Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
Advertencias: lime y situaciones sexuales, lenguaje adulto, muerte de personaje y un poco de violencia.
"Aquí pondré mi descanso eterno y sacudiré el yugo de las estrellas infinitas quitándolo de ésta carne harta del mundo. ¡Ojos mirad por última vez! ¡Brazos dad vuestro último abrazo! ¡Y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con legítimo beso una concesión sin término a la muerte rapaz!"
Romeo y Julieta —William Shakespeare
Sin Retorno
Naraku y Kagura se alejaron del Balcón del Beso a pasos rápidos y nerviosos, lidiando con los ligeros temblores que aún sacudían la estructura del edificio y el crujir de sus descuidadas y abandonadas paredes rodeándolos, temiendo que en cualquier momento toda la mierda de concreto que los rodeaba cediera ante la constante fuerza de impacto y cayera sobre ellos.
Regresaron por las mismas salas, pasillos y escaleras por los cuales habían llegado, Kagura mirando cada por tres hacia atrás, sintiéndose presa de una fuerza superior y extraña que la perseguía en silencio. Naraku, por su parte, sólo caminaba rápido, instándola a seguirlo al mismo ritmo tomándola posesivamente de la mano. Pudo notar que la palma de la misma le comenzaba a sudar mientras la agarraba con ella. Fue un detalle que le puso los pelos de punta como hace tiempo no le sucedía; era rara la ocasión en que Naraku sudaba de angustia, demasiado frío y calculador como para ser víctima de las propias reacciones involuntarias de su cuerpo.
Luego de unos instantes, más nerviosa que Naraku al verlo sudar frío, Kagura comenzó a insistir en correr y salir de ahí lo más rápido posible, temerosa de que en cualquier momento el viejo techo de la estación se destrozada sobre sus cabezas, pero su novio se negó en rotundo y refutó su propuesta aún caminando rápidamente y a grandes zancadas. A la muchacha le dio la impresión de que estaba haciendo un enorme esfuerzo por parecer controlado y, por consiguiente, provocaba en ella un efecto completamente contario.
Al cabo de unos segundos lo hizo soltarle la mano y comenzó a correr por su cuenta, esta vez sintiendo sus piernas temblar casi sin control mientras luchaba por seguir avanzando.
—¡Date prisa! ¡En cualquier momento esta porquería se nos vendrá encima! —exclamó Kagura adelantándose a la salida, un poco más tranquila sabiendo que ya habían bajado del edificio—. ¡Si no te apuras te dejaré aquí!
—¡Vuelve aquí, Kagura! ¡Ni siquiera sabes por dónde vas! —reclamó Naraku comenzando a correr también, acercándose a ella peligrosamente, pero en ese instante la muchacha se detuvo de golpe y miró llena de desconcierto el solitario recinto que la rodeaba.
A los pocos segundos se dio cuenta de que esa no era la sala por la cual habían pasado ni mucho menos la que en un principio habían pisado. Se parecían, pero podía asegurar que no habían pisado en ningún momento la sala donde ahora estaban.
—¿Dónde estamos? —El eco de la voz de Kagura resonó por todo el sitio de una forma que le causó escalofríos, demasiado silencioso para su gusto, tanto que el eco que le siguió a su propia voz le resultó casi de ultratumba. Este no se desvaneció ni siquiera cuando su novio la alcanzó pocos segundos después.
—Te dije que no te alejaras. Ni siquiera sabes dónde estás, tonta —le espetó tomándola del brazo de manera ruda, volteándola hacia él. Ella enseguida comenzó a forcejear para soltarse y en cierto momento amenazó con patearlo.
—¿Y tú sí lo sabes?
Estuvo a punto de decir algo, cuando entonces el característico y metálico sonido de un tren aproximándose los distrajo. Ambos se estremecieron de pies a cabeza cuando el profundo eco proveniente de los túneles llegó hasta sus oídos y por pura inercia miraron hacia el lugar.
El túnel desprendía la densa oscuridad propia de los sitios cerrados, una sombra que desaparecía de a poco una vez que el túnel se abría sobre las vías libres de la sala de espera, pero conforme el sonido se hacía más fuerte también lo hacía la luz amarillenta y artificial que escapaba de ellos, indicando la próxima parada de los vagones del metro frente a ellos.
Al menos eso se habría podido pensar de no estar en una estación del metro abandonada.
—Naraku… —Kagura enredó su brazo con el de él. El terror en su voz era palpable y sólo logró que al muchacho se le pusiera la piel de gallina por primera vez en muchos años. No solía asustarse, tenía nervios de acero y sus pocos miedos infantiles habían sido superados una vez que entró a la pubertad, pero ya no tenía justificación para burlarse de los nuevos terrores de Kagura justificándose con el hecho de que era una chica o provocarla para hacer lo que él quería.
Él también, de pronto, se encontró muerto de miedo. La Estación Ama no Iwato se suponía ya no tenía trenes, que estaba abandonada desde hace cinco años, completamente fuera de funcionamiento y que los vagones jamás volverían a llegar a ese punto de encuentro. El último tren que viajó por sus salas y túneles se descarriló y estrelló contra la multitud por una bomba creada por un par de idiotas, matando a docenas de personas que nada tenían que ver con el asunto. No era lógico que de pronto la vida en ese lugar recobrara fuerza de la nada.
—¿Qué diablos…?
Se cortó de golpe cuando frente a ellos pudieron ver salir una serie de descontrolados vagones que corrían rápido y chocaban contra las paredes de los túneles, que se descontrolaban por completo de sus vías al encontrar el espacio libre de la sala de espera y se retorcían entre sí como si no fuera más que un gusano espolvoreado con sal.
El escándalo del caos y la destrucción los hizo retroceder al instante y el oscuro humo que salía de los vagones inundó el recinto en pocos segundos. Naraku y Kagura comenzaron a toser cuando este penetró en sus narices y el olor a metal y aceite quemado los mareó igual que si hubiesen recibido un puñetazo en pleno rostro.
