Te lo prometí, Papa

.

—Está muerta.

Parecía una voz masculina. ¿De qué estaba hablando? Isabella intentó entender lo que decía. De repente, vio a un hombre alto y de pelo cobrizo. Tenía una expresión tensa, y sus ojos verdes eran tan intensos que le dieron un poco de miedo. Sabía que lo conocía, pero no alcanzaba a ubicarlo. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba hablando de ella.

—Está muerta.

—No, sólo dormida.

—No se mueve, está muerta.

Isabella empezó a alarmarse. ¿Era cierto?, ¿estaba muerta? ¿Quién era aquella gente que estaba hablando de ella? Empezó a despertar, y se dio cuenta de que estaba sumida en un extraño sueño. No estaba muerta, sino dormida. Intentó estirarse aunque estaba débil y dolorida.

¿Dónde estaba?

—Nadie duerme durante un día entero. Está muerta, Rennesme. Muerta. ¿Lo ves?

Isabella dio un respingo cuando alguien le agarró un pie a través de una suave manta acolchada. Abrió los ojos, desconcertada, y parpadeó ante la luz que inundaba la habitación. Al ver unos brillantes ojos verdes y una sonrisa traviesa, soltó una exclamación.

—Te he dicho que estaba viva.

Isabella se levantó a pesar de lo dolorida que se sentía, y se quedó mirando a un niño de pelo oscuro que tenía unos ojos verdes que le resultaban muy familiares.

—Claro que no está muerta, lleva durmiendo desde que papá la trajo a casa. Ya lo sabía, pero te he tomado el pelo. ¿A que sí?

—¡Ni hablar!

Isabella miró a su alrededor. Estaba en una enorme cama con dosel de madera oscura y tallada, y con los cortinajes de un suave tono azul.

Bajó la mirada hacia la niña que tenía a su lado, que la miró sonriente y le dijo:

—Soy Rennesme. Papá dice que tú eres la señorita Swan, ¿eres su amante?

El niño le dio un tirón en el pelo a la pequeña, que se vengó con un sonoro puñetazo en la mandíbula.

Papá. En ese momento, Isabella lo perdió todo por segunda vez en su vida. La angustia la golpeó de lleno en una ola que pareció ahogarla. No podía respirar y las lágrimas le inundaron los ojos, pero no le importó. Soltó un gemido, y se encogió de dolor.

Habían ahorcado a su padre. No iba a volver a verlo, Aro y los británicos lo habían asesinado.

—Está enferma, ¡voy a por papá! —el niño salió corriendo de la habitación.

Isabella apenas lo oyó. Edward de Masen había ido a la ejecución, y había evitado que viera morir a su padre. Debía de estar en Windsong. Dios, ¿cómo iba a sobrevivir a la pérdida y al dolor?

Una manita empezó a acariciarle el brazo.

—No llores, señorita Swan. Sea lo que sea lo que te pone tan triste, mi padre puede arreglarlo. Él hará que te pongas alegre, puede hacer cualquier cosa —la voz de la niña rebosaba de orgullo.

Isabella miró a la pequeña a través de las lágrimas. No recordaba gran cosa, aparte del sonido horrible de los huesos del cuello de su padre al romperse. Era un sonido que no iba a olvidar jamás.

—Mi padre está muerto —le dijo a la niña con voz ronca. Se rodeó con los brazos, y se encogió de nuevo.

De repente, se oyó el sonido de pasos que se acercaban a toda prisa, y la voz severa de de Masen.

—¡Rennesme!

—¡No está llorando por mi culpa, papá!

Isabella consiguió alzar la mirada sin dejar de abrazarse con fuerza, y empezó a recordar que aquel hombre la había mantenido apretada contra sí durante la ejecución.

—Ya lo sé, Rennesme. Por favor, ve con tu hermano a vuestra sala de juegos —de Masen señaló hacia la puerta con expresión rígida.

Estaba claro que la niña sabía que tenía que obedecer de inmediato, porque le lanzó una mirada llena de preocupación a Isabella y se apresuró a irse.

Isabella miró a de Masen, que se detuvo a los pies de la cama y le dijo:

—No voy a cometer la tontería de preguntaros cómo os encontráis. Lamento vuestra pérdida, señorita Swan.

