Capitulo III

El Amo y el Doctor se detuvieron, mirándose a los ojos durante unos segundos. La multitud aplaudía. Ambos se recuperaron tras la pausa y siguieron bailando, con más pasión que antes incluso.

-Los dos Señores del Tiempo siguen en la pista –decía la voz del comentarista a través de los altavoces-. Los jueces están valorándolos. Recuerden lo que tiene en cuenta el jurado a la hora de puntuar: técnica, perfección, pasión y conexión entre ambos bailarines.

Todo el mundo tenía claro que los dos Gallifreyanos tendrían una muy buena puntuación. La técnica, perfección y pasión eran perfectas. Y en cuanto a la química entre los dos…

El Doctor se detuvo a pocos centímetros de la boca del Amo. Cruce de miradas de milésimas de duración, seguido de un repentino y enérgico movimiento del Amo, obligando al Doctor a dar la vuelta sobre sí mismo.

Sin duda la conexión entre los bailarines era también perfecta.


-¡Primeros! –seguía exclamando el Doctor alegremente mientras sostenía el trofeo del concurso de baile de Mugimendua, una vez ya en la TARDIS.

-¿Qué diablos es esto? –se preguntaba el Amo. A parte del galardón les habían otorgado un objeto pequeño y alargado- Se parece a tu destornillador sónico.

-Sí, pero no lo es –comentó distraído el Doctor-. ¿Dónde puede quedar bien el trofeo? ¿En la biblioteca?

-Ponlo en tu cuarto –propuso el Amo.

-¿No te importa que lo ponga ahí?

-No, a mí un trofeo me trae sin cuidado. Lo importante es haber ganado.

El Doctor puso los ojos en blanco y dejó el trofeo en el suelo, al lado de la consola de mandos.

-En fin, luego me ocupo de él. Ahora vamos a la Tierra –dijo el Doctor.

-¿Por?

-Industrias Adiposo, una empresa que ha empezado a comercializar unas pastillas para adelgazar verdaderamente efectivas.

-Estás muy delgado, no te conviene.

-¡No quiero comprarlas! Vamos a investigar, me parece raro todo ese asunto.

-¿Vamos? ¿Los dos?

-Sí, los dos.

El Doctor puso en marcha la TARDIS, mientras el Amo seguía mirando el extraño objeto que habían ganado.

-¿Me dejas tu destornillador? –Preguntó el Amo- Trataré de desmontar el trasto este a ver que es.

Lo miró con recelo, pero se lo dejó. El Doctor se quedó observando al Amo, que tan obsesionado como estaba en desmontar el cachivache, no se dio cuenta de que la mirada del otro Señor del Tiempo estaba sobre él.

"Parece un niño, con esa carita de concentrado"- sonrió el Doctor.

El Amo levantó la mirada y se encontró con los ojos de su compañero de especie. Ambos apartaron la vista rápidamente, incómodos. Sus ojos volvieron a buscarse.

-¿Ya hemos llegado? –preguntó el Amo, rompiendo el tenso ambiente.

-Hace un rato, pero parecías tan ocupado… -justificó el Doctor.

-Bueno, el trasto puede esperar. Me volverá aún más loco. Vamos a revisar lo de tu empresa.

El Doctor asintió sonriendo, y salió de la TARDIS, con el Amo tras él. Mientras cerraba la puerta de la cabina telefónica, el Doctor le volvió a poner la esposa.

-¡Eh! –se quejó el Amo.

-A callar, que antes me la has jugado pero bien –lo regañó el Doctor.

El Amo gruñó, pero no dijo nada más. Ambos fueron andando hasta la parte trasera del edificio y el Doctor hico estallar la cerradura de la puerta con el destornillador sónico. Entraron y actuaron con total normalidad.


-¡No pienso bajar por ahí! –se quejó el Amo, mirando el montacargas por el que el Doctor pretendía descender para espiar a través de la ventana.

-Y luego el cobarde soy yo… -se burló el Doctor.

El Amo, herido en su orgullo, subió de un salto al montacargas. El Doctor sonrió. Era tan fácil manejarle… Puso en marcha el aparato con el destornillador sónico y empezaron a descender lentamente.

-Bueno, pues la conclusión que saqué de la entrevista con ese cliente es que la grasa se va… por la puerta para gatos. Es decir, esas pastillas le dan vida a la grasa. ¿Pero cómo y para qué? –El Doctor suspiró- ¿Tú que has estado haciendo?

-Intentar desmontar otra vez el trasto ese que ganamos en Mugimendua. Pero sin tu destornillador sónico es difícil, así que he empezado a aporrearlo contra el suelo. ¡Y sigue intacto! Luego volveré a necesitar tu destornillador.