—¡¿Qué mierda es eso? ¡¿A dónde diablos me trajiste?! —A Naraku le pareció escuchar los gritos de Kagura por encima de todo el escándalo de los vagones. También sintió cómo lo zarandeaba y golpeaba en el hombro presa de su propio miedo y el inequívoco reclamo de haberla metido en un sitio como ese incluso cuando le advirtió desde un principio los peligros, pero apenas y le prestó atención, demasiado concentrado en encontrar una razón lógica para todo aquello.
Lo primero que le pasó por la cabeza es que la Estación Ama no Iwato en realidad sí estaba en funcionamiento y en buen estado, que había sido restaurada y que tal vez se había convertido en una de las llamadas "estaciones fantasmas", que se mantenían cerradas al público y en su lugar se utilizaban como estaciones de transición. Sin pensarlo mucho soltó una palabrota y creyó que, si alguien los veía, llamarían a la policía y se los llevarían detenidos con una buena multa encima, pero toda fría sospecha o plan para escapar y salir impunes se desvaneció al instante cuando los ojos de ambos lograron posarse en el vagón del conductor, y en lugar de ver una sólida figura humana conduciendo el desatinado tren, en su lugar únicamente vieron una sombra.
La sombra por un instante pareció estar en su lugar, inmersa frente al mando, pero entonces la misma sombra se expandió violentamente hacia las paredes del vagón y se chocó contra ellas escandalosamente, volviéndose súbitamente líquida, un líquido oscuro y denso de puro negro que se escurrió por los cristales como sangre. Y la sombra, residuo fantasmal del que alguna vez fue el chofer de aquel tren, se licuó dentro de su sitio entre carne y sangre igual que había sucedió el día del accidente.
Kagura, paralizada, estuvo a punto de soltar el mayor grito de espanto de su vida, pero luego se estremeció violentamente contra Naraku cuando el estridente sonido del vagón saliéndose de sus vías lo llenó todo. El muchacho retrocedió junto con ella, tomándola del brazo creyendo que se había paralizado en su sitio, y de hecho ambos lo estuvieron por unos momentos, asombrados por la imagen que frente a ellos se alzaba de una manera que resultaba casi surrealista y que se volvió una realidad tangible pero completamente ilógica cuando, finalmente, la serie de vagones se salieron de su camino y sobrepasaron la línea de seguridad.
El metro no tardó en descarrilarse entre pedazos que se desbarataban y un escándalo violento que atronaba con fuerza igual que un rayo chocando contra la tierra. Los trozos del vagón fueron a estrellarse contra las varias columnas que sostenían la sala. Fue en ese momento cuando Naraku y Kagura se dieron la vuelta sin pensarlo y corrieron hacia una de las salidas de emergencia, esperando que fuera la misma por la cual habían entrado, pero cuando chocaron contra ella se dieron cuenta de que estaba completamente atracada, cerrada a cal y canto; no estaba apenas entreabierta como la habían dejado para poder salir.
—¡¿Qué está pasando?! —exclamó Kagura mientras intentaba ayudar a Naraku a abrir la puerta, mirando hacia atrás una y otra vez esperando que los vagones y toda su destrucción no los alcanzaran, pero por más que él forzaba la cerradura y ella golpeaba la superficie, la dichosa puerta no se movía ni un centímetro.
—¡Hazte a un lado! —Naraku empujó a Kagura lejos de él y la chica observó cómo su novio daba un par de fuertes patadas contra la puerta, pero no logró ni hacer temblar las bisagras. Luego lo vio abalanzándose contra ella, golpeándola con el hombro. Lo hizo un par de veces, pero lo único que consiguió fue lastimarse cuando un quejido de dolor salió de su boca luego del tercer golpe.
Estuvo a punto de acercarse, pero su novio se quedó unos instantes mirando la puerta con gesto sombrío, como si frente a él se alzara la fuente de todos sus odios y rencores. Lo único que atinó a hacer luego de segundos que se antojaron eternos, con el escándalo de la destrucción detrás de ellos, al fondo de la extensa sala chocando contra cada rincón y espacio igual que un eco apocalíptico, fue a golpearla directamente con los puños una y otra vez. Kagura tembló en instintiva empatía cuando vio manchas de sangre sobre la superficie después de los varios golpes que propinó contra la superficie de la puerta, misma que no logró siquiera deformar un poco.
—¡No vas a conseguir nada golpeándola! —le gritó abalanzándose hacia él y tomándolo del brazo. Al principio se negó a salir de su iracundo trance, pero entre jaloneos Kagura logró sacarlo de ahí al tiempo que sentía sus propios dedos ligeramente humedecidos cuando rozó con sus yemas los nudillos de Naraku. Vio que tenía los dedos enrojecidos y la piel se le había desgarrado, dejando expuestas irregulares heridas que largaban débiles hilos de sangre en sus partes más frágiles.
Detrás de ellos los vagones ya se habían detenido en su descontrolada carrera, dejando un montón de escombros producto de las columnas destruidas y una densa nube de polvo rodeándolos.
—Buscaremos otra salida —propuso Kagura aún sujetándolo del brazo. Él estuvo a punto de decirle lo que creía que estaba pasando, producto de la rápida conjetura que su mente formó antes de lanzarse a los puños contra la salida más cercana, cuando entonces un violento chorro de agua cayó sobre ellos desde el techo. Al instante se cubrieron con las manos y, al levantar la vista, encontraron una serie de fracturas profundas y grandes tapizando todo el techo de la sala, mismas por las cuales se filtraban densos chorros de agua que ya comenzaban a mojar todo el suelo de la sala.
Aunque buscaron otra salida, lidiando con el piso ahora resbaladizo y lleno de desechos, no pudieron ni siquiera salir de la misma sala donde estaban. Lograron pasar por encima de los escombros, evadiendo los pesados trozos de techo que caían sobre ellos, pero lo único que encontraron fue que la misma sala destruida donde estaban se volvía eterna sobre sus desesperados pasos cada vez que intentaban llegar al siguiente pasillo o buscar otra salida de emergencia.
No era algo que pudieran explicar, no había explicación lógica para eso, ni siquiera podían abogar por el propio miedo que los invadía y asegurar que todo fuera una alucinación compartida que los hacía creer que, por más que corrían, no lograban salir de la sala destrozada. Esta vez estaban bien despiertos y conscientes, ahora más que nunca.
