Notas: Fanfiction reeditado.
Shaman King y sus personajes originales son de Hiroyuki Takei.
Utaite Myouri
Track 2: Killer Tune
—
"No importa cuánto lo intentes...nunca te librarás de mí..."
"Basta con que mires a un extraño a los ojos...las puertas de su alma, de sus pensamientos. "
"Al final, no importa cuánto lo intentes... nada te pertenece, ni siquiera toda tu fortuna, ni tu nombre... Nada te ha pertenecido, de hecho..."
"No esperes que nadie logre salvarte. Si piensas eso...es porque aun eres...una niña débil e ingenua..."
—Guarda silencio...—murmuró Anna sobre su cama.
"De repente aparece ese chiquillo y te ilusionas..."
—Eso no te incumbe...—murmuró Anna.
"Tan amable y estúpidamente alegre...noble y honrado. Una maravilla ¿no? Diferente a la mayoría de cretinos que se quieren acostar contigo. Aunque el también quiere algo mas que tu amistad ¿no?"
—¡CALLATE! –gritó Anna. Respiró aceleradamente. Últimamente era muy atormentante acallarlo. Como si el control de sus pensamientos se estuviese destruyendo poco a poco.
—
Respiró hondo. Miró a su alrededor. Eran las ocho y diecisiete de la mañana. La lentitud del despertar poco a poco se ausentaba, todavía su mente andaba rondando en algunas consecuencias, si tan solo el atrevimiento podido más que su prudencia. Primera posibilidad: Decir que sí. Y el resultado de su osadía, sería Anna abofeteándolo y sacándolo a patadas de su habitación, acusándole de aprovechado. La segunda posibilidad, que ella cerrara la puerta de la habitación con ellos dos dentro...
Alguien tocaba la puerta.
Yoh dio un ligero sobresalto, medio sonrojado. —¿Quién es?
—Yoh...—era Manta—...dentro de media hora salimos...así que no te quedes dormido...—dijo Manta y se fue. Yoh se rascó la cabeza y se metió al baño. Una ducha fría de nuevo sería una buena solución.
—
Jun estaba bastante molesta, y parecía la discípula de Anna en cuanto a dar órdenes. Ryu, Ren y Horo Horo yacían sentados a la mesa del bus, mareados y con dolores de cabeza.
—¡Salen y vienen hechos un asco! –gritó Jun. Los chicos se tapaban los oídos, los gritos de Jun eran como alaridos que les taladraban sus respectivos cerebros.
—Incluso tú, Anna. Estabas no muy presentable...—dijo Jun mirándola con dureza—...anoche...
Yoh casi se atraganta con el cereal. Jun lo miró por un segundo y se volvió a Anna.
—Por Favor...¿crees que estoy tan mal como ese trío de idiotas? –replicó Anna. Y era parcialmente cierto. Anna no parecía tener dolores de cabeza, solo que bebía mucho café. Por lo demás, actuaba como siempre.
—Bueno...—suspiró Jun—...nos falta un par de horas para la próxima ciudad. Y será mejor...que no abusen...¡esta noche cantaremos para un grupo de gente importante!
—Como sea...—dijo Horo Horo.
Ren lo miró con molestia. –Idiota, este tipo de cosas es importante para que nos dejen en paz.
—¿qué?
—No importa. –cortó Jun. —Recuperen energías, voy a hacer unas llamadas.
Yoh había advertido algo mas que una simple preocupación en el rostro de Ren, pero no dijo nada. Después de un rato, se detuvieron en otro hotel, donde terminaron de instalarse. Los que aún sufrían los efectos del abuso del alcohol, estaban descansando, mientras que Yoh decidió dar un pequeño paseo por el sitio.
—La he encontrado, Amo Yoh. –dijo Amidamaru—...la vi sentada en el balcón de su suite.
—Gracias, Amidamaru...—dijo Yoh arreglándose sus audífonos. –lamento hacerte pasar este tipo de cosas.
