Atraviesan la frontera temprano, dejando atrás al resto de la comitiva.
Serra tarda en perderse de vista , alta como está , envuelta entre las nubes que amenazan tormenta, como si fuera una más, una forma particularmente nítida de esas que los niños juegan a adivinar, tumbados de cara al cielo sobre la hierba.
Brian no puede evitar darse la vuelta de cuando en cuando, llevado por la necesidad involuntaria de no dejar escapar el momento en que es capaz de admirarla por última vez, desapareciendo tras una curva cuando se adentran en la cañada, como si fuera eso y no otra cosa lo que marca el límite entre Babilonia y las tierras del sur: el paso hacia Ylomor.
"Hay unos treinta y seis kilómetros hasta Torma. Si seguimos a este ritmo, podremos llegar antes de que cierren las puertas" A pesar de que no ha empezado a llover, la cabeza del mago está cubierta por la capucha. La tela cae hacia delante, evitando cubrirle los ojos por milímetros y tiene que retirarla un poco hacia atrás para consultar el mapa, que pliega justo después, devolviéndolo a las inmensidades de su túnica.
"Bien"
"Son casi once horas de caminata. Si lo prefieres, podríamos acampar antes y llegar a la ciudad por la mañana"
"Así está bien"
Brian fija la vista en el camino. A ambos lados los árboles trepan hacia lo alto de las colinas, el verde deslustrado de sus crestas quemado por el sol. No hay brisa que los agite, como la calma contenida que espera la llegada de la tempestad y sin su murmullo el bosque parece silencioso, atento, inclinándose para escuchar.
"¿Va todo bien?"
"No veo por qué no"
"Ya" el mago alarga la última letra, alzando la mano para echar hacia atrás la capucha. Brian ve cómo le observa desde la periferia, cómo traga saliva antes de preguntar en tono conversacional "¿Y de qué hablabas la otra noche con Daphne?"
No hay manera de que no lo sepa y la táctica torpe y demasiado evidente le da ganas de echarse a reír. Una parte de Brian tiene ganas de empezar a gritar ahí mismo ¿Y tú de que crees que hablábamos? pero se ha descuidado durante demasiado tiempo, ha bajado la guardia, y no es un error que vaya a cometer otra vez. Si el mago cree que va volver a caer en su doble juego es que no sabe con quién trata.
"Eso no es asunto tuyo" dice, cortante. Y apresura el paso hacia el camino que se difumina a lo lejos y hacia el final de todo esto. Va a vender esos corazones y va a volver a casa, a ser Brian Kinney, y nadie podrá volver a decirle nunca lo que puede o no puede ser.
Y no hay nada, nada, que vaya interponerse en su camino.
ºººº
El polvo le clarea las botas y encuentra un camino dentro de las ropas, que se pegan espesas al sudor de su piel. Brian ni se molesta ya en separarlas. Se pasa un paño húmedo por el cuello, limpiando lo poco que puede, aprovechando el frescor antes de que el paño se caliente también al contacto de su mano.
El calor de Lotar es tóxico, insidioso, de un cariz desértico que no cuadra en una ciudad que parece construida desde las raíces de la propia naturaleza, tallada en los inmensos troncos de los árboles, enlazada en sus ramas extensas, como serpientes que comparten un mismo cuerpo.
Hay algo que no encaja, como si por antojo de algún dios aburrido el conjunto entero hubiera sido desterrado a alguna estantería y olvidado luego ahí hasta desgastarse, dando la impresión de que el paso del tiempo se ensaña más en esta parte del mundo, que parece viejo de una forma que no tiene nada que ver con lo antiguo, rugoso y quebradizo, igual que el polvo bajo sus pies.
"¿Cuánto cuesta esto?" Una mujer de cejas largas, tatuadas desde los extremos en un brocado que desaparece por encima de las sienes, señala hacia uno de los corazones. El contraste es súbito en sus sentidos, el rojo del corazón reluciente en su envoltorio, la mano de la mujer átona, como en un grado menos de color y Brian contesta sin poder dejar de mirarla.
"Cinco argentos"
La mujer pliega los labios dentro de la boca, considerándolo. Es hermosa, desde los ojos rasgados hasta las uñas finas con las que araña la yema de su pulgar en un gesto ausente. Pide a Brian que le envuelva dos de los corazones y después se aleja sin prisa, el dobladillo de su vestido revoloteando en torno a sus sandalias.
"¿No notas algo… extraño?" pregunta Brian, volviéndose para mirar al mago, sin pararse a pensar que es apenas la segunda vez que rompe voluntariamente su voto de silencio desde que salieran de Serra , el cuerpo agitado aún por el efecto que ha causado en el la mujer.
"Se nota desde hace días" responde el mago entre dientes, cruzando los brazos sobre el pecho, volviendo la vista hacia otro lado.
Desde hace días Al principio, Brian había atribuido el cambio al hecho de haberse adentrado en otra franja climática. Sabe que hay lugares dónde la luz del sol ilumina distinto, más blanco en las tierras nevadas del norte o dorado en las junglas del este, los días en que las nubes despejan el cielo. Ha visto imágenes de esos lugares y esto no parece lo mismo, la cualidad antinatural con la que todo parece visto a través de un cristal ahumado. No resultaba tan evidente cuando atravesaron Torma y sus aldeas, ni la calzada flanqueada por Menhires de cuarzo hasta Erra. Pero ahora que lo ve, a Brian le parece imposible no haberse dado cuenta antes.
"¿Y qué es lo que pasa?"
El mago suelta un bufido. No ha vuelto a vestir las ropas que le dio Brian y lleva su túnica a pesar del calor. Su humor ha ido endureciéndose a la par que el de Brian y lo cierto es que lo prefiere así, hace que todo resulte más fácil. Cuando responde, suena brusco, casi enfadado, como si la pregunta de Brian no mereciera el gasto innecesario de saliva.
