Capítulo 2

Bella se despertó lentamente, y al abrir los ojos creyó estar soñando, se incorporó, dejando las almohadas detrás de ella. Anoche, no había reparado en la habitación, ahora, contempló el cuarto con admiración, un papel a rayas azules y blancas adornaba la pared, pesadas cortinas de damasco azul cubrían las ventanas, una colcha a juego estaba doblada al pie de la cama. Había una alfombra gruesa en el suelo, tejida a rayas azules. Estaba a punto de salir de la cama cuando oyó un golpe en la puerta.

- ¿Señorita Bella…?

- Sí, adelante – subió las sabanas hasta su pecho, mientras Carlisle abría la puerta y entraba en el cuarto.

- Lord Cullen me ordenó que esta mañana después del desayuno la llevara de compras – Bella asintió.

- Sí, eso me dijo.

- Le he traído unas ropas para ponerse - dijo depositando una gran caja encima de la mesita de noche - Por favor baje a desayunar cuando este vestida.

- Así lo haré, gracias.

- ¿Desea usted alguna otra cosa? – Bella negó con la cabeza.

- Muy bien, señorita. La espero dentro de ¿Digamos media hora?.

- Está bien.

- A menos que desee desayunar en la cama.

- ¿En la cama?, no estoy enferma - una leve sonrisa titiló en sus labios.

- Dentro de media hora, entonces - dijo, y dejó el cuarto, cerrando la puerta silenciosamente.

- Desayunar en la cama - Bella murmuró sonriendo - Imagínate eso…

Levantándose, abrió la caja, maravillada al ver lo que había dentro. El vestido era de tafetán a rayas marrones y naranja, un cuello a juego y mangas abolladas, un ramillete de flores de seda amarilla adornaba la cintura. Pasó sus manos sobre la ropa interior, incapaz para creer en su exquisitez. Era toda de fino hilo de algodón con delicados bordados en rosa, tan bonita, que deseó poder llevarla puesta por encima de la ropa. No había poseído unas prendas tan finas jamás en toda su vida.

Se vistió despacio, inspeccionando cada prenda. Pasó de nuevo la mirada alrededor del cuarto, esperando poder mirarse en un espejo. En su casa, un espejo se consideraba un lujo más allá de su alcance, pero seguramente Lord Cullen debía tener muchos.

Era extraño, pensó mientras bajaba por las escaleras. Pero por otro lado, rumores de extrañas actividades en el castillo de Lord Cullen corrían por toda la ciudad, algunos decían que estaba embrujado, otros que sabían de mujeres que habían ido allí y nunca habían sido vistas de nuevo, eran rumores, y ella nunca había dado crédito a las habladurías. Después de todo, la gente decía que su padre bebía demasiado y que golpeaba a su esposa y a sus hijos, pero Bella sabía que eso no era cierto, su padre no era el ser más amable y cariñoso pero no era el monstruo que decían.

Al llegar a la planta baja, deambuló por el castillo descubriendo: cielos rasos abovedados, paredes cubiertas de oscura madera, pesadas cortinas, costosos tapices y bellas pinturas en las paredes, numerosas esculturas de plata, madera y bronce, espadas cruzadas sujetas encima de unas macizas chimeneas de piedra. Alfombras caras importadas de lugares exóticos. Pero ningún espejo ni relojes, frunció el ceño.

El comedor era grande, oscuro y costosamente amueblado, un gran mantel de fino lino cubría la mesa con un par de candelabros de plata situados en el centro, algunas velas blancas iluminaban tenuemente el cuarto, verdes cortinas de terciopelo cubrían las ventanas y había una pintura de una escena de caza en una pared. Sólo había un servicio de cubiertos en la mesa, el plato era de porcelana china ribeteado con oro, el vaso para beber agua de fino cristal, los cubiertos eran de oro. Asombrada ante tal opulencia, se sentó.

Poco después Carlisle entró en el cuarto, con una bandeja tapada, al destaparla, una variedad de sustanciosos aromas llenó el cuarto. Había jamón cortado en rodajas, huevos escalfados, un tazón de gachas de avena, fresas frescas y melocotones cortados en rodajas, y una taza de té.

- Espero que todo sea de su agrado, señorita - dijo.

- Oh, sí - Ella nunca había visto tal cantidad de comida junta - ¿Me acompañará…? ¿Querrá Lord Cullen acompañarme para desayunar?

- No, señorita – contesto Carlisle, debió sentirse aliviada pero solo sintió una oleada de decepción.