Isabella se echó a llorar de nuevo. Se puso de lado, y dio rienda suelta al dolor. Notó que él se acercaba y que se quedaba de pie junto a la cama, pero la angustia era demasiado fuerte.

—Marchaos —sollozó, aunque en el fondo no quería que lo hiciera.

Lo que quería era que la abrazara tal y como había hecho horas antes, que la apretara contra su cuerpo hasta que las heridas sanaran, aunque sabía que nunca lo harían.

Cuando él le posó una mano en el hombro, Isabella se dio cuenta de que lo tenía al descubierto. Su cuerpo desnudo estaba cubierto por un fino camisón de algodón y encaje, y no tenía ni idea de dónde estaba su ropa ni de a quién le pertenecía aquella prenda.

—El dolor que sentís es comprensible —le dijo él con suavidad—. He mandado a buscar al médico de mi barco, él os administrará láudano para aliviaros un poco.

La marea de lágrimas se había detenido. Isabella se puso de espaldas, y se quedó mirándolo. Él se apresuró a apartar la mano de su hombro.

—Láudano —Isabella conocía los efectos que tenía. Le habían dado un poco cuando se había roto la muñeca de niña, y el dolor se había desvanecido. Se preguntó si conseguiría eliminar también el dolor del alma.

De Masen estaba visiblemente tenso, pero sus ojos rebosaban comprensión y compasión.

—Si os sirve de algún consuelo, vuestro padre tuvo una muerte rápida.

Ella empezó a llorar de nuevo.

—Con el tiempo será más fácil, la angustia irá remitiendo. Os lo prometo, señorita Swan.

Ella negó con la cabeza, ya que en ese momento le resultaba imposible creer que aquello fuera cierto.

—¿Vuestro padre también está muerto?

—No, pero mi madre sí. Falleció cuando yo era muy pequeño.

—¿En serio?

—Sí. Murió al dar a luz a Elisabeth, mi hermana pequeña.

Cuando Isabella intentó sentarse, él la rodeó con un brazo para ayudarla. Se aferró a sus antebrazos al sentirse un poco mareada, pero el mareo se intensificó. Se echó hacia delante, y apoyó la frente contra su pecho mientras la cama parecía girar sin control.

—Tenéis que tumbaros y levantar las piernas —le dijo él con firmeza.

Isabella no pudo contestar, ya que estaba intentando salir del remolino que la envolvía, pero de repente estuvo de espaldas con todos los cojines en el suelo y con una almohada de terciopelo azul debajo de las rodillas. La cama fue dejando de girar poco a poco, y cuando se detuvo al fin, abrió los ojos y vio a de Masen sentado a la altura de su cadera. Tenía un brazo bajo sus rodillas junto a la almohada, y estaba observándola con expresión intensa.

—Estáis exhausta. ¿Cuándo comisteis por última vez?

Isabella no tenía ni idea.

—Estoy bien. Nunca me desmayo, no sé por qué estoy mareada.

De Masen se levantó de golpe, le cubrió las pantorrillas con el camisón, y dio media vuelta.

—Anthony, deja de fisgonear desde la puerta y ve a pedirle a algún criado que traiga un plato de sopa y pan.

El niño asintió, y se alejó corriendo.

—No tengo hambre —Isabella empezó a sentirse como una tonta, e intentó apartar de una patada la almohada. Era más que consciente de que de Masen seguía con una mano bajo su camisón.

Él le agarró las rodillas para impedir que se moviera.

—Supongo que hace días que no probáis bocado. Tenéis que comer si no queréis acabar en la tumba como vuestro padre, señorita Swan.

Sus ojos se encontraron, e Isabella fue incapaz de mirar hacia otro lado. Daba la impresión de que él se preocupaba por ella de verdad, pero eso era imposible. Una punzada de interés empezó a abrirse paso entre el dolor que la embargaba.

—No quiero morir —le dijo con sinceridad.

Él esbozó una sonrisa, y contestó:

—Perfecto.

.

.