"Imagínatelo tú solito. Se te da bastante bien"
Brian aprieta los dientes pero no replica. Van ya sesenta corazones y no lo sabe a ciencia cierta pero algo debe haber cambiado ya en su apariencia, porque las gentes no rehúyen su presencia como antes y cada vez le resulta más fácil atraer su atención. No necesita al mago y su presencia como estrategia comercial.
Un hombre de brazos tatuados y ojos contorneados de pintura oscura como el grafito se acerca a su puesto con curiosidad y Brian despliega su mejor sonrisa.
Y qué más da lo que pase. Dentro de poco volverá a estar en casa y nada de esto tendrá importancia entonces.
ºººº
"Maldito. Trasto—Joder!"
La tapa del baúl rebota al golpearlo, y durante unos segundos el cierre se agita con un tintineo metálico. Brian deja salir el aire entre los dientes, sintiendo como el enfado se le encrudece un poco en el estómago, no tanto por el maldito trasto encaprichado en no dejarse cerrar como por el asco de día que lleva. Apoya todo su peso sobre la palma para hacerla bajar y suelta otra maldición cuando por millonésima vez no lo consigue.
"¿Tienes que hacer tanto ruido? Algunos intentamos leer"
"Te pasas todo el santo día leyendo. Qué más te da" replica, sacando la ropa de las pilas superiores decidido a meterla en una bolsa y ya está, perdiendo lo poco que le queda de paciencia cuando una bola hecha de calcetines se resbala y rueda por el suelo.
"Cabréate todo lo que quieras, pero a mí no me hables así"
"Te aguantas"
"No. No me aguanto"
Brian se agacha a por los calcetines, lanzándole una mirada iracunda en el proceso. No ha vendido un solo corazón en dos días, la feria de Térrea poco más que un páramo baldío, vacío excepto por el resto de comerciantes y unos pocos lugareños de ropas grises que iban de un lado a otro con las miradas fijas en el suelo, sin dedicarles la más mínima atención, actuando como si fueran invisibles.
"Estoy harto de ti" gruñe a la maleta, que se limita a mirarle con su enorme boca abierta, en una sonrisa inanimada y triunfal.
"Lo mismo te digo"
"¿Perdona?" pregunta encarando al mago, que alza la barbilla, molesto y desafiante, echo casi un ovillo dentro de una manta en el sofá.
"Que ya somos dos. Tú también me tienes hasta las narices"
Brian ni siquiera estaba hablando con él –hablaba con el baúl. El baúl maldito-, pero toda su rabia se redirige y combustiona y oh ahora sí que está hablando con él.
"Claro. Porque para ti todo debe de ser muy difícil. Sentado ahí, haciendo dibujitos en tu cuaderno, sin nada que perder, jugando al gran hechicero. Tiene que ser agotador"
"No" dice el mago en voz baja, pero firme, levantándose y quitándose la mata, que cae hecha un amasijo sobre el sofá "Lo que es agotador es soportar tus cambios de humor y esa actitud que todo lo malo del mundo te pasa a ti y solo a ti. Eso es lo agotador. Y me tienes Hasta-Las-Narices" repite dando un par de pasos hacia Brian.
"Bueno, es lo mínimo, ¿no te parece?" masculla Brian que no se queda atrás, avanzando hasta quedar a la altura del mago.
La tensión entre ambos se densifica como la electricidad atrapada dentro de una esfera y Brian puede sentirla en las puntas de los dedos, erizándole la piel en toda la caída de su espalda, como si entre el mínimo espacio entre sus cuerpos se estuviera gestando la energía desquiciada de una tormenta.
"¿Por qué?" Justin alarga las palabras, una sonrisa sin humor dibujándose al borde de sus comisuras "¿Por qué te dije que tenías miedo? Pues lo vas a tener que oír otra vez, porque tienes miedo, Brian"
Es feroz y devastadora, la forma en que eso cala. Otra vez esa palabra Miedo y todas las alarmas de Brian saltan a la vez, dándole la razón en su contra. Pero y una mierda.
"¿Y cómo estarías tú? No. Espera. ¿Cómo estabas tú? ¿Cuándo tuviste que largarte de casa con el rabo entre las piernas porque el bueno de Justin no quería ser lo que le decían que fuera?" La pregunta ha estado royéndole por dentro como una alimaña y la escupe sin compasión, directa y cortante y debe tener el efecto exacto, porque el mago se yergue y estira la espalda, pero algo en su mirada le dice que ha dado en el blanco.
"Eso es completamente distinto"
A Brian se le escapa una carcajada amarga.
"¡Es exactamente lo mismo! Yo no pedí nada de esto. No le pedí ser príncipe. No quiero esa responsabilidad. Yo vivo como me da la gana y no le digo a nadie lo que tiene que hacer con su vida"
El mago le mantiene la mirada, sin pestañear, escrutándole de tal forma que parece como si intentara leer en sus ojos, buscar la discrepancia entre lo que Brian dice y lo que piensa de verdad, y por un momento la voluntad de Brian se debilita cuando se da cuenta de que lo que el mago busca es alguna pista de que es mejor de lo que parece ser. Pero Brian es solo Brian, sin importar lo que los demás esperen. Cierra los puños a ambos lados del cuerpo, buscando un asidero en la rabia para hacer a un lado todo lo demás.
"No tienen derecho" repite, como hace lo que parece años atrás, aunque lo que escucha en su cabeza es una versión ligeramente diferente de ese mismo pensamiento No tienes derecho.
El mago no deja de mirarle, su boca una línea tensa.
"Hay gente que ha tenido que morir para que tengas todo esto. No se trata de ser un príncipe, ni de quién o cómo crees que eres o quieres ser. Hay personas, personas que están muriendo ahora mismo en esa guerra para que gente como tú pueda decir que viven sus vidas como les da la gana. ¿Crees que no hay diferencia? Pues sí que la hay. Yo quería ser mejor, Brian. Tú, en cambio. Tú. Solo apartas la mirada"
Las palabras de la Reina arden en su voz. Nítidas y crueles. Como si tuviera derecho. Todos, todo ellos, creen que tienen derecho. Pero no. Nunca. Jamás.