Pero Amidamaru sonrió. –Es divertido. A usted realmente le gusta, ¿verdad?
—Bueno, tu ya lo has dicho. –dijo Yoh abriendo la puerta. Amidamaru sonrió y desapareció. Yoh salió de su cuarto, los otros de seguro estaban en sus cómodas camas, quizás Jun estaría tomando té y recibiendo una sesión de masajes. Pero tenía que hablar con Anna. Lo que sucedió anoche no le dejaba tranquilo, aunque no tenía ni la mas remota idea de qué iba a decirle.
—
Tenía la vista clavada en aquel atardecer, las nubes esparciéndose hasta el infinito, el rumor de la ciudad a lo lejos y el débil canto de las aves. Pero por mucho que intentara evitarlo, todo lo que pasó anoche parecía mas claro que horas antes. Lo mas resaltante era que no entendía por qué había hecho eso. ¿Un capricho?...esa seria una definición muy apropiada. El se había portado como un caballero, no atreviéndose a tomar ventaja de la situación. ¿Y que habría pasado si otra hubiese sido su respuesta? Anna tuvo que tomar de nuevo su té, ordenar el torrente de su mente para relajarse. Hoy tendría una de esas funciones especiales. Necesarias en parte para acumular mas yenes en su holgada cuenta, en parte para evitar el intenso escrutinio de los funcionarios gubernamentales. Los shamanes para esos tipos eran como una plaga que debían controlar. Una plaga necesaria que los protegía de la intrusión extranjera, o del rival político de turno.
Le interrumpió la sensación de su furyoku.
Anna bebió otro sorbo de té y se preparó mentalmente. —¿qué haces espiando, Yoh?
Yoh estaba sentado en la baranda de la terraza, mirándola con un inocente rostro.
–Estoy aburrido.
—¿me concierne eso? –dijo Anna indiferente. Yoh sonrió. –Pensé que podríamos hablar un poco.
—Hoy estás terriblemente maleducado. –dijo Anna mirándolo con dureza—Entras sin permiso.
—¿estas molesta, Anna? –dijo Yoh.
Anna tuvo que hacer un esfuerzo para no perder la poca paciencia que le quedaba. El muy insolente sonriendo, disfrutando de su malhumor. Llamándole por su nombre sin su permiso. Siempre de un condenado buen humor. Era como si le provocara.
—No. –respondió ella. Anna creía que vendría a pedirle explicaciones.
—Anoche estabas muy mal...—dijo Yoh.
Finalmente el tema salió a relucir, mas pronto de lo esperado.
—¿Lamentas no haber tomado la oportunidad, es eso?—dice Anna con sarcasmo.
Yoh se rie brevemente. —Una parte de mi lo hace. pero que hay de ti, es posible que tu tambien te lamentes por no haber aceptado.
—y dicen que soy yo la engreída. —se burla anna
—en realidad me preocupas.—dice Yoh ahora my seriamente.
Anna se ríe nuevamente.
–Nada del otro mundo. –dijo Anna restándole importancia.
—Puedo apostar a que te pasa a menudo. –dijo Yoh—¿estas triste, Anna?
Anna no dijo nada. Yoh no sonreía, solo estaba aquel rostro de serenidad. Aquella calma que tanto deseaba tener.
—Me gustaría saberlo. –dijo Yoh.
—¿y que te importa lo que yo tenga? –dijo Anna. –Anoche hiciste lo mismo...y...
—Anna. –dijo Yoh cortándola y hasta ella misma se sorprendió. Nadie le interrumpía cuando ella hablaba. –Somos amigos. Lo somos desde aquel día en que tocamos juntos. Y no me digas que no es cierto. Porque no lo aceptaré.
Su tono era firme, pero no arrogante.
Yoh se levantó de aquel sitio y se sentó en una silla al lado de ella. Mirando al atardecer.
—eres odiosamente persistente cuando quieres...—dijo Anna. Yoh sabía que había ganado este round. –Pero aun así...no es nada que ya no haya pasado.
