Capitulo dos. Porque sí.

Edward

El sol bañaba la piel de mi rostro. Con mis ojos cerrados soñaba que alguien estaba a mi lado cogiendo mi mano y sonriéndome. Trataba de imaginar mi vida de una forma completamente diferente. Nunca creí que desearía ser como Emmett o los chicos fuertes del instituto, pero ahí estaba una vez más.

Abrí los ojos y miré el cielo lleno de nubes claras. El sol brillaba por todo el jardín trasero de la casa y mis lágrimas una vez más me inundaban el rostro. Alcé una mano al cielo como si pudiera coger aquel pedacito de algodón que se alzaba allí tan hermoso. Al cerrar mis dedos, me di cuenta que mi mano ya no era tan rechoncha como antes. Ahora, los huesos se empezaban a marcar en mis dedos.

Escondí mi mano y entré en la casa a desayunar como todos los días. No era una persona que me gustara preocupar a los demás, pero sin embargo todos los días tenía puestos los ojos de mi madre sobre mi nuca. Caminé despacio hasta la cocina y me senté en el taburete de todos los días. Mi madre se acercó con un plato de coca de chocolate y un tazón de cola-cao.

-Buenos días, hijo mío.- Mi madre me miró triste como hacía todos los días desde hacía seis meses.- Te he hecho este pastel con todo mi amor.

-Gracias mamá.- Le sonreí como pude y miré el pastel de chocolate.- Siempre tan única.

Cerré mis ojos fuertemente y esperé a que mi madre saliera para avisar a mi padre para coger el trozo de coca con la mano y esconderlo en la bolsa de papel que llevaba en mi mochila. El tan solo observar ese pastel delante de mi cara, me daban ganas de devorarlo sin más ¿Es que acaso ella no veía lo desfigurado que estaba?

Mi madre entró de nuevo a la cocina y le sonreí. Antes de que pudiera decirme nada, llevé el tazón de leche a mi boca y tragué como un desesperado cada mililitro de esa mierda leche. Nada más sentirla en mi estómago, me sentí culpable. Me levanté de la silla corriendo y cogí la mochila entre mis dedos.

-Me voy o llegaré tarde.- Grité desde la puerta.

-Edward.- Mi padre me llamó.- Tenemos que hablar de tu peso.

-Estoy bien papa.- Le grité de nuevo y cerré la puerta.

Nada más estuve fuera de su alcance y de su vista, me escondí tras unos arbustos y metí mis dedos en la boca. No podía dejar aquel alimento en mi cuerpo. Ellos nunca entenderían que para ser perfecto, no debía comer esas mierdas. Al llegar a la tienda más cercana, entré rápidamente y me compré un batido bajo en grasas. Al salir de la tienda lo abrí y empecé a tomarlo con ansia. Tras acabar el batido, observé mi mochila detenidamente y pensé en el trozo de pastel que me había hecho mi madre. Abrí despacio la mochila y saqué la bolsa de papel. Al fin y al cabo no podía resistirme a ello.

Tras caminar unos cuantos pasos más, decidí adentrarme al bosque y me senté en la húmeda hierba. Abrí la bolsa una vez más y saqué aquella deliciosa comida. Podía sentir mis manos sudar o mi corazón latir fuertemente en mi pecho, sin embargo necesitaba comer aquello en ese instante.

Llevé el trozo de coca a mi boca y empecé a devorarla con ansias. Aquello me hacía sentir bien, me hacía sentirme yo mismo. Tras comer el trozo de coca, abrí mi mochila de nuevo y saqué la bolsa de chucherías que me habían dado la tarde anterior en el cumpleaños del hermanito pequeño de Emmett. Tras abrir la bolsa y devorarlo todo, empecé a sentirme como un mierda. Aquello me desfiguraría demasiado y tenía que sacarlo de mi cuerpo, debía tonificarme y sacar mis músculos.

Me levanté de la húmeda hierba y caminé un poco más adentro del bosque. Tras apoyarme en un árbol, adentré dos dedos en mi garganta y vomité cada gramo de esa comida. No podía seguir de esa forma si quería ser perfecto. Sentí un pinchazo en mi garganta con la última arcada y vi como mis dedos estaban empapados en sangre ¡Mierda ya me había hecho daño de nuevo en la garganta!