-¿Pero porque te obsesiona tanto ese objeto?

-¡Porque no sé lo que es y necesito saberlo! ¡Antes yo era el dueño y señor de mis acciones, lo podía controlar todo! Y ahora… Tú no lo entiendes. No tienes ni idea de lo frustrante que es no tener el control de nada.

El Doctor miró al Amo. Podía ver el dolor en sus ojos, la rabia que le provocaba ser un prisionero.

-No lo sabía… -intentó calmarlo el Doctor- Pero no eres un prisionero. Eres mi acompañante. Sólo que hasta que no demuestres que lo mereces, no te daré más libertad.

-¿Y eso como se demuestra, eh? –un destello de desesperación en la mirada del Amo.

El Doctor le puso la mano en el hombro al Amo y lo miró fijamente a los ojos. Ambos se miraron durante unos segundos, hasta que de reojo el Amo vio a la señora Foster.

-Doctor, hemos llegado a nuestro piso.

El Amo apartó la mano del Doctor. Éste último reaccionó, deteniendo el descenso con el destornillador sónico. Cogió el estetoscopio y lo apoyó contra el cristal para escuchar mejor la conversación de la mujer con una periodista atada en una silla.

-¿Qué dicen? –preguntó el Amo, curioso.

-Shhh… -lo silenció el Doctor.

El Amo puso morros, mientras escrutaba la sala con la mirada. Entonces vio a una mujer pelirroja asomada a la ventanita redonda de la puerta de enfrente. El Amo le dio un codazo al Doctor.

-¡Mira, ahí hay una mujer espiando!

-¡Donna! –exclamó el Doctor, sorprendido.

-¿La conoces?

-¡Sí!

El Doctor empezó a gesticular, tratando de llamar la atención de la mujer. Y entonces Donna lo vio. Abrió la boca de golpe, sorprendida. No podían oírse, así que empezaron a hablarse por mímica.

-¡DOCTOR! –gritaba ella.

-¿QUÉ HACES TÚ AHÍ? –preguntaba él.

-¡TE ESTABA BUSCANDO A TI!

-¿A MI?

-Doctor, siento interrumpir… -murmuró el Amo.

-¡SÍ, A TI! –seguía Donna.

-Ahora no –le dijo el Doctor al Amo, antes de seguir gesticulando y gritando-. ¿CÓMO ME HAS ENCONTRADO?

-ESTUVE LEYENDO EN INTERNET Y… -Donna se detuvo en seco al ver que la señora Foster los miraba.

-¿Interrumpo algo? –preguntó la mujer.

-¡CORRE! –le gritó el Doctor a Donna, mientras hacía ascender el montacargas.

Donna salió corriendo hacia la escalera y los matones de la señora Foster salieron tras ella.

-Te he intentado avisar –se encogió de hombros el Amo.

-Tenemos que encontrar a Donna y salir corriendo de aquí –dijo el Doctor.

Llegaron a la azotea y bajaron corriendo las escaleras, dónde se encontraron con Donna. El Doctor y ella se abrazaron, mientras en Amo taladraba el suelo con el pie, nervioso.

-Vamos, que vienen –interrumpió el abrazo el Amo.

-¿Y este amigo tuyo? No viajaba contigo la última vez –sonrió Donna, coqueta.

-Ya, luego os presento. ¡Seguidme! –el Doctor salió corriendo, con los otros dos tras él.

Volvieron por dónde el Doctor y el Amo habían venido y llegaron a la azotea. El Doctor empezó a manipular el montacargas, mientras Donna explicaba cómo lo había estado buscando y el Amo ponía cara de resignación.

-Vamos, subid –dijo el Doctor.

El Amo, recordando la otra vez, subió sin rechistar. Pero Donna no parecía tan dispuesta.

-¡Si subimos estaremos atrapados, la mujer esa hará subir el montacargas!

-No, he manipulado los controles con el destornillador sónico de modo que solo lo puedo controlar yo. A no ser que ella también tenga una herramienta sónica, lo cual es improbable –la calmó el Doctor.

Donna hico una mueca y subió, decidiendo confiar en él. Le sonrió a ese hombre tan serio y mono que acompañaba al Doctor en esta ocasión y le tendió la mano.

-Donna Nobel.

-El Amo –dijo él secamente, correspondiendo el apretón de manos.

El Doctor se interpuso disimuladamente entre ellos dos e hico descender el montacargas.

-¿No puede ir más rápido este trasto? –se quejó el Amo.

-Así es más seguro. Además, no nos pueden detener –sonrió el Doctor.

Un sonido familiar hico que los tres levantaran la cabeza de golpe. Miraron hacia arriba, donde pudieron ver a esa malcarada mujer rubia con un objeto sónico en la mano. El montacargas empezó a descender más rápido de golpe.