"No pienso permitir que nadie—"
"¡No lo entiendes!" el mago alza la voz, exasperado "No terminas de entenderlo. No tiene nada que ver con lo que otros piensan. Ni con lo que digan. Eres tú quien—"
"¿Sabes qué?" corta Brian, sintiéndose más harto de todo esto de lo que se ha sentido nunca "Puede que no. Puede que nunca lo haya entendido. Esa bondad y ese deber que enarboláis como si os hiciera mejores que nadie. Pero yo no miento, mago. Lo que digo y lo que hago son la misma cosa. Soy lo que soy. Pero tú…" susurra, haciendo acopio de todo el enfado, de toda la frustración, de todos los momento en que se dejó caer en la ilusión de que el mago estaba de su lado y no era más que otro engaño "Solo espero que a ti la recompensa te merezca la pena"
El mago entrecierra los ojos, como si hubiera recibido un golpe y tratara de todos los medios no darlo a entender, sin conseguirlo.
"No tienes ni idea" niega con la cabeza y la tristeza que pesa ahora en su voz es peor que todo lo demás, pero Brian se obliga a ignorarla "Y yo soy un maldito imbécil. Un completo idiota. Por creer que podrías cambiar. Por pensar que tú y yo—" murmura, el resto de lo que fuera a decir quedándose en suspenso.
Pero Brian ya no puede parar.
"Qué ¿tú y yo?" Insiste, mordaz "¿Tu y yo qué?"
El mago da un paso atrás y la tormenta que hace un instante parecía azotar el mundo entero se disuelve de golpe.
"Nada. Tu y yo nada, Brian"
ºººº
Es un avance lento y penoso el que les saca de Arria. En esta parte de la ruta el terreno se vuelve rocoso y el camino que discurre bordeando la cordillera de Motaror sube y baja continuamente, atravesando el bosque de roca puntiaguda como los surcos deun nido de hormigas partido por la mitad. El esfuerzo hace que le duelan las rodillas y que sus pies terminen llenos de rozaduras dentro de las botas; las manos le laten en carne viva dónde se le han raspado al sujetarse a los islotes de granito al resbalar.
Se ven obligados a detenerse para recobrar fuerzas con más regularidad y la segunda de las noches que pasan al raso la temperatura disminuye tanto y tan rápidamente que ni siquiera las densas pieles de Uro que utilizan para cubrirse son capaces de espantar el frío.
Reanudan la marcha temprano, habiendo dormido poco y mal, prefiriendo el efecto vigorizador de la marcha a paliar la necesidad de sueño. La extraña anomalía que se hizo evidente en Lotar se agrava a medida que cubren terreno. La naturaleza aparece desgastada, como lavada demasiadas veces y luego puesta a secar bajo un sol abrasador. Todo parece… marchito y Brian tiene que resistirse al impulso continuo de dar media vuelta y retroceder, como si todo a su alrededor gritara Peligro. No te acerques. Ponte a salvo mientras aún estés a tiempo.
A media tarde del último día de viaje un gemido largo y gutural se eleva por encima de las copas enredadas de los árboles, desgarrándose en un lamento profundo que se aloja entre los poros de los huesos, como si llorara a la tristeza de cada uno y se convirtiera en esa misma tristeza.
Se repite de nuevo cuando están más cerca y esta vez el mago se detiene en seco.
"Quédate dónde estás" ordena, dejando caer el fardo que lleva a la espalda y echando a andar en dirección a la espesura. Brian le sigue sin pensarlo dos veces.
"¿Qué crees que puede ser?" susurra cuando le alcanza, ocultándose a su lado tras el tronco de un roble.
"Te dije que esperaras"
"También quiero verlo"
Los hombros del mago suben y bajan en un suspiro inaudible.
"Mira dónde pones los pies"
Avanzan despacio, agachándose para esquivar las ramas rizadas y teniendo cuidado de no hacer ruido, el oído atento al gemido que se escucha cada vez más alto para orientarse. Llevan al menos quince minutos caminando cuando el mago se agacha y señala con la barbilla hacia el interior de un claro, en el instante preciso en que un nuevo gemido brama a través de la espesura. Un lobo, el lobo más descomunal que Brian ha visto nunca, yace caído sobre el estómago. El pelaje negro se le adhiere al cuerpo, pelado en algunos puntos, donde dejan entrever las articulaciones huesudas, el contorno afilado de las costillas. El animal resuella y el aire frente a sus fauces se condensa como el suspiro volcánico de un dragón. La legua roja le cuelga de la boca, empapada de saliva y Brian siente el terror ancestral secarse en su garganta, tensarse en sus músculos ante la presencia del miedo tangible, hecho dientes y carne.
Siente un peso en el hombro y consigue contener un sobresalto justo a tiempo para ver que se trata de la mano del mago, que señala ahora con el dedo a las garras del animal, semi-enterradas en el lecho húmedo del bosque. Grises. Son grises. Desde los extremos óseos hasta cerca de la segunda articulación. No grises de una forma natural, sino como si el color hubiera sido borrado de ellas con detenimiento. Brian se fija también en las largas marcas arañadas en la tierra, de pezuñas al impulsarse con esfuerzo, como si la criatura se hubiera arrastrado sobre ella en contra de un agarre invisible, hasta el lugar dónde le fallaron las fuerzas.
Aún no puede apartar la mirada cuando nota que el mago tira de él, las manos firmes e insistentes aferradas a sus ropas. Cree escuchar como el animal aspira en aire en busca de su olor cuando se vuelve para seguirle de regreso a la calzada.
"¿Qué era. Qué—?" Consigue articular cuando alcanzan el linde del bosque, deteniéndose para apoyar las manos sobre las rodillas y tragar todo el aire que no se atrevido a respirar durante el trayecto de vuelta.