Sabían que aquello no era normal. Más allá de lo anormal, ni siquiera podía ser posible, y si no era posible, si no tenía explicación alguna, entonces no podía ser algo de este mundo. En sus propias cabezas pensaron que debieron haberse dado cuenta de eso desde que entraron al recinto, cuando el denso ambiente cayó sobre ellos como una roca invisible y no encontraron rastro de vida alguna en el abandonado lugar, y debieron comprobarlo cuando vieron el metro descarrilarse y abalanzarse sobre ellos como un enorme monstruo de metal que arrojaba humo y pedazos destruidos de su propia estructura mientras desgarraba todo a su paso.
—¡No vamos a poder salir! —Naraku tomó a Kagura del brazo, a las fuerzas, y evitó que siguiera corriendo entre los escombros como una loca. Forcejeó un poco, apenas escuchando sus palabras, pero Naraku la sujetó de ambas muñecas para que no pudiera irse y la zarandeó violentamente intentando hacerla reaccionar, aunque el tono de sus palabras resultó más sombrío y rasposo de lo usual—. ¡Es una trampa!
—¡¿De qué mierda hablas?!
—Tenías razón —agregó Naraku, esta vez con una voz tranquila y serena, demasiado como para ser capaz de ayudar a controlar los impulsos de Kagura ante la forma en que su actitud contradecía toda la situación—. Este lugar sí está maldito.
A esas alturas de las cosas el agua que se filtraba por las grietas de las paredes, algunas con las tuberías completamente abiertas y rotas desde el techo y libres de los trozos de concreto que las ocultaban, habían dejado que la torrencial agua que se supone antaño transportaban les llegara ya hasta los muslos. Estaba tan fría que Kagura temblaba cada vez que esta acariciaba su piel desnuda, mientras sentía su miedo crecer tan rápidamente como lo hacía el agua que los rodeaba. Ni siquiera parecía normal que todo el lugar se estuviese inundando a pasos agigantados, como si la misma se apresurara a ahogarlos.
La muchacha sintió ganas de romper a llorar cuando escuchó las palabras de su novio y supo lo que significaban, palabras que apenas momentos antes le habrían sonado a una explicación absurda y sinsentido. Era una sentencia de muerte y Naraku ya lo sabía, pero la muchacha se aguantó las lágrimas. Ya tenían suficiente agua a su alrededor, ésta ahora ya le llegaba al abdomen y no quería verse asediada por sus propias lágrimas.
—¡¿Y por qué nos está pasando esto a nosotros?! —Intentó zafarse de Naraku para seguir buscando otra salida aunque tuviese que nadar, pero él se lo impidió. Dejarla ir no sería más que una forma de permitir que se ahogara antes en su propia desesperación que en el agua, lo podía saber porque a pesar de sus reclamos y los muchos gruñidos que soltara, por debajo de sus palabras podía notar el fuerte nudo que le retorcía la garganta.
—La historia se está repitiendo. ¡Y deja de moverte de una puta vez! —exclamó, forzándola a quedarse ahí, al tiempo que el rostro lleno de sorpresa y miedo de Kagura hacía que sus ánimos súbitamente se calmaran—. ¿Qué no lo entiendes? Te dije que teníamos la misma historia que ese par de idiotas, por eso quedamos atrapados en este lugar.
—¡Dijiste que éramos mejores que ellos! ¡Me lo dijiste! —Mientras le reclama no dejaba de golpearlo en el pecho, intentando alejarlo de ella inútilmente, pero toda su ira no era más que una pésima y vaga mentira que intentaba disfrazar desesperadamente el terror que la invadía.
Naraku se cansó de ello y la detuvo agarrándola de las muñecas, pero los segundos en los cuales la sostuvo fueron escasos. Casi al instante, sin pronunciar palabra ni responder a sus reclamos, la tomó de la mano y con ella comenzó a caminar pesadamente entre los escombros y las torrenciales aguas que caían desde el techo por doquier, dejándolos ya completamente empapados. Cada segundo que transcurría el agua a su alrededor los engullía un poco más, haciendo más difícil caminar por el destruido suelo invadido de concreto desecho, mientras Naraku se empeñaba en buscar otra salida, pero nuevamente sus pasos los guiaban hacia caminos inexistentes que no los llevaban a ningún sitio más que dar pasos en círculos caóticos, como si estuviesen atrapados en un laberinto eterno donde no se permitía hacer trampa.
Esto hizo que, por primera vez en muchísimo tiempo, Naraku realmente se sintiera aterrorizado. Siempre se había concebido a sí mismo como un amo que amaba el poder, algo que nadie le podía negar o rebatir, y contrario a lo esperado, como si se tratase de un arma de doble filo que siempre esgrimió contra todo el mundo hasta que la misma se le devolvió rajándole su propia mano, le hizo pensar entonces en la idea de morir así.
Morir de una forma que no podía controlar, que era completa y absolutamente inesperada, con su próximo e inminente destino sin darle la pequeña gentileza de hacerlo sentir como el ser frío y calculador que siempre lo caracterizó, fue como una punzada profunda y espantosa directo a su corazón, y aún con ella palpitando en su instintivo miedo lo obligó a moverse de aquí para allá, porque sabía que morir así sería algo lento y doloroso. La sola idea era aterradora.
Llegó el momento en que fue imposible caminar. Kagura tropezó con una pila de escombros que se levantaban desde el suelo y quedó sumergida bajo el agua, hundiendo un poco a Naraku al caer. Este se apresuró a sacarla del agua y se la encontró tosiendo, buscando aire desesperadamente y cuando sus ojos se posaron sobre los suyos supo que estaba intentando deshacer de a poco el nudo de su garganta. Sólo hasta después de varios segundos la muchacha se atrevió a hablar, sintiéndose horrorizada por el torrencial sonido del agua cayendo sobre todo el lugar y rodeándolos. En otro contexto lo habría encontrado agradable.
—¿Tú lo sabías? —preguntó Kagura con voz sombría, un reclamo ya anunciado, temiendo que la respuesta fuera positiva. Bien creía a Naraku capaz de llevarla a ese lugar maldito sabiendo lo que podía pasar, consciente de las consecuencias y con el único fin de hundirse juntos. Así podía llegar a ser de egoísta.