Cuando Isabella despertó de nuevo, la luz del sol intentaba colarse a través de las cortinas. Se quedó mirando la tela azul del dosel, y fue recordándolo todo. Estaba en Windsong, y su padre había muerto.

Sintió una tristeza avasalladora, y se preguntó cuánto tiempo había pasado desde la ejecución. Recordaba haber comido sopa y pan varias veces con la ayuda de una doncella rellenita y pelirroja, a un médico de pelo canoso que le había hecho una revisión y le había tomado el pulso, y tenía la impresión de que había tomado varias veces té con un poco de láudano.

Recorrió la habitación con la mirada al recordar a un niño de pelo oscuro y a una niña rubia, pero en ese momento estaba sola. Se preguntó si los pequeños habían sido fruto de su imaginación, o parte de algún sueño extraño. ¿Había visto realmente a los hijos de de Masen? Si los rumores eran ciertos, uno de ellos era un príncipe o una princesa.

De Masen. Había ido a la ejecución, y había impedido que viera la muerte de su padre. Se preguntó si la había abrazado con actitud protectora, o si eso también había sido un sueño. Estaba muy confundida. Sus recuerdos estaban fragmentados, y le resultaba difícil discernir lo que era real y lo que no.

Cada vez que pensaba en su padre, la inundaba una nueva oleada de angustia, pero a pesar de todo, se sentía un poco mejor. No estaba tan dolorida, y hasta tenía hambre.

Se sentó en la cama y se estiró con precaución. Las piernas no le dolían, el estómago empezó a hacerle ruido, y la habitación no empezó a dar vueltas.

Echó las mantas a un lado, y se detuvo al darse cuenta de que había dormido en una cama digna de una reina.

Sabía que de Masen era rico, pero jamás habría podido imaginar que viviera así. Aunque debía admitir que era la primera vez que estaba en casa de alguien rico y aristócrata.

Saboreó la caricia del camisón de algodón al levantarse, y al ir hacia la ventana se detuvo al ver su reflejo en un enorme espejo con el marco tallado. Le pareció que veía a una desconocida atractiva y muy femenina que vestía un camisón ribeteado de encaje. La mujer tenía una melena de un tono castaño con unos extraños reflejos rojizos que le llegaba casi hasta la cintura, unos ojos marrones y grandes enmarcados por unas pestañas largas y espesas de un tono oscuro similar al de las cejas, una tez bronceada que en ese momento estaba teñida de un ligero rubor, y unos labios rosados y carnosos. Tenía los brazos y los hombros al descubierto. En caso de querer encontrarle algún defecto, quizás podría decirse que sus hombros eran un poco más anchos de lo acostumbrado y reflejaban una fuerza poco femenina, pero la plenitud de sus senos contribuía a que ese detalle se pasara por alto. El camisón tenía unos pequeños tirantes, pero era bastante escotado.

Isabella se dio cuenta de que estaba ruborizándose mientras se contemplaba. En ese momento no parecía la hija de un pirata, sino una mujer de alta cuna.

La mera idea la sobresaltó, y se apresuró a volverse hacia la ventana y a apartar la cortina. Lo primero que vio fue que el sol estaba bien alto y avanzaba hacia el oeste, así que el mediodía ya había quedado atrás. Su dormitorio daba al puerto, y lo segundo que vio fue su fragata preferida, la Dama de la Justicia. ¿Cuántas veces había visto a de Masen en el alcázar, mientras sus hombres izaban las velas antes de zarpar? ¿Cuántas veces se había quedado mirando mientras la fragata ganaba velocidad y el viento hinchaba las velas? A veces había contemplado el navío desde el puerto, lo había seguido con la mirada mientras zarpaba y se internaba en el mar hasta que se convertía en un puntito en el horizonte y parecía desvanecerse en la eternidad. ¿Cuántas veces se había preguntado lo que debía de sentirse al navegar en un barco así, capaz de tomarle la delantera al viento más fuerte?

De repente, vio la nave que llevaba su nombre.

Fort Charles quedaba enfrente del puerto, en una pequeña península que se extendía hacia el sudeste en el mar del Caribe. A pesar de que tenía izada la bandera británica, a pesar de que los mástiles estaban quebrados, a pesar de la distancia, reconoció al instante la que había sido su balandra. El dolor la golpeó de lleno, rebosante de odio y de angustia.

