Buenos días muchachos de la vida y del amor, cómo están, cómo les va la vida. Bueno, me habría gustado actualizar ayer pero por razones fuera de mi jurisdicción me fue imposible.

(cuando digo esto normalmente es porque me eché a flojear todo el día, así que no me crean sjfjabe)

Pongo esto en negrita porque quiero hacerles una petición muy muy importante. Están abiertas las votaciones de los Amortentia Awards en Facebook, y mi fic "Expectativa versus Realidad" fue nominado en la categoría de comedia. Si pudieran hacerme el favor de ir y votar por mí en esa categoría, se los agradecería muchísimo e incluso les doy capítulo nuevo. Y es en serio. (Y de paso votan por , LexSnape y MoonErebos en todas las otras categorías, please) Sólo tienen que buscar "Amortentia Awards" en el buscador y de inmediato encontrarán la página.


Tercer encuentro.


05 de septiembre.


Hermione está en casa.

Y eso sólo significa una cosa.

Limpieza.

El plan de acción en esos casos se supone es cerrar la puerta principal de la casa con cerrojo y correr las cortinas, además de buscar los audífonos para escuchar la música más ruidosa que hay en su lista de reproducción, y fingir que no escucha el sonido del timbre y los gritos indignados de Hermione ordenándole que abra ya o lo matará.

El plan se ve frustrado cuando Hermione abre con su copia de la llave, aquella que Harry le había dado hace unos meses para que no se repitiera el caso del coma etílico por sobredosis de alcohol, donde le había encontrado desmayado en el baño y rodeado de su propio vómito.

La chica entra como una bala, hace un montón de preguntas irritantes sobre su persona -relacionadas mayormente con cuántas botellas se ha bebido esa semana, a lo que Harry niega haber bebido para no preocuparla-, y posteriormente comienza con su revisión de la casa. En pocas palabras, examina cuán mugrienta se han vuelto durante esos días las habitaciones en desuso.

Y como todas las semanas, arrastra a Harry a la ducha para que tome un baño decente, porque está segura que Harry se ha limpiado por aquí y por allá todos esos días, y luego lo obliga a ayudarle a ordenar lo que está a su alcance.

—Un dueño limpio significa una casa limpia —dice, levantando la nariz en actitud superior, y le tiende el plumero a su amigo.

Pasarse toda la mañana aseando es la cosa más tediosa que Harry puede hacer además de trabajar, pero Hermione es inflexible en su misión personal. Pero lo más tedioso del asunto es limpiar aquel maldito cuarto que tiene toda la basura acumulada en esos años de residir allí.

—Hermione, ¿cómo vamos a sacar todas estas cajas de aquí? —pregunta Harry, sus manos sosteniendo una enorme caja de cartón llena de ropa vieja que no había vuelto a usar jamás. Hermione le mira antes de volver a dirigir su vista al montón de cables en una esquina del cuarto, y se apoya sobre una pequeña estufa para recoger toda esa basura.

—Habrá que sacarlas una a una —responde, subiéndose las mangas del suéter que lleva encima. La habitación no es muy calurosa, pero el esfuerzo físico le hace sudar rápidamente.

—O podríamos tirarlas por la venta... ¡Hermione, no mires eso! —ordena a las prisas, pero ya es muy tarde.

Hermione mira el consolador, tirado inocentemente a un par de centímetros de sus pies. Es de color crema, como si fuera piel de verdad, y a lo largo hay venas pintadas de un tono más oscuro para darle más realismo. Supone que es de aproximadamente unos diecisiete o dieciocho centímetros de largo y unos cuatro de grosor, con testículos incluidos. No quiere ni imaginar por qué había un consolador en casa de su mejor amigo.

Es decir, sabe que es gay, pero esas sorpresitas no son muy gratas a la vista.

—Eh... esto... ¿lo usas? —pregunta ella, y al entender que su pregunta puede ser malinterpretada, carraspea, sus mejillas coloreándose de un intenso rojo que llega a sus orejas— Digo, para saber si vamos a desecharlo.

Harry se acerca, toma el juguete y lo lanza sin vacilar a la bolsa plástica que está destinada al cubo de basura en su jardín.

—Tú no... no viste eso.

—Esto nunca pasó. Sí.

Y siguen limpiando.

Para su buena suerte, no hay más cosas vergonzosas en el cuarto vertedero, excepto un par de revistas para adultos mayores que Hermione misma se encarga de meter dentro de la bolsa, la cara tan sonrojada que puede pasar por tomate.

Cuando el calor dentro de la habitación ya es insoportable, y hay una docena de cajas con cachivaches y ropa mohosa que seguramente consiguió de alguna venta de garaje, Harry y Hermione comienzan a acarrearlas desde el segundo piso hasta la puerta. Los trayectos cuestan lo suyo, más por la escalera que no tiene un barandal. El proyecto de colocación de barandal que había planeado había sido pospuesto por razones de fuerza mayor, y por eso Harry debe fijarse constantemente en dónde pisa para no terminar desnucado.

Cuando están levantando a duras penas una caja para ponerla en el enorme cubo plástico en su jardín delantero, una voz hace que Harry casi le eche encima las cosas a Hermione.

