La odiaba. La odiaba con toda su alma. Más de lo que nadie podría llegar a imaginar nunca. Más que a nada, más que a nadie. En sus mejores sueños se limitaba a desearle el mayor de los males, pero en sus peores pesadillas, donde más la odiaba, le deseaba la más terrible de las muertes. Y sabía que eso se acentuaría a partir de entonces.
La torre estaba completamente en silencio, se notaba que toda la población estaba en los salones reales, disfrutando de la fiesta. Sonrió, era su gran oportunidad, y la oscuridad de la noche la ayudaría. Bajó la escalinata lentamente, consciente de que sus pasos resonaban por toda la torre y que quizás, sólo quizás, Maeglin seguiría en sus estancias y podría oírla. Claro que no pensaba que eso fuera muy importante, el elfo no le diría nada, probablemente sólo pensaría que estaba afligida por lo ocurrido hacia apenas una hora.
Cuando estuvo fuera de la torre, miró hacia ambos lados, comprobando que, realmente, no había nadie en la Plaza del Rey. Moviéndose entre las sombras, como si de una fugitiva se tratara, fue recorriendo los rincones de la plaza acercándose a su destino: los establos. Se quedó quieta frente a las puertas, reprimiendo lo que probablemente sería una sonora carcajada; pero finalmente entró, y una vez dentro, cogió un gran cubo de agua y lo vació, y una vez vacío, empezó a buscar.
A pesar de que no había estado muchas veces en los establos, no le costó demasiado encontrar lo que buscaba: la boñiga. Vio una pala y se dedicó a llenar el cubo con ella. Apestaba. Tuvo que coger un pañuelo y taparse nariz y boca con él, pues el olor era casi insoportable, y cuánto más lleno estaba el cubo, más apestaba.
Cuando dio por terminada la tarea, abandonó los establos y corrió hacia la Torre del Rey tan rápidamente como sus piernas y el peso del cubo le permitieron. Entró en las estancias de las doncellas y robó tijeras, hilo y aguja, y a continuación se encerró en las estancias de la princesa.
Apuñaló varias veces el colchón con las tijeras, dejando agujeros de distinto tamaño y profundidad, y poco a poco fue llenándolos de excrementos. "No sabe lo que le espera", pensó con una alegre sonrisa en los labios. Tras haber cosido todos los agujeros que había hecho, vio que sólo había conseguido vaciar la mitad del cubo, por lo que se dispuso a abrir el armario de la princesa y ensuciarle los vestidos. "Tendrá que tirarlos", se le escapó en voz alta, pero estaba sola, así que no le importó. Vio que aún le quedaba, por lo que fue directamente hacia el tocador y, sin pensarse lo dos veces, cogió un bote de perfume. Era opaco, por lo que era imposible que se viera el contenido. Con una leve sonrisa en los labios, salió con el bote al balcón y escuchó. La música aún se oía, y la plaza seguía vacía, por lo que Anshila supo que con toda probabilidad, aún tenía unas cuantas horas. Vació el bote por el balcón, y fue a por un cuenco de agua. Cuando volvió, llenó el bote con el agua y el estiércol, haciendo una pestilente mezcla que al día siguiente rociaría a la princesa. "Mi amado, ni nadie, se le querrá acercar", pensó con una risita.
Y cuando el cubo estuvo vacío, lo tiró por el balcón, eliminando la única prueba del delito que acababa de cometer, y abandonó la estancia para regresar a la fiesta.
Idril conversaba animadamente con su padre, ambos se alegraban de que Maeglin hubiera encontrado a una chica con la que quisiera compartir su vida, aunque eso sorprendía a Idril, pues no mucho antes había manifestado interés en ella. Aún así, prefirió guardar el secreto, su padre se llevaría buen disgusto de saberlo, y no era necesario. A pesar de estar inmersa en la conversación, se dio cuenta de que Anshila volvía a la fiesta, y que parecía animada. "Mira", le dijo a su padre, señalándola con la mirada, "parece contenta", puntualizó después. El rey asintió brevemente. "No veo a Maeglin, puede que esté cansado, deberías ir a buscarle Idril, ya sabes que debería quedarse hasta el final de la fiesta".
A la princesa no le gustó la idea en absoluto, pero aun así obedeció, tal y como se esperaba de ella. Abandonó la gran sala donde el baile continuaba y se encaminó hacia la Torre del Rey. La miró unos instantes antes de entrar, la gran torre era digna de ser una de las maravillas de Gondolin, su padre había hecho un gran trabajo.