Hija, prométeme que te irás a Inglaterra con tu madre.

Oyó la voz de su padre con tanta claridad, que tuvo la impresión de que estaba con ella en la habitación. Se volvió de golpe, pero él no estaba allí. Se quedó mirando la puerta cerrada de la habitación, deseando en vano que entrara de un momento a otro.

Tragó con dificultad, y susurró:

—Te lo prometí, papá. ¿No te acuerdas? —se le hizo un nudo en la garganta.

Si, hija. Me acuerdo.

En ese momento, lo vio en la habitación. Lo vio con total claridad, aunque fuera mediante su imaginación. Se secó las lágrimas, y le dijo:

—Te lo prometí en la ejecución, papá. Te lo prometí, y ya sabes que yo siempre cumplo mis promesas. Iré con ella —la atenazó un miedo desgarrador. Iba a dejar atrás todo lo que le resultaba familiar, ¿qué pasaría si su madre no la quería?

Su padre sonrió.

Claro que te quiere, hija. Estoy muy orgulloso de ti.

—No sé si mamá estará contenta conmigo.

Ella te quiere, hija.

Isabella estuvo a punto de recordarle que era hija de un pirata, pero la imagen de su padre se desvaneció. Dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Estaba hablando consigo misma, o con un muerto? ¿Acababa de ver el fantasma de su padre? Estaba temblando de pies a cabeza, pero le dio igual. Había hecho una promesa y estaba decidida a cumplirla, iba a hacer lo que fuera necesario con tal de ir a Inglaterra. No tenía sentido que le tuviera miedo a un lugar, seguro que su madre la recibía con un cálido abrazo y lágrimas de alegría.

Tenía que centrarse en el viaje. Se mordió el labio, pensativa. Su padre le había dicho que tenía que ir con de Masen, pero no sabía si iba a lograr convencerle de que la dejara navegar en uno de sus barcos. Recordó lo amable que había sido con ella… o al menos, lo amable que había fingido ser. En principio estaba de acuerdo con su padre en que aquel hombre era un verdadero caballero, pero no sabía cómo iba a pagarle el pasaje.

Tenía muy pocas pertenencias… la daga, la pistola, la espada, una muda de ropa, y la cruz de oro de su padre. No quería desprenderse de nada, y en todo caso, dudaba que de Masen deseara alguna de esas cosas. De modo que sólo tenía un modo de pagarle el pasaje: iba a tener que ofrecerle su cuerpo.

Se tensó de inmediato con aprensión y miedo. Todos los actos sexuales que había visto por azar le habían parecido repugnantes. El gobernador Aro le había parecido de lo más desagradable. Jamás había entendido por qué los amantes que había visto parecían tan llenos de deseo, ni por qué el sexo excitaba a hombres y mujeres hasta el punto de arrebatarles la razón.

Su nerviosismo fue en aumento cuando salió de la habitación. De Masen le había asegurado que sus intenciones eran honorables, y por extraño que pareciera, creía que era sincero; sin embargo, a lo mejor accedía a acostarse con ella como pago por el pasaje. Todos los hombres a los que conocía habrían aceptado un trato así. Quizás podía tentarlo aún más si admitía que era virgen.

Isabella se dirigió hacia la más cercana, pero al bajar empezó a ir cada vez más despacio. El vestíbulo era tan grande como su casa de "Bello Mar", y al alzar la mirada vio la araña de cristal más grande que había visto en su vida.

En medio de una de las paredes había una puerta doble que reconoció como la entrada principal, y varios arcos daban paso a otras estancias.

Dudó por un instante, pero por suerte en ese momento vio llegar al mayordomo. El hombre llevaba una bandeja de plata vacía, pero la mantenía perfectamente recta, como si aún estuviera llena. Al verla empalideció, se detuvo de golpe, y la bandeja se le cayó al suelo.

Isabella fue hacia él, y le dijo:

—Oye, ¿dónde está de Masen?

El hombre la fulminó con la mirada, y se agachó a recoger la bandeja.

