenía que demostrar que dominaba su campo de acción. Sabía que no faltarían personas que intentarían desacreditarla y necesitaba armas poderosas para presentar una buena pelea.

-Toma –dijo Akira una vez de regreso en la oficina. Sostenía entre los brazos dos bolsas protectoras de ropa que le entregó a la pelinegra—. Son tus trajes. Kikyo los mandó a hacer hace tres meses. No se si te queden.

-Teníamos las mismas medidas a pesar de la diferencia de edades, no te preocupes –soltó las bolsas sobre la butaca a su costado—. Aunque no puedo decir lo mismo sobre nuestros gustos personales.

-Ya nos encargaremos después de eso, pero por ahora tendrás que conformarte –dijo Kaede con la voz rasposa—. Bueno, creo que ya te hemos contado todo lo que tienes que saber… ¿Crees que estás lista para mañana?

-Sí, supongo –no sonaba muy convencida—. Haré todo lo que pueda para soportar la entrevista, aunque tengo el presentimiento de que tomará un tinte bastante personal.

-En ese caso te limitarás a responder lo que te preguntes sin añadir ningún detalle extra –Sango habló por primera vez desde que la conoció—. Es muy propio de atacar a la persona y no al personaje. Aprender a defenderse toma tiempo, pero creo que lo harás bien.

-Gracias, Sango-san.

-Sin tantas formalidades que ahora somos compañeras de trabajo y tal vez también seamos amigas.

-Por supuesto –Kagome recogió su nueva ropa mientras se cubría la cabeza con la capucha—. Si ya no queda más por hacer, preferiría retirarme.

-Claro –Kaede le puso una mano en el hombro. Esa muchacha la había cautivado. Akira había tenido razón todo el tiempo: eran bastante diferentes—. Nos vemos mañana.

-Hasta luego –se despidió Sango.

-Ciao –dijo la pelinegra saliendo de la oficina con Akira pegado a sus talones.

Bajaron en el ascensor principal sin detenerse en ningún piso hasta llegar al vestíbulo. La recepcionista los despidió cuando entraron en otro ascensor, esta vez más pequeño, que los llevaría al subterráneo. Atravesar el estacionamiento en dirección al único auto pintado de un llamativo rojo escarlata. Se subió rápidamente en el asiento del copiloto y no se quitó la capucha hasta que el auto estuvo a más de tres cuadras del hotel.

-No salió como lo había imaginado –comentó Akira después de diez minutos de silencio—. Pero algunas de mis preocupaciones ya no existen.

-¿Preocupaciones?

-Kaede y Sango eran bastante cercanas a tu hermana y temía que tu apariencia supusiera un impedimento para su relación. Estaba seguro de que las dos reaccionarían como los Taisho y aunque no me equivoqué ellas aceptaron la verdad mucho más rápido.

-Es cuestión de perspectiva –la cabeza comenzó a darle vueltas de repente—. Necesito recostarme. Los calmantes que me dieron ayer me han tenido atontada todo el día.

-¿Calmantes? –la respuesta flotaba en el aire, pero él había tenido que preguntar—. Lo siento mucho, espero que puedas perdonarme.

-No hay nada que perdonar, Akira, pero como vuelvas a hacer algo sin consultarme te parto personalmente las piernas.

-Si lo pones de esa forma creo que tendré que andarme con cuidado cuando se trate de ti.

-Esa es más o menos la idea.

-

No podía seguir prolongando lo inevitable. El departamento del centro era un buen lugar para descansar cuando la vida familiar se volvía de lo más agobiante, pero si se estaba solo, más las cosas ya no eran así. Desde que aceptó casarse con Kagura, la muy fastidiosa se pasaba todo el día allí metida quejándose de lo mucho que le dolía el tobillo o atosigándolo con revistas para novias. La privacidad era un derecho, pero ella no lo entendía.

Detuvo el auto frente a la entrada de la mansión y se quedó allí hasta que el cielo se oscureció, la luna brillando en un lienzo negro sin estrellas. Contempló la fachada de la casa por espacio de media hora antes de encaminarse hacia la entrada. No comprendía por que le costaba tanto entrar en su propia casa, pero sospechaba que se trataba por culpa de esa maldita copia… Kikyo no sólo le había ocultado muchas cosas durante su matrimonio, si no que se había guardado unos cuantos secretos de gran relevancia para ella sola, la muy desgraciada…

-Dos días –dijo una voz a su costado—. Eso es un record.

Inuyasha se acercó a su hermano y le palmeó suavemente el hombro mientras subía los escalones hacia la puerta de madera que estaba entreabierta. El mayo dudó unos segundos en el umbral, entrando finalmente en el iluminado vestíbulo. Escuchó a su madrastra charlar con su padre en la oficina junto a la sala y percibió el olor a comida recién preparada que se escapaba de la cocina. Había llegado justo a tiempo para la cena. Sí que tenía suerte.

-¿Te quedarás? –Preguntó el menor sentado en las escaleras que llevaban al segundo piso—. Mamá no te dejará marcharte.

-No tengo otra opción, Inuyasha –pasó de largo a su hermano para irse a su habitación. Necesitaba más ropa para llevarse al departamento y también encontrar, si era posible, un motivo para quedarse allí—. Avísame cuando todo esté listo.

