Stars in our own Sky

Lore-chan


Dos: Un meteorito entre las estrellas.


Sintió algo suave rozarle la mejilla, se rascó en medio del sueño.

Joe rie suavemente mientras vuelve a pasarle por la misma zona una rosa de color rojo furioso. Mimi volvió a rascarse y se da media vuelta destapándose en el proceso.

Se sienta junto a ella, mirándola dormir. La tapa ya que la madrugada esta fría.

A pesar de haber estado en doble turno, no tiene tanto sueño como pensó que iba a tener. No tenía pensado no volver a casa en dos días, pero ahora que era el sustento principal del hogar y que, además, le había pedido matrimonio a Mimi, no quería que nada le faltase.

Sabía que ella estaba estresada porque no encontraba trabajo, pero él podía mantenerlos a ambos sin problemas. Mas sabía que Mimi era quisquillosa y no iba a quedarse tranquila hasta encontrar uno.

Se rasca los ojos, el sueño comienza a visitarlo de pronto. Deja la rosa en la mesita de noche de la castaña para que cuando despierte sea lo primero que vea, va al baño a lavarse los dientes para acostarse.

Para cuando vuelve, con su pijama puesto, el amanecer está ya asomándose por la ventana con sus colores. Se acuesta con cuidado, para no despertarla y se acurruca contra su espalda pasando su brazo por su cintura.

Era todo lo que necesita para dormir bien.

.

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Abrió los ojos de a poco, sonriendo en el acto al sentir que él la estaba abrazando, al fin, odiaba dormir sola. Enfocó mejor y allí a pocos centímetros una rosa roja le daba los buenos días.

Quiso volver a sonreír, pero lo único que sintió, esta vez, fue culpa.

Había estado todo el día anterior con Yamato, en su departamento, casi se besaron antes de almorzar. No era la primera vez, algo magnético tenía el rubio que ella no lograba mantenerse lejos de él.

Quería saber cómo sabían sus labios, pero no podía… no debía. Él también lo sabía, por eso muchas veces se alejó sin concretar.

Si lo llegaba a hacer la culpa la iba a seguir, hasta provocar o, hacerla confesar o romper con Joe. Bueno las dos consecuencias iban a dar al mismo fin.

Tomó la rosa y la olió cerrando los ojos y lo único que vio fueron unos ojos azules sobre los suyos a centímetros de su boca.

Esto va a terminar mal… tengo que alejarme de él.

Dio media vuelta, de cara a su prometido, para así poder acariciar sus cabellos con delicadeza, sonrió de lado… se veía tan bien sin lentes. Se acercó un poco y rozó sus labios, fue mínimo, pero ella notó que tembló al hacerlo. Él se removió y abrió uno de sus ojos… al verla allí la apretó más contra su cuerpo depositando un beso en su frente.

—Lamento haber tomado el segundo turno – susurró.

—No lo sientas – Mimi acarició su mejilla con cariño – Aunque para la próxima ocasión me gustaría que me preguntaras antes. No me gusta dormir sola.

—Prometo hacerlo. Tampoco me gusta que duermas sola.

Estaba cayendo por segunda vez en las redes de Morfeo, pero la voz de Mimi interrumpió la caída.

—¿Joe?

—¿sí?

—Te amo, te amo mucho – sintió un nudo en su garganta. Muy dentro de su corazón sabía que se lo estaba diciendo porque se sentía mal de haber estado con Yamato.

Lo sentía, sí, pero necesitaba quedar tranquila consigo misma.

—Y yo a ti, Mimi. Te amo.

.

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—¿Te gustan estas?

Mimi alzó el computador en dirección a Joe que estaba en la cocina sacando una pizza del horno. Había despertado hace un par de minutos y se encontró con el exquisito aroma de una pizza hecha por su prometida.

—Prefiero las azules, ¿Azucenas?

—No, lirios.

—Se parecen bastante.

—¡Son muy diferentes!

Dejó el computador nuevamente sobre la mesa del comedor y el Kido llegó a los pocos minutos con dos platos, se sentó en la silla contigua, pero eso no le gustó a Mimi, se levantó de su propia silla y se sentó sobre sus piernas pegando su espalda a su pecho. Él subió un poco su ya corto cabello y depositó un beso en el inicio de la nuca mientras que con una de sus manos se acercaba un trozo de pizza a la boca.