—Su señoría tiene una visita, y no desea que le molesten.

—No te pongas finolis conmigo, no eres más que un criado.

Él se puso muy recto, y le espetó:

—Soy el mayordomo, señorita. El empleado de mayor rango de su señoría.

—Ni hablar, el más importante es el carpintero del barco. ¿Te apuestas algo?

—Permitid que os sugiera que os retiréis a vuestra habitación y que os vistáis de forma adecuada.

Isabella bajó la mirada, y contempló la prenda que se había convertido en su pertenencia favorita.

—Me parece que a su señoría le dará igual lo que lleve puesto —le dijo con firmeza; al fin y al cabo, el camisón era tan decente como un vestido.

—Si os retiráis a vuestros aposentos, iré a decirle a su señoría que deseáis hablar con él.

—Tendrías que salir a navegar, amigo. Te iría bien para relajarte —echó a andar hacia la arcada por donde había salido el viejo estirado, ya que en aquella dirección se oía el murmullo de una conversación.

—A su señoría no va a hacerle ninguna gracia —le dijo Sam.

Isabella no prestó atención al ligero tono de satisfacción de su voz, porque en ese momento alcanzó a distinguir la voz de de Masen y oyó también una risita de mujer.

Se detuvo en la entrada de un gran salón. Su anfitrión estaba en el extremo opuesto, ataviado con su característica camisa blanca de lino y unos pantalones del mismo color que contrastaban con sus botas negras y relucientes. No llevaba el chaleco árabe bordado que se ponía a menudo ni la daga en el cinturón, pero se le había olvidado quitarse las espuelas de oro y rubíes.

Se le secó la boca al verlo, pero al ver a la persona que había ido a visitarlo, entendió por qué no quería que le molestaran; de hecho, apenas pudo creer lo que tenía ante sus ojos. Una hermosa y curvilínea dama rubia estaba dándole unas palmaditas en el brazo y riendo como una tontita. Iba muy elegante y enjoyada, y era de lo más voluptuosa… no, más bien gorda, aunque muchos marineros preferían a las mujeres entradas en carnes. No tenía la piel de porcelana, sino paliducha, y su pelo era amarillo, como un montón de paja en el que acabara de mearse un gato.

Isabella apretó los puños con fuerza, y se quedó petrificada.

La mujer tenía un vaso de vino o de jerez en la mano libre, y estaba riéndose por algún comentario que había hecho de Masen. Él estaba sonriendo con indiferencia, aunque bajaba la mirada cuando ella se movía, ya que el vestido verde claro que llevaba dejaba al descubierto un par de pechos vacunos que corrían el riesgo de desbordarse cada vez que se reía… o sea, cada dos por tres.

La rubia se echó el pelo hacia atrás, y comentó:

—Me alegro mucho de haberos encontrado en casa, capitán. El trayecto desde Ciudad de España es muy largo y caluroso, no quería llevarme una decepción.

—Sí, es un trayecto muy largo… unos dieciocho kilómetros. ¿No os gusta el tiempo que tenemos en Jamaica? —le preguntó con indolencia. Su pendiente de oro relucía bajo la luz.

La mujer se le acercó un poco más.

—Es muy difícil mantener la ropa rígida con tanta humedad, y tengo que peinarme dos veces al día por lo menos.

—Supongo que a las damas les resulta difícil vivir en este tipo de clima —comentó él, sin inflexión alguna en la voz.

—La verdad es que estoy disfrutando de mi visita a la isla, capitán. Pero disfrutaría aún más si me llevarais a navegar a bordo de vuestro barquito.

Isabella entró en la habitación, y le dijo:

—No es un barquito, mi buena señora, sino un navío… en concreto, una fragata de quinta categoría con treinta y ocho cañones.

La mujer la miró con la boca abierta de par en par, lo que no la favorecía demasiado.

Cuando de Masen la miró también y sus ojos se encontraron, Isabella meneó las caderas y se irguió para mostrar bien el pecho.

—¡Oh, capitán, llevadme a navegar en vuestro barquito a mí también!

Él sonrió, y sofocó una carcajada antes de fingir que la miraba ceñudo.

—Señorita Swan, sólo lleváis puesto vuestro camisón.