El mago no parece encontrarse mucho mejor. Tiene la frente perlada de sudor y el flequillo se le amontona en girones que retira hacia atrás con manos nerviosas.
"Nada bueno" dice, inclinándose para recoger su bolsa. Dirige la mirada hacia el bosque, al punto dónde los gemidos se siguen escuchando en la distancia "Ese lobo no pertenece a este lugar. Ha llegado hasta aquí…" dice con voz queda, hablando para sí,. Se queda así un momento, como si tratara de tomar una decisión, pero al final reanuda la marcha, dejándole atrás antes de que Brian pueda interrogarle por más detalles.
Recorren el resto del camino a paso ligero, como si por alguna clase de acuerdo tácito hubiesen decidido alejarse lo antes posible de las inmediaciones del claro, aunque Brian tiene la impresión de que el mago se mueve llevado más bien por la urgencia de llegar a su destino.
Empieza a descender la tarde cuando alcanzan la señal que anuncia la entrada en la ciudad. En este punto el suelo de gravilla se corta abruptamente, sustituido por losas anchas entretejidas, lamidas por el musgo que brota entre las junturas; la tierra se curva hacia arriba y luego se aplana cortando en línea recta con el horizonte, como dos estratos de materia diferente densidad. Brian echa un vistazo al mago, que sigue avanzando con expresión indescifrable y se ajusta la capa cerrándola sobre el pecho, tratando de salvaguardar el calor de la brisa repentina, que levanta remolinos de polvo. Está concentrado en intentar unirla con un broche cuando el mago extiende un brazo por delante de su cuerpo, haciendo que se detenga.
Entonces Brian alza la mirada y la ve.
Cincelada en el ombligo del mundo Monrra se muestra ante sus ojos como el cáliz de una flor gigantesca. Kilómetros y kilómetros de tierra una vez desnuda a la que la mano del hombre se ha encargado de dar forma: altos muros dividen toda la extensión en secciones concéntricas que se precipitan hasta el centro, como los anillos de una cola de serpiente enroscada. La roca pulida resplandece allí dónde es salpicada en trayectoria oblicua por el sol y de ella se descuelgan largas cascadas de enredadera, que brota densa e imparable, como si quisiera tragarse la ciudad hasta devolver a la naturaleza lo que una vez fue suyo. Escaleras de anchos peldaños se entretejen entre las diferentes alturas sin seguir un patrón diferenciado y encajados entre las paredes un sinfín de senderos entran y salen y atraviesan la ciudad, tan estrechos en algunos puntos que las pequeñas figuras que los transitan se ven obligadas a cederse el paso o a caminar en fila, desmesuradamente amplios en otros, dejando el espacio suficiente para que pequeñas edificaciones se recuesten las unas sobre las otros como ancianos borrachos; sus tejados superpuestos parecen, en la distancia, las escamas de un largo y perezoso lagarto tendido al sol. Siete canales ascendentes bombean el agua desde lago central hasta sacarla de la inmensa depresión, construidos para evitar que la metrópolis quede enterrada bajo las agua durante las estaciones de lluvia. Sus largos cuerpos de gusano sirven de apoyo para tendederos, cuadras, heniles, emparrados y un sinfín fachadas que parecen soldadas al metal, como extraños moluscos que hubieran colonizado la barriga de una ballena. Desde el borde de la abertura, imposible de abarcar con la mirada, el conjunto se le antoja a Brian como las entrañas de una grandiosa catedral coya bóveda invertida sostuviese las mismísimas entrañas de la tierra.
Monrra, la cuidad en el cráter, construida como un desafío a la ira de los dioses.
Monrra, que a pesar de su grandeza, aparece ahora frente a sus ojos como si el meteorito que le dio vida una vez hubiese descendido de nuevo del cielo, cubriéndola de siglos de oscuridad y ceniza.
"¿Qué ha pasado?" pregunta Brian, notando la voz débil, la saliva evaporada en lo alto de la garganta.
El perfil del mago queda iluminado por el sol que se derrite contra la masa oscura de las tierras del oeste. Brian puede ver humedad en del arco de sus pestañas, una hebra fina y transparente que desaparece cuando cierra los ojos.
"Las llaman las ciudades grises. Las que han sucumbido al poder de los Ura" Se gira para mirarle con ojos llenos de tristeza, que por un momento es tan densa y palpable, tan real, como el viento que sopla entre sus dedos "Esto es lo que no querías ver"
ºººº
A la mañana siguiente montan su puesto a la orilla del lago.
La ciudad despierta perezosa, bostezando desde las ventanas abiertas y estirándose como un animal largo tiempo aletargado. Todo se hace con desquiciante parsimonia: la ropa que se cuelga de los tendales, el agua que se recoge en las canalizaciones, el paso lento de los ganaderos y labradores que abandonan sus casas para comenzar la jornada. Los mismos vendedores ambulantes parecen haberse contagiado y disponen sus chiringuitos con movimientos forzados, muy diferentes a lo que Brian está acostumbrado a ver, esa habilidad forjada por la experiencia y las manos ágiles que no malgastan un instante. Les escucha también hablar, susurros escondidos bajo el ala de un sombrero, palabras vertidas contra la curva de un oído, pequeñas y secretas y empapadas de temor. Lo notan, claro, es imposible no notarlo. Las ciudades grises dijo el mago y eso es exactamente Monrra, una ciudad desteñida y seca, el testimonio moribundo de la destrucción de los Ura.
"¿Me ayudas con esto?"
"Claro" sujeta el listón de madera y el mago lo hace encajar en la estructura a golpes de martillo. Estiran la tela roja sobre el armazón de tablones escalonados y Brian coloca los corazones en los agujeros practicados para alojar los bastones.
