Título: Los opuestos se atraen
Título del capítulo: Cita (que no es una cita)
Género: General/Humor
Clasificación: PG / T
Prompt: #9 [Libre] "Mucho/Poco"
Palabras: 902
Francis no se había molestado en ponerse su mejor traje ni rociarse con su mejor colonia. ¿Qué fin tenía hacerlo si de nada iba a servir para la ocasión? Aunque claro, el atuendo y la fragancia que había elegido a cambio eran de la más alta calidad. ¡Él era Francia, por todos los cielos! ¡Era imposible, hasta en el más surrealista de sus sueños, que el país del amor y la moda no se encontrara radiante!
Se miró por última vez en el espejo, se acomodó su delicado cabello y le guiñó un ojo al reflejo del cual tan enamorado estaba. Cogió su juego de llaves, la billetera con algunas tarjetas de crédito y por fin salió al encuentro.
En realidad, cuando tenía una cita prefería agasajar a su acompañante con lo mejor de lo mejor en cualquier aspecto: el lugar, la hora, los regalos y detalles; inclusive su propia apariencia. Siempre escogía un restaurante afín a los gustos de la otra persona, un horario que le pareciese conveniente —generalmente a la noche—, un presente que muy seguramente sabía le encantaría y demás.
En todo momento le daría a su cita lo que le agradase y se aseguraría de hacerle pasar un buen rato, porque de esa forma, Francis también disfrutaría de la velada.
Pero ese día, esa cita en particular, rompía con todos sus ya perfeccionados modus operandi. ¿Y cómo no iba de hacerlo ¡si se trataba del mismísimo Arthur Kirkland!?
Tenía razones para ello: si no aceptaba las condiciones del británico, para empezar no habría cita —"no es una cita, sólo vamos a tomar unos tragos, you bloody French. Más te vale no intentar nada raro."—ni manera de tener la oportunidad de estar con la… siguiente víctima de sus naturales encantos; por decirlo de alguna manera.
Condujo su lujoso Renault a través del Canal de la Mancha y en poco tiempo llegó a su destino. En frente del local donde llenarían sus venas de alcohol, se encontraba Arthur ya esperándolo. Rápidamente el inglés lo ubicó y su semblante sin expresión pasó a fruncirse entre las cejas.
—¿Por qué la cara de pocos amigos? Llegué a tiempo, ¿verdad?
—Es la costumbre que tengo desde hace siglos, ya es algo automático —respondió así sin más, relajándose y volteándose para abrir la puerta del bar.
Entonces Francis suspiró, ¿qué debería hacer? No podía mantenerle la puerta abierta como a una señorita, sabía que si endulzaba los oídos del británico sobre cualquier cosa, éste lo tomaría a mal; tampoco cabía la posibilidad de comportarse como un caballero y besarle la mano; eso sería aún peor.
—¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí parado? —las palabras de Arthur tenían el filo de siempre, mientras que éste le mantenía la puerta abierta.
—¿Tan ansioso estás de pasar la velada conmigo? —ignoró una mirada fulminante y pasó.
No era la primera vez que Francis ponía un pie en ese bar. No que lo recordara parte por parte, objeto por objeto ni ornamento por ornamento; pero el sentimiento que transmitía era el mismo que las últimas veces: denso, un poco oscuro, pero excelente para intimar y beber unos tragos con tus amigos. Arthur se le adelantó y se sentaron a la barra. La atención fue rápida y al poco tiempo ya tenían sus respectivas bebidas —ginebra y vino— en sus manos.
Mientras comenzaban a hablar de cosas triviales, el francés tomaba notas mentales. Examinaba los gestos, los movimientos, la mirada, la voz y otros rasgos del británico para poder hacerse una idea de su estado de ánimo. Arthur estaba tranquilo. Las preocupaciones eran las de siempre, los temas a resolver (sus hermanos, la economía, la política) no variaban mucho; normal.
A partir de sus conclusiones pensó en los posibles tópicos de conversación. Tenía que ser muy cuidadoso de no alterar a su potencial presa y arruinar la velada. Por ello se esforzó, mucho e incluso demasiado: pensó detalladamente cada movimiento, palabra e inclusive la manera de oír lo que el otro comunicaba.
A fin de cuentas, terminó actuando de una manera rara, poco "Francis", al punto de que ni él mismo se sentía el de siempre, lo que estaba empezando a frustrarlo. ¿Por qué Arthur tenía que ser tan difícil?
—Francis —lo llamó en un momento en el que se encontraba reflexionando las consecuencias de pedir otra bebida.
—¿Sí, mon ami? —le sonrió de manera poco natural al volver a la realidad.
—Me estás incomodando.
—¿Discúlpame…? —levantó las cejas.
—Tu manera de actuar me incomoda. ¿Qué te pasa? —al ver que había tomado al otro desprevenido y que al francés le faltaban las palabras, continuó—. ¿Dónde está tu soltura y esa estúpida actitud tuya?
La velada acabó en un silencio incómodo. Cada uno pagó lo que le correspondía y fueron a despedirse ante la entrada.
—Tú… —comenzó Francis, pero ante la mirada de Arthur no pudo continuar.
"…dijiste que esto no era una cita, por lo tanto hice lo que pude para no hacerte enfadar. Royaume-Uni, por mucho que me esfuerce, a veces no logro comprenderte."
—¿Qué yo qué, frog…? En fin, la próxima vez trata de no ponerte así, ¿quieres? Ya es difícil lidiar contigo, me la pones peor cuando tengo que lidiar con un tú desconocido.
Otra vez hubo sólo miradas. Entonces se escuchó un "good-bye".
Francis, cuando se halló solo, suspiró. ¿Qué era exactamente lo que Arthur pretendía de él?
N/A: Estuve literalmente un mes haciendo esto, LOL. No pude decidirme fácilmente por el final, hasta que lo logré... ¡Pero espero que les haya agradado! :D