—Yo no tenía idea —aclaró con gesto severo y casi ofendido. Kagura negó con la cabeza y bajo el agua lo volvió a empujar.
—¡Dijiste que éramos mejores que ellos! ¡Que podíamos más que ellos! —reclamó la muchacha sin las suficientes fuerzas para seguir peleando. Él no la había soltado incluso cuando la empujó. Ya no tendría más momentos de tentación pensando en cómo podía matarla y liberarse de su tortuosa presencia de falsa enemiga y amante.
—No, Kagura. Somos peores —El agua ya había alcanzado sus pechos y por debajo de ella pudo sentir como Naraku soltaba una de sus muñecas hasta llevarla a sus manos. Entrelazó los dedos con los suyos y los apretó, siendo capaz de sentir la piel desprendida de sus nudillos. Era la primera y última vez que le tomaría la mano de esa manera—. Somos hermanastros. Estuvimos condenados a lo mismo que ellos desde el principio.
Sus palabras eran pura rendición, la rendición de alguien que estaba muy cansado de la vida y también muy cansado de estar cansado, de buscar algo que le proporcionara un sentido real a su existencia vacía llena de falsa rebeldía y una sincera malicia que, de haber tenido un poco más de tiempo, se hubiese transformado en verdadera maldad. A Kagura le erizó la piel saber que las palabras que Naraku le dedicaba indicaban la más derrota pura, algo que sonaba casi fuera de la realidad cuando se trataba de alguien como él, dispuesto a luchar con garras y dientes y muchas trampas por lo que quería aunque se tuviera que llevar a otros entre las patas.
La única razón por la cual se rendía es porque finalmente le había encontrado un sentido a su vida, algo que le diera un significado real que lo hiciera sentir vivo, pero Naraku era adepto a recalcar las ironías de la vida y precisamente resultaba en una el hecho de que encontrara, finalmente, un significado en su vida que le diera esa emoción que siempre buscó en el mismo final de la misma.
Lo supo porque estaba consciente de que tenía razón. Eran hermanastros, su madre y el padre de él se habían casado cuando sólo tenían quince años, y un año después se encontraron ambos enredados en la misma cama. Si en algún momento se les ocurría hacer una vida a la par, o simplemente seguir juntos pretendiendo que nadie jamás se daría cuenta de lo que había entre ellos dos, no estaban más que jugando a un ingenuo juego de niños y provocando de a poco un infierno que en esos momentos se los tragaban entre líquidas y frías llamas.
Sabían que jamás podrían estar juntos si acaso cometían la tontería e indiscreción de enamorarse uno del otro, sus padres jamás lo permitirían tal y como había sucedido con los padres de los Romeo y Julieta de la Estación de Ama no Iwato.
El agua ya los rodeaba. Él la tomó con más fuerza de la mano, casi lastimándola, y se la llevó hasta lo poco que quedaba de superficie directo al techo. Una vez ahí intentaron romper más las grietas buscando una salida, pero lo único que consiguieron fue que más agua escapara de ellas a borbotones.
—¡Maldita sea! —exclamó Kagura al aire, pero sus palabras se quedaron brutalmente atrapadas entre el escaso espacio sin agua que quedaba entre el techo y sus cuerpos empapados. Exasperada, comenzó a golpear las grietas, haciéndose daño en el proceso, pero Naraku la detuvo tal y como ella lo había hecho con él.
Esta vez no lo hizo de una manera ruda y brusca intentando mantenerla bajo su control. Jugar al gato y al ratón no tenía sentido cuando ambos tenían las bocas casi tocando el techo. Qué cosa más horrenda, pensó Naraku, era la idea de que lo último que tocaran sus labios fuera la superficie de un techo desgarrado que largaba agua fría, y con ese pensamiento en mente, sintiendo ese mismo frío del cual Kagura siempre se quejaba en clases y desataba las disputas de ambos, lo único que atinó a hacer fue a apretarla contra sí. De pronto se dio cuenta de que ella aún usaba su chamarra de cuero.
La rodeó con los brazos de manera posesiva. No pronunció palabra y de pronto se sintió aliviado de ver que Kagura no protestaba contra él. Al contrario, la reacción inmediata de la muchacha fue el abrazarlo de vuelta y encajar sus uñas tras su espalda, esta vez no invadida por la caustica excitación que la envolvía cuando yacían juntos, sino impulsada por el mismo miedo que la paralizaba y la obligaba a aferrarse a él con fuerzas.
La oyó sollozar por encima de todo el ruido del agua chocando contra sí, pero bien lo pudo haber imaginado. Lo único que Naraku sabía es que, si no iba a poder verla mientras la oscuridad seguía devorándolos sin descanso, por lo menos podía tenerla a su lado. Cuando el agua alcanzó sus cuellos tomó consciencia, finalmente luego de toda su vida, de lo que había hecho, y no tendría siquiera el tiempo de atormentarse por ello o hacer como si le diera igual.
Kagura moriría por su culpa, por su cinismo y descaro. Al final había arrastrado a la única persona que realmente quiso de verdad a una muerte horrorosa, de la misma forma en que lo hizo cuando partió a su madre en dos al nacer. Incluso darse cuenta de que quizá realmente llegó a querer a Kagura no tenía sentido y a la vez era el sentido que siempre buscó durante su vida y siempre se negó. Ahora no tenía caso darse cuenta de ello porque no le quedaba tiempo para nada más que morir.
Por supuesto que tampoco se lo iba a decir. ¿Qué caso tendría teniendo ya a la muerte pisándole los talones y amenazando con inmiscuirse en sus bocas? No quiso pensar en la idea de verse invadido por ella y sus mortales líquidos; en su lugar, tomó a Kagura de la nuca con fuerza y la acercó a él para besarla. La muchacha gimió enmudecida y ahogada contra él. Apenas tuvo tiempo de sentir el cálido aliento de Naraku mezclarse con el suyo cuando el agua finalmente los alcanzó y engulló sus rostros.
Mientras el turbio líquido los rodeaba y presionaba contra si Kagura pensó que, ahora sí, dejando de lado sueños imbéciles o quejas insulsas, jamás estarían juntos aunque quisieran, aunque se les ocurriera luchar por lo que sea que tenían por relación. Lo supo cuando se vio a sí misma hundiéndose bajo el agua, sólo con la imagen de su propia mano elevándose hacía una superficie que ya no existía, una que se volvía más densa e irreal con cada segundo que transcurría y los sumía a ambos en la misma oscuridad, apenas sostenidos uno al otro a algo tangible por las manos que en algún momento procuraron unir.