—Estás perdiendo el control de tu reishi. –dijo Yoh.
—Puedo sentirlo. Hay algo que te inquieta.
—Ya te dije que puedo cuidarme sola. –replicó Anna.
—hazlo. –dijo Yoh— Pero yo puedo cuidarte también si es necesario.
Anna estaba sonrojada, mientras Yoh miraba el atardecer despreocupado.
—Y también te pregunté que...
—lo sé.
—¿Y bien?
—¿que si quiero algo contigo? –preguntó Yoh mirándola. —¿quieres saberlo?
—No te hagas el importante. –le reprochó Anna. Yoh se rió. –Cierto. Ese papel te queda es a ti. Hmmm...—dijo pensando.
Anna estaba empezando a molestarse, se estaba tardando a propósito, como para desesperarle.
–Pero si tu ya lo sabes... —se ríe Yoh.
—¡Idiota! –gritó Anna. —¡De acuerdo! ¡Guárdate tus estupideces!
—¿Tanto te importa que te lo diga? –dijo Yoh.
—¡Para nada!
—Por supuesto que me gustas, Anna. —dijo Yoh con un rubor en sus mejillas.
Anna le dirigió una mirada endurecida, pero ella también estaba sonrojada, quizás más que él. Su propio cuerpo le traicionaba.
—Bien. –dijo Anna intentando sonar disgustada.
—Y ahora que nos sinceramos. –dijo Yoh. –Pasemos al tema de tu reishi.
—¿De qué rayos hablas?
—Necesitas ayuda.
—No.
—Y sabes que algo peor pasará. De eso tienes miedo...
Anna miró al atardecer. –Ella te enseñó también.
—¿eh?
—De Kino—sensei...tu eres su nieto.
—¿conoces a mi abuela? —dijo Yoh.
Anna retornó su mirada hacia el cielo. —Yo estudié con ella. Vivía en Aomori, en un orfanato. Ella me entrenaba hasta que decidí irme. Cuando creí que era lo suficientemente fuerte para hacerlo. Quería ser libre, eso era todo. En Aomori jamás podría ser libre. Siempre me atormentaba el recuerdo de todo lo que me negaron mis padres.
Anna hizo una breve pausa.
—Solo aquí sería libre, tendría lo que deseaba. Mi casa, un sitio en donde no sería un estorbo, mi dinero, un destino para mí. Anna Kyouyama. Hasta eso tuve que forjarme... un apellido.
Yoh la miraba. Había mucha amargura en aquellas palabras, una necesidad subyacente de respeto, amor y compañía.
—Un apellido. Para muchos es eso. Una palabra. –dijo Anna—...Pero es más que eso. ¿cómo debe llamarte un extraño si no tienes apellido? Entonces, como fui abandonada en Osore-san...sería muy apropiado Kyouyama.
—¿Nunca volviste a ver a tus padres? –dijo Yoh y Anna sonrió amargamente.
—Ellos me abandonaron por ser shaman. ¿crees que se interesarían por mí?
—Anna...
—Ni en el orfanato me iba bien. —dice Anna desahogando sus sentimientos. —Muchos se me quedaban mirando cuando adivinaba las cosas, o cuando miraba a los espíritus de los soldados y de la gente que murió en Aomori con el bombardeo en la guerra. Ellos me hablaban, pobres almas en pena que no descansaban. Si tan solo todos pudiéramos leer las mentes de cada uno, este mundo sería distinto.
—Quizás...—dijo Yoh— Pero no existiría aquello llamado confianza.
—Tu punto de vista es válido, Yoh. Pero... ¿qué harías si de sentir algo indebido, crearías a un demonio?
Ambos se quedaron en silencio, los automóviles sonaban a lo lejos.
—Haría lo posible para no sentir más odio ni tristeza. Aunque el mundo se me esté viniendo encima. Yo resistiría hasta el final.
Anna lo contemplaba, sorprendida de tales palabras y de su determinación.
–Yo lo entiendo. —continúa Yoh. —Ser ignorado es duro. Que te llamen demonio. Lo sé muy bien.
Anna pudo percibir algunos recuerdos en Yoh, la soledad. Incluso las continuas ausencias de su propio padre y a veces de su madre. Los chicos de la escuela que no se le acercaban luego de que él se defendiera usando shikigamis para que no lo golpearan.
–En Izumo no era muy feliz. Mi familia no es numerosa, pero cada uno se atañe a sus asuntos. Mi madre vive en Izumo, mi padre siempre viaja para entrenar, Mi abuela entrena shamanes en Aomori. Mi abuelo vive en Izumo, se la pasa diciéndome que debo casarme pronto...
Ambos se quedaron en silencio, mientras Anna pensaba que Yoh, a pesar de poseer una familia, había experimentado una forma particular de soledad y melancolía. Incluso siendo consciente de ello, se rehusaba a dejar que aquello lo afectara.
Yoh miró hacia la puerta. –bueno, hablaremos más tarde. Hasta esta noche, Anna...—dijo Yoh y saltó del balcón.
Anna se asomó y lo vio aterrizar sobre otro balcón. Yoh sonrió y se despidió con la mano. Tocaban la puerta.
—¡adelante! —dice Anna.
—Anna, Necesitamos hablar...—dice Jun entrando.
—
—¡Ey, Yoh!—dijo Horo Horo cuando lo vio caminando por el hotel. ¿qué tal un partido de fútbol?
—ah, bueno...es que...
—vamos, Yoh...—dijo Manta—...ayúdame...no quiero jugar solo con Fausto...
Fausto llegaba sonriente. –Cuando Eliza estaba viva, solíamos ir a ver al Bayern jugar...
—Por favor, Yoh...—dijo Manta—...Ren, Ryu y Horo Horo van a darnos una paliza.
En eso llegaban, Ryu y Ren. Horo Horo fue el primero en reírse.
—¿Listo para la derrota? –dijo Horo Horo.
—Nunca creí que harías equipo con Ren...—dijo Yoh sonriendo levemente.
—Le tengo lástima, es todo...-dice Horo Horo.
Ren miró a Horo Horo con ganas de matarlo. – ¿Estoy detectando aquí un poco de sarcasmo, Yoh? –inquirió Ren.
—Para nada...
—Porque te veo muy cercano a "la señora..." –dijo Ren malicioso. –Quizás te esté enseñando algo...
—Probablemente sea a reírse de ustedes tres.—dice Fausto.
—¿¡Tú también!? –dijeron Horo Horo y Ren.
—¿¡y por qué demonios me metes en el grupo?! –gritó Ryu.
—Tranquilos, vamos a jugar...—dijo Yoh quitándole el balón a Ryu.
—
—Es por eso que debes cuidarte...—dijo Jun. –Los X Laws son bastante fuertes y tienen respaldo del gobierno.
—hm...—murmuró Anna—...Comprendo. ¿tanto miedo tienen de mí?
—No es tu culpa, Anna...—dijo Jun— Pero sabes que no me ando con rodeos al decirte que te tienen vigilada.
—¿le dijiste a Yoh? –preguntó Anna.
—No. Pero él es más perspicaz de lo que aparenta. –respondió Jun. –Le pedí a Ren y a los otros que siempre llevaran consigo su arma y su espíritu acompañante mientras estuviésemos separados. Por supuesto, Horo Horo y Ryu me bombardearon con preguntas que tuve que esquivar.
—Jun, si algo pasa...—dijo Anna mirando por el balcón. Los chicos habían salido a la cancha a jugar, solo desde arriba se podía ver quienes jugaban. —...no intentes nada. Vete con los demás ...
—¿me pides que me largue como una cobarde? –dijo Jun— Por favor, Anna... Te entiendo que los otros del staff, los que no son shamanes, salgan lastimados. ¿Acaso crees que Ryu o Fausto te van a dejar con tu problema? Incluso Horo Horo, a pesar de todo te debe mucho. Y ni hablar de Ren y yo. Además, todos hemos sido catalogados como potenciales amenazas.
Jun se quedó sentada jugueteando con su teléfono celular. –Incluyéndome.
Anna se sentía un poco avergonzada e igualmente agradecida con aquellas palabras. Pero no quería que ninguno sufriera de alguna manera por su culpa.
—Jun, yo...
—No quiero huir de nuevo para ver cómo mis amigos son capturados y asesinados...no de nuevo. —Dice Jun casi en un susurro. —De todos modos...—dice ahora sonriendo y levantándose— Esta noche vas a cantar, así que descansa, dentro de un par de horas vienen a arreglarte.
—Claro. Y Jun...
—¿si?
—Lamento causarte problemas...—dijo Anna.
Jun abrió la puerta. – Tú me advertiste de tu problema y yo seguí adelante, aun sabiendo lo que podría suceder. Así que no te preocupes. Nos vemos. –dijo Jun alegremente y salió de la habitación. Mientras la puerta se cerraba, Anna le dio la espalda al balcón y se metió.
—
Horo Horo se arregló la chaqueta que llevaba. Como siempre vestían muy informales o agresivos, en el caso del ainu, era algo raro verlo así. Ryu, como de costumbre se atavió en su traje "retro", que en este caso era negro, del mismo color que Fausto, el que siempre usaba traje. Yoh estaba ya harto del nudo de la corbata y sentía que llevaba una horca.
—Idiota... vas a dañarlo. –dijo Ren llegando.
—¿Cómo rayos pueden andar con esto? Me estoy asfixiando. –dijo Yoh.
Ren, quien acostumbraba a andar muy bien arreglado, se echó a reír. –Por si no lo sabes, a las mujeres les encantan un hombre bien vestido. Aunque ya sabemos que tú ya tienes la mira puesta en la Jefa. –dijo susurrando.
Yoh sonrió y se ajustó el nudo de la corbata. Ren le dio una palmada en la espalda. –La verdad, Yoh... te deseo mucha suerte. A ver si con tu "buena mano" le quitas lo malhumorada a la Jefa.
—Ren... —dijo Yoh con una sonrisa sabiendo lo que en verdad quería decir. Si Anna lo escuchaba quizás lo aplastaría con sus shikigamis.
Ren se echó a reír y se fijó en el resto. –¿y quién es el chico de pelo azul? Creo haberte visto en alguna parte.
—Cretino... —dijo Horo Horo.
—Oigan, ya basta... —dijo Jun entrando. –Falta muy poco. El auto ya está listo.
—¿vamos a ser escoltas? –dijo Horo Horo malhumorado. –Genial.
—Bien. –dijo Jun— Ryu, Fausto, Horo Horo, Yoh. Los esperan en la parte posterior. Manta está allí con el resto. Vamos, Ren.
—De acuerdo...
Cuando bajaron, Yoh trató en lo posible de esquivar las miradas de Ren, Horo Horo y Manta, quienes parecían disfrutar de lo muy nervioso que estaba Yoh cuando vio a Anna bajar. A diferencia del kimono o el yukata habitual de sus conciertos, iba vestida con un traje occidental de tonalidad plateada clara.
—Se te van a salir los ojos, Yoh...—susurró Horo Horo al lado de él. Yoh no dijo nada y simplemente se ajustó el nudo de la corbata.
Al verla, Yoh tenía la impresión de que el plateado claro le hacía brillar aún más, como la propia luna en medio de la noche. No podía evitar el recorrer su mirada de pies a cabeza. Hasta que Ryu abrió la puerta de la limosina.
Luego de un recorrido por ese sector de la ciudad, llegaron a una gran casa, rodeada de una fuerte seguridad. Horo Horo iba con Fausto y Ryu en un lado, del otro lado y tratando de no lucir estúpido, iba Yoh sentado al lado de Anna.
—¿quieres dejarte el nudo en paz? –dijo Anna de repente. Ryu y Horo Horo hablaban sobre la gente que iban viendo. Fausto mirando el cielo, ensoñador. Yoh se detuvo.
—No estoy acostumbrado a usar esto. –dijo Yoh.
—Tienes que dejar dos dedos de separación. –dijo Anna— entre el cuello y la camisa. Y por favor, no sigas tocándolo, que se arruga.
—De acuerdo. –dijo Yoh.
—¿Es la primera vez que te vistes así?
—Sí. Cuando estaba en la escuela nunca me hacia el nudo. Los profesores me regañaban siempre por eso. Además, creo que no me queda muy bien ser tan formal.
—No te queda mal. –dijo Anna—Pero te rehúsas a quitarte esos audífonos.
Yoh se sonrojó. Era un cumplido. –No me gusta andar sin ellos.
—No me digas que haces posesión de objetos en ellos... —dijo Anna sarcástica.
—No. En la maleta está mi guitarra y Harusame...
Anna parecía muy preocupada. Yoh lo notó enseguida. –Pero tranquila. Solo es por precaución. Ya verás que no pasa nada...
oooo
—Son solo un montón de riquillos aburridos, que fastidio...—dijo Horo Horo. De repente el chico avistó a un grupo de lindas jovencitas.
—Cierto, pero todavía hay mucho que ver... —dijo Ryu.
—Dos minutos. –avisó uno de los técnicos. Ryu y Horo Horo se fueron, hallando a Yoh ya listo con su guitarra muy cerca, incluyendo el forro, con él, Fausto y Anna. Aunque no había gente tan joven, como en la mayoría de sus presentaciones, la gente estaba ansiosa por ver cantar a Anna Kyouyama.
Enseguida, Anna comenzó a cantar, al tiempo que los demás le acompañaban con sus instrumentos, modulando su voz para sonar lo más dura posible. Todos miraban atentos, como si una vez más la hipnosis de una excelente canción los atrapara a todos.
Luego de unas cinco canciones, la presentación culminó en medio de fuertes aplausos de parte de los oyentes. Jun, a pesar de lo satisfecha que estaba, miraba a todas partes. Algo andaba mal hoy. Y Ren también notaba algo inusual en el aire.
Anna sentía como si dentro de su cabeza, miles de voces resonaran en tiempos diferentes, hablando distintas cosas, ininteligibles. Estaba perdiendo control. Mejor era que se apartara, hoy estaba débil. ¿Pero por qué?
El trago de sake ardía en su garganta como fuego, intentando aplacar la disonancia que estaba a punto de hacerle sentir un terrible dolor de cabeza.
—¿La viste? ¿A que es guapa? –dijo Horo Horo cerca de ella. Anna levantó su mirada, vio a Ryu y Horo Horo mirando a Yoh. Estaba con una chica bajita, de cabellos rosados.
—Es una amiga de la infancia. –dijo Manta que se unía a ellos.
—Sí, claro. Ya me gustaría tener amigas así... —dijo Ryu.
Horo Horo se rió. –Por favor, cualquier chica tan linda huiría de ti...
—
—Ha pasado mucho, Yoh—kun... —dijo Tamao Tamamura—...nunca creí que nos veríamos aquí.
Yoh sonrió. —¿y qué haces?
—El que organiza la fiesta es el señor Murasaki, él me contrató para bendecir su nuevo negocio y aquí estoy. –dijo Tamao sonriendo. —Nunca creí que te vería con un traje formal.
Yoh se miró las ropas. –Ni yo.
—¿te va bien?...
—Pues sí. Mis compañeros son gente fantástica.
—¿Y cómo es ella? Anna Kyouyama... —dijo Tamao.
—Es una persona muy talentosa. Me ha enseñado muchas cosas sobre cómo escribir y componer.
Tamao sonrió. –Me alegra. Nunca te había visto tan contento. Cuando estábamos en Izumo siempre solías pasar el tiempo solo.
Yoh miró hacia abajo. –Tamao...
—No te disculpes. Tú fuiste muy sincero al final. –dijo Tamao mirándole—
Enseguida Tamao vio que los compañeros de Yoh los miraban.
—ah... ven Tamao... —dijo Yoh.
Cuando Yoh llegó a la mesa en donde estaban ellos, Tamao se inclinó en señal de saludo.
—Amigos, ella es Tamao Tamamura, una amiga. –dijo Yoh.
—Mucho gusto. –dijo Tamao. —Hola, Manta—kun.
—Hola, Tamao. Me alegra verte...
—Usui Horokeu... —dijo Horo Horo estrechando manos con ella, muy amable. –Puedes decirme Horo Horo también. –le miró con picardía.
Tamao se rió. –claro, es un gusto, Horo Horo.
Ryu fue el siguiente. –Ryu Umemiya. –dijo sonriente—... a su servicio.
—gracias...
Fausto levantó su cabeza, estaba como desmayado. –Johann...Fausto...encantado...—y se volvió a poner como dormido. Tamao lo miró extrañada.
—tranquila, Fausto siempre anda así...—dijo Yoh.
—Y ella es nuestra estrella...—dijo Yoh sonriendo— Anna Kyouyama.
Anna miraba a Tamao con mucha más seriedad de lo requerido.
—Encantada. –dijo Anna con un toque de impaciencia.
—Oh, para mí es un gran honor...—dijo Tamao— en mi ciudad todos le admiran...
—Gracias por sus palabras, señorita...—dijo Anna y miró por un segundo a Yoh y se volvió a tomar un trago de sake.
—Tamamura—san... ¿me concedería esta canción? –dijo Horo Horo.
—Claro. —dijo nerviosa— con gusto.
Mientras se alejaban, Yoh se sentó.
—¿es ella de Izumo, Yoh—dono? –preguntó Ryu.
—Si. Mi familia la adoptó, cuando sus padres murieron y ella era una niña. Crecimos en la misma ciudad. –dijo Yoh.
—Lamento interrumpir su charla.—dijo Ren llegando—Ryu, Yoh...vengan conmigo.
—Pero...
—Jun los necesita...ahora...—dijo Ren y ellos le siguieron. Anna se quedó pensativa.
—Manta...
—¿Qué? –preguntó el chico.
—¿Ellos tuvieron algo? –dijo Anna. Manta iba a sonreír, pero se detuvo. Anna poco le interesaba que Manta o que cualquiera pensara que estaba celosa. No quería emplear su reishi pero era notorio el anhelo en la mirada de la joven.
—Si, estaban saliendo. Pero eso fue hace mucho. –dijo Manta y miró a Fausto, quien dormía en su silla de ruedas. –Aunque a mi parecer, a Tamao no ha dejado de gustarle él.
—Eso ya lo noté.—dijo Anna mirando a Horo Horo y Tamao bailar. Manta miró de reojo a Anna y se bebió su cóctel.
—Pero ellos son amigos ahora. –dijo Manta—...de todos modos ellos nunca iban a resultar.
—¿a qué te refieres? –dijo Anna con aparente indiferencia en su voz.
—Yoh le tenía cariño, no creo que fuese algo más. Creo que nunca ha tenido nada sólido con alguien. –dijo Manta— En parte es porque Yoh es muy reservado.
Anna miro a su vaso, el cual residía vacío, destellando tenuemente por las luces de la fiesta. Recordó la conversación de esta tarde y lo entendió entonces.
—
—Aquí tienes tu bokuto, Ryu...—dijo Ren dándole la espada a Ryu. Yoh tenía a Harusame en la mano. Amidamaru y Tokageroh estaban en las tabillas, esperando.
—El amable señor Murasaki nos engañó. –dijo Ren—...contrató a nuestra gente no solo para cantar, también para protegerles del atentado que le van a preparar los rivales financieros que tiene. Posiblemente hayan shamanes pagados para matarle o armar alboroto. Y con el gobierno vigilando sobre nosotros, si nos oponemos, Murasaki usara su influencia para hundirnos.
—Pero qué vergüenza...y me parecía un buen tipo. –dijo Ryu
—Anden con cautela. Parece que a la medianoche hay algo. Nos dividiremos. Yo me encargo del idiota de Horo Horo, quien como de costumbre debe estar endulzándole el oído a una chiquilla...
—Entendido. –dijo Yoh.—...¿Qué hay de Anna y Fausto?
—Tu ve por ellos...—dijo Ren.
—De acuerdo…—dijo Yoh y los tres se separaron.
—
Ryu se fue hacia lo alto de la casa, Ren tuvo que separar a Horo Horo de Tamao e Yoh fue a despertar a Fausto y sacar a Anna y Manta de ahí.
—Cuando vea al Murasaki ése… —dijo Anna al oír el asunto.
—Anna, tienes que irte. –dijo Yoh— vete con Fausto y Manta.
—¿crees que tienes que protegerme?
—Anna...
—Te lo dije. Me basto yo sola. ¡Fausto! ¡llévate a Manta con Jun!
—Si, Anna—sama...—dijo Fausto y Manta le siguió.
Yoh se la quedó mirando. –Anna...
—Voy a partirle la cara al que venga...—dijo Anna sacando su rosario mil ochenta.
—Anna...
—¿qué demonios quieres? –espetó ella.
—Algo más te molesta... ¿cierto?
—Explícate...—dijo Anna apretando su rosario.
—¿Creíste que Tamao y yo...?
—¿crees que me importa a quien frecuentes o a quien conozcas? –dijo Anna adelantándose.
—No sé. Tal vez fue el tono de tu voz. –dijo Yoh sonriendo—
—como sea...—dijo Anna burlona. —creo que tenemos que...
Una explosión sacudió el sitio. Yoh salió corriendo y Anna tardó un momento en seguirle. Mientras iban a la fuente del estruendo, Anna podía sentir la sensación de miedo y pánico en el aire, fortaleciéndose. El dolor en su cabeza volvía, como una puñalada. Sentía que iba a colapsar.
—No lo soporto...No puedo...
"Anda...déjame matarles. Así podré terminar con sus voces...y dejarás de sufrir...anda..."
"No…. No debo dejarte" –pensaba Anna mientras veía a Horo Horo crear una neblina, la gente huyendo, muchos muertos a sus pies.
—¡Son como diez! ¡No debe ser problema! –dijo Ren
Anna se arrodilló en el suelo. –Zenki...Kouki...vayan por ellos...
Ryu y Ren trataban de proteger a las personas que huían despavoridas. Horo Horo había atrapado a cinco de los shamanes atacantes. Yoh había dejado indefensos al resto hasta que escuchó el grito de Horo Horo.
—¡Yoh! ¡detrás de ti!
Yoh reaccionó por instinto y se escudó en su oversoul. Cuando levantó su mirada vio a una criatura con colmillos deformes mirándole.
—¡Un demonio! –exclamó Horo Horo.
Pero la criatura embistió a Yoh, quien detuvo su ataque con su espada. Su enemigo retrocedió y de repente algo apuñaló al demonio. Yoh vio a Zenki y Kouki atacando al demonio y desintegrándole con su fuerza. Los dos shikigamis, Zenki y Kouki desaparecieron y Anna estaba allí, apenas podía estar de pie, sosteniendo su rosario.
Yoh salió corriendo, antes de que Anna cayese al suelo desmayada, logró atraparle. Yoh se quedó mirándola y la cargó entre sus brazos.
—Hoy te has esforzado mucho, Anna. –dice Yoh mientras Horo Horo corría hacia ellos, detrás de él, Ren, Ryu, Manta, Fausto y Jun.
Las sirenas de las patrullas sonaban y la calma después de la breve tormenta regresaba.
Continuara...
