Dos
-¿Y dónde está Rikka?- preguntaba el joven Aran, quien chocaba pequeñas rocas entre sí con sus manos, esperando que una chispa de fuego iluminara la fría cueva.
El grupo de guardianes habían perdido de vista a una integrante, se trataba de Rikka, hermana menor de Lenron, ella es de complexión delgada, de piel blanca, cabello rubio en trenzas con una banda azul que ocultaba su frente. En esos momentos usaba la chaqueta blanca que Yazhar le había prestado por las bajas temperaturas, a pesar de eso, ella se dejaba al descubierto por su pequeño short rojo y zapatos deportivos del mismo color. Era la más hiperactiva del grupo, siempre demostrando el lado positivo a las cosas, algunas veces actuando sin pensar, al contrario de su hermano que tenía un carácter fuerte y reflexivo.
-¡Hermanito ya llegué, traigo invitado!- dijo Rikka, quien ayudaba a un hombre de pelo blanco cubierto de una gran masa de nieve que cargaba en su espalda. Algo curioso en Rikka es que a pesar de su apariencia débil e imagen de niña inocente, sus ojos verdes azulados llameaban un fuego interior, demostrando una gran fuerza física.
-¿Cómo lograste encontrarnos, y qué traes ahí?- Lenron se ponía de pie, mientras Aran se encontraba frente a un par de troncos, chocando las rocas de sus manos para obtener algo de fuego.
-Pues los vi una vez que entraron a la cueva, y lo segundo, pues mientras intentaba entrar, la niebla era muy densa desde donde estaba hasta la cueva y los perdí de vista, así que encontré a este hombre mientras agonizaba- decía Rikka soltando una sonrisa.
-¡¿Cómo traes a una persona que encuentras en las montañas agonizando?- irritado Lenron, le pidió que abandonara a la persona, pudiendo tratarse de un cadáver.
-Oye, te digo que está vivo hermano, míralo- Rikka aquella persona no era más que un muchacho de pelo rubio dorado, su peinado estaba en punta con un fleco que cubría levemente la frente, con estilo de picos a lado derecho de su cabeza, como si lo hubiera barrido el viento. Llevaba una chaqueta negra de cuello alto con cremallera. Sobre esta, un chaleco abierto de color crema, con varios diseños bordados en las mangas, el cuello de su chaleco era rojo con pliegues recogidos. Sus piernas que después de que Rikka le quitara la nieve de encima, mostraba que usaba pantalones de color verde grisáceo y sus zapatos tonos de oscuros con cintas rojas en lugar de cordones.
El joven entumido por el frío parecía despertar, asustando a los del grupo por su respuesta, parecía no poder levantarse, pero ya podía ver el lugar donde se encontraba, aunque no entendía como había llegado ahí.
-¿Dónde estoy?- decía el muchacho con la voz entrecortada, su voz era muy limpia, suave y un poco débil por su situación, eso mostraba que era más joven de lo que pensaban.
-Hola niño, te salvé la vida- dijo Rikka dándole la bienvenida con una amplia sonrisa.
Lenron inmediatamente ayudó al joven explicando donde se encontraba, aunque tampoco el tenía muy claro el lugar con exactitud donde se encontraban.
-Estaba buscando la Bacteria- decía mientras trataba de apoyar su cuerpo con la pared de roca, pero sus piernas no respondían.
-¿La Bacteria?- preguntaban todos mientras escuchaban como el joven empezaba a hablar sobre un gran ave, al parecer tenía una batalla, mientras tanto le ordenaba que atacara a una bestia que llamaba Greymon.
-Está delirando Lenron, ¿tienes idea de que habla?- dijo Lennet mientras veía como el muchacho que deliraba, comenzaba a sudar como de tensión mientras seguía peleando con su oponente imaginariamente.
El grupo de guardianes y la sacerdotisa Iudia trataron de buscarle protección a su nueva compañía, no quisieron abandonarlo a pesar de que sabían que los retrasaría.
Pensaron en esperar a que la niebla bajara, pero la neblina no bajó, dejándolos dentro de la cueva hasta la noche, obligándolos a que permanecieran dentro de ella, mientras las ráfagas de viento azotaban por doquier.
Durante la oscuridad, el viento parecía que hablara al chocar con las rocas, pero dentro de la cueva, Iudia pudo escuchar como una joven estaba charlando con el joven que se había perdido en la nieve, pero decidió ignorarlo, aún su cuerpo seguía agotado, tenía confianza a que se sentiría con fuerzas para el día siguiente.
-¡Corran!- dijo Lenron diciéndole al resto del grupo que se alejara de ahí lo más posible, al mismo tiempo que apresuraba el paso de Iudia.