Dejó de sentir los labios de Naraku moverse. En su lugar las convulsiones por asfixia lo atacaron y a ella también, con apenas un poco de aire resguardado en sus pulmones mientras se retorcía por la desesperación. Intentó seguir abriendo la grieta sobre ellos, pero sólo un poco de luz se filtró entre los rebuscados espacios. Ese mismo halo de luz le iluminó el rostro a Naraku por unos segundos y se lo encontró sin expresión. La imagen la aterrorizó de pies a cabeza e intentó soltar su mano, pero no se sintió capaz. Estaba irremediablemente enganchada a él.
Era como estar metidos en una pesadilla de la cual se intenta escapar corriendo entre sueños, tratando de gritar más allá de la inconsciencia sumidos en la desesperación de no poder despertar y percibir aquello como algo real. Kagura quiso creer que estaba soñando, que aquello sólo había sido una pesadilla, que quizá sí había entrado con Naraku a la Estación de Ama no Iwato y que habían estado jugando a los cazadores de fantasmas, pero que nada había pasado, que habían logrado salir por la misma puerta por la cual entraron, que nadie se había enterado que habían entrado y que cuando despertara lo tendría a él dormido a su lado en su propia cama, acaparando todas las sábanas a sabiendas para despertar y encontrarla desnuda.
No supo si fue una realidad o si fue una pesadilla. En su mente no dejó de repetirse la frase que alguna vez Naraku le dijo con tanta seriedad: "si yo me hundo, tú te vienes conmigo". No dejó de pensar en ella y recordarla una y otra vez como si se tratase de un místico rezo a las puertas de la muerte hasta que la oscuridad la alcanzó, y entonces la imagen de su propia mano buscando una inexistente salida lejos de ahí desapareció ante sus ojos en esa pesadilla que se mezcló con la realidad y la oscuridad que finalmente los devoró por entero.
La refrescante brisa que anunciaba la inminente llegada de la primavera entró con suavidad por el balcón de la habitación de Kagura, apartando de su camino la vaporosa tela blanca que formaban las cortinas con el característico comportamiento travieso del viento y alcanzó al par de muchachos que descansaban perezosos en la cama.
Se habían quedado solos en casa desde la noche anterior, y decidieron aprovecharla entera para dar rienda suelta a todas esas pasiones y perversiones que no debían ser propios de los hermanastros y que ellos, por el contrario, consumaban cada vez que se les presentaba la oportunidad. Un rato antes habían terminado de tener sexo hasta que ambos estuvieron satisfechos. Kagura estaba más que agotada, ya haciendo planes para sacar a su hermanastro a patadas de su habitación y dormir el resto de la mañana, pero si bien conocía a Naraku como lo hacía, seguramente le propondría salir por ahí a hacer desmanes o con el fin de preocupar a sus padres al no encontrarlos en casa.
Después de todo, a él le gustaba salir cuando lo dejaba contento luego de una buena sesión de sexo, parecía sentirse renovado y con energías, contrario a ella, que se sentía algo desganada luego de tanta energía desfogada sin descanso, pero mentiría si dijera que no le gustaba salir con él aunque la mitad del tiempo estuviesen peleando. Dudaba encontrar la misma emoción lacerante que le proporcionaba Naraku en algún otro idiota adolescente.
Sin embargo era un lindo día, casi sería pecado, hasta para una chica amarga y cínica como Kagura, el desperdiciarlo por quedarse encerrados y aburridos cada uno en sus habitaciones sin nada más que hacer.
La brisa que acarició su cuerpo por encima de la ligera sábana que cubría su desnudez le puso la piel de gallina, quizá demasiado fresca hasta para el alba. Estaba acostada de lado, recargando su cabeza contra una de sus manos, mientras sus cabellos revueltos escapaban caóticamente de entre sus dedos y caían por todo su brazo al tiempo que observaba a su hermanastro en silencio, únicamente con el propio sonido pausado de su respiración interrumpiendo la fugaz tranquilidad que los rodeaba.
Su hermanastro, descarado como él solo, estaba acostado a un lado de ella, boca arriba, apenas cubriéndose la entrepierna con las desordenadas sábanas, brazo tras la cabeza y fumando un cigarrillo al que de vez en cuando le daba una calada sin muchas ganas.
Comenzó a jugar sobre el pecho desnudo de Naraku con la punta de uno de sus dedos, delineando los músculos marcados del mismo y acariciando de vez en vez los desordenados mechones de cabello que le caían sobre el pecho. Aún recordaba el momento, unos pocos años atrás, en que le dijo a su hermanastro medio en broma y medio en serio que a ella le gustaban los músculos, cuando apenas se coqueteaban entre sí como si de un juego del gato y el ratón se tratase. Desde entonces el muchacho acudía al gimnasio y no perdía oportunidad para hacerse el macho frente a ella, cosa que la joven encontraba completamente ridícula pero que siempre le sacaba una carcajada idiota que, precisamente, la idiotizaba un poco más hacia él.
Luego de unos segundos donde él se hizo el desinteresado, dirigió la vista a la curiosa almohada que usaba como respaldo: un muñeco de peluche negro con forma de araña, un bizarro premio que él mismo había ganado cuando en una ocasión, estando de un inusual buen humor, la convenció de ir a uno de los tantos festivales de la ciudad. Ella en respuesta y luego de obligarlo a comprarle todo lo que quiso, había retado su destreza y habilidad en uno de los juegos de peces, asegurando que no podría ganar una mierda. Ganó, según él porque era Naraku y él siempre ganaba. A cambio se lo recordó desde entonces con la araña de peluche y su fea cara felpuda de ogro llena de cuernos, colmillos y ojos saltones y escarlatas como la sangre que siempre mantenía en su cama.
—¿Por qué insistes en tener muñecos de peluche? Ya no eres una niña. Lo que te podía quedar de inocente yo me encargué de quitártelo —espetó Naraku tratando de acomodar bruscamente una de las patas del muñeco que sobresalía por entre sus cabellos—. Bueno, a veces te comportas como una niñita tonta.