El contraste que ya percibiera hace días es muchísimo más intenso aquí, discordante, como si esa mañana los dioses hubieran olvidado las instrucciones y se hubieran equivocado al disponer algunas piezas a la hora de organizar el mundo. Un hombre no mucho mayor que Brian admira el despliegue de piedras preciosas del puesto de al lado. El zafiro, la madreperla, los tonos salvajes del lapislázuli. Los estudia con detenimiento, una caricia de la mirada cuando se detiene en una nueva joya y lo que Brian ve en sus ojos es el paso fugaz de un recuerdo, como si una vez hubiera conocido toda esa belleza y ahora fuera poco más que un soplo de memoria que pasa y no se atrapa. Brian le da la espalda y sigue distribuyendo sus corazones.
Empieza a llover a mediodía, una película fina y constante que va tomando fuerza hasta repiquetear en la superficie serena del lago y rachea con los envites del viento. Colocan el toldo y se abrigan, parapetados tras la pared opuesta a la dirección de las gotas. No han vendido una sola pieza en toda la mañana. Varios curiosos se han acercado a contemplar los corazones, pero al igual que el hombre de las piedras preciosas se han alejado con las manos vacías y esa mirada ausente que es idéntica en cada rostro, en cada expresión tintada de gris.
"No van a hacerlo, ¿verdad? No van a comprar ningún corazón"
El mago da un pequeño respingo, como si se hubiera olvidado de que Brian estaba ahí.
"Puede ser. Tal vez. Las cosas no van muy bien por aquí. Las cosechas están muriendo y quedan pocos animales. No creo que casi ninguno de ellos pueda permitírselo" responde, concentrándose de nuevo en la plaza, de esa forma particular que Brian ha observado, como si todo formara parte de un mecanismo cuyo funcionamiento intentara entender. "Y luego está lo otro…" murmura el mago, dejando la frase a la mitad, aunque Brian sabe a qué se refiere, claro. Lo otro es la mirada perdida, la forma de moverse como si cada vez tuvieran que arrancar las raíces de los pies del suelo. Lo otro es la tristeza, la falta de vida.
Un bramido hidráulico hace temblar el suelo y las bombas empiezan a succionar el agua del lago, a impulsarla hacia el exterior mediante un sistema de turbinas y a Brian se le ocurre que Monrra no parece sino la garganta de una bestia titánica e inmemorial a la que mantuvieran con vida a través de esos mismos tubos, tan demacrada y moribunda como la ciudad que habita en su boca.
"¿Y por qué no se van? ¿Por qué no dejan esto y se marchan a otro sitio?" pregunta, siguiendo con la mirada los pasos una mujer que lleva de las riendas a un caballo de tiro. El animal, otrora uno de los corpulentos Irenos de las islas de Lorea, camina tras ella con la cabeza gacha, la piel como una manta vieja, refinada y pegada a los músculos fibrosos.
"No pueden. No… quieren. Míralos. Han perdido la voluntad. Ese lobo que encontramos era una de las criaturas más fuertes y más inteligentes de Queeria, por eso logró llegar tan lejos, huyendo desde el sur. Pero ya has visto lo que pasa al final. La voluntad muere y con ella la esperanza y el poder de los Ura ocupa su lugar"
Brian se apoya contra el borde del mostrador. Siente el cuerpo débil, frío, como cuando tienes fiebre y las fuerzas se diluyen. Esto es lo que no querías ver. Solo le queda una pregunta por hacer.
"Entonces— Tú. Y yo"
El mago asiente.
"Si seguimos aquí mucho tiempo. Si"
Pero tienen que seguir. Tienen que continuar, recorrer los cien días de las ferias del verano. Vender cien corazones. Eso es lo que romperá el hechizo. Su madre. Ella tiene que saberlo. ¿Por qué le ha hecho esto? ¿Por qué no le protege, como ha hecho siempre? Las manos le tiemblan y un sabor amargo y metálico se le espesa en la lengua. Pero su corazón no late. Nunca late. Monrra parece estrecharse a su alrededor, como las mandíbulas de una boca que se cierra. Monrra, terrible y muerta, pudriéndose delante de sus ojos y Brian aprieta los dedos contra la madera, luchando por respirar, luchando contra una voluntad más fuerte que la suya, algo que tira del él como— .
"Vámonos. Vámonos de aquí"
El mago se acerca, una presencia sólida a su espalda, la única cosa realmente viva, intacta, de entre todo lo que le rodea.
"Brian, no puedes— Si lo dejamos ahora…"
Brian no la ve, pero siente la mano que no llega del todo a tocarle, una presencia frágil sobre la curva de su hombro. Vuelve la cabeza para mirarle y la expresión de Justin es triste, profundamente triste y aunque Brian no quiere hacerlo es incapaz de no creer que es real, que aún a pesar de todo, tal vez sea cierto que le importa.
"No. Adelante. Sigamos. Terminemos con esto. Recuperemos mi corazón y volvamos a casa"
ºººº
La devastación se extiende, a lo largo y a lo ancho, allá donde alcanza la vista.
Rea es la penúltima de las ciudades de Ylomor, tan solo una nota al pie del camino. Las construcciones bajas se encorvan las unas contras las otras, como si cada una de ellas hubiese sido levantada con el único propósito de sostener a la anterior. El lecho seco de un rio atraviesa la planicie, sus entrañas de barro expuestas a la vista y una fina franja de agua discurriendo en el centro, como una larguísima serpiente abierta en canal y puesta a secar sobre el tablero del mundo.
La pequeña población no constituye un emplazamiento de venta oficial, más bien una parada de tránsito, una cama caliente y un baño antes de retomar la ruta hacia Crefta, pero movidos por la necesidad algunos vendedores empiezan a improvisar pequeños puestos sencillos, mostrando sus mercancías sobre mantas extendidas en el suelo, o en los mismos carros o baúles, aprovechando la ocasión por si a bien tuviera de sonreírles la suerte antes de que caiga la noche. Ya no hay tantos como al principio. Muchos no pasaron de Lotar y unos cuantos volvieron sobre sus pasos una vez alcanzada Monrra. Brian sigue el ejemplo de los pocos que quedan. Detiene el carrito junto a un muro bajo y amontona unos cuantos corazones a la vista. No espera que la suerte llegue pero nada se pierde por intentarlo.