Isabella se dio cuenta de que le había hecho gracia, y le devolvió la sonrisa.

—No es mío, no sé de quién es; de hecho, ni siquiera me acuerdo de cómo acabé vestida así —entrecerró los ojos, y le preguntó—: ¿Me desnudasteis vos?

Él se sonrojó, y la mujer soltó una exclamación ahogada antes de preguntarle con incredulidad:

—¡Al parecer, he cometido un terrible error! ¿Vos y la… la hija del pirata?

De Masen le lanzó a Isabella una mirada extraña y cómplice que contenía una advertencia, aunque su rostro revelaba que la situación le parecía divertida. Consiguió ponerse serio, y se volvió hacia la mujer.

—Señorita Denaly, estaba a punto de presentaros a la señorita Swan, mi huésped.

La mujer se había puesto roja como un tomate, y ya no parecía tan atractiva.

—Entiendo. Sí, lo entiendo muy bien —miró a de Masen, y asintió—. Adiós —sin más, se fue a toda prisa.

Isabella sintió una gran satisfacción al ver cómo se iba. Edward estaba a su espalda, y le dijo con voz suave:

—Estáis de lo más satisfecha, ¿verdad?

Ella se volvió de golpe. Estuvo a punto de darse de bruces con él, y se apresuró a retroceder un paso. Sentía un extraño nerviosismo al estar a solas con aquel hombre.

—Es una puerca gorda y paliducha que quiere joderos —le dijo, a la defensiva. Supo por su expresión de sobresalto que había cometido un error, aunque no tenía ni idea de cuál era el problema—. No estabais interesado en ella, ¿verdad? Es una tonta, ha llamado «barquito» al Dama de la Justicia —al ver que respiraba profundamente y se alejaba de ella mientras se metía las manos en los bolsillos, su preocupación fue en aumento—. ¿Estáis enfadado conmigo?

Él se volvió de nuevo a mirarla al cabo de un momento, y esbozó una sonrisa.

—No, no lo estoy. Me alegra ver que os habéis levantado, y que al parecer os encontráis mejor.

Sintió un gran alivio, porque había empezado a temer que él se hubiera enfadado lo bastante como para echarla de su casa.

—Si la queréis, puedo ir a por ella y traerla a rastras —le dijo a regañadientes—. No soy idiota, ya sé que habrá creído que soy vuestra amante, o alguna tontería parecida. Podría contarle la verdad.

Se tensó al ver que él permanecía en silencio; de repente, fue más que consciente de que estaba a solas con un hombre fuerte, poderoso e indudablemente viril estando vestida con un camisón, y de que estaba desnuda debajo de la fina capa de algodón.

—La señorita Denaly no me interesa.

Isabella sonrió con alivio.

—Señorita Swan… —le dijo él con cautela.

Isabella le interrumpió al acercársele a toda velocidad.

—No, esperad. Los dos sabemos que no soy una dama. Podéis llamarme Isabella, o muchacha. Papá solía llamarme así… o hija —se detuvo al sentir una tristeza avasalladora. Se le había olvidado brevemente que estaba muerto, y de repente lo recordó todo.

—¿Vuestro padre os llamaba «muchacha»?

—Sí —le dijo, mientras se sentaba en un enorme y mullido sofá.

Él se sentó a su lado.

—¿Cómo os sentís?

—Ya no estoy mareada.

—Nos aseguramos de que comierais algo antes de cada dosis de láudano.

—¿He dormido mucho? —Isabella intentó recordarlo.

—A ratos, durante tres días. Empezaba a preguntarme si ibais a despertar.

La miró con una sonrisa de ánimo, y ella le devolvió el gesto. Sus miradas se encontraron, y ninguno de los dos pudo apartarla.

Algo cambió en ese momento. Isabella lo miró, cada vez más confundida. Era el hombre más apuesto que había visto en su vida, y su amabilidad parecía sincera; además, era todo un maestro de la navegación, y para ella eso era más importante que ser rey. Cuando él aceptara su oferta, iba a entregarle su cuerpo.

Nunca había deseado a un hombre, pero algunas noches se le aparecía en sueños un amante dorado y sin rostro que la besaba con pasión, y despertaba llena de una extraña tensión que no alcanzaba a entender. A veces despertaba a punto de descubrir un gran placer, pero entonces se daba cuenta de que se trataba de un sueño y estaba sola.

Se preguntó si iba a empezar a soñar con Edward de Masen; al fin y al cabo, era igual que el amante de sus sueños, ¿no? fuerte, poderoso, apuesto…

Él abrió los ojos como platos, se levantó de golpe, y se alejó un poco de ella. Cuando se sirvió una copa, le temblaba la mano.

Isabella permaneció donde estaba, y se preguntó cómo era posible que estuviera pensando en sus sueños en ese momento. Tenían que hablar de negocios.

—¿Por qué estáis temblando? —al ver que él se limitaba a hacer un sonido gutural, soltó un suspiro y comentó—: Puede que hayáis pillado un catarro, algunos de los marineros lo tienen.

—No es un catarro —le dijo él, muy serio.

Isabella lo miró sonriente.

—Genial —vaciló por un instante. Sabía lo que tenía que hacer, pero le daba un poco de miedo empezar con aquella negociación en concreto. Como además estaba disfrutando de lo lindo del sofá, la habitación y tan noble compañía, intentó retrasar un poco el momento—. ¿Por qué tenéis tantos muebles? ¿Y qué hacía aquí esa mujer, si no queríais fornicar con ella?

La miró horrorizado, y se acercó a ella.

—Sé que habéis pasado por una experiencia horrible y que procedemos de mundos diferentes, pero… alguien tiene que enseñaros unas cuantas cosas.

—¿Como qué?, ¿a leer?

—Eso puede hacerlo un tutor. No podéis usar cierto lenguaje cuando estéis con gente de la alta sociedad; de hecho, no es correcto que habléis sobre fornicar en ninguna circunstancia.

—¿Por qué no? —le preguntó ella con perplejidad—. Es lo que suelen hacer los hombres sin parar.

Tras contemplarla en silencio durante unos segundos, esbozó una sonrisa.

—De acuerdo, admito que somos víctimas de nuestros cuerpos masculinos. Vamos a empezar desde cero. No podéis deambular por la casa vestida así.

Isabella bajó la mirada hacia el precioso camisón, y pensó abatida que de Masen quería que se lo devolviera. Acarició el encaje de uno de los tirantes, alzó la mirada de nuevo, y se encogió de hombros con indiferencia fingida para que él no se diera cuenta de lo mucho que la fastidiaba renunciar a la prenda.

Él se sentó de nuevo.

—Tenemos que hablar de otro tema, Isabella.

Al verlo tan serio, se preguntó si iba a sacarla a patadas de la casa.

—Espero no haberme extralimitado al suponer que preferiríais un entierro en el mar.

Ella se tensó, y exclamó alarmada:

—¡No había pensado en eso! ¿Dónde está papá?

—En la funeraria de Kensington. ¿Os parece bien? Yo podría decir unas palabras como capitán de navío, o quizás preferís que haga venir a un sacerdote o a un capellán militar.

Cuando consiguió asimilar que su padre aún no estaba enterrado, que iba a poder asistir a su funeral, miró a de Masen a los ojos y le dijo:

—Me gustaría que lo hicierais vos.

—De acuerdo.

Era tan amable con ella y tan guapo, que Isabella sintió que le daba un vuelco el corazón. Al mirar aquellos intensos ojos verdes se sentía extrañamente reconfortada y a salvo, como si acabara de llegar a puerto tras navegar en medio de una tormenta. Quizás no tenía nada que temer de aquel hombre.

Él se levantó, y le dijo:

—¿Queríais verme por alguna razón en concreto? Si no es así, subiré a darles las buenas noches a mis hijos.

Isabella respiró hondo mientras hacía acopio de valor. Se negó a pensar en lo que pasaría cuando él aceptara el trato que iba a ofrecerle, y se obligó a imaginarse a bordo del Dama de la Justicia, navegando en un mar embravecido. Ella estaría en cubierta, y él en el alcázar con sus oficiales. Avanzarían a toda vela a pesar de que ningún marinero sensato se atrevería a hacerlo con un tiempo tan malo, y los dos estarían riendo encantados.