—Tú fuiste el que insistió con que me quedara con esa fea cosa —le reclamó aún jugando con su dedo sobre él—. Además, le puse tu nombre.
El aludido alzó una ceja, como disgustado por el hecho de que su hermanastra usara su propio nombre para llamar a la araña de peluche que había ganado para ella.
—¿Naraku? ¿Te atreviste a llamarlo por mi nombre?
—¿Qué? ¿Te molesta? —El tono de Kagura fue claramente burlón y con el fin de irritarlo—. También tienes una araña tatuada en la espalda, y te gustan. No te pongas remilgoso.
Sonrío al instante, sensual e insidioso como él sabía que era, como siempre lo hacía en respuesta cuando ella intentaba molestarlo.
—No finjas, querida hermana.
—No seas enfermo. No soy tu hermana, soy tu…
—Hermanastra —corrigió enseguida, adelantándose a la frase de la muchacha—. Da igual. No finjas que no me amas.
En ese instante Kagura soltó una estridente carcajada que hizo a Naraku fruncir el ceño, cosa que siempre sucedía cuando ella lograba romperle el esquema usual de lo que eran sus precarias conversaciones, pero logró hacerla callar en seco cuando acercó una mano a ella y tomó el dije que colgaba de su delicado cuello, ya marcado por ligeros hematomas que él mismo había dejado horas atrás con sus labios y lengua.
Era un colguije con forma de corazón, distinto al de la mayoría al conservar su forma anatómicamente realista, escarlata por completo, conservando en sus diminutos detalles todas sus venas y arterias como si se viera un corazón humano en miniatura. Un obsequio de Naraku. Se lo había dado en su cumpleaños pasado y, en realidad, era un relicario.
—Ni se te ocurra decir nada —masculló Kagura enseguida cuando el muchacho inspeccionó de cerca el pequeño corazón, como si fuera la primera vez que lo observaba—. También insististe con que me lo quedara.
La ignoró y en su lugar abrió el relicario sin permiso ni preguntar. Jamás lo había abierto desde que se lo obsequió y nunca sintió curiosidad por saber si ella había puesto o no algo dentro, a pesar de que siempre la veía usarlo al cuello. A su hermanastra le gustaban los corazones, los reales, al menos siempre le hacía burla con ello cuando en una ocasión la retó a comer corazón de serpiente en una extravagante cena de un restaurante vietnamita; ella terminó vomitando en el baño con su madre deteniéndole el cabello.
Pensó que quizá encontraría algo de cocaína ahí dentro, quién sabe en qué cosas estaría metida su hermanastra, que no era ninguna santa, y a decir verdad era un feo lugar para esconder esa clase de cosas para una chica, pero pensaba idioteces. Lo que encontró en su lugar fue justo el propósito para lo cual estaba hecho un relicario.
Dentro de él había dos fotos. En un lado se encontraba la propia foto de Kagura, en el otro lado había una fotografía de él. ¡Y vaya sorpresa! Hasta eso que había escogido una buena foto y no una de esas vergonzosas fotografías de parranda que los más indiscretos le sacaban sin su permiso, o los retratos de él que en ocasiones aparecían en los más escandalosos tabloides con el fin de hacer temblar la carrera política de su padre.
Lo dejó observar las fotografías del relicario sin decir nada, manteniéndose en completo silencio, pero por dentro se estremeció y fue delatada cuando los músculos de su cuello se tensaron y su respiración se volvió pesada.
—Entonces deberías dejar de usarlo como collar —sentenció Naraku ahora mirándola a los ojos—. En cualquier momento pueden darse cuenta si alguien ve lo que hay allí dentro.
—Siempre puedo decir que en realidad te aprecio como hermano —El pretexto en boca de su hermanastra sonó tan falso como sonaría ante cualquiera que preguntara por qué llevaba la foto de él en un relicario que siempre llevaba consigo, cuando todos sus conocidos habían presenciado en alguna ocasión las peleas y eternas discusiones que ambos mantenían como enemigos jurados desde el mismo día en que sus padres los presentaron antes de casarse.
—¿Qué me aprecias cómo hermano, o como amante? Nadie te va a creer —argumentó Naraku cerrando el relicario de golpe.
—Tú mismo me has dicho que nadie lo sospecha. Todos creen que nos llevamos así porque nos vemos como hermanos, precisamente. Y los hermanos siempre pelean.
—Y las parejas también pelean todo el tiempo. Las mentiras pueden ser fácilmente destruidas por una mala mentirosa, hermanita.
Naraku dio una calada a su cigarrillo y Kagura enseguida se lo arrebató de entre los dedos. Llevó el filtro a sus labios y aspiró un poco del humo, el cual soltó directamente a la cara del muchacho.
—Habla por ti, idiota. Todos se han dado cuenta de que no tienes tantas atenciones con otra chica más que conmigo —Estuvo a punto de defenderse usando el mismo argumento de hermanos que ella había utilizado anteriormente, pero Kagura se le adelantó—. Pero si te molesta, siempre puedo poner una fotografía de Bankotsu o Sesshōmaru en tu lugar.
En ese instante la tomó con fuerza de la muñeca que sostenía el cigarrillo y por poco resbaló de entre los dedos de Kagura. Acercó su rostro, ahora sombrío y duro al de ella, y la miró fijamente con esos ojos rojos que realmente los hacían parecer hermanos de sangre.
—No vas a poner la fotografía de ningún otro hombre ahí.
Kagura sonrió de inmediato, satisfecha. En ocasiones era divertido ver cómo Naraku podía ser capaz de perder ese control del cual tanto presumía.
—¿Celoso, hermanito? —contestó sarcástica. Naraku la soltó al instante como si el simple hecho de tocar su piel lo quemara. Gruñó por lo bajo, sabiéndose delatado y buscando un comentario lo suficientemente mordaz para provocar que esta vez fuera ella quien perdiera el control.
—No te hagas la novela, pequeña zorra.
Kagura llevó una de sus manos al cuello del muchacho y apretó con fuerza, mirándolo con la misma fiereza con la cual él lo hizo al momento en que sintió sus amenazantes dedos rodeando su cuello.