Justin se ha ido hace un rato a reservar habitación para la noche y a falta de nada mejor que hacer, Brian revisa sus cuentas. Sesenta corazones. Ni uno solo más desde Lotar. Escribe en el margen de la libreta el número de corazones que quedan hasta llegar a Enilon, la última ciudad del sur, a pesar de lo evidente de la cifra. Cuarenta corazones. Rodea los números, trazando círculos que sobrescriben los contornos del anterior y luego, en un arrebato de rabia, lanza el cuaderno, odiándose por meter el dedo en la llaga de lo que ya sabía. El lomo de cuero rebota sobre el suelo y el cuaderno cae abierto la segunda vez. Brian escucha el batir de las páginas, que se retuercen atrapadas, como si el viento buscase algo en ellas a toda prisa. Toda la desesperación que se ha arreglado para mantener a raya desde Monrra le golpea de nuevo, cruda y real. Las palabras son como un palpitar arrítmico en su mente No vas a conseguirlo. No vas a conseguirlo. No vas a conseguirlo. Brian se frota los ojos con furia, tratando de borrarlas. "No me voy a rendir. Yo nunca me rindo"Les dice en voz alta, porque es la única verdad de sí mismo que se ha mantenido siempre, pero suena demasiado débil, demasiado derrotado incluso a sus propios oídos. Y tal vez sea el momento, de aceptarlo, de asumir que es su propia cabezonería, su propia incapacidad para aceptar sus errores lo que le ha traído hasta aquí. Lo que le hará desaparecer, lo que ha hecho que incluso aquellos quienes más le quieren, aparten también la mirada.
Baja las manos, la claridad ajada de las tierras grises deslumbrándole los ojos irritados, y entonces se da cuenta de que alguien le observa.
Un niño. Un niño pequeño. De pie. Al otro lado de la calle. El pelo color arena se le pega a la cabeza, sucio y enmadejado. Las mejillas angostas. Los labios agrietados. Tiene el cuerpo descubierto de cintura para arriba y en él se aprecian las consecuencias del hambre, las costillas que aguijonean la piel desnutrida por debajo del pecho a cada respiración. No puede tener más de nueve años y aunque en un primer momento Brian cree que le está mirando a él, su vista está fija en los corazones, frescos y relucientes sobre el carrito, de un rojo puro y disonante en el centro de las ruinas de Rea.
Transcurre un largo momento en el que el niño no parece darse cuenta de su presencia, pero cuando por fin lo hace y sus miradas se cruzan, lo que Brian ve ahí no es la fascinación dócil y resignada de tantas veces, sino rabia, una rabia visceral, que no va dirigida contra él, sino que parece extenderse a todo lo que les rodea, y Brian la entiende, la siente como si surgiera de lo más antiguo y enterrado de sí mismo, rabia porque en este mundo terrible pueda existir algo tan hermoso y a la vez tan fuera del alcance.
Y entonces, como activado por alguna señal invisible, el niño echa a correr. Brian no se lo piensa siquiera, coge algo del carrito y sale tras él.
"¡Eh! ¿Pero qué—? ¿A dónde vas?" grita Justin, que se acerca por el camino. Pero Brian no se detiene a contestarle, solo sigue corriendo.
ºººº
El suelo arenoso resbala bajo sus botas cuando Brian ya no es capaz de correr más y se para en seco. Nada. No hay nada en la planicie que se prolonga de parte a parte, como un reflejo pulido y oscuro del cielo. Empieza a caminar, girando sobre sí mismo a cada rato, buscando en todas direcciones, guiado por un impulso desenfrenado, como si encontrar al niño fuera importante por algún motivo que reconoce solo por instinto.
Debería sentir miedo. A perderse. A no ser capaz de encontrar el camino de vuelta a Rea entre la vaga impresión de sus pasos. Pero sigue andando con lo que al él mismo se le antoja como la determinación de un loco. Ha visto esa mirada antes. La recuerda. Podría reconocerla en cualquier parte.
Lo encuentra por fin, agachado tras un saliente rocoso, el dedo índice esbozando caracolas que provocan minúsculos desprendimientos en un montículo de arena.
"¡Oye!" dice, acuclillándose a cierta distancia entre jadeos "Corres un montón para ser tan pequeño"
El niño alza la vista. Brian puede distinguir entre los dibujos medio cubiertos por la brisa un corazón emborronado. No le contesta.
"¿Cómo te llamas?"
Los ojos del niño se mueven sobre sus rasgos, entrecerrados, y Brian da un pequeño e inestable paso hacia atrás.
"Eh… Te doy— ¿Te doy miedo?" pregunta, temiendo que su apariencia, eso que los otros ven, asuste al niño, pero el muchacho mantiene su exhaustiva exploración, como si estuviera sometiendo lo que ve a un análisis largo y concienzudo.
"¿Por qué ibas a darme miedo?" pregunta, encogiéndose de hombros, devolviendo la atención a sus dibujos.
"Ah. Bueno. Pues—"
"Ahora todos me llaman chico" murmura el muchacho, apoyando las manos sobre la tierra y moviéndolas de lado a lado, imprimiendo sobre la tierra un patrón que hace las veces de alas para el ave que dibuja ahora. Tiene los brazos largos y delgados y marcas de suciedad reseca entre los pliegues de los dedos. Chico El muchacho debe haber tenido nombre alguna vez y a Brian el hecho de que nadie lo utilice, que puedan referirse a él de esa forma genérica, aséptica, le parece una clase especialmente cruel de maldición, cuando para Brian eso ha sido siempre lo más importante: su nombre, su identidad, esas dos palabras que conjuran todo lo que es, lo único que no llegaron a arrebatarle entonces.
"¿Y dónde están tus padres?"
"Ya no están" El muchacho le lanza una mirada rápida por debajo de las pestañas. Su voz es ahora voz poco más que un susurro. Y Brian entiende.
"¿Y estás tú solo?"
El crío se encoge de hombros de nuevo y Brian se fija en sus maneras toscas, ligeramente hostiles, como si le estuviera midiendo todo el tiempo. El muchacho, esa mirada. Le recuerda a alguien, alguien tan lejano en el tiempo que hasta ese momento creía haberlo olvidado ya.
"Ya" hace una pausa "¿Estás dibujando un pájaro!" pregunta tratando de convertir la interrogación en entusiasmo. Es una pregunta tonta, pero lo cierto es que a Brian nunca se le han dado bien los críos. Porque nunca los ha considerado como críos en sí, supone. Porque nunca le pareció ser realmente un niño cuando en supuestamente lo era. No puede evitar un pinchazo de tristeza cuando piensa en lo bien que se le daban a la Reina, siempre arrancando sonrisas y haciendo carantoñas. A Brian sencillamente no le sale.
El niño hace un mohín, como si se diera perfecta cuenta de lo poco que le pega a Brian eso de dulcificar la voz y llenarlo todo de admiraciones y hasta le diera un poco de pena por los nefastos resultados de su intento. Levanta la cabeza, señalando con el índice hacia el cielo y cuando Brian sigue su mirada ve, oscurecida contra los rayos del alto sol de mediodía, la silueta de una gaviota.
¿Aquí? ¿Qué hace una gaviota aquí? El mar está muy lejos para…
"¿Por qué me has seguido?" la voz del niño le atrae de nuevo hacia el suelo. Un negativo de luz impregna sus retinas, convirtiendo por unos segundos sus rasgos en un borrón.
"¿Eh?"
"Que por qué me has seguido" vuelve a decir, muy quieto, echando un vistazo ávido a eso que Brian esconde detrás de su espalda.
Claro.
"Ah, ya" dice, fingiendo un tono casual, extendiendo el brazo y tendiéndole un corazón rojo y perfecto, el envoltorio un poco arrugado y templado por el calor "Es solo que quería darte esto"
Es instantáneo e inesperado. El niño sonríe, dientes blancos y brillantes. La sonrisa le alcanza los ojos claros y algo en el pecho de Brian se reduce hasta alcanzar el tamaño de una partícula diminuta y aprisionada, una clase de dolor que no había sentido nunca antes y que su cuerpo quisiera rechazar, pero temiera perder al mismo tiempo. Se pregunta si fue así. Si entonces, en algún momento, si fue alguna vez así. El niño coge el corazón con lentitud, casi con reverencia y Brian se da cuenta de que es aquí, es este momento, en mitad de la desolación, después de todo lo que ha visto y vivido, por todos los dioses, es esto, la cosa más bonita y la más triste que ha visto nunca.
"Gracias" susurra el niño, apretando el corazón contra la piel morena de su pecho, como si pretendiera protegerlo y por un instante parece como si perteneciera exactamente ahí, expuesto directamente sobre su cuerpo, como si de verdad un corazón pudiera tocarse y entregarse, sujetarse en las palmas de las manos. Y entonces el muchacho echa a correr de nuevo, y desaparece de su vista tan rápido como la primera vez.
ºººº
"¿Brian?"
Brian no contesta. No sabe cuánto tiempo ha estado sentado aquí, ni cuando ha llegado el mago. Sus pensamientos son como las piezas dispersas de un mecanismo que espera ser ensamblado. Pero su dueño no es capaz más que dejarlas estar, seguro de que todo será más fácil si nunca las toca. Si no permite que sean más que pistas diseminadas al azar, nunca una figura uniforme. Algo a lo que poder mirar y ser incapaz de ignorar entonces la forma que tiene aquello que nunca ha querido mirar de cerca.
El mago se sienta a su lado. Sus hombros entrechocan en un movimiento de vaivén y Brian contiene el impulso de dejarse caer solo un poco, permitirse reposar contra esa solidez, para ver si así el mundo entero decide descansar también un segundo y parar a esperarle.
"Lo que acabas de hacer…" empieza el mago. La voz suave, ligera, como si Brian fuese algo que hay que tener cuidado de no romper. "No—"
"No me importa si no sirve" le corta, expulsando aire caliente en el hueco que forman sus brazos. Aprieta más las rodillas contra sí. No le importa en absoluto si este corazón cuenta o no para romper el encantamiento. Que qué más da ya. Si no van a conseguirlo.
"No era eso lo que…."
Si ya no está seguro de tener derecho a conseguirlo, cuando mira a su alrededor.
"Da igual" Respira. Hondo. Despacio "Haz que vuelvan a ser como eran" dice y algunas de las piezas se colocan en su sitio en contra de su voluntad.
"¿Qué? Brian. Yo—"
"Tú tienes magia. Puedes hacer que todo esto pare"
"No—"
"Sí. Sí que puedes. Mira lo que me has hecho a mí" insiste, cerrando el puño contra el pecho "Hace falta mucho poder para hacer esto, así que cámbialos"
"Brian" susurra el mago, inclinando la cabeza para buscarle los ojos y Brian rehúye su mirada, la vista clavada en los dibujos que desaparecen ya sobre la arena "No es tan sencillo. Lo habría hecho ya si pudiera, ¿crees que no? Pero hace falta muchísimo más que eso. No se trata solo de cambiarles y ya está. No puedo hacerles pensar y sentir lo que yo quiera. Eso es lo que hacen los Ura."
"¿Y entonces qué? ¿Se quedarán así para siempre?" dice, casi gritando. Señala hacia el horizonte de arena. Los ojos le arden. "¿El se quedará así para siempre?"
El mago vuelve la mirada hacia atrás, hacia el lugar por el que ha desaparecido el niño. Hay tristeza en su rostro, y Brian quiere que pare, que toda, toda, toda esta tristeza se evapore y se desvanezca a la vez, para no tener que volver a verla nunca. Que esta sensación que lo vuelve todo gris y terrible termine para siempre. Que todo vuelva ser como era antes. O distinto. Pero no esto.