Cuando llegó a las estancias de su primo, llamó a la puerta, y al ver que nadie respondía, se atrevió a entrar sin su permiso. Lo encontró profundamente dormido en la cama, sin haberse parado a cambiar sus ropas de fiesta por las de dormir ni haberse tapado con las sábanas. La elfa se acercó a él y acercó una mano a su brazo para despertarlo suavemente. "Realmente es atractivo, tiene más de noldo que de teler", pensó con una leve sonrisa y no pudo evitar imaginarlo en el altar al lado de Anshila, estando ella y su padre en primera fila, celebrando la unión de los dos elfos. La imagen no le gustó, al contrario de lo que opinaba su padre, Maeglin debía casarse con alguien digno de su posición, igual que haría ella algún día.
Tan pronto como sintió el contacto, el elfo abrió los ojos y le sonrió. "Idril… No te esperaba", le comunicó. "Mi padre dice que deberías volver a la fiesta y quedarte con nosotros hasta que termine", dijo suavemente, consciente de que seguía medio dormido. Él la cogió tiernamente por la muñeca. "No quiero bajar todavía, Idril, yo…", dejó la frase suspendida en el aire, con miedo a seguir hablando. Su prima suspiró. "¿Qué ocurre Maeglin? Te quedas todos los años con nosotros… Y Anshila ya está en la sala, seguro que te espera para bailar", le respondió con una sonrisa. "Lo sé… Supuse que volvería a la fiesta, pero…", las palabras se le encallaron en la garganta, temía contarle a Idril lo que había pasado, pues sentía que había hecho algo aún más horrible que amarla a ella. "¿Pero?", preguntó ella pacientemente. El elfo escondió la cara entre las almohadas, avergonzado.
"No estaba pensando en ella cuando debería haber estado haciéndolo, Idril.", dijo, y a pesar de que las almohadas ahogaban su voz, su prima las oyó claramente. "Pensaba en ti", añadió mirándola fijamente a los ojos.
La princesa se dejó caer en la butaca más próxima a la cama, las palabras de su primo le resonaban en la cabeza, era como si le gritaran. "En mí", consiguió articular finalmente. "En ti", le repitió él, acercándose a ella. Para la sorpresa de la elfa, Maeglin no intentó acariciarle la mejilla como hacía a veces, sino que se dejó caer ante ella y apoyó la cara en sus rodillas, buscando su consuelo. Idril no sabía muy bien qué hacer, pero finalmente acercó una mano a su primo y le acarició el cabello, como creía que habría hecho una madre.
Finalmente, el joven elfo se levantó y tiró de su mano. "Ven, Idril". No sabía porque, pero le hizo caso. En su interior, la princesa sentía el deseo de protegerle, como si no importara que realmente hubiera hecho algo malo. "Túmbate a mi lado", le pidió su primo, y ella se quedó de pie junto a la cama, paralizada y negando con la cabeza, con el miedo reflejado en lo más profundo de los ojos. "¿Qué quieres de mí?", se atrevió a preguntar pasados unos segundos. "Nada que puedas imaginar…", respondió él tranquilamente. "Quiero estar a tu lado, hacerte mía, tocarte dónde nadie te ha tocado jamás, ver tu cuerpo desnudo con la seguridad de que no te irás, poderte acariciar las mejillas y besar cuando me plazca, despertarme a tu lado, oírte decir que me amas a mí y sólo a mí". La elfa retrocedió unos pasos, aterrorizada, y miró hacia la puerta. "No te haré nada que no quieras, Idril, te lo prometo, pero quédate a mi lado, por favor, no te vayas. Sólo un rato. De verdad. No haré nada que no quieras, te lo prometo", le suplicó.
E Idril le hizo caso y, aunque estaba temblando, se tumbó a su lado en la cama. Sentía que sus músculos estaban en tensión, pero no podía evitarlo. Tenía la vista clavada en el techo, esperando que Maeglin decidiera que podían volver a la fiesta. No sabía cuánto tiempo llevaban hablando, aunque suponía que poco, pues de lo contrario su padre habría enviado una ayuda de cámara a buscarlo. O eso, o no le había dado importancia. "Idril, por favor, relájate, te he prometido que no te haría nada que no quisieras, sólo quiero tenerte un rato a mi lado", dijo el elfo. "Llegará un momento en el que ya no podré creerte, Maeglin", le respondió ella. "Me apetece besarte y no lo he hecho, ¿verdad? Creo que eso es suficiente motivo como para que confíes en mí". Idril asintió, su primo estaba en lo correcto.
"¿Sabes? Tienen razón", comentó el joven de repente. "¿Quién?", preguntó ella sorprendida. Sonrió antes de responder con voz tranquila, "Aquellos que dicen que eres más hermosa que todas las maravillas de Gondolin, dicen la verdad, no se equivocan cuando lo dicen". Idril lo miró en silencio, sorprendida no sólo por su respuesta, sino también por sentir como el rubor le ascendía por las mejillas. "Y eres aún más bonita cuando te sonrojas así, Idril. Estás preciosa", sentenció, y acercó una mano a la cara de la elfa. La dejó allí, suspendida a escasos centímetros del pómulo, pidiéndole permiso en silencio. Y por algún motivo, la princesa asintió. La mano de Maeglin era suave, y se deleitó al tocar esa piel que hacía tanto que ni siquiera rozaba. Cerró los ojos, intentando centrarse únicamente en ese momento que no sabía cuando tendría ocasión de que se volviera a repetir.
La princesa también cerró los ojos, sorprendida por el hecho de que la mano de Maeglin fuera suave, a pesar de trabajar el metal. Tal era la felicidad del elfo, que no pudo evitar rozar los labios de la elfa con los suyos, buscando su permiso. "No", dijo ella, y Maeglin se apartó. "¿Lo ves? No he llegado a besarte, no he hecho nada que no quisieras". Y era cierto. "Volvamos a la fiesta, mi padre nos buscará pronto".
Pronto, llegaron a la fiesta. El baile había terminado, pero aún quedaba comida y bebida en las mesas. Muchos elfos conversaban animadamente con copas de vino en la mano, mientras que otros terminaban de llenar sus estómagos. Los niños corrían aquí y allá, escondiéndose tras las mesas y las sillas, mientras sus madres les llamaban la atención. Pero todos aquellos elfos tenían algo en común: esperaban los fuegos artificiales de clausura.
Los tres elfos de la familia real esperaron a que todas las mesas quedaran vacías, y cuando esto ocurrió, el rey dio una palmada y dieron comienzo los fuegos.
El cielo se llenó de colores. Eran preciosos. Como cada año, los artesanos habían representado una historia en sus fuegos, y aquel año, se correspondía al descubrimiento de Tumladen por parte del rey Turgon, donde un día se construiría la maravillosa ciudad de Gondolin, donde los elfos de Nevrast vivirían en paz, protegidos de todo mal gracias a la ubicación desconocida por el resto del Mundo. Y así, finalizó la fiesta.
Mientras se dirigía a su aposento, Idril no podía alejarse los dedos de los labios, justo donde los de Maeglin la habían rozado. No podía evitar preguntarse que se sentía cuando alguien te besaba de verdad. "¿Qué habrá sentido ella?", se preguntó a sí misma, pensando en el beso de su primo y Anshila. "Ella parecía contenta… Le ha gustado, seguro.", pensó recordando la escenita del beso en el baile.
Y entonces, abrió la puerta de sus estancias. El olor era insoportable, y lo peor era que no sabía de dónde provenía exactamente. El olor impregnaba toda la habitación, Idril sintió que se mareaba, sintió que no podría retener la comida en el estómago demasiado tiempo, y cerró la puerta. "¡Padre!", gritó con todas sus fuerzas, sin importarle que pudiera oírla toda la torre. Enseguida oyó unos pasos que se aproximaban apresuradamente por el pasillo, y pronto su padre estuvo a su lado. Señaló la puerta, pero esta vez fue el rey quien abrió las puertas, pero volvió a cerrarlas enseguida. Hizo que una doncella hiciera subir a Maeglin y a un soldado, y ordenó que todas las doncellas, incluida la que había hecho llamar, subieran al despacho del rey.
"Bien, mi sobrino y yo mismo buscaremos el origen de este… Olor. Hija, tú quédate aquí fuera con el soldado, no sabemos si podrías necesitarlo", ordenó el monarca antes de entrar en el dormitorio.