—No me llames zorra, imbécil.
—Traidora y astuta como una zorra —Él sonrió. Sólo alguien como Naraku era capaz de sonreír mientras su amante intentaba estrangularlo—. No sé por qué siempre lo ves por el lado malo.
Apenas había terminado de hablar cuando estampó sus labios contra los de ella bruscamente, procurando sujetarla bien del mentón e impidiéndole mover la cabeza. Tan rápido como la besó se separó y la soltó. Kagura no dijo nada, pero se pasó el dorso de la mano por encima de los labios, limpiando los restos de humedad que Naraku dejó en ellos.
—Mejor deberías utilizar el relicario como llavero, ponerlo en tu pendrive o algo así. Si lo usas como collar cualquier idiota querrá ver lo que hay dentro —sugirió el muchacho recuperando su cigarrillo y dando una calada con aire despreocupado, volviendo a acomodarse sobre el muñeco de araña que llevaba su nombre.
La joven bajó la mirada al relicario y lo tomó delicadamente entre los dedos, apreciando una vez más el nivel de detalle finamente pintado sobre la pequeña figura. Luego levantó la mirada a su hermanastro, quien parecía ignorarla mientras seguía fumando.
—Naraku —Lo llamó en seco. Él hizo un sonido quedo y suave en señal de que la había escuchado—. ¿Qué cosa jamás harías?
La pregunta arrojada así nada más provocó que frunciera el ceño y luego alzara una ceja al devolverle la mirada. Ella lo observaba con seriedad, sin dar paso a la duda de que estuviera tratando de iniciar otra discusión, señal inequívoca de que solamente quería hablar pero no sabía cómo ni de qué, al igual que muchas veces le sucedía a él. La mayoría de las veces no lograban intercambiar más de dos frases cuando de pronto ya estaban sacándose los ojos con las uñas, pero esa mañana parecía diferente. Ambos lucían demasiado relajados, como si la brisa matutina les calmara los ánimos, evitando intentar cortarse el cuello mutuamente, casi influenciados por el aroma de las flores primaverales que el viento traía consigo desde el jardín.
Naraku soltó un suspiro lleno de humo antes de contestar y desvió la vista al hablar.
—Lo que jamás haría sería acostarme contigo otra vez —respondió tajante, provocando la inmediata ira de Kagura cuando esta lo golpeó en el pecho, instándole que le respondiera con la verdad. Aquello sólo provocó las risas burlonas del muchacho.
—Está bien, está bien —masculló irguiéndose un poco—. ¿Quieres saber la horrible verdad? —Su hermanastra asintió sin dudar, aunque su expresión era de completo fastidio—. Lo que jamás haría sería enamorarme de ti.
Esta vez recibió como respuesta una bofetada que le volteó el rostro, pero Naraku regresó la cara a su lugar y sonrió con malicia, divertido al ver cómo las agresiones de Kagura se volvían cada vez más intensas conforme él hablaba.
—¿No te agradó? Bueno, jamás me casaría contigo, y mucho menos te daría bastardos.
Intentó abofetearlo de nuevo, ¡y joder, que esa mañana estaba relajada! Pero su hermanastro le detuvo la mano a medio camino con la misma rapidez de una serpiente.
—¿Por qué te ofende? No me digas que ya te enamoraste de mí.
—Habla por ti, idiota —volvió a mascullar soltándose de su agarre—. Todo lo que respondes está relacionado conmigo. Eso es lo que me ofende.
Él se encogió de hombros y estuvo a punto de llevarse el cigarrillo a la boca nuevamente, pero Kagura se lo volvió a arrebatar.
—Dime la verdad —insistió.
—¿Por qué preguntas eso? —inquirió, casi desconfiado. La joven se encogió de hombros.
—Curiosidad —Una nube de polvo salió de su boca al hablar—. Deberías contestarme con la verdad, no es algo que se pueda usar en tu contra, ¿o sí?
Naraku tomó algo de aire y se irguió sobre sus codos. Desvió la vista unos instantes y entrecerró los ojos, ahora pensando en una respuesta seria. Tardó unos momentos en hacerlo, y cuando finalmente encontró la más adecuada y sincera, cosa que hasta a él mismo lo sorprendió al considerarse todo un maestro de la mentira, volvió a mirarla fijamente y respondió.
—Lo que jamás haría, sería suicidarme —La respuesta sorprendió a Kagura, quien alzó ambas cejas ante la inesperada respuesta—. Jamás lo haría, odiaría convertirme en una estadística más, formar parte de todos esos idiotas que no pudieron tolerar la vida y escaparon de ella. Antes prefiero seguir viviendo y cagarles la existencia a todos que dejarlos en paz.
Ambos se mantuvieron en silencio unos instantes y cuando Naraku le quitó el cigarrillo de las manos, ella se atrevió a hablar. La verdad no sabía muy bien qué decir ante aquella respuesta, una que realmente jamás se espero, pero tampoco podía imaginarse a un Naraku desesperado, rindiéndose y abandonándose a la muerte. Era demasiado terco y tenaz para eso.
—¿Incluso a mí? —preguntó, esta vez con su voz súbitamente suavizada. Naraku le sonrió de una manera casi maligna.
—Sobre todo a ti.
Esa respuesta sí la esperaba. Desde que sus padres se habían casado lo único a lo cual su hermanastro se había dedicado era a joderle la existencia y desequilibrar un poco más su precario estado mental, cosa que ella aceptaba de cuando en cuando por razones que aún le eran desconocidas y que en realidad no tenía intenciones de saber. No sabía qué clase de respuestas podía encontrar en su propia mente.
—Pero, ¿y si por alguna razón te llegaras a suicidar?
Naraku ladeó la cabeza y alzó una ceja, confuso ante la estructura de la pregunta y a punto de soltar una carcajada.
—Pues estaría muerto, hermanita. ¿Qué más quieres?
Kagura rodó los ojos.
—Digamos que los fantasmas existen.