- ¿Desea alguna otra cosa señorita?

- No, gracias.

- Muy bien, señorita. Traeré el coche cuándo usted esté lista para salir - Bella asintió, abrumada por todos los cambios que experimentada.

Desde luego, no se lo podría comer todo, pero probaría de todo un poco, veinte minutos después se reclino en la silla, se lo había comido todo. Pasó el resto de la mañana en casa de Madame Sofía. Sin saber que elegir, Bella se sometió a los gustos de la modista, que poco después la despidió con la promesa de que tres vestidos de día iban a serle entregados a la siguiente tarde, y el resto dentro de una semana, junto con toda la ropa interior necesaria y todos los sombreros, zapatos, guantes y parasoles que una señorita necesitaba.

La cabeza de Bella daba vueltas mientras regresaban al castillo, Carlisle preparó una comida abundante, y después de que Bella le diera las gracias, le sugirió que subiera a tomar una siesta, a lo que ella sonrió ¡Una siesta en mitad del día! nunca se lo había permitido antes, aunque era tentador no estaba cansada.

- ¿Podría dar un paseo por la casa?

- Desde luego señorita. Ésta es ahora su casa. Puede explorar cuanto quiera. Todos los cuartos están abiertos salvo los de la torre este.

- Gracias, Carlisle.

- ¿A qué hora le gustaría cenar, señorita?

- No lo sé. ¿A qué hora cena normalmente Lord Cullen?

- Lord Cullen raramente cena en casa.

- Oh - Sintió una nueva oleada de decepción al recordar que Lord Cullen le había dicho que no lo volvería a ver, la asustaba, pero era el hombre más fascinante que había conocido en toda su vida.

- ¿A las siete en punto, señorita?

- ¿Qué? Oh, sí, está bien. Gracias.

Pasó el resto de día explorando el castillo y creyó que nunca encontraría el camino de vuelta, tantos eran los cuartos, escaleras y pasillos por los que anduvo, paseó por la parte más antigua, donde, había estado el granero y donde se almacenaban las cajas y barriles de provisiones.

El segundo piso alojaba las habitaciones del castillo y las salas comunes. La cocina de Carlisle estaba situada allí, junto a una despensa grande, y bien surtida, un pasillo conducía hasta un dormitorio donde dormían las doncellas del castillo. Se le ocurrió a Bella que su habitación, era el cuarto más grande de todos los que había visto, eso le hizo preguntarse dónde estaba la habitación de Lord Cullen.

Paseó por otro corredor, nunca había sido dada a hacer volar la imaginación y no iba a comenzar ahora, aunque, si uno no creyera en fantasmas y duendes, el castillo de la montaña del Árbol del Diablo sería el lugar perfecto para empezar a hacerlo, admiro las pinturas y los suntuosos tapices que colgaban de las paredes hasta que llegó a la biblioteca con más libros de los que podría leer en toda una vida. Bella pasó sus dedos por los lomos.

Tomo uno y pasando las páginas, encontró dibujos de lobos, cuervos, murciélagos, y una esquelética figura con una capa negra, un ángel oscuro que sujetaba una calavera en una mano y un cáliz de plata en el otro, perturbada por las imágenes, cerró el libro y lo devolvió al estante. Entró en un gran salón, dónde alguna vez debieron de haber cenado los dueños del castillo, había una larga mesa y una silla alta de madera negra, vio que el respaldo de la silla estaba labrado con formas que dibujaban la figura de un cuervo con las alas extendidas. Armas de todo tipo decoraban las paredes.

Distraída explorando el castillo, pasaron más de tres horas, sin que apenas se diera cuenta. Permaneció algunos minutos en el cuarto de música, rozando con sus dedos las teclas de un pequeño piano, siempre había deseado saber tocar, pero no había tenido tiempo para aprender, ni quien le enseñara. Sonrió al recordar que Lord Cullen le había prometido que recibiría lecciones de música. En el tercer piso, contó doce cuartos que dedujo habían sido dormitorios para los niños del señor y sus sirvientes. Todos vacíos, y cubiertos de una gruesa capa de polvo.

Subió otras escaleras y se encontró en un cuarto redondo que era la torre del castillo, desde donde se podía ver el río y el bosque a lo lejos. Bajó varios estrechos y serpenteantes tramos de escaleras, y se encontró en una mazmorra. Arrugando su nariz por el olor a humedad y moho, caminó un poco, sus pisadas amortiguadas por el suelo de tierra. Mientras permanecía en silencio, notó una repentina sensación de maldad. Muchos hombres habían muerto aquí. Casi podía oír sus gritos entre las paredes de piedra, saborear su miedo mientras encontraban la muerte.