Un fuerte temblor los había tomado por sorpresa a todos, la montaña comenzó una avalancha, una enorme criatura que se encontraba en la cima de esta hacía movimientos violentos al moverse, estos movimientos hacían que los vientos golpearan más fuerte y levantaran la tierra, junto con una gran pila de rocas que casi cae encima de Lenron y Iudia.
-Una invocación de las montañas, aunque el tamaño de esa cosa es abismal- decía Lenron a Iudia, quien ella estaba concentrando toda su energía a su báculo que cargaba, el cual le daba la fuerza de invocación de bestias.
-Ya estamos aquí Iudia- decía Yazhar, teniendo detrás a Lennet, Rikka y Aran, quien era el que se había tardado en levantarse.
-¿Porqué nunca eres útil en algo?- gritaba Lenron a Aran, quien ya estaba desesperado de él
-No es tiempo para esto Lenron, debemos proteger a Iudia mientras enfoca su fe en el báculo de invocación- decía Lennet tomando del brazo a Lenron, para que se calmara.
La vibración de las rocas seguía creando más derrumbes, pero arriba se podía observar una silueta gigantesca de la criatura que se expandía. Era claro que era un ave puesto que al llegar al máximo el esplendor, el cuerpo expandió sus alas para elevarse frente a Iudia y los guardianes.
-¡Guardianes!- se escuchó detrás de ellos.
-¿Quién dijo eso?- preguntó Lenron, mientras el muchacho que Rikka había rescatado, al mismo tiempo que levantaba su brazo y con su mano sostenía una carta transparente, soltándola al aire, para liberar un rayo de luz fulminante, de color rojo, para después mostrar a una especie de lagarto erguido, de piel anaranjada con rayas azules, y un enorme casco marrón que ocultaba su cabeza con una cornamenta en los lados y un cuerno en la nariz.
-¡Greymon Megaflama!- el hombre ordenó a la criatura, quien apuntó una enorme llama que emanó de su boca.
-¿Cómo pudo convocar a una bestia de una carta?- dijo Iudia intrigada por lo que había aparecido frente a ellos.
-Esa criatura jamás la había visto, es muy diferente a las bestias que estamos acostumbrados a invocar- decía Lennet quien analizaba al enorme dinosaurio que provino de aquella carta.
El ave salió de aquel resplandor que impedía vérsele y se pudo revelar su color verde y su amplio pico que llevaba desde la cabeza a la punta del pico material metálico. Las plumas de sus alas y su cola podían verse también de un color amarillo brillante al igual que sus ojos azules. A diferencia de las aves, este monstruo tenía seis extremidades, sus alas, sus patas y sus brazos, los cuales luchaban cuerpo a cuerpo con el musculoso Greymon, que era notable su incremento muscular en el pecho y garras.
-¡Greymon ten cuidado!- decía el muchacho mientras veía que su monstruo estaba a punto de caer de la montaña, y con sus patas intentaba sostenerse, pero el ave emitía un graznido agudo que distraía al Greymon, pero nadie notaba aquel ataque de sonido del ave, solamente Greymon, quien sufría y rugía de furia.
-Suficiente, ¡Cambio de carta, Conexión de Velocidad!- gritó el hombre sacando otra carta, pero de su bolsillo del pantalón.
Greymon inmediatamente pudo mover sus patas con más velocidad y así crear más intensidad en el agarre entre el ave y él, para impactarla hacia la pared de rocas que tenían de frente, pero el ave se soltó del ataque de Greymon para elevarse con sus grandes alas, ocasionando un enorme tornado de tierra para desaparecer de la vista de todos con la intensidad que daba el revoloteo de sus alas.
-Sigue aquí, el ave sólo tomó impulso, va a volver - dijo Iudia, quien no quitaba su vista hacia arriba, una vez que se despejó la pequeña tormenta de tierra, empezó a buscar en el cielo al ave.
Un silencio perturbó el lugar, es como si de verdad se anunciara que todo había acabado, pero Iudia decidió caminar hasta acercársele a aquel hombre de gabardina y capa azul bastante rasgada.
-No te confíes el ave sigue aquí- le dijo Iudia gentilmente antes de estar a un lado de él. Aquel joven no dejaba de ver a Greymon, quien parecía tener fuertes punzadas en sus garras, por los empujes con el ave. -¡Aquí viene!- le advirtió Iudia quien pudo ver antes el movimiento del ave, mientras todos veían como el ave caía en picada hacia Greymon, el cual rápidamente le contestó con un cabezazo logrando ensartar sus cuernos con el pico abierto.
