[Hechizo Eterno ]
[ Epilogo ]
~El arte mas perfecto es aquel que se mantiene intacto. Eterno~
La observo ahí, tendida, intacta. Cuan doncella durmiente esperando por el roce dulce de los labios de quien seria su salvador, sin embargo aquello no era un cuento de hadas, ni el un príncipe mucho menos. La piel tersa de la muchacha tendida entre sellos y palabras antiguas, vislumbrante bajo la luz leve de la luna filtrada por aquel balcón en donde habían compartido algunas pocas palabras. Bajo su capucha tan oscura como el manto de la noche se vislumbro el filo de lo que parecía un conjunto de utensilios quirúrgicos y pergaminos antiguos mezclados con algunos artefactos mas. Desposándose y acomodando aquel oscuro manto que cubría su cuerpo perfecto, porque era perfecto en verdad. Tomo sus guantes cuan experto cirujano y comenzó con el corte desde la clavícula hasta el pubis dejando vislumbrar el interior carmín de la dama frente a el, despojándola sensual y elegantemente de las viseras como si de lo mas perfecto se tratara opto por limpiar y dejar lentamente los órganos de la dama de sus sueños en un recipiente amplio de cristal, se encargaría de aquello después. Penso.
No deseo lastimar aun mas la suave piel de la muchacha, vertiendo en el interior un conjunto de pociones de colores pastel la dejo por un momento para comenzar a trabajar en el tejido que le daría vida a la mujer a su costado, su mirada ojerosa viajo levemente por el recipiente cristalino y sin dudar tomando el corazón de la pelirrosada comenzó a limpiar y llenar aquel órgano vital de un flujo de chakra inusual. Continuo su tarea con finos y profesionales movimientos cuan artesano amante de su profesión, con suave roce coloco el corazón en su lugar, limpio cuan amoroso amante a su pareja la piel blanquecina de la joven, remendó meticulosamente con aquel hijo especial pues no deseaba marcas en la mujer que lo acompañaría por la eternidad, se despojo de sus guantes, la vistió de seda color perla abrillantada, como si de roció se tratara, y realizando los sellos finales estiro sus hilos de chakra por un momento para ponerla de pie. Ella abrió sus orbes jade y dudosa giro su mirada hacia los rincones de la habitación, confundida y con una sensación de adormecimiento regreso su mirada al artista frente a ella. Su garganta se encontró seca a falta de vocabulario preciso, el artista soltó sus hilos y la observo tambalearse pero recuperando el equilibrio enseguida, como si de una chica normal se tratase, embarnecida, aporcelanada y con un toque divino, la duda transparente se observo en la muchacha, el sonrió satisfecho por su ultimo propósito.
Se acerco a ella a paso lento, tomando la fina barbilla de la mujer frente a el y rozo sus labios de porcelana aterciopelada procurando un beso sutil y perfecto. Porque para el todo debía ser así. Y se sintió en el paraíso por breves segundos orgulloso de mantener esa suavidad humana en su nueva creación, la compañera que siempre había esperado. Quizá no fuese su madre ni su padre, pero tenia lo que el mas anhelaba.
Porque el no decía Te amo, No. El no era esa clase de ser, el aguardaba por algo mayor, algo eterno. La muchacha perdida en sus pensamientos lo observo atenta, había visto algo en aquel hombre que le resulto melancólico y doloroso desde el principio de aquel juego, Acaricio el rostro de porcelana frente a ella, el olor a canela y vainilla se mezclo en armonía, quizá no viviría una vida común, y a pesar de sus pensamientos aun confusos había uno que estaba completamente claro. El había apagado la humanidad en ella, la volvio eterna y sublime, el la amaba de manera extraña, y ella aprendería a amarlo, pues ahora tendría una eternidad al lado del hombre de mirada apagada pero no carente de sentimiento. Ella estaría ahí para aquel que la había esperado durante tanto tiempo.
Las sirenas a lo lejos podían escucharse amortiguadas por el encierro de aquella casa, se escucho a las antiguas amistades de la pelirrosa gritar a lo lejos, quizá, en el umbral de la puerta principal. Sasori la observo atento esperando una respuesta en los orbes jades, la chica agacho la mirada ocultando un atisbo de dolor, de sentimiento amargo provocado por la traición egoísta recién cometida por aquellas a quienes efimeramente había considerado sus mejores amigas. Una nube oscura inundo la habitación, los golpes en la puerta de la habitación resonaron anticipando el quiebre abrupto de la puerta dando paso a las autoridades cautelosas, sin embargo, solo quedaba aquel humo color medianoche y el olor mezclado y dulzón de la canela y vainilla.
Se habían arrepentido tarde, habían abandonado a quien se sacrifico por el bien común de aquellos seres amados. Arrepentidas, abatidas y derrotadas, las tres chicas decidieron comenzar una búsqueda tortuosa por aquella muchacha de hebras rosadas, aun, y con el sentimiento de que no lograrían nada. Abatidas por la culpa, carcomiéndose por la eternidad efímera de sus vidas insignificantes.