"Tío", lo llamó Maeglin en cuánto entraron. "¿Si Maeglin?", le preguntó enseguida, tapándose la nariz con un pañuelo. "Es que… Es todo". El rey asintió brevemente, consciente de que su sobrino tenía razón. "Será mejor que esperemos a mañana", abrió la puerta y mirando a su hija dijo, "subid los dos al despacho, un asunto como el que tenemos entre manos no puede quedar sin resolver". Seguidos por el soldado, los tres subieron al despacho. Allí, les esperaban las doncellas de Idril, todas con cara de susto, con la vista clavada en el suelo, sin saber qué pasaba ni porqué estaban allí.
"Bueno, estamos aquí por algo que me parece intolerable, y necesito hablar con todas vosotras una por una para llegar al fondo de la cuestión y saber qué ha ocurrido exactamente y porqué. Es por eso que todas estáis aquí, en mitad de la noche, cuando lo que deseáis es dormir y descansar de la fiesta. Una de vosotras, ha llenado las estancias de Idril con… Excrementos", hizo una pausa, que se vio interrumpida por los grititos horrorizados de las doncellas, que se tapaban la boca con las manos, sin dar crédito a lo que oían. "Sí, quiero pensar que una de vosotras ha actuado sola y sin el conocimiento de las demás, pero para ello, os tengo que hacer algunas preguntas. Por favor, salid fuera y mantened el mayor silencio posible. Todos estamos cansados, pero cuánto antes terminemos, antes podremos volver a la cama", tras estas palabras, Turgon se sentó tras su escritorio, con Maeglin de pie a su lado e Idril sentada en una butaca, con la cabeza apoyada en una mano, sin saber dónde dormiría aquella noche.
"Mannatan, ¿tú eres la primera?", preguntó el rey, y la chica asintió repetidamente con la cabeza. "No te preocupes, si no has sido tú lo sabremos enseguida", Maeglin habló con voz amable, y el rey hizo las preguntas rápidamente: "¿Has estado toda la noche en la fiesta?", "¿Alguien puede confirmarlo?" "¿Puedes confirmar de forma totalmente inequívoca que alguna otra doncella haya estado toda la noche en la fiesta?"
Poco a poco, el rey hizo las mismas preguntas a todas las doncellas, y sólo había una cuya historia no cuadraba: la de Anshila. A pesar de que ella decía que sólo había abandonado la fiesta para estar con Maeglin, era la única que había abandonado la fiesta, y sólo las doncellas, Idril y el propio rey tenían las llaves de sus estancias. "Siento decírtelo, Anshila, pero tu comportamiento ha estado totalmente fuera de lugar. Imagino que quieres hacer que Idril se sienta mal por ser la princesa de la ciudad y tener una estrecha relación con su primo, pero lo que has hecho no tiene nombre. No esperes que comportándote así conseguirás casarte con mi sobrino ni pasar por encima de mi hija, porque eso no lo conseguirás nunca. ¿Sabes? Fui yo quien le dijo a Maeglin que te habías fijado en él, e incluso le di mi consentimiento. Ahora, lo has perdido. Esta noche la pasarás en el calabozo, y además, no volverás a trabajar de doncella nunca más, por lo menos, en esta torre y para este linaje. Mañana te ocuparás de arreglar este desastre. Por tu bien, espero que podamos salvar la ropa.", sentenció el rey, y el soldado se llevó la joven a las mazmorras.
"Idril, cielo, duerme en mis estancias esta noche, yo pasaré el resto de la noche en el despacho y dormiré más tarde", dijo, y después colocó una mano sobre el hombro de su sobrino. "Lo siento mucho, Maeglin, pero no es adecuada para ti", y el elfo se limitó a asentir.
En cuánto Idril y Maeglin abandonaron el despacho, Mannatan apareció con unas ropas de dormir. "No es mucho, princesa, pero es mejor que nada. Sé que no está a vuestra altura, pero al menos os protegerá del frío de la noche", dijo y alargó los brazos para que la elfa pudiera cogerlas. "Muchas gracias, Mannatan, eres muy buena", respondió la princesa, y aceptó las ropas.
Una vez en las estancias del rey, Idril se desnudó para ponerse las ropas de dormir que le habían prestado, pero no pudo evitar observar su reflejo en el espejo. "Tocarte dónde nadie te ha tocado jamás", había dicho su primo, y la princesa no pudo evitar bajar la mirada hacia la zona prohibida que era su sexo. "Maeglin ha dicho que no estaba pensando en Anshila, sino en mí, ¿la habrá tocado?", se preguntó. "¿Qué se sentirá…?", pensó con curiosidad.