-¡Vamos Greymon, sostenlo ahí mientras destruyo sus datos!- el muchacho tenía fe y le daba las gracias a Iudia, entonces él terminó acercándose cuidadosamente al lugar donde estaba Greymon y el ave, sacando una especie de máquina azul de forma rectangular con una pequeña pantalla y un par de botones. Aquel artefacto disparó un rayo de diversos colores hacia aquella ave, y la rodeo de todo su color y al mismo tiempo succionándola, se podía ver como el ave empezaba a desintegrarse lentamente hasta desaparecer por completo como si aquel objeto hubiera absorbido al ave. -Listo, tenemos otra Bacteria más- dijo guardando aquella carta dentro de su bolsillo de su pantalón.
-Disculpa, ¿pero qué fue eso?- Rikka a lo lejos preguntaba.
-Soy un Tamer- el chico al notar que nadie decía nada, reía y terminó preguntando -¿No me van a agradecer?, ¡los acabo de salvar!
-Gracias, ahora nos vamos- dijo Lenron, dando la vuelta junto con Iudia quien no dejaba de verlo.
-¿Porqué siempre hay que ser groseros con la gente que nos ayuda?, siempre nos vamos sin agradecer nada, vamos es justo que esta vez- Aran fue interrumpido por Lenron, quien le apretaba el brazo fuertemente para que dejara de hablar.
-De acuerdo, de acuerdo, no hay que ponerse agresivos, ¡sólo quiero saber cómo hizo eso! Lenron.
-Eso mi amigo, era un Digimon- respondía el Tamer.
-¿Digimon?- Lenron volteó a ver al hombre con sorpresa. -¿eso era un Digimon?, ¿sabes que esas cosas son impuras?, ¡son blasfemias en nombre de la creación!- dijo Lenron quien no pudo calmarse para atacar al Tamer.
-¿Entonces ustedes piensan lo mismo?- dijo el Tamer quien bajo la mirada al escuchar esas palabras. –Mi gente es acusada de impura por la utilizar los Digimon, simplemente no saben lo que se siente ser juzgados sólo por eso.
-Te comprendo- dijo Iudia quien caminó hacia el Tamer, con la mirada en alto. –No me parece justo que tus ideales sean tachados, sólo porque a algunos les parezcan mal.
-Pero Iudia, ellos- Lenron quien no pudo terminar por Iudia, quien trataba de mostrar su tolerancia hacia cualquier pensamiento de las tierras.
-Es el mismo pensamiento intolerante del Rey Rasi- Iudia dijo mientras se acercó enfrente del Tamer. –Gracias- terminó Iudia con una sinceridad que le rodeó en un brillo sus ojos verdes.
-Sabes- el Tamer decía mientras fue interrumpido por Lenron bruscamente
-¡Para ti es la sacerdotisa Iudia!
-No Lenron, puesto que para su creencia no soy nada de relevancia, puede dirigirse a mi como un ser humano, porque eso es lo que soy, ya les he dicho que no me gusta que utilicen ese término conmigo, porque también soy su amiga.
El grupo de guardianes no podían dejar de dudar sobre el compañero que utilizaba cartas para capturar monstruos, no entendían cual era el motivo de él. Una de las más grandes incógnitas era aquel espectro de capucha blanca que seguía al hombre creyente de los Digimon. Él ya había tenido un encuentro con aquella aparición, sumando una pregunta más de su vida, lo único que tenía claro era a las personas que servía y creía por haberle dado su hogar.
Los Tamers, una sociedad que se distinguía por su creencia del más allá, pero no hablando como una obra divina, ya que según sus teorías, todo lo que se encontraba en aquel mundo, era obra del hombre. La verdadera esencia de la vida se lograba obtener si se escapaba de aquella realidad, pero estos pensamientos eran rechazados por los seguidores de Santa Luz, es decir, los sacerdotes y guardianes que los tachaban de cometer tabúes en contra de la naturaleza, ya que ellos podían sin ninguna invocación, llamar bestias creadas por sus propias manos, por obra de la manipulación informática del mundo.
Sus teorías apuntaban que todo había sido creado por un código, y que todas sus acciones eran vigiladas o ya planeadas desde antes de que las pudieran hacer.
El destino de todos los Tamers era ganar territorios, y eso es lo que realmente hacía al recolectar a aquellas criaturas que se habían enfrentado en las montañas.
Al derrotar a las Bacterias, ellos tienen como derecho reclamar el territorio vencido por quien lideraba aquel lugar, el Tamer no sólo absorbió la información de las Bacterias, sino también marcó su territorio con su Digivice, aquel artefacto que utilizó en la batalla, el mismo que utilizaba como localizador de aquellas criaturas absorbentes de datos del mundo. Esta recolección de territorios la utilizaba para ganar más datos del lugar, todos los que hacían esto, enviaban datos a la base para comenzar a digitalizar nueva información y así demostrar más pruebas de su ideología.
