Tres


El llanto repercutía en una fecha exacta de cada mes. Siempre a la misma hora, y el sonido se propiciaba solo en un lugar de la casa.

Extrañamente Marie había aprendido a convivir con el ente escondido en algún rincón de su residencia. Y pese al común desbarajuste que este creaba, no sintió ningún tipo de miedo o desconfianza; es más dentro de él empezó a nacer la piedad. Un tipo de desdicha, nacida de la pena ajena.

¿De qué lloraba la mujer?

¿Por qué siempre en la misma fecha?

¿Por qué…?

No entendía nada, y pese a que la lógica le dictaminaba el tener que informar a otros de lo ocurrido, calló. Y en cambio, cada fecha que se efectuaba el suceso, él iba a pausados pasos a la habitación, queriendo iniciar algún contacto.

Era algo estúpido, y hasta temerario, pero… nunca salía herido, y en cambio al estar cerca, solo obtenía silencio y dudas. Y… el llanto se tornaba en la sonata de la semana —ella rondaba ahí, en su cabeza— y la interrogante se fungía en su mente y no lo dejaba en paz.

«Pobre mujer». Pensaba apesadumbrado, mientras tocaba con cautela el reloj de su sala. «¿Qué le habrá pasado?».

Nunca obtendría una respuesta obviamente, al menos no una textual.

De esa forma pasó medio año, de cortinas que se abrían, pasos estridentes en las noches, objetos que se rompían, y llanto que se cortaba ante la cercanía.

Cierta noche, decidió probar una fórmula diferente a la confrontación pasiva. Y cuando la escuchó gemir su pesar, se sentó en la silla cercana al piano, y aun con el ruido presente, empezó a tocar un variado de varias piezas que conocía.

El llanto poco a poco se volvió incierto, y al poco acalló. Marie pudo escuchar tras ese mutismo, el cómo se instauraban unos inseguros pasos en el suelo de la habitación, y juró sentir cómo alguien lo miraba.

No se sintió nervioso, ni mucho menos asustado, y en cambio, pudo dejar que una sonrisa se deslice por sus labios, a la par que seguía con la sonata nocturna.

Recordó en ese momento, la razón por la que no dejó que la depresión lo absorba una vez perdió la vista: «Aún quedaba la música».


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