-Como ordene, señor.

Sesshomaru ignoró el sarcástico comentario y continuó subiendo las escaleras hasta llegar al tercer piso. La puerta de la habitación de huéspedes estaba abierta por completo, Kagome paseándose de un lado para el otro mientras organizaba sus cosas. Se quedó pasmado en el pasillo mirándola. Era exactamente igual a ella, pero pequeños detalles casi imperceptibles hacían notar la diferencia: la postura del cuerpo, el caminar, la forma en la que movía las manos o la manera en la que fruncía los labios. Era impresionante lo fácil que se le hacía contemplarla, pues había pensado que el parecido le supondría un verdadero problema.

-Sesshomaru…

Su nombre susurrado a media voz le resulto atractivo. Enfocó la mirada en la pelinegra, que asustada, lo miraba desde el interior de la habitación. Se fijó en lo desconcertantes que resultaban sus expresivos ojos castaños antes de sonreírle secamente y desaparecer tras la puerta tras él.

Kagome parpadeó, sorprendida, regresando a lo que hacía. Toda su ropa llevaba dos días en las maletas y no podía dejarlas allí por mucho más tiempo. Colocó un vestido veraniego en un armador y lo colgó en el armario. Todavía le faltaba más de la mitad de la maleta y otra entera la esperaba junto a la cama.

Pasos apresurados, una exclamación de dolor e Izayoi entró en la habitación.

-Kagome, a cenar –volteó la cabeza y le gritó algo a alguien. De repente tres sirvientas irrumpieron en la habitación—. Ustedes recojan todo y cuando terminen lo llevan a la habitación del fondo. Nosotras nos encargaremos después de arreglarlo.

-¿L-la habitación del fondo? –la muchacha rubia parecía un tanto incómoda con la petición—. Pero usted había dicho que…

-Haz lo que te digo –le atajó sin brusquedad pero con firmeza—. Después de la charla que tuvimos anoche creí que habían entendido lo importante que es la mujer a mi lado, así que nada de cuestionamientos cuando les ordeno algo.

-Entendido, Izayoi-san.

Las chicas se pusieron manos a la obra mientras que Izayoi arrastraba a Kagome escaleras abajo murmurando unas cuantas excusas. La italiana no comprendía nada, pero su instinto le decía que tuviera paciencia. Entraron en el comedor dónde Inuyasha y su padre conversaban tranquilamente, cada uno en su lugar en la mesa para seis personas. Ni siquiera las miraron cuando tomaron asiento.

-Ya está listo el traslado –anunció sonriente—. Sólo espero que te guste la sorpresa.

-¿Qué fue todo eso? –La pelinegra señaló el techo—. ¿De qué sorpresa hablas?

-Ayer mientras dormías reacondicioné la habitación del fondo del pasillo, tú no eres un huésped y no puedes quedarte en el cuarto de visitas para siempre –se recostó en la silla—. Kairi reaccionó de esa forma por que ese lugar es mío y todos tienen prohibida la entrada, pero creo que te sentirás bastante cómoda allí.

-¿Por qué? –preguntó Kagome con las mejillas sonrosadas—. Llevo aquí dos días y ni siquiera nos conocemos. No lo entiendo.

-Niña, yo lo sé, pero hazme caso, vas a necesitar un lugar dónde relajarte. Además, dudo que la idea de dormir en la habitación de tu hermana te agrade mucho.

-Tienes razón.

De repente el comedor se quedó en silencio. Kagome desvió los ojos a la puerta y se le cortó la respiración: Sesshomaru, usando vaqueros y una camisa negra, se veía guapo, demasiado. Apretó la tela del vestido, maldiciéndose mentalmente por aquellos pensamientos. Era el esposo de su hermana, era viudo y la odiaba. Definitivamente no tenía suerte.

-Buenas noches –se sentó en el otro extremo de la mesa, lo más lejos posible de la copia. Le trastocaba hasta niveles insospechados su presencia—. Mañana vendré a dejar mis cosas. Regreso a la mansión.

-Ya era hora –Inu-Taisho hizo a un lado el azucarero para que la sirvienta pudiera colocar allí la bandeja con la comida—. ¿Cómo van las cosas en la oficina?

-Perfectamente –replicó sin despegar la mirada de la pared del fondo—. La deuda con Sengoku Hotels fue saldada en la tarde, pero no sé si Sango haya regresado al hotel en una pieza.

-Esa manía tuya de entregar los pagos en efectivo –Izayoi le pasó la cafetera—. Algún día van a matar a esa muchacha y todo será tu culpa. Deberías ser más cuidadoso.

-Sango sabe defenderse perfectamente, así que no le veo el problema.

Estiró el brazo para pasarle la cafetera a la copia, quien la recibió con manos temblorosas. Sus dedos se rozaron por unos segundos, corriendo por sus cuerpos una potente corriente eléctrica. Sus ojos se encontraron y todo su alrededor desapareció. Cuando el extraño momento de conexión desapareció una abrumadora certeza los invadió: eso iba a terminar mal.


Nos vemos...!