-"A no ser que tenga una herramienta sónica, lo cual es improbable" –se burló el Amo.

El Doctor no dijo nada. Simplemente, apuntó hacia los controles y detuvo la caída libre del montacargas. La mujer rubia decidió entonces quemar uno de los cables.

-¡Aaaah! –gritó Donna, agarrándose al cable cortado.

Y ahí estaba, a punto de caer al vacío. El Doctor le señaló Donna al Amo con un gesto de cabeza, mientras intentaba apuntar a la herramienta sónica de la mujer rubia con su destornillador.

Por su parte, el Amo intentaba cogerle las manos a Donna, pero ésta no se atrevía a soltarse. Por muy guapo que fuera el Señor del Tiempo no pensaba arriesgar su vida de ese modo.

-Voy a entrar. Donna, resiste –dijo el Doctor. Había conseguido acertar en su objetivo. La mujer rubia había soltado la herramienta sónica y él la había cogido al vuelo. Gracias a eso, pudo abrir una ventana.

-¡Voy contigo! –exclamó el Amo.

Una vez en el interior del edificio, ambos se miraron.

-Era una pluma –comentó el Doctor.

-¿El qué?

-Su objeto sónico. ¡Ahora vamos a por Donna!

Ambos salieron corriendo hacia la planta de abajo. Acabaron justo en la habitación en la que la periodista estaba atada a la silla. El Doctor le lanzó al Amo la pluma sónica.

-Tú suelta a la chica mientras yo salvo a Donna.

El Amo asintió, obediente. El Doctor abrió la ventana y cogió los pies de Donna, pero la pelirroja no dejaba de patalear, asustada.

-¡AY! Donna, deja que... ¡Au!

Finalmente, el Doctor consiguió poner a Donna a salvo, la cual lo abrazó con fuerza. La periodista, ya desatada, contemplaba atónita la escena.

-¡Vamos! –dijo el Doctor, mirando al Amo y Donna. Luego se dirigió a la periodista- Y tú… acepta un consejo: ¡huye!

El Amo se encaminó hacia la puerta, pero el Doctor se puso delante y le metió la mano en el bolsillo. Sacó la pluma sónica y se la guardó.

-Gracias… -le sonrió al Amo, mientras salía corriendo.

Éste resopló pero salió corriendo tras él, al igual que Donna. La periodista decidió que antes de irse podía coger algunos archivos de la empresa…


-Así que la pelirroja se viene con nosotros… -murmuró el Amo.

Tras haber salvado gran parte del país de convertirse en grasa, la partida de los bebés adiposo y la muerte de la matrona Foster, el trío andaba a paso ligero hacia la TARDIS. El Doctor y Donna charlaban alegremente, pero el otro Señor del Tiempo los seguía con el ceño fruncido.

-¡Oh Dios mío! –Exclamó la mujer cuando llegaron al lado de la TARDIS- ¡Ese es mi coche!

-Que coincidencia… -susurró el Doctor.

-Sí, ya… Pues es una pena tener que despedirnos tan pronto –le sonrió falsamente el Amo a la pelirroja.

-¿Despedir? ¿No voy con vosotros? –se decepcionó Donna.

El Doctor la miraba con una media sonrisa y las manos en los bolsillos. Cuando la conoció por Navidad ella se negó a viajar con él. Ahora aceptaba, pero el Doctor no se sentía tan feliz. Lo alegraba, claro, pero ya no estaría tan unido con el Amo como si viajaran ellos dos, sin nadie más… Un momento. ¿Por qué le dolía no poder estar a solas con el otro Señor del Tiempo?

-Claro que vienes con nosotros –contestó radiante el Doctor.

El Amo lo miró, decepcionado. Esa mujer tan gritona y charlatana acapararía demasiado la atención de su compañero. Él quería que el Doctor estuviera por él. Sólo por él, nadie más. "¿Y qué más da?" –Pensó el Amo- "Que haga lo que le dé la gana, no me importa". Pero sí le importaba, mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Donna cogió unas maletas del maletero y se las dio al Amo, en contra de la voluntad de éste.

-Pesan mucho, guapo, si me las llevas dentro luego te recompenso… -la pelirroja le guiñó un ojo al Señor del Tiempo.

-No hace falta –se apresuró a responder el Amo, entrando en la TARDIS.

El Doctor sonrió divertido y le cogió un par de maletas. El ex dueño del mundo le dedicó una mirada de agradecimiento. Donna entró en la cabina y cerró la puerta, feliz. Miró a los dos extraterrestres.

-Está bien, chicos… ¿Por dónde empezamos? –sonrió la humana.