—¿Día de aseo?

Tom Riddle está apoyado en la cerca de madera pintada de blanco, y Harry no puede evitar recorrerle con la mirada. El hombre es tan masculino y atractivo que Harry desearía encerrarlo dentro de casa para no dejarle salir jamás. O ser un ninfománo lujurioso sin sentido del pudor para saltarle encima de una vez y no andar tonteando.

Aquella camisa blanca y la corbata desanudada provoca que una bestia escondida en su estómago quiera tomarle de la misma tela y besarlo hasta dejarlo sin fuerzas.

—Sí, ya era hora de una buena limpieza —responde, y disimula que no siente la mirada penetrante de Hermione quemando en su nuca, como si le dijera "¿Qué dices? ¡Te obligo todas las semanas a limpiar!". El hombre hace un sonidito que suena como "hmm".

—Bonito pantalón, Harry —se mofa Riddle, mirando hacia sus piernas, y Harry agacha la cabeza.

Oh.

Esos pantaloncillos viejos no son lo que uno llamaría ropa infartante y de última moda.

Es más, está seguro que fueron de su padre alguna vez. Es algo que James Potter usaría. El rojo y el dorado son sus colores favoritos, pero no se le ven muy bien cuando los combina en prendas. Además sus rodillas son huesudas y nudosas, y demasiado pálidas para concordar con el resto de su cuerpo, que es moreno.

Hermione carraspea. De verdad esa costumbre que tiene de hacer eso en los momentos más inoportunos es irritante.

—Hermione Granger, un placer —se presenta, torciendo el gesto. Riddle la mira, levanta la ceja (Santo Dios, esas cejas deberían estar prohibidas) y abre la boca.

—Tom Riddle —corresponde al saludo escuetamente, y vuelve a observar a Harry—. ¿Su novia?

Oh.

Oh oh.

Algo ha pasado.

No le está tuteando. El interior de Harry grita y le ordena que aclare las cosas porque sino va a cagar todo sin siquiera haber empezado, y entra en pánico. Tom sigue mirándole, interrogante.

Y Hermione abre la boca.

—Sí, soy su novia.

No.

Y Harry escupe saliva, una carcajada y el alma al mismo tiempo. Y probablemente un pulmón también, junto a su hígado irritado por tanta mierda que bebe.

—¡Harry! ¡¿Estás bien?! —grita Hermione, dejando caer la caja al suelo estrepitosamente, y la ropa vieja se desparrama sobre el césped mal cortado. Harry no puede respirar correctamente porque está demasiado ocupado riéndose, y sus risas suenan como cacareos de gallina con agujas en la garganta.

—S-sí... —y echa a reír de nuevo, hasta que cae en cuenta que está arrodillado en el pasto y es más que posible que se vea como un loco.

—Aparte de borracho, demente —habla Riddle, con gesto aburrido, y Harry detiene su risa frenética en medio de jadeos. Se levanta con un gran esfuerzo y se sostiene de la cerca.

—Hermione no es mi novia. Está casada. Y es muy sobreprotectora.

Hermione enrojece comenzando por la punta de la nariz hasta las orejas, porque el tiro le ha salido por la culata y encima ha quedado de mentirosa frente al vecino de su mejor amigo, que la mira extrañado, y ella levanta la mano, dejando ver su anillo de compromiso.

—La única relación que mantengo actualmente-

—Es con las cervezas de Madam Rosmerta, lo sé —se apresura a hablar Riddle por él, estirando la sonrisa hasta que su rostro parece más el de un cazador en busca de una presa que el de una persona normal.

Y demonios, si el hombre quisiera jugar al lobo y al conejo Harry con gusto se pone el rabito en el trasero. Es más, hasta se consigue una zanahoria para pónersela como taparrabos.

La fantasía donde se ve vestido de conejito playboy con un lobo mordiéndolo por todos lados, se acaba cuando el alarido furioso de una Granger reclamando sobre que le ha mentido cuando ha dicho que había dejado el vicio le entra por un oído.

(Y como dice el dicho, le sale por el otro.)

—Nos vemos luego, Harry —se despide, guiñándole un ojo y dándose la vuelta para entrar de nuevo a casa, hasta que se detiene para mirarle sobre el hombro—. Ah, y por cierto, aún me debes 370 libras. No tengo mala memoria.

Y cierra la puerta.

Y Harry puede jurar por la memoria de sus abuelos, que en paz descansen, que cuando caminaba estaba meneando el culo.

Meneando el culo para él.

El descubrimiento le saca una sonrisa de la cara que ni la certeza de que debe aún 370 libras, y tampoco la boca abierta de Hermione preparándose para un nuevo interrogatorio, le borrarán de la cara.

—¿Acaba de pasar lo que creo que acaba de suceder? —balbucea, subiendo la cinturilla de sus pantalones cortos.

—Si te refieres a que tu vecino te guiñó el ojo y luego se fue caminando como si fuera una mujer —habla Hermione—, me parece que sí.

Harry grita y lanza el puño al aire, porque no todo está perdido. Y en realidad, tiene más oportunidades que nunca en su mísera y perra vida.

Sabía que levantarse temprano hoy y hacer algo decente por su vida traería buenos resultados.