Con un chillido de temor, cambió de dirección y salió de la mazmorra. Subió las escaleras de dos en dos, su corazón latiendo alocadamente mientras fantasmales imágenes inundaban su mente, imágenes grotescas de sangre y horror, de hombres siendo torturados, de terror y dolores intolerables. Jadeaba cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta y echó la llave, apagó la vela y se metió en la cama, intentando que su corazón dejara de latir alocado.

No había nada malo en la mazmorra, nada de que temer, Solo era que nunca había estado lejos de su casa y junto a su imaginación, la habían hecho correr asustada. Tenía suerte de estar aquí, por primera vez en su vida, tenía un cuarto solo para ella, comida suficiente y bellos vestidos. Y, si debía confiar en Lord Cullen, entonces cualquier cosa que deseara, la tendría. Confortada por ese pensamiento, se quedó dormida.

Edward estaba sentado delante de la enorme chimenea de su dormitorio, sus codos apoyados en los brazos del sillón, su barbilla descansando sobre sus manos dobladas. Estaba mirando fijamente las llamas, pero era la imagen de Isabella la que llena su visión. Vívidos ojos chocolate, llenos de miedo. Pálidos labios rosados. Su piel del color del alabastro. El cabello castaño rojizo, que le recordaba la luz del sol que no había visto durante cuatro siglos.

Ella se había aseado muy bien, filosofó. Quizá demasiado bien. Nunca antes había traído a su casa a alguien tan joven, bella e inocente. Por un instante, pensó en enviarla de regreso rápidamente desecho ese pensamiento. Miró hacia la ventana, pensando en la hora que era. A estas horas, seguro que ya estaría dormida. Se humedeció los labios mientras se levantaba de la silla.

En un momento estuvo al lado de su cama, se quedó contemplándola, hechizado por su belleza, su inocencia. Dormía de lado, su mejilla descansando sobre una mano. Su pelo esparcido a través de la almohada como una cortina, tentándolo a tocarlo, lentamente, cogió un mechón de su pelo. Suave, pensó, era tan suave, incapaz de contenerse, acarició su mejilla, dejó que las puntas de los dedos se deslizaran a lo largo de su delgado cuello rozando ligeramente el lugar donde su pulso latía acompasado y trago con fuerza.

Un abrasador calor se filtro por las puntas de sus dedos, tendría que ser cuidadoso con ella le despertaba mucho más que su odiosa hambre, mascullando un juramento, apartó su mano, ella se movió en la cama en el momento en que él se sentó a su lado.

- Duerme, dulce Isabella - dijo - duerme tus sueños de muchacha - apartó un mechón de pelo de su cuello, posó sus manos en sus hombros - descansa tranquila, no tienes nada que temer - lentamente, dobló su cabeza hacia ella, su lengua acariciando su piel. Ella gimió suavemente cuando sus dientes rasparon su garganta.

- Sueña, sueña, pequeña - susurró - No tienes nada que temer. Es sólo un sueño...

A la mañana siguiente, Bella se despertó hambrienta y extrañamente adormilada después de toda una noche de sueño reparador. Al recordar que se había perdido la cena, atribuyo a ello la razón de su hambre así como también de su cansancio, al levantarse se sintió mareada.

- Demasiado sueño y poca comida - masculló mientras deslizaba sus piernas sobre el borde de la cama y se levantaba.

Miró hacia el cordón del timbre, indecisa por llamar a Carlisle, preguntándose si conseguiría alguna vez acostumbrarse a tener alguien que cumpliera cada uno de sus deseos.

- Ningún momento mejor que ahora, para empezar a acostumbrarse a ello - pensó, y estiró el cordón - minutos más tarde, Carlisle dio un suave golpe en la puerta.

- Entre.

- Buenos días, señorita - La recorrió con la mirada y Bella creyó ver una sombra de piedad en sus ojos, pero desapareció enseguida, y pensó que había estado equivocada.

- ¿Yo podría...? esto es, me gustaría darme un baño, por favor.

- Enseguida, señorita el agua está calentándose - salió del cuarto solo para reaparecer un momento más tarde, con una bandeja en sus manos.

- Pensé que esta mañana le gustaría tomar el desayuno en su cuarto.