La imagen era tan vivida, que Isabella sonrió.

—¿Isabella?

Salió de su ensimismamiento de golpe, y su sonrisa se desvaneció. Se mordió el labio, y vaciló por un instante.

Él fijó la mirada en sus labios antes de alzarla hasta sus ojos.

—¿Qué es lo que queréis decirme?

No tenía más remedio que lanzarse de cabeza. Isabella se levantó, y le dijo con firmeza:

—Haré lo que sea, todo lo que queráis, si me lleváis a Inglaterra.

No supo qué pensar cuando él se quedó mirándola en silencio. Era un tipo inteligente, así que debía de haberla entendido, ¿no? Lo miró con una gran sonrisa.

—No puedo pagar por mi pasaje con dinero, pero puedo hacerlo de otra forma.

Él empezó a sacudir la cabeza. El movimiento parecía una negativa.

—Ya veo —dijo al fin, claramente incrédulo.

Isabella empezó a sentir pánico. Tenía que ir a Inglaterra, lo había prometido.

—He dicho que haré lo que sea. Entendéis lo que quiero decir, ¿verdad?

Se sorprendió al ver que los pómulos se le teñían de rojo. Se había dado cuenta de que solía pasarle cuando estaba enfadado, pero no entendía a qué podía deberse su reacción. ¿Acaso no entendía lo que estaba diciéndole?

—Estoy ofreciéndoos mi cuerpo, de Masen. Es lo único que tengo para pagaros…

—¡Silencio!

—Ya sé que no soy lo bastante finolis para vos…

No tuvo tiempo de decirle que era virgen, porque él la agarró del brazo y sus cuerpos entraron en contacto.

—¿Siempre hacéis lo mismo cuando necesitáis algo?, ¿ofrecéis vuestro cuerpo a cambio de lo que sea? —la soltó de golpe, y retrocedió un paso—. A pesar de que persigo piratas, soy un caballero y un de Masen —le espetó con furia.

Isabella estaba temblando, y el corazón le martilleaba en el pecho. No entendía por qué estaba tan enfadado.

—Tengo que ir a Inglaterra, y mi padre me dijo que tenía que ir con vos. ¡Sólo quiero pagaros!

Él alzó las manos para que se callara.

—¡Ya basta! ¿Vuestra madre vive allí?

Isabella asintió. No podía apartar la mirada de él. Se preguntó si la rechazaba porque no era una belleza gorda y finolis, y se sorprendió al darse cuenta de que no se sentía aliviada.

—Ya había decidido llevaros a Londres, en caso de que tuvierais familia allí.

—¿Por qué? —le preguntó, boquiabierta.

—Porque tenéis que reuniros con vuestra familia.

—Pero, ¿cómo voy a pagar por mi pasaje? ¡No soy ninguna mendiga, y no pienso aceptar una limosna!

—¡No vais a pagarme nada! —le dijo él con aspereza—. Y nunca he insinuado siquiera que os considere una mendiga. Lo cierto es que pensaba zarpar de todas formas a finales de mes, pero teniendo en cuenta la situación, partiremos mañana mismo.

—¿Mañana? —Isabella empezó a retroceder, mientras la consternación daba paso al pánico—. ¡Es demasiado pronto!, ¿qué pasa con el funeral de mi padre? Es mejor a final de mes —acababa de perder a su padre, y no estaba lista para conocer a su madre.

—Celebraremos el funeral en el mar, después de zarpar. Partiremos mañana, y ni se os ocurra ir vestida así. Os prefiero con ropa de muchacho.


Bueno que les parece! esta lanzada esta Bella eh¿? a mi personalmente me encanto como despidió a Tanya... y Edward... se resiste...jejeje. no les parece encantadores los hijos de Edward (que por cierto las madres no estan vivas!)

bueno amores, solo decirles que el cap. prox. se titula ... "Empieza la travesía" ... veremos como se las apaña edward en un barco durante 6 semanas con la "salvaje" jejejeje. Espero que esten disfrutando la historia... nos leemos y gracias por sus RW... un besote bien grande.