"No. He dicho que yo no puedo hacer nada. Solo. Hace falta mucho poder, es cierto, pero ese poder existe y puede unirse contra ellos"
"¿Cómo en esa estúpida leyenda tuya? ¿Es eso lo que crees? ¿Qué la gente puede unirse y querer cambiar las cosas? Despierta, mago. El mundo no es cómo tú crees que es" casi grita, la rabia royéndole la lengua. "No es más que la misma historia, repetida una y otra vez. Es lo que hacen las personas. La supervivencia del más fuerte. Y terminará por tragárselo todo. Y la única forma de sobrevivir es luchar por uno mismo. Ser más fuerte que todos ellos. No dejar que—"
"Dime entonces. Si es así. Si es como tú dices" Justin se levanta, le mira desde arriba y dónde Brian esperaría encontrar ira, o desprecio, o decepción, no hay más que claridad, una claridad limpia y perfecta "Entonces dime que no te importa, Brian. Dímelo, y haz que te crea"
Brian cierra los ojos, y se cubre el rostro con las manos.
ºººº
"Espera. Espera. Así. Ya está"
Justin retira la manta hacia un lado y Brian se deja caer sobre la cama. El tacto de la tela de la almohada es suave y fresco contra su mejilla y Brian resiste el impulso de cerrar los ojos y permitirse dormir durante una vida entera. Siente el cuerpo pesado, laxo, como si el mismo gris que lo cubre todo allá fuera hubiera encontrado la forma de colársele dentro. El mago le retira el pelo hacia atrás, la palma templada sobre su frente y Brian piensa que es extraño, cómo algo tan simple puede ser tan poderoso, la forma en que su cuerpo se relaja al contacto, sintiendo que ahí, en ese punto exacto en el que sus pieles se tocan, el mundo es un lugar un poco más cálido, menos terrible.
"Descansa un poco, ¿vale?" dice Justin, los dedos enredados en los mechones, acariciando mínimamente la piel. Pero Brian no necesita descansar, lo que necesita es—
"No quería que me importara" susurra y siente que algo en su interior se rinde y abre los ojos.
El mago le mira. Azul y el color huidizo de la curva de sus pestañas. Le mira como si le importara, como tantas otras veces, pero lo que hace que esta sea distinta es que Brian ya no puede, ni huir, ni apartar la mirada. Esta vez Brian sabe que es cierto, que eso de lo que más huye ha estado siempre con él y que ya no es capaz de disfrazarlo de nada.
"¿Por qué?"
¿Por qué?
No llegaba la luz, parecía que nunca llegaba la luz y eso es lo que mejor recuerda. Su padre les había dejado hacía tiempo Tres bocas son demasiadas bocas que alimentar. Ahora tiene dos problemas menos Es lo que contestó su madre cuando Brian ya no pudo soportarlo más e hizo la pregunta. No era tan pequeño como para no entender, cuando ella también se marchó, que ahora ella tenía también un problema menos. ¿Por qué?.
"Porque yo no era muy distinto a ese crío cuando ella me encontró" Brian lo siente en los huesos, como esas cosas que se quedan grabadas y no dejan nunca de estar ahí. Hay cosas que no se olvidan, aunque quieras. No se borran nunca. Recuerda la pérdida. La soledad. Recuerda la primera vez que la vio, a la Reina, el pelo rojo y los ojos esmeralda. Una sonrisa blanca, perlada de luz.
"Pero ya no, Brian. No lo eres desde hace tiempo" dice Justin, bajando la mano hasta su mejilla y obligándole a mirarle a los ojos, muy serio. Pero Brian está agotado, cansado de sí mismo y de esta inmensa tristeza que engulle al mundo que les rodea, a dónde ya no llega ninguna luz.
"Hay cosas que no cambian"
"Eso es solo si no las dejas cambiar" susurra Justin, y cualquier cosa parece posible en ese momento, cerca de él, mirándole como si no hubiera magia alguna para la que no pudiera encontrar las palabras. Cambiar, ser mejor que el pasado. Tal vez Brian perdió su corazón hace ya mucho tiempo, en una habitación pequeña y oscura, esperando a alguien que nunca regresó y tal vez sea ese el verdadero conjuro, con más poder sobre él que ninguna otra cosa. Tal vez haya llegado ya el momento de romperlo.
"¿No hay quien pueda contigo, eh?" dice, sonriendo sin poder evitarlo y el mago le devuelve la sonrisa, cálida como el primer amanecer de primavera.
"Soy un mago, ¿qué esperabas? Me cuesta creer en lo imposible" Se inclina hacia él, los mechones rubios desparramados sobre su frente y Brian quiere alargar la mano y retirarlos, porque en este preciso instante, parece que cubrieran el sol.
"Este pelo tuyo crece a un ritmo vertiginoso. Lo sabes, ¿verdad?"
El mago entrecierra los párpados, una sonrisa suave se curva en el ángulo de sus labios. Y no es que sea guapo, piensa Brian, es otra cosa.
"Será cuestión de magia"
Magia. Sí. Eso es.
"Hay algo que siempre me he preguntado" dice Brian. La necesidad es demasiado irresistible como para ignorarla y retira finalmente los mechones, que se resisten, rebeldes entre sus dedos "¿Qué ves tú cuando me miras?"
Es un silencio tranquilo, el que espera entre los dos. Es un silencio que no tiene prisa. Se deja acariciar por el resplandor blanco que asoma en el cuarto, plata sobre la piel y líquido en los irises de la mirada de Justin. Es la luna que está de vuelta, la luna de las leyendas. Un faro que aclara el camino en las noches oscuras.
"Brian. Yo solo te veo a ti"
Un conjuro. Solo es un conjuro. Nada más. Y todo conjuro puede romperse, si conoces las palabras adecuadas.
"Tengo miedo, Justin" susurra Brian, cerrando los ojos y dejándolas ir.
"No importa. Yo estoy aquí." Justin suspira "Estoy aquí contigo"