—¿No deberíamos estar viendo las invitaciones, antes de ver las flores que adornarán las mesas?

—Ya las elegí.

Joe se atoró y comenzó a toser.

—Es broma, tonto – rio Mimi echando la cabeza para acomodar su mejilla con la de él– Me gustaron esas blancas con bordes verdes.

—Sí, eran bonitas. ¿Tenían una cinta plateada?

—¡Sí, esas! – la castaña buscó las fotos dentro de los archivos de la computadora hasta que dio con las invitaciones de las que hablaban.

—¿Cuántos invitados contamos la última vez?

—250

—¡¿Tantos?! – los lentes del peliazul resbalaron por su nariz.

—Podemos dejar afuera a tus compañeros de la universidad, mis ex compañeras de trabajo y uno que otro familiar desagradable – comentó ella rozando la piel de su mentón con la mejilla de Joe.

—¿Contamos a Yamato, cierto? ¿Y a su hermano y novia?

Mimi abrió los ojos de pronto, sintiendo una punzada en el pecho.

Se enderezó y cogió un trozo de pizza para comenzar a comer con rapidez mientras avanzaba en fotografías del centro de eventos que habían elegido para la recepción de los invitados, la cena y posterior celebración.

Eran en esos momentos, en que ella odiaba que Joe y Yamato se llevaran bien. Que se juntaran algunas tardes en el departamento del rubio a conversar, a veces solos, otras los acompañaba Takeru, el hermano menor del Ishida, pero siempre que subía un piso, llegaba tambaleándose afirmado de su vecino.

El alcohol no era el fuerte del Kido, caía fácilmente con pocas copas.

—Sí, lo está – dijo finalmente la castaña incómoda – pero quizás no esté en Japón para esa fecha, recuerda que viaja a Estados Unidos por su trabajo.

—Sí, tienes razón. Le preguntaré si para el primero de agosto estará acá.

Con las invitaciones listas, siguieron con el fotógrafo. No fue difícil, la hermana de uno de los vecinos del piso 10 lo era, así que verían cuánto les cobraría. Después de ello, la música… la elección del menú y otros asuntos varios.

Para cuando tenían la mitad lista, la pizza se había acabado.

—Tengo prueba del vestido este viernes en la mañana – comentó Mimi cambiando de posición para sentarse a horcajadas sobre Joe.

—¿Vas a ir con tu mamá?

—Sí y con MeiMei – depositó tiernos besos en el cuello de él que reaccionó llevando sus manos a la espalda de la Tachikawa. Las metió bajo su camiseta, acariciando su piel – También voy a elegir la ropa interior que ocuparé – susurró en su oído generándole un escalofrío.

—¿Con portaligas y todo? – preguntó y mordió el lóbulo de oreja.

Mimi asintió con cara traviesa para luego darle un profundo beso, que con el correr de los segundos provocó que el ambiente subiera de temperatura. Ella gimió cuando Joe metió sus manos bajo su vestido para tocarla sobre la ropa interior. La castaña no perdió tiempo se levantó un poco y bajó los pantalones de algodón que ocupaba para estar en casa. Se volvió a sentar, pero esta vez comenzó a rozarse contra su sexo desnudo. Él soltó varios gemidos roscos apretando los muslos de la castaña con deseo. Le sacó su blusa y para cuando iba a desabrochar su sujetador, el timbre los interrumpió.

Se miraron el uno al otro.

—¿Invitaste a alguien?

Mimi negó.

Se levantaron arreglándose las ropas. Para cuando sonaba por segunda vez, Joe ya abría.

—Hola Yamato – saludó el doctor estrechándole su mano.

La castaña, que llevaba los platos usados a la cocina, hizo un estruendo cuando éstos le resbalaron de las manos, rompiéndose en el acto.

—Deja ahí - pidió el de lentes – te puedes cortar. Yo lo recojo.

Mimi, se acomodó el cabello tras la oreja, saludó a Yamato sin dedicarle ninguna sonrisa y fue a encerrarse al dormitorio, alegando frio y que se abrigaría.

Joe hizo pasar a su vecino el cual se sentó en el sillón del salón.

—¿Cuándo llegaste? – preguntó el Kido mientras recogía, literalmente, los platos rotos.

—Hace un día – sus ojos estaban clavados en la puerta cerrada que daba a la pieza de la pareja.

—¿Extrañabas? Estuviste seis meses afuera… cada vez te vas por más tiempo.

—Sí, extrañé demasiado – contestó esperando que sus palabras atravesaran la madera que lo separaba de Mimi.

Adentro, Mimi estaba sentada en el borde de la cama, oyéndolo, escuchando su voz aterciopelada. Podía sentir hasta la profunda mirada azul de Yamato en ella. Se cruzó de piernas, cerró los ojos.

Ya no había calor para Joe, sino que el calor que sentía en todo el cuerpo era para él.

Se maldijo, otra vez, ¿Por qué? ¿Por qué tenía que provocar esos sentimientos en ella? ¿Por qué durante todos los meses que estuvo fuera no pasó un solo día sin que no pudiera no pensar en él?... en sus canciones a horas tempranas, mirando el balcón a cada instante, esperando encontrarse con una de sus colillas.

¡Basta!, se dijo a sí misma, ¿Qué vida le iba a dar una persona que iba a estar con ella quizás cinco meses al año?, lo máximo que Joe había estado lejos de ella, fueron siete días y fue debido a una convención de medicina en otra ciudad y en cuanto volvió Mimi le hizo jurar que no habrían otras convenciones tan lejanas porque lo extrañó como si se hubiera ido del país por un mes completo. Si eso pasó con apenas siete días, ¿Qué le esperaba a ella si tenía que aguantar seis, siete u ocho meses?

Se levantó, enojada consigo, se sacó la ropa solo para volver a vestirse con un corto vestido color mostaza, medias negras y botas altas. Se colocó un abrigo de patrón escoces con colores otoñales y abrió la puerta del dormitorio a medida que colocaba un gorro de caída francesa sobre su corto cabello.

Yamato fue el primero en verla y, por más que trató no pudo sacarle los ojos de encima.

Joe, que traía dos tazas de café en sus manos tuvo que hacer malabares para que éstos no se le cayeran.

—Voy a salir – anunció sonriendo de la mejor forma – me llamó Meiko y me pidió ayuda con unas compras.

—Las llaves del auto están en mi chaqueta – indicó su prometido que se acercó a su rubio vecino para entregarle uno de los cafés.

Ella se devolvió a la habitación y a los segundos ya salía otra vez. Besó a Joe por un tiempo que el peliazul encontró excesivo y se despidió fríamente de Yamato.

—¡Diviértanse! – exclamó antes de cerrar la puerta.

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Mimi caminó con decisión por el estacionamiento en búsqueda del auto de Joe, no había encontrado una mejor excusa para escapar de su presencia. Meiko ni siquiera estaba en la ciudad, estaba en Tottori visitando unos parientes. Pero necesitaba salir de allí.

Sólo dos días en Japón le tomaron a Yamato para poner todo de cabeza y que ella dudara una vez más de sus sentimientos.

Esa fue la causa principal de porqué poco más de seis meses atrás, las discusiones, las diferencias junto con la lejanía física y sentimental con Joe, pusiera en jaque su relación. Llegaba del trabajo, por ese entonces, aún tenía, y sabiendo que el Kido estaba en turno subía un piso más. Se quedaban horas conversando, riendo, cantando.

Si ella estaba muy cansada, era Yamato quien bajaba.

En una de esas tantas juntas él la besó en la mejilla, era un beso que conllevaba otra intención y no solo sellar la promesa de traerle algo del espacio cuando volviera de Estados Unidos. Se habían mirado, se acercaron, casi rozaron sus bocas cuando la puerta del departamento se abrió y entraba Joe cansado.

A esa oportunidad, le siguieron otras y otras y otras. Ninguno de los dos era capaz de terminar no lo que empezaban.

La actitud esquiva de Mimi, terminó por cansar a Joe. No dijo con todas sus letras "hemos terminado" pero el que comenzara a dormir en el sillón y el que no se hablaran entre ellos era el inicio del fin.

—Me voy en dos días a Huntsville, Alabama. Trabajo administrativo, pero serán cinco meses por lo bajo.

Mimi estaba en su balcón y en cuanto oyó la noticia bajando desde el piso nueve, se tapó la boca sin saber qué responderle.

—¿No me dirás nada? – Yamato sólo podía ver su cabeza y sus largos rizos que se mecían con la ventolera de la tarde.

—¿Suerte? – le dijo sin muchas ganas.

Él suspiro. Claro que esperaba algo más que un frío "suerte".

—¿Siguen las cosas mal entre tú y Joe?

—Sí, sigue durmiendo en el sofá. Ya ni hablamos, no saluda cuando llega ni se despide al irse… siento que todo va a terminar pronto.

—Lo… lamento – pero no estaba seguro si en verdad lo sentía.

No volvieron a hablar.

Ese día su palabra "Suerte" fue su adiós.

Yamato se fue de madrugada y, aunque, sabía que Joe estaba de turno y que ella estaba sola en su departamento, no fue capaz de tocar a su puerta.

Quizás, seis meses fuera lo ayudarían a aclarar qué sentía por ella y, si cuando volviese, ella estaba sola, sería todo más fácil.

Qué equivocado estaba.

Con la partida del rubio, Mimi necesitó más de Joe y solo dos semanas demoró en hacerlo volver a dormir con ella, se disculpó por su actitud y después de quedar sin trabajo volcó toda su atención hacia su novio. Pensaba en Yamato, de vez en cuando, pero ella había tomado una decisión. Una que llego acompañada con un anillo de compromiso a finales de enero, exactamente cuatro meses después de la partida del Ishida.

Esos seis meses fueron, en términos de su relación con Joe, excelentes, volvieron a conectarse y el matrimonio, los tenia a ambos entusiasmados, pero, en cuanto Mimi, vio esa colilla en su balcón todo su mundo perfecto se derrumbó.

Y volvió a caerse, la tarde anterior, en el sillón del rubio cuando, una vez más casi se besan.

Mimi abrió la puerta del auto color blanco de Joe, pero una mano la cerró con violencia.

Dio un respingo cuando al voltearse, Yamato estaba casi sobre ella. Él, aún, tenía la mano afirmada en el auto y ella se sentía pequeña entre el automóvil y el cuerpo de su vecino.

—¿Vas a seguir esquivándome? – Yamato estaba molesto y su voz lo demostraba.

—No lo estoy haciendo, por si no escuchaste alguien me está esperando.

—Ah… Meiko – comentó con una risa burlona – curioso… porque ayer cuando hablamos me dijiste que estaba en Tottori y no volvería hasta el viernes.

Mimi frunció el ceño, bajando la mirada.

Había olvidado por completo que ayer habían estado hablando de ella.

—¿Qué hacemos, Mimi?

—¿Qué hacemos? – ella volvió a mirarlo y esta vez los ojos de Yamato mostraban incertidumbre. Ya no estaban molestos, ni nada que se acercase a ese sentimiento.

—¿Vamos a seguir negando lo que nos sucede? ¿Lo que pasa cada vez que estamos solos?

—Estoy comprometida – le dijo colocándole, en la cara, el anillo y pareciese que quisiese llorar por verlo puesto en su propio dedo.

Yamato tomó su mano y le sacó el anillo con poca delicadeza para después guardárselo en el bolsillo de su abrigo escocés.

—Ya no lo estás… ¿Vas a continuar en negación? Porque yo ya me cansé.

Colocó ambas manos en el auto y se pegó al cuerpo de Mimi, que tiritaba.

—Para ti es fácil – la voz de la castaña era suave y tranquila, aunque por dentro estaba nerviosa – sí, pasan cosas entre nosotros cuando estamos solos. Ahora mismo, suceden cosas. Pero, soy yo quien pierde en esto este juego o como quieras llamarlo. Joe es maravilloso, sería una mentirosa si dijese lo contrario. Tú… - miró a sus ojos azules y quiso arrancárselos para no sentirse tan débil ante ellos - … tú desapareces por meses, Yamato. ¿Cuántas veces no me has dicho que tu trabajo para ti es lo primero? ¿No fue esa la causa de tu rompimiento con Sora?... ella te pidió elegir y tú elegiste tu trabajo. Si yo te hiciera elegir, ¿Me elegirías a mí?

Él guardó silencio. Se había hecho esa pregunta muchas veces, pero es que él, en verdad, amaba lo que hacía y habían solo dos opciones: la primera renunciar y quedarse en Japón por algo que no sabía si iba a funcionar o la segunda irse y pedirle que lo siguiera, pero eso también conllevaba a que estuviera meses sola en Estados Unidos.

—No lo sé - respondió tras dudar en decirle "no".

—Sí, suceden cosas Yamato, entre tú y yo, pero no son lo suficientemente fuertes como para tú elijas quedarte y como para que yo te elija por sobre Joe.

El rubio se alejó de ella y así Mimi tuvo el espacio suficiente para poder abrir la puerta sin problemas.

Yamato no dejó de verla hasta que el automóvil blanco desapareció en una de las esquinas del estacionamiento.

Tenía razón, no era lo suficientemente fuerte. Él no iba a dejar su trabajo y no podía ser tan egoísta de hacerla ir con él a una constante incertidumbre.

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Los días pasaron, Mimi evitaba salir al balcón, Yamato pasó un par de días donde su hermano menor y la novia de éste.

Ella, las tardes las ocupaba en revisar detalles de su matrimonio, a veces estaba Joe, a veces, no, pero al menos su prometido esos días nos había tomado turnos de noche y le tranquilizaba pensar que dormía con él y que no iba a dar vueltas en la cama mirando el techo sabiendo que Yamato estaba en su propia cama a metros de altura.

El jueves, todo cambió, Joe estaba volviendo al departamento, recién había dejado su maletín en una de las sillas del comedor cuando su teléfono comenzó a sonar de aquella forma. De esa que indicaba una emergencia y que lo necesitaban en la sala de operaciones lo antes posible.

Mimi se mordió el labio, porque sabía que eso significaba tenerlo más de un día fuera.

La besó rápidamente, primero en los labios, luego en la frente y le prometió que le enviaría un mensaje en cuanto pudiera para desearle las "Buenas Noches".

En cuanto la puerta se cerró, se hizo un ovillo en el sillón y se acomodó la manta que la abrigaba. Prendió el televisor solo para que hubiera ruido, para no sentirse sola. Odiaba la soledad.

Le diría a Joe que sería una buena idea adoptar una mascota, al menos eso la distraería de su cesantía.

Iba a ir por su computador para visitar alguna de esas páginas en Facebook donde rescatan animalitos y encontrar alguno que le dijese "llévame" cuando un fuerte sonido desde el piso de arriba la hizo saltar. Algo se estrelló contra el piso, luego otro y otro ruido.

Salió corriendo al balcón y llamó a Yamato, pero éste no respondió.

Preocupada, entró a su departamento, cogió las llaves y salió disparada a las escaleras de emergencias, era mucho más rápido subir un piso por ellas a esperar el ascensor.

Cuando abrió la puerta de emergencia del piso nueve, corrió hasta el departamento de Yamato. A centímetros de llegar, la puerta del piso del rubio se abrió del golpe y lo último que alcanzó a ver fue a un hombre de casi dos metros que la estrelló contra la pared tan fuerte que se golpeó la cabeza y perdió el conocimiento.

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Escuchaba voces a su alrededor.

Estaba segura que una de ellas era la del administrador y la otra era de Yamato, discutían algo acerca de un asalto y que el sujeto había sido atrapado a pocas cuadras del edificio. También oyó que todos deberían reforzar las puertas ya que era el quinto atraco en tres meses, no era mucho, pero era para preocuparse.

Abrió los ojos, un dolor en la nuca la hizo llevar su mano hacia la zona notando que se le había hecho un huevo de mediano tamaño. Miró la habitación y supo de inmediato que era de Yamato, todo decorado de blanco y negro a excepción del edredón que era azul.

La puerta se abrió y el haz de luz que entró al oscuro dormitorio la hizo entrecerrar los ojos.

—Hola – sonrió él y Mimi notó de inmediato un apósito que cubría todo su antebrazo izquierdo - ¿Mejor?

—¿Estás bien? – preguntó apuntando su brazo.

—Sí, es solo un corte – entró a la habitación y se sentó a su lado – Te dije que no subieras.

—No te oí… te grité por el balcón, escuché muchos ruidos. Cosas cayendo…

—Venía llegando de casa de Takeru, abrí la puerta y me lo encontré de frente. Empezamos a forcejear y en uno de esos tantos forcejeos me hizo un corte, no es profundo así que sobreviviré – rio – cayeron algunas cosas, por supuesto, oí cuando me llamaste y te respondí que no subieras… pero, aquí estás… no me escuchaste.

—Era gigante – fue lo único que pudo decir la castaña.

—No, tú eres muy pequeña – se burló tocándole la punta de la nariz.

Prendió la luz de su mesita de noche y de pronto muchas estrellas iluminaron el techo de la pieza.

Mimi quedó absorta mirándolas, lo hizo de la misma forma que miraba las luces en su balcón.

—Sin reírse – advirtió Yamato – sé que son luces de niño, pero en verdad el cielo, el espacio, las estrellas… me tienen un poco obsesionado.

—Me encanta – susurró ella, cual niña que va al planetario por primera vez.

Él sonrió enternecido, pero tuvo que volver a la realidad.

—Fui a tu departamento y no había nadie. Llamé a Joe, pero su celular me mandó al buzón de voz.

—Está en una emergencia, debe estar en cirugía – contestó Mimi sin dejar de mirar el cielo.

Las manos del rubio fueron más rápidas que sus propios pensamientos. Acarició la mejilla con cariño que Mimi respondió cerrando los ojos y disfrutando de la caricia.

Estuvo tres días sin verla y parecieron una larga estadía en USA, cada día que pasó se preguntaba si podría dejar su trabajo por ella. Y la respuesta se la dio su hermano, que a veces, solo a veces, era incluso más maduro que él: JAXA. En ocasiones, se sentía idiota… lo más obvio se escapaba a sus ojos.

Mimi abrió sus ojos y suspiró, sin notarlo, al ver los ojos azules de Yamato sobre ella.

Para ella esos tres días tampoco fueron fáciles y estuvo sin su anillo de compromiso, el cual aún estaba guardado en el bolsillo de su abrigo escocés.

—Quédate conmigo – pidió el rubio para sorpresa de Mimi que abrió los ojos sin poder creerlo.

—Pero…

—Te juro que si no te quedas conmigo voy a llenar de colillas tu balcón y cantaré a todas horas, amplificador incluido, hasta que te canses y me digas que sí.

Ella rio negando.

Yamato abrió el primer cajón de su mesa de noche y extrajo algo pequeño, del porte de la palma de la mano de la castaña, envuelto en tela.

—Demoro, pero cumplo mis promesas – abrió la mano de Mimi y depositó una piedra, al parecer de ella, muy pesada de color cobrizo – es un meteorito, una parte, claro, pero directo del espacio. Como me lo pediste hace seis meses.

—Es… feo… - comentó ella provocando que Yamato riera en voz alta.

—Hay cosas más lindas acá en la tierra – murmuró él. La tomó de la nuca con cuidado y la fue acercando a medida que él hacía lo mismo.

—Yamato… Estoy comprometida.

—No veo tu anillo, lo siento.

Cruzó la línea, esa interpuesta entre ambos por años, y la besó de lleno en los labios. Ambos abrieron sus bocas al mismo tiempo, permitiendo profundizar el beso, gimieron al instante en que sus lenguas hicieron contacto.

Mimi, dejó el meteorito en la mesa de noche que se perdió entre las estrellas que seguían reflejándose en la pared y en el techo.

Yamato cayó de espaldas en la cama trayéndose consigo a Mimi. Tomó su rostro y la beso por todo el tiempo que pudo, hasta que se tuvo que separar para respirar.

—Esto está mal – susurró la castaña contra los labios de él.

—No – refutó – siempre ha estado bien.

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Eso por hoy,

Nos leemos! :)