Capitulo 3
Lisa ayudó a levantarse a Lori. Sentía preocupación por ella. Aunque sabía que un tropiezo de ese tipo no debería dañar al niño que lleva dentro, seguía siendo su hermana mayor, quien se encuentra delicada por todo lo que conlleva su embarazo
–Ya te dije que estoy bien Lisa, no tienes por qué preocuparte tanto, me he caído otras veces –explico Lori.
Lisa analizó la situación, y al ver las facciones del rostro de su hermana, descubrió que no le mentía. Intento no darle más interés al asunto y proseguir con su chequeo medico
–Bien, solo toma asiento aquí –indicó Lisa señalando una cómoda.
–Ok, intentaré sentarme –poco a poco, Lori se acercó a la cómoda, apoyándose en la pared por si se volvía a marear.
Una vez ya en la cómoda, Lisa empezó a hacer unos chequeos de rutina. Aunque no fuera médico, ella ya había leído varios libros de medicina, así que por los conocimientos no habría problema alguno.
Lori, para tratar de no poner mucha atención a los chequeos que le hacia su hermana, trató de pensar en otra cosa. "¿De dónde crea tantas cosas su hermana?" se preguntaba. Ella perfectamente sabía que era lista, pero no supo de donde saco los materiales para preparar el chequeo. Supuso que algunos instrumentos ya los tenía desde antes, pero en el caso de la cómoda, no tenía idea de donde saco lo necesario para su construcción. No quería ni imaginarse qué mueble descompuso, por no hablar del regaño que recibirá ella por no cumplir como hermana mayor al vigilar de manera correcta las acciones de su hermanita genio.
Lori salió de sus pensamientos al ver que Lisa empezó a toser fuertemente tirando lo que traía en sus manos. La mayor de los hermanos Loud trató de acercarse a su hermana para ver qué le pasaba, pero al momento empezar a oír sus tosidos, ella también empezó a toser por la falta de aire.
¡¿Qué estaba pasando?! Sentía que el oxígeno en el aire se estaba acabando ¡¿Por qué?! No podía respirar bien y ¿LORI? Ella también se estaba ahogando. Pero… ¿Por qué estaba pasando esto? ¿Será que…?
Lo más rápido que pude me acerqué al armario, y mi mayor temor se hizo realidad. Los frascos que tenía guardados se quebraron. De seguro fue cuando Lori tropezó.
–¡¿QUE PASA?! –gritó Lori entre tosidos. Sabía que debía hacer algo pronto.
–Unos frascos que tenia se quebraron, el aire está contaminado –la respuesta fue muy banal de mi parte, pero no teníamos tiempo.
Me acerqué a la ventana intentando abrirla en lo que Lori salía de la habitación lo más rápido que podía. Ya no podía razonar bien. Mi mente se estaba nublando. Traté de abrir la ventana, pero ya no tenía fuerzas. Finalmente me desplomé en el piso. Aunque mi vista se había nublado, logré ver algunas sombras moverse por los pasillos; asumí que eran mis hermanos. Por lo poco que podía escuchar, al parecer también se estaban intoxicando con los vapores. Sabía que al cerrar los ojos mi cuerpo se rendiría finalmente, y comenzaba a aceptarlo, cuando en eso, escuché un gran grito que me estremeció.
¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Traté de levantarme, pero me sentía muy débil. Pude notar que me encontraba sobre una cama ajena. Intenté forzar mi vista para descubrir dónde estaba, pero no podía sin mis lentes. Tuve que usar mi método de deducción para inferir en dónde me encontraba. Para empezar, noté que el lugar era frio, y logré escuchar un pitido que conocía bien: era una máquina de electrocardiograma. Lo más seguro es que este en un hospital.
Me encontraba deduciendo cómo había llegado hasta ese lugar, cuando alguien entró a mi habitación.
En ese momento entró una enfermera. Al ver a Lisa despierta, salió de la habitación lo más rápido que pudo, y tras un minuto de espera, entraron sus padres para abrazarla. Lisa por su parte estaba muy desorientada, no sabía él porque estaba ahí, pero antes de preguntarse otra cosa su madre habló.
– ¡Hija, que bueno que estás bien! –exclamó la Sra. Loud con lágrimas en sus ojos.
–Nos tenías preocupados –era turno del Sr. Loud hablar sin despegarse de su esposa.
Lisa tenía varias dudas en su cabeza, asi que como cualquier científico, decidió cuestionar.
– ¿Cómo llegue aquí? –preguntó Lisa queriendo cerrar este meollo de ignorancia.
Sus padres se miraron entre ellos unos instantes, y acto seguido le comentaron a su hija:
–Al parecer la casa se llenó de gases tóxicos –menciono con pesar el Sr. Loud.
–Tus hermanos salieron a tiempo para contactar a servicios de emergencias, pero Lori y tú… –No acabó su relato la Sra. Loud, cuando estalló en lágrimas y comenzó a abrazar a su hija con mucha fuerza.
Como un balde agua fría que le cayó en la cabeza, Lisa recordó todo lo acontecido y todo lo que provoco por un simple descuido. Solo una pregunta llegó a su mente.
– ¿Cómo está Lori? –preguntó con cierto temor, pero la única respuesta que tuvo fue ver la puerta abrirse, dejando pasar a alguien que ella podría asegurar que era su doctor.
–Al parecer ya despertaste, ¿cómo te sientes? –preguntó el médico mientras se acercaba mientras sus padres deshacían el abrazo con su hija.
–Cansada y muy agotada –pronunció Lisa, no quería darle más vueltas al asunto.
–Es normal. Inhalaste muchos gases tóxicos. Un poco más y no sé qué hubiera pasado –respondió el doctor sin cambiar su semblante de seriedad.
–Doctor, ¿cómo está nuestra hija mayor? –preguntó el Sr. Loud con miedo a la respuesta.
El médico no dijo nada, solo se alejó hasta la puerta de la habitación y con un ademán les indicó que salieran del cuarto. No muy convencidos de esto, salieron dejando sola a Lisa, quien aunque quería saber la condición de su hermana, sabía también que esa respuesta no la recibiría en ese momento.
Ya en el pasillo, el doctor decidió contestar la pregunta que le hicieron en el cuarto.
–Para serles franco, el caso de su hija mayor es diferente –terminó confesando.
– ¿Qué tiene nuestra hija? –preguntó preocupada la Sra. Loud.
–Según los análisis, su hija sufrió varios golpes alrededor del cuerpo, pero especialmente en el área abdominal –respondió siendo lo más franco que podía el médico.
Un minuto de silencio atravesó el pasillo en donde se encontraban. Los padres de Lori no se atrevían siquiera a imaginarse las nefastas consecuencias que implicaban aquellas palabras. Pero aun así, tarde o temprano deberían enfrentarse con la verdad.
– ¿Pero cómo paso eso? –balbuceó el Sr. Loud con temor. El médico soltó un suspiro.
–Cuando los paramédicos la trajeron, me comentaron que la encontraron tirada en los escalones tratando de ser ayudada por sus hermanos. Suponemos que ella se desmayó en las escaleras y tropezó en estás, provocándose los golpes –intentó explicarles.
Sabiendo a donde iba la conversación, el Sr. Loud tragó saliva, y decidió ir al grano del asunto.
–Entonces ¿Qué pasara con el niño que espera mi hija? –preguntó tratando prepararse mentalmente para afrontar cualquier respuesta que pudiera recibir.
Éste solo se acercó hacia el Sr. Loud, y puso su mano sobre su hombro con cierto pésame.
–Lo siento mucho –fue lo único que salió de su boca.
Dicho esto, la Sra. Loud se aferró a su esposo y estallo en llanto, mientras por su parte el Sr. Loud trataba de no llorar como su esposa, pero le era una misión casi imposible. Todo su mundo se había derrumbado. Desde que se había enterado de la noticia sobre el embarazo de su hija, una calidez especial había surgido desde su corazón: el amor de abuelo. Calidez que lo acababa de abandonar tras las últimas palabras del doctor, dejándolo desamparado, solo, vacío. Era un milagro que sus piernas pudieran sostenerlo junto con su esposa. Ya no sentía nada de su cuerpo, de sus sentidos. Era como si no estuviera en el pasillo de aquel frio hospital.
Su esposa en cambio lloró desconsoladamente. Lloró, lloró, y lloró, intentando limpiar su alma de todo ese dolor que le llegó de golpe, pero las lágrimas parecían ser eternas. Amaba a Lori. Amaba a cada uno de sus hijos. Los había tenido a cada uno de ellos en su vientre. Sabía lo que era sentir a un nuevo ser crecer en su interior, alimentado día a día con amor. Sin duda se habría muerto por dentro si le hubiera pasado algo similar a cualquiera de sus hijos. Y tan solo imaginar el dolor que tendría que atravesar Lori le estrujaba el corazón, y recargaba sus glándulas lagrimales para seguir intentando expulsar ese dolor.
Mientras tanto, Lisa seguía en su habitación. Después que sus padres salieron, no tenía nada más que hacer que recostarse. Por un momento juraría haber escuchado un sollozo tras la puerta de su cuarto. No sabía si eran sus padres, ya que, aunque la puesta tenía un vidrio, ella se encontraba aun sin sus lentes. Aun así, podía reconocer que esos sollozos eran de su madre. Por un instante Lisa se sobresaltó, como si un millón de toneladas de culpa cayeran sobre ella, preguntándose solo una cosa:
– ¿Algo le paso a Lori? –se preguntó con suma preocupación
Paso al menos media hora para que los señores Loud se pudieran calmar. El doctor debía comunicar más malas noticias:
–Su hija mayor también ya despertó, pero no le hemos dicho nada de esto. Pensé que sería mejor escuchar la noticia por parte de sus padres que de mi –aviso el doctor.
Ya más calmados, los señores Loud asintieron lo dicho por el médico, y con esto se retiró no sin antes decirles que lo lamentaba. Por su parte, ellos se debían preparar para darle la triste noticia a su hija. Ellos mejor que nadie sabían cómo era convivir con sus hijos, pero no sabían que harían si perdieran a uno de ellos.
Sin darse cuenta ya se encontraban frente a la habitación de su hija. Aun no sabían cómo informarle de los acontecimientos a Lori. Sin pensarlo más, tocaron a la puerta de la habitación y pasaron. Vieron a su hija acostada viendo el techo, quien luego volteó y saludó a sus padres con una sonrisa. En este punto sus padres tenían una mezcla de emociones dentro, pero pasara lo que pasaran, sabían que romperían los sueños y esperanzas de su hija.
– ¿Qué sucede? –les preguntó Lori. Por sus rostros sospechaba que no podía ocurrir algo bueno.
El poco valor que había logrado reunir su padre se agotó al enfrentarse a los ojos de sus hijas. Su mente se nubló. Las palabras que había recopilado para comunicar tamaña noticia se habían esfumado, y solo tenía las ganas de correr, arrancar de esta realidad.
– ¿Cómo te sientes? –el doctor decidió intervenir ante tan delicado momento, intentando dilatar lo más posible la entrega de tan horrendas noticias.
–Pues –ante la pregunta, Lori tomó conciencia de su cuerpo–… me duele el abdomen –pronunció sílaba por sílaba, mientras se masajeaba el estómago. El terror por la salud de su hijo aumentó tan lento como la velocidad con que iba expresando su frase.
El Sr. Loud se miró con el doctor, mientras que la Sra. Loud se mordió el labio interior. Poco a poco Lori comenzaba a entender hacia donde iba todo esto.
– ¿Qué está pasando? –repitió su pregunta esta vez claramente aterrada.
–Hija, yo… –balbuceó su padre, quien antes de abrir la puerta tenía las palabras precisas para explicar lo sucedido, palabras que ya no existían en su mente.
– ¿Le pasó algo a mi hijo? –insistió con desesperación.
–Por favor hija, tranquilízate –intervino su madre, aunque esas palabras iban más bien para sí misma.
– ¡Digan algo! –gritó la joven temiendo lo peor.
–Lori –las palabras del doctor congelaron la escena. Una voz externa era justo lo que necesitaban para contener las emociones–, hubo una emanación de gas tóxico en tu hogar, y tú te tropezaste en las escaleras mientras escapabas, y el bebé recibió el mayor impacto de esa caída…
– ¡¿Qué?! –la mente racional de Lori se apagó. Apenas oyó esa explicación se abalanzó contra el doctor, y sujetándolo del cuello de su delantal lo llevó de espaldas a la pared. Como si ese acto irracional le fuera a devolver a su hijo, y deshiciera las malas noticias.
– ¡¿DIME QUÉ LE PASÓ A MI HIJO?! –le gritó dejando casi sordo al doctor.
El médico se encontraba medio aturdido por la repentina reacción de la mayor de los Loud. Ante la desesperación de no recibir respuesta, Lori comenzó a golpearlo contra la pared una y otra vez, como un juguete roto que espera reparar a golpes.
Los Sres. Loud se encontraban sobrecogidos ante esa escena, dudosos de intervenir. La Sra. Loud intentó acercarse a su hija, pero su esposo la retuvo. Comprendió que era mejor dejar que a su hija desahogarse, aunque el médico tuviera que pagar las consecuencias.
De pronto el doctor tomó consciencia de sí mismo. Acostumbrado a este tipo de momentos críticos, solo podía asumir que Lori lo tomó por sorpresa, nunca había visto a un paciente actuar de forma agresiva tan rápidamente, pero no le iba a dejar ganar la contienda.
– ¡ESCUCHA LORI! –su grito la aturdió momentáneamente, instante que aprovechó para empujarla de vuelta a su cama, y acercársele de forma amenazante– ¡TU HIJO SE MURIÓ! ¡ES MOMENTO QUE LO ACEPTES DE UNA VEZ! ¡SE MURIÓ! ¡Y POR MÁS QUE ME EMPUJES CONTRA LA PARED, ESO NO LO DEVOLVERÁ A LA VIDA!
Esas palabras dolieron más que todos los golpes que podría haberle propiciado de regreso. Fue un knockout potente, que la aturdieron por dentro. Sin poder moverse, Lori se quedó sentada sobre su cama, con la mirada opaca, perdida, como si parte de su alma se hubiera muerto junto a su hijo.