Me giré rápidamente al escuchar el timbre del instituto y saqué un chicle de mi bolsillo. Aquello evitaría mi mal aliento. Caminé deprisa hacía las clases y entré sin mirar a nadie. Una parte de mí, sabía que no estaba bien provocarme esos vómitos. Pero si no lo hacía, volvería a engordar como antes y aquello no me llevaría a la perfección.

Al principio empecé con dietas que me autoimponía. Las dietas me habían ido bastante bien. Gracias a las pastillas diuréticas que le quitaba a mi padre de su despacho o los laxantes que me tomaba para vaciar mi cuerpo de tantas grasas, había perdido bastante peso en esos seis meses y ahora empezaba a ver un poco mis músculos. Sin embargo una parte de mí, no estaba saciada completamente y por eso había recurrido a lo que acababa de hacer.

Tras acabar las clases, no pude evitar mirar a Emmett y a su novia Rosalie. Él tenía sus músculos definidos, aun que para mi vista aún estaba demasiado ancho. Traté de evitar sus miradas y salí de allí corriendo para llegar al gimnasio. Llevaba cuatro meses dando clases intensivas durante todas las tardes y aquello me hacía sentir algo mejor.

Tras entrar en el gimnasio, me encontré con Demetri. Él era un chico como yo. Tras darse cuenta de cómo era, decidió cambiar su suerte. Me acerqué despacio a él y le saludé chocando nuestras manos.

-¿Qué pasa?- Le dije sonriendo.

-Hoy estoy triste.- Me dijo mirando al vacio.

-¿Qué ha ocurrido?- No pude evitar la curiosidad en mi voz.

-Tras las clases me he ido a casa de mi abuela y he comido como un cerdo.- Pude ver las lágrimas resbalar por su rostro.

-¡Oh No!- Me lleve mi mano a mi estómago.- ¿Y qué has hecho?

-Conseguí salir en tiempo record y pude vomitarlo todo.- Demetri acarició su caído vientre.-Pero aún así me siento mal. No debí comer todo aquello. Debí seguir la dieta de la piña.

-Yo hice lo mismo esta mañana.- Le confesé avergonzado.- Vamos a perder esas calorías de más y a tonificarnos.

Tiré de él hasta la máquina de abdominales y lo empujé. Tras acabar él sus ejercicios, comencé con los míos. Debía marcar mis músculos de una vez por todas. Tras una hora de intensa gimnasia entró por la puerta Jasper. Él era un monitor a tiempo parcial. Por las mañanas trabajaba en un centro médico en Seattle y por las tardes trabajaba tres horas en el gimnasio.

-Hola Jasper.- Le saludé tomando un poco de agua de mi botella.

-Has perdido un poco más de peso otra vez.- Me comentó mirando mis brazos.- Recuerda comer bien.

Tras aquellas palabras se fue hacia el final de la sala y se sentó en un banco a esperar a la chica que ayudaba a todas las tardes desde hacía poco más de tres meses. Durante un buen rato me fijé en él y la chica cuando llegó. Era guapa y sus cabellos negros estaban algo alborotados. Tarde tras tarde desde hacía tres meses la escuchaba hablar de una tal Isabella y su visita al centro donde trabajaba Jasper. No entendía la obsesión de la morena por aquella chica ¿Si ella quería ser delgada que más le daba?

Cada día la tal Alice me caía peor. Una persona decide hacer lo que quiera con su cuerpo. Nadie debe decirte que hacer o cómo comportarte respecto a ello y esa duende no paraba de quejarse a Jazz de esa joven. Después de escucharla decir estupideces y cansarme, me acerqué por primera vez a ella para decirle cuatro cosas.

-Hola.- Saludé al colocarme a su lado.- llevo mucho tiempo observándote con Jasper y bueno me entró la curiosidad del tema que hablabais.

-Hola, mi nombre es Alice.- Ella miró a Jasper de reojo.- Y hablábamos de temas importantes sobre la alimentación y una amiga.

-¿No crees que ella es mayorcita para hacer lo que quiera?- le dije ya cansado.

-Hasta cierto punto.- La muchacha se sonrojo y no fue de vergüenza.- Si atenta contra su salud es problema de las personas que la quieren también.

-¡Va!.- Dije sacudiendo mi mano.- Otra pesada igual.

Tras decir aquello me salí de la sala arrastrando a Demetri.

-La morena esa es estúpida.- Le3 dije molesto.

-¿Qué ocurre?- me preguntó confuso.

-Me dan asco los que van metiéndose en la vida de los demás.- Le contesté aún molesto.- Mejor dejamos de venir a este gimm.

-¿Por qué?

-Por que la veo metiéndose en nuestras vidas si es amiguita de Jasper.- Le dije mirándola tras la puerta. Ella nos estaba observando.- Mejor vámonos de una vez.

Tras salir de allí, me despedí de mi único amigo y me fui a casa directo. Al entrar en el porche, pude oler perfectamente la cena que estaba preparando mi madre. Me enfadé al saber que estaba haciendo el pollo asado que tanto me gustaba. Entré de un portazo y subí las escaleras corriendo.

-Buenas noches.- Dijo mi madre molesta desde la puerta de mi habitación.- Si no es por el portazo ni me entero de que llegas.

-Lo siento.- Miré a mi madre a la cara.- No me siento muy bien. Solo quiero una ensalada para cenar. Vengo del gimnasio y no es bueno que coja calorías a estas horas.

-Tú vas a cenar un trozo de pollo y no hay más que hablar.- Mi madre entró y me señaló con su dedo.- ¡Estoy cansada de ti Edward Cullen!

-Mamá.- Me quejé enfureciéndome.- Solo es una dieta.

-Ya estas delgado ¿Qué más quieres?- Sus ojos se empañaron.- En seis meses has perdido demasiado peso.

-¡Eso no es cierto!- Le dije gritando.- Solo he mejorado mi cuerpo.

Tras aquellas palabras miré la puerta para que se fuera y cerré con cerrojo para que no entrara de nuevo con las charlas de la buena alimentación. Tras sentarme frente a mi ordenador, lo encendí y entré al foro que tanto me gustaba. Tras poner en mi página de inicio Pro-mía, entré en mi mundo.

"No sé qué hacer, la gente me observa y hoy tuve un nuevo ataque de ansiedad devorando todo lo que tenía delante"

El mensaje fue corto, pero me respondieron enseguida.

"Tranquilo, ya sabes que esto es sufrir. Para ser perfecto has de aprender a ignorarlos"

Tras aquel mensaje me conecté en el Messenger y me pasé más de dos horas hablando con Suzzen.

-¿Entonces has perdido más peso?- M4e preguntó Suzzen en el chat.

-Si.- Pero esta vez ha sido por el Gimm.- Contesté contento.

-Eso está bien, recuerda que no has de engordar otra vez como hace tres semanas.- Una carita sonriente me dio ánimos.

-Anoche vomité en la ducha como me dijiste y no me pillaron.

-Ese truco es bueno ¿Has comprado el recipiente grande con tapa?- me preguntó.

-Sí, lo tengo escondido en mi armario, así podré vomitar en él cuando me vigilen.- Le dije orgulloso.

-Eso está muy bien. Recuerda cortarte y limarte las uñas, no me gusta que te hagas daño.- Me recordó el incidente de esa mañana que le había contado tres horas antes.

-Tranquilo, eso ya está controlado. Mañana evitaré el comer de nuevo, me he sentido muy culpable.- Le dije triste.

-No pasa nada Edward, mañana evítalo y nada más. Bueno nos vemos un beso y cuídate mi mia.

-Hasta mañana Suzzen.- Tras eso cerré el pc y me acerqué a la puerta.

Mis padres ya dormían y aproveché para bajar las escaleras y tomarme un simple vaso de leche sin lactosa. Al entrar en la cocina sentí como mi pecho se aceleraba y mu cuerpo empezaba a temblar. Mi madre había dejado el pollo encima del banco de la cocina y parecía estar llamándome. Sin poder evitarlo, encendí la luz y me acerqué al plato. Tras coger un poco de carne, me senté en la silla y empecé a devorar con ansias de nuevo el pollo. Cuando me sentí lleno me levanté de la silla y subí corriendo a darme una ducha. Aquello no podía ser, tenía que controlarlo.

Tras meterme en la ducha, metí los dedos en mi garganta compulsivamente y tiré todo lo que había comido a la ducha. Tras salir, me puse un pantalón de pijama y me tiré en la cama a dormir. Me sentía realmente un mierda por haber comido de nuevo de esa forma. Mi garganta me ardía como mil demonios y de mis ojos brotaban lágrimas de dolor. Debía ser fuerte para ser perfecto.