- Sí, me gustaría, gracias.

- ¿Desea alguna otra cosa, señorita? - Bella negó con la cabeza preguntándose si él podía adivinar todos sus pensamientos. - Su baño estará listo enseguida.

- Gracias, Carlisle - hizo una pausa, frunciendo el ceño – ¿Cómo entró aquí?

- Por la puerta, por supuesto.

- Pero, yo... ¿Estaba cerrada con llave, no es verdad? - Miró hacia la puerta - estoy segura de que anoche la cerré.

- Usted debe estar equivocada – Bella negó con la cabeza.

- No, estoy segura de que estaba cerrada con llave cuando me fui a la cama.

- ¿Se le ofrece alguna otra cosa, señorita?

- No, gracias.

Sintiéndose un poco aturdida Bella apartó la bandeja y se levantó de la cama, anoche estaba muy cansada, tal vez no había cerrado con llave la puerta, sacudiendo la cabeza, desechó pensar en ello de nuevo. Tomó lentamente su desayuno, se dio un largo baño y estuvo probándose sus nuevas ropas, deseando que hubiese algún espejo en la casa para poder ver cómo le quedaban. Más tarde, le pidió uno a Carlisle.

- Lo siento, señorita - dijo Carlisle - su Señoría prohíbe tener alguno en casa - Bella frunció el ceño.

- ¿Pero, por qué?

- Lo siento, señorita. Esto es algo que debe discutir con Lord Cullen.

- ¿Cómo puedo hacerlo, si nunca le veo?

- Lo siento, señorita. ¿Hay alguna otra cosa que pueda hacer por usted?

- Lord Cullen dijo que me enseñará a tocar el piano y a leer.

- Estaría encantado de poder ayudarla, señorita – Bella le sonrió

- Gracias, Carlisle Me gustaría empezar esta tarde, si no le importa.

- Será un placer, señorita. Nos reuniremos en la biblioteca a las tres en punto.

Durante las semanas siguientes, los días de Bella transcurrían en una placentera rutina. Si el clima lo permitía, pasaba las mañanas paseando por el campo, si llovía se quedaba en casa bordando. Como todas las jóvenes, enseguida había aprendido a costura, algo a lo que su madre llamaba "trabajo de fantasía".

Almorzaba tarde, tomaba una siesta, y luego pasaba el resto de la tarde bajo la tutela de Carlisle, le enseñó a tocar el piano, a leer y a escribir; casi gritó de puro deleite la primera vez que escribió su nombre sin ayuda. Isabella Swan. Señorita Isabella Swan. I. Swan. Lo escribió una y otra vez, pensando lo bonito y maravilloso que se veía; después de cenar, pasaba una hora repasando sus lecciones, y luego se retiraba a dormir.

Una tarde antes de irse a la cama, le dijo a Carlisle que desearía tener un huerto y al día siguiente, encontró una gran variedad de semillas sobre un banco en el patio lateral. Conforme los días pasaron, se dio cuenta de que Carlisle era un hombre notable. No había más sirvientes en el castillo él era cocinero, mayordomo, ayuda de cámara, y ama de llaves, todos en uno. Además, efectuaba las compras y hacia la colada, cuidaba las tierras y atendía a los caballos. Nunca se entrometía en su privacidad, pero siempre estaba allí cuando lo necesitaba.

Ya llevaba varias semanas en el castillo cuando comenzaron las pesadillas, eran sueños oscuros llenos de una sensación de inminente perdida, horribles sueños llenos de muerte y colmillos manchados de sangre. En ocasiones, se despertaba sintiéndose querida y deseada, su corazón latiendo alocadamente al recordar la imagen de una mano fantasmal acariciando suavemente su mejilla, el contacto era extrañamente erótico. Y después de esos sueños despertaba cansada y hambrienta.

Expresó su preocupación a Carlisle preguntándole si debía ir al doctor, pero él le aseguró que estaba perfectamente bien, que sólo era los cambios en el régimen de comidas y la atmósfera del castillo que le causaban desasosiego, y que pronto se adaptaría. Había piedad en sus ojos al decirle esto, y evitaba mirarla directamente.

- ¿Ocurre algo? - le preguntó – ¿Hay algo que usted no me dice?

- Estoy siendo tan honesto con usted cómo puedo, señorita.

- ¿Volveré alguna vez a ver de nuevo a Lord Cullen?

- No lo sé, señorita espero que no - le contestó, y salió del cuarto.