—En ese caso, en primer lugar —comenzó Naraku, adoptando un aire de intelectual cínico—, me pasaría el resto de la eternidad molestándote y asustándote. Imagina que en tus frías y solitarias noches una mano familiar y espectral te jalara de los pies, arrastrándote a la oscuridad debajo tu cama, sabrá el cielo con qué clase de intenciones…
Mientras hablaba había llevado una de sus manos al rostro de su hermanastra. Recorrió con falsa ternura toda la suave curva de la mejilla hasta llevar a su cuello. A Kagura le dieron escalofríos sus palabras y el tacto de sus dedos contra su piel, pero no fue capaz de apartarle la mirada, demasiado tensa y expectante ante el resto de la respuesta.
—¿Y segundo? —susurró con la voz hecha un hilo.
—Y en segundo lugar… —Siguió bajando su mano hasta rozar las clavículas de la joven. El tacto se sintió como electricidad pura y mortal, y luego descendió sus dedos hasta la sábana que le cubría los senos. Una vez ahí fue bajándola poco a poco para alcanzar uno de ellos.
—En segundo lugar, te llevaría conmigo —Sacó la vista de sus pechos y esta vez los clavó en los ojos rojizos de la muchacha, pero antes de hablar pellizcó con fuerza uno de los pezones, sacándole un gemido ahogado y estremeciéndola de pies a cabeza—. Si yo me hundo, tú te vienes conmigo.
—Todo sigue tratando sobre mí —afirmó Kagura aún sintiendo los dedos de Naraku sobre su pecho, ya comenzando a jugar para excitarla.
—Siempre tratará sobre ti, te guste o no.
—Eres un pésimo mentiroso —espetó la muchacha, sacándole una mueca de desconcierto a su hermanastro, quien se detuvo y la observó confuso. Ella sonrió, finalmente triunfal—. Eso significa que todas las demás respuestas sí eran verdad.
La noticia fue todo un acontecimiento en la escuela, en los medios de comunicación y la política del país, causando una serie de interminables condolencias que al cabo de unos días ya nadie soportaba.
Izanami Katsuguri, la madre de Kagura, una mujer que no era más que una astuta zorra caza fortunas (como a su hijastro le gustaba llamarla desde el día de su tercera boda, esta vez con su padre) había llorado amargamente la muerte de su única hija, la única persona en el mundo a la cual probablemente amó sinceramente.
Izanami era una mujer que había heredado su propia belleza a Kagura y jamás había llorado tanto la muerte de nadie, ni siquiera de sus dos anteriores esposos como había llorado la de su hija, razón por la cual nuevamente se avivaron los rumores de que era una Viuda Negra que había asesinado a sus antiguos esposos, ambos muertos en extraños pero convincentes accidentes, incluyendo al padre biológico de Kagura, pero el dinero nunca duraba y siempre la obligaba a buscar una nueva víctima con su hija a cuestas. Lástima que su nuevo esposo no fuera tan fácil de engañar, pero se conformó. Tanto ella como su hija estaban acostumbradas a una vida de lujo e Izanami, caprichosa y terca como ella sola, nunca estuvo dispuesta a sacrificar su belleza y sus manos para darle una vida miserable a su única hija.
Por otro lado Onigumo Kagewaki, padre de Naraku, un influyente político que había dedicado su vida a escalar en las altas esferas de la política hasta volverse una alimaña tan audaz y truculenta como sus compañeros, moviéndose en aquel nido de víboras que formaba la política de su país, no había llorado la muerte de su único hijo (o al menos el único que sabía que tenía, consciente de que podría tener algún bastardo por ahí), pero lamentó su muerte como la pérdida de un brillante prospecto de cabrón en el cual Naraku se estaba convirtiendo con tanto entusiasmo, con el retorcido orgullo de todo padre viendo cómo su hijo sigue sus peores pasos, pero ante los medios de comunicación se mostró afectado con una dureza propia de la retrograda enseñanza de que los hombres no lloran ni por sus hijos y, mientras tanto, dejó que su esposa llorara a mares la muerte de su hija.
Los noticieros, las revistas, periódicos y programas de discusión se volvieron locos hablando del acontecimiento que llevó al suicidio de Naraku Kagewaki y Kagura Katsuguri, escandalosos jóvenes que salían de vez en cuando en los tabloides y revistas de chismes descritos con las peores palabras ante sus muchas indiscreciones y desmanes, discutiendo una y otra vez las altas tasas de suicidio que padecía el país y cómo estas habían afectado a dos jóvenes que parecían tenerlo todo en la vida.
Habían sido encontrados súbitamente en la calle, empapados de pies a cabeza y largando densos charcos de sangre sobre el concreto.
Nadie, como siempre, pudo determinar cómo es que sus cuerpos estaban mojados. La gente sólo tuvo que echar un vistazo al cielo para darse cuenta de que eran otras dos víctimas del famoso y llamado Balcón del Beso, y sus cadáveres sobre el suelo habían quedado tan cerca uno del otro que incluso se les encontró con las manos aún entrelazadas y sus dedos enganchados.
Luego las cámaras de seguridad instaladas sobre los edificios frente a la abandonada Estación de Ama no Iwato captaron las escenas de los dos jóvenes besándose minutos antes de arrojarse juntos, agarrados de las manos, directo al más frío y artificial vacío. Los vídeos del suicidio dieron vuelta al mundo hasta que se lograron suprimir de Internet gracias al equipo de Kagewaki, pero hubo audaces internautas que sabían el destino de esas grabaciones y procuraron guardar para siempre los vídeos, mismos que terminaron en páginas dedicadas al gore y acontecimientos que recopilaban muertes bizarras mostradas para los más morbosos usuarios.
La muerte de ambos no sólo estalló en los medios de comunicación de Japón, sino que hicieron una verdadera hoguera del tronco caído cuando salió a la luz la relación que los muchachos mantenían, especulaciones confirmadas para cualquier investigador con dos dedos de frente cuando encontraron entre las cosas de Kagura el llavero y relicario de corazón colgado a su pendrive, con la fotografía de ambos dentro de ella, junto a las mismas fotografías que justo ese día él le había tomado a su hermanastra sin su permiso y los obvios actos de ambos frente a las discretas cámaras.
Aquello fue el chisme del año, sobre todo cuando al hacerse las autopsias de ambos cuerpos, los doctores se percataron de que Kagura apenas y comenzaba la gestación de un embarazo del cual probablemente ni siquiera ella alcanzó a tener conocimiento. Lