CAPÍTULO DOS

«Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante casco:

¡Polidamante! No me place lo que propones de volver a la ciudad y encerrarnos en ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros? […]».

Homero, La Ilíada

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Tenía que ser sincero consigo mismo, tal era su obligación como maestro.

Nessa había querido facultarse años atrás, pero no había estado preparada la primera vez, y tampoco lo estaba ahora. Pensó con rabia que el momento de los lamentos había pasado y que era hora de tomar cartas en el asunto, agarrar las riendas de aquel problema y encararlo como lo haría un caballero dorado.

Pero se sentía humillado. Nessa no había sido su alumna más prometedora, decir lo contrario equivaldría a mentir, pero tenía cualidades que él había arruinado. Entrenóla para convertirse en un soldado capaz de realizar las labores bélicas, pero no había sabido educarla ni atenderla.

Hacía meses que el hombre que hablaba con Buda se había dado cuenta de que, durante diez años, sus oídos estuvieron sordos y ciegos sus ojos a todas las advertencias y señales que la convivencia diaria hubo de sacar a la luz, pistas que habría reconocido con facilidad en el mismo desempeño de su cuerpo, si hubiese prestado un poco de atención.

De ser así, quizá se lo habría visto venir.

Hasta hacía muy poco, Virgo ni siquiera conocía el alcance de unas ansias de manumisión que más tarde detonarían algo en el interior de su joven alumna que la empujaría a una carrera por la libertad.

Lo había planeado todo en secreto. Cruzaría la frontera griega hasta llegar a Albania, desde donde se había propuesto tomar un ferry nocturno hasta la localidad italiana de Brindisi. Allí la esperaba una nueva identidad y un billete de avión que la transportaría a Sudáfrica.

Pero todo se había venido abajo. La gerusía del Santuario descubrió a aquellos que proveían ayuda desde fuera a los huidos y en tan sólo tres días destruyeron meses de preparaciones. Filtraciones, dijeron, y entregaron los informes. Así fue como Shaka se enteró de la traición, al leer el nombre de su alumna en la enumeración de los acusados, y sintió cólera y humillación. Nessa lo había expuesto a la deshonra por lo que le quedaba de vida, pues aquella era una mancha que ninguno de los presentes olvidaría.

Insumisa, maldita fuese.

Tras aquella primera toma de contacto con la verdad, se organizó un pleno al que acudió con la rabia hirviéndole en las venas y dispuesto a apoyar las medidas más duras contra los acusados. Pero al llegar allí, al sentarse entre aquellos hombres marchitos y de voces trémulas -aquellos hombres cuyas manos se agitaban, temblorosas, ante el mínimo ademán-, se sintió sobrecogido por un sentimiento que no había experimentado desde su más tierna infancia. El pesar.

El pesar de saberse cómplice de un accidente a cámara lenta. Traición, insubordinación y deserción con alevosía eran los cargos que se le imputaban y él por ese entonces los había encontrado justos, pero ser testigo de la fragilidad de aquellos hombres y la ligereza con la que condenaban a un ser humano sin ser capaces siquiera de oír sus alegatos le hizo darse cuenta de que no podía ser juez y parte de aquella calamidad.

Luego vino el arrepentimiento y la autocrítica, aunque no encontró respuestas a sus preguntas. Shaka no comprendía en qué podía haberse equivocado, por qué un método que había funcionado con sus otros alumnos no había tenido éxito con Nessa.

Gracias a que recapacitó, la salvó. Sus dudas y su negativa a condenar sin oír fue lo que le procuró el impulso que precisaba para hacerles frente y defenderla. Tomó para él la culpa, para mayores chanzas de sus compañeros y superiores, alegando falta de implicación. Les recordó cuán inusuales eran los dones de la muchacha y lo mucho que el Santuario los necesitaba.

A viva voz lanzó un alegato tan apasionado que las miradas reprobatorias y jocosas se tornaron interesadas por igual.

Nessa se salvó porque él así lo había querido. O quizá se había salvado porque él dudaba, ya poca importancia tenía para él.

Al cabo de horas, los asistentes fueron abandonando sus localidades pero no todos se retiraron a sus dependencias. Varios compañeros se sintieron en la necesidad de comunicarle con todo lujo de calificativos qué era lo que pensaban sobre él y sus opiniones. Traición es traición, decían, y no hay nada que pueda disculparla. Eso decían, pero él no estaba tan seguro. Por primera vez en la vida, el hombre más cercano a los dioses se encontraba en la difícil tesitura de la duda.

La noche de su llegada a la India supuso para él una nueva batalla entre sus sentimientos y convicciones. La muchacha había llorado y suplicado hasta enfurecerlo. ¡Qué triste y patético ser!, se había dicho, ¿por ésta he yo de sufrir la ignominia? En su fuero interno experimentó un ramalazo de desprecio por aquel ser humano tan débil que se había arrojado a sus pies entre ruegos.

Nessa era el símbolo de lo pálido y delicado, de lo débil y femenino; el constante recordatorio de por qué se había opuesto a tomar bajo sus alas a una chiquilla rubia de ojos inmensos.

Nunca hemos visto nada igual, le dijeron. Solo tú has sido como ella, añadieron luego para convencerlo. Y lo habían hecho, pero la niña que seis años después había pagado tan cara no había valido el total de su sacrificio personal.

Lo irritaba su bajeza, la forma en la que agarraba su mano como si no existiese mañana mientras arrojaba su llanto trémulo sobre ambos como una ominosa nube de patetismo. Shaka no entendía por qué ella temía tanto al destino.

Su constante temor, quizá aquel era el problema. Virgo había sido formado por hombres valientes para convertirse en un homoioi, un igual entre guerreros de élite que no temería a la muerte ni al dolor, sino a lo falible, a la deshonra. El miedo, el pesado miedo que exudaba el cuerpo de Nessa, le resultaba incomprensible y ofensivo.

Y lo enfureció más aún, aunque no lo exteriorizó delante de ella.

Después de un intercambio breve de palabras no hubo más conversación. Nessa se retiró a su habitación y él a la suya, donde apenas pudo dormir. Sus preocupaciones no le permitieron el alivio del sueño, tan hondas eran, y se dedicó a pensar largo y tendido en el futuro. Si la muchacha quería sobrevivir, debía obedecer y asimilar lo que no podía aprenderse. ¿De qué manera se inculcaba el valor, una cualidad inaprensible sino a través la ciencia infusa?

¿Había querido ser libre, tal vez, para dejar atrás la pesada carga de la responsabilidad y el miedo sin nombre? Ya no era posible y tenía que asimilarlo. Así pues, tomó la resolución más firme de su vida, la de obligarla a someterse a él, el maestro, y confesar lo que parecía corroerla.

Se revolvió en la cama, incómodo sobre un soporte espartano por primera vez en veinte años. Aquel sometimiento de la voluntad femenina debía llevarlo a cabo con una mano tan suave como el terciopelo y exenta de la rígida disciplina que hasta ahora había usado sin éxito. Tendría que ganarse la confianza de la muchacha muy poco a poco, desnudar su tierno corazón hasta desvelarlo y comprenderlo.

Todo un experimento por su parte. Shaka sabía que cada día supondría de ahora en adelante un nuevo aprendizaje por su parte, desacostumbrado como estaba a obrar de aquella manera, pero porque ella ―su primer fracaso― lo había deshonrado, lo haría. En secreto, se resarciría con su conciencia, se dijo.

Volvió a revolverse para darse la vuelta. Al otro lado de la delgada pared podía oír el llanto ligero de su discípula, un sonido que lo acompañó hasta bien entrada la madrugada.

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El dominó comenzó a piar.

La primera sensación que lo atravesó nada más abrir los ojos fue una punzante jaqueca que atravesaba su cerebro desde los nervios oculares hasta la base del cerebelo. La luz mañanera de una grieta de la ventana se filtraba para reposar directamente sobre su cara y sus córneas, poco acostumbradas a aquellas sensaciones visuales.

De vez en cuando había que desempolvar los sentidos, se dijo, pestañeando torpemente.

Su cuerpo respondió a los estímulos del dolor, y se llevó una mano a los ojos en un vano intento de mitigarlo.

La humedad de la atmósfera había tenido tiempo de metérsele en el cuerpo durante toda la noche. Sobre la piel rezumaba una espesa capa de sudor aceitoso que le resultaba de lo más desagradable.

Aún no había amanecido.

Se sentó pesadamente en el borde de la cama, reactivándose cuando sus pies desnudos tocaron el frío suelo de madera. Miró hacia la puerta de la habitación, bajo cuya rendija se deslizaba algo de luz.

Nessa estaba en la zona común. Sentía su cosmos oscilar suavemente, no había peligro.

Shaka se levantó de la cama. Caminó tranquilamente hacia la jofaina instalada en un pequeño aparador de la esquina sombría y húmeda de la habitación y se lavó la cara con agua helada. Su alumna debía de haberla provisto antes de su llegada, sin duda, pues ésta aún olía a río y el recipiente no tenía mácula.

Se secó con una toalla, apartando los largos mechones rubios de su rostro hasta recogerlos hacia atrás pulcramente. Tras vestirse con las ropas del día anterior, agarró con una mano la bolsa de viaje, ya prácticamente vacía, y salió de sus dependencias.

En algún momento entre el giro del pomo y la apertura de la puerta, había cerrado los ojos.

La encontró, más bien la sintió, cerca de la entrada. Shaka no podía verla, pero su cerebro dibujaba perfectamente su posición a partir del flujo de cosmos que le llegaba a través de las pulsaciones del espacio. Rígidas las piernas, dobladas en posición de loto, apretaba la joven la mandíbula para enmascarar la frustración. Shaka cruzó los brazos sobre el pecho, percibiéndola con toda nitidez. Era una muchacha ágil a la que los años de entrenamiento habían dotado de una gran flexibilidad y músculos tonificados.

El haz de cosmos osciló ―y luego resplandeció― cuando ella abrió un ojo. Un iris azul cristalino se posó sobre el hombre que se elevaba sobre la tierra. El maestro no había encendido su cosmos dorado, pero ella, que había entrenado la mente y el alma para ver más allá de lo terrenal, lograba ver sus reminiscencias. Un halo moribundo que se extendía a su alrededor como un aura y que le otorgaba un aspecto casi divino.

El poder de Shaka nunca había dejado de robarle el aliento. En comparación, su tímido cosmos era apenas un brillo opaco.

―Nessa.

Su nombre, pronunciado suavemente por aquella voz conocida, tuvo el poder de sobresaltarla.

―Maestro ―Nessa bajó la mirada e inclinó la cabeza hasta tocar el piso. Era un gesto ritual a aquellas alturas de su convivencia. Shaka hubo de leer la firma de su cosmos, pues ya no había pendientes que la delataran con su tintineo cuando ella se inclinaba o agitaba la cabeza.

Nessa dirigió la mirada a la bolsa de viaje.

―¿Va al río?

―Sí ―Shaka se colocó la bolsa al hombro―. Acompáñame, ya que estás levantada. Hablaremos de cómo serán las cosas de aquí en adelante.

―Sí, maestro ―la joven se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo de los muslos con nerviosismo.

Shaka no esperó a que ella recogiese su máscara ni a que se la pusiera. Con paso tranquilo salió de la cabaña en dirección al río, convencido de que ella lo seguiría tarde o temprano.

Frunció el ceño sobre sus párpados cerrados, reflexionando en silencio hasta que la oyó caminar a sus espaldas y dijo en voz alta:

―De ahora en adelante usarás siempre la máscara.

La oyó tomar aire por la boca, una inhalación no demasiado brusca que le reveló su inquietud. Él había permitido en el pasado que su alumna abandonase la práctica de la máscara en la soledad de aquellas montañas, puesto que se habían tenido el uno al otro como única compañía. Él, cuyos ojos raramente abría, jamás había contemplado sus facciones femeninas; la negación de la máscara nunca había sido un problema. Ahora, la confianza se había roto y saber que el metal no ocultaba su rostro traidor lo molestaba.

Ya era de día cuando alcanzaron su destino.

El murmullo del río atrajo su atención. El mundo de oscuridad en el que se hallaba sumido se iluminó cuando el resto de sus sentidos pintaron en el seno de su cerebro una imagen clara y técnica del entorno. Shaka sentía en blanco y negro lo que el resto de los mortales veían a todo color, pero aquella privación de estímulos prescindibles tenía grandes ventajas. Le permitía conocer con todo detalle el fluido cósmico que latía en el aire, la tierra y el agua; así sabía dónde estaba el oso, en qué rama piaba el zorzal y bajo qué roca se entretenían en desovar los peces gatos.

Esa vez también lo ayudó a darse cuenta de que su alumna se había sentado al borde de la ribera y se afanaba sobre un cuenco de madera. Su cuerpo se inclinaba sobre el trabajo de sus manos, que movían una pieza larga y bulbosa de madera sobre la base del mortero.

Nessa hacía jabón. En su exilio voluntario, Shaka había aprendido el arte de la alquimia botánica, un conocimiento que había logrado legar con éxito en tan sólo uno de sus discípulos. Su corazón se suavizó durante unos instantes al pensar cómo aquella muchacha había absorbido la sabiduría de sus palabras.

Se desnudó, su cuerpo joven y atlético quedó libre de todo ropaje. De repente, se sentía tenso. No sentía pudor ni vergüenza de exhibirse delante de Nessa con sólo su propia piel como vestidura, y no habría sido la primera vez que ella veía algo más que vello rubio y músculos endurecidos por la vida militar, pues durante los primeros años de su entrenamiento, los aprendices asistían a sus maestros en todos los aspectos de la vida cotidiana, relevando así a las sacerdotisas consagradas en las tareas de mayor sencillez, pero también de las más íntimas. Así aprendían los principios de humildad y servicio, y desarrollaban un lazo de lealtad con sus superiores. Sin embargo, y aunque no se debía al pudor, el aire era ahora pesado entre ellos.

Shaka se centró en el aura de su alumna durante unos breves instantes, recordando distraídamente todos aquellos años de obra y servicio. Ni una sola vez se había sentido incómodo con sus manos sobre su cuerpo; ni una sola vez había pronunciado ella queja alguna. El silencio había presidido aquellos momentos íntimos de escasa complicidad, pero él no los había juzgado difíciles.

Shaka suponía que era lo que ocurría cuando alguien se sentía traicionado. Llegó a aquella conclusión con cierto asombro, maravillado a su pesar de cuánto era capaz de sentir a pesar de su cultivada ecuanimidad.

Estiró los brazos a los lados para deshacerse de la sensación de incomodidad que ese descubrimiento le producía. La luz del sol besó su amplio tórax, cuyo vello relució como si fuese oro salpicado por la lisa y blanca piel.

Así, desnudo como había nacido, se internó en las frías aguas del río. Mientras se lavaba, oyó cómo su alumna se sentaba delicadamente en el borde de una roca.

―Supongo que estás ansiosa por conocer la nueva dinámica ―dijo, enjabonándose el pelo con la solución que ella había preparado a partir de la hierba jabonosa que crecía en las orillas.

―Muy ansiosa ―admitió, inclinando la cabeza.

Shaka se tomó su tiempo antes de volver a hablar. Aclaraba la larga cabellera bajo el gélido torrente que caía por uno de los pequeños desniveles rocosos cuando se decidió a intervenir de nuevo:

―No volverás a abandonar la máscara en mi presencia, aunque sea incapaz de verte. Esa es la primera regla que obedecerás; se acabaron las frivolidades a las que estás acostumbrada.

La muchacha se llevó una mano a la garganta, una clara señal de malestar, pero asintió pesadamente con la cabeza.

―Estudiarás, entrenarás y meditarás bajo mi supervisión; si ha de ser desde el principio, que así sea. Nada de gimoteos, ¿está claro?

―Como el agua, maestro ―respondió con su vocecita baja y alicaída.

―¿Es acaso insolencia lo que oigo en tu voz?

El sonido ahogado de una garganta que se agitaba le dio la respuesta. Shaka escurrió su larga melena, no demasiado satisfecho al comprobar que su atrevida aventura no la había despojado de la debilidad de carácter que la caracterizase.

―Eso me parecía… ―replicó, y luego añadió―: No soy tu enemigo, Nessa, quiero ayudarte; pero eso sólo será posible si me dejas ―nadó hasta la parte más profunda del cauce, donde el agua cubría ya sus caderas finamente esculpidas y el discreto ombligo.

Al darse la vuelta, su atención fue atraída hacia la alicaída silueta de su discípula. Shaka la observó con sus sentidos auxiliares, sopesando sus próximas palabras.

Pero se dio cuenta de repente de que no sabía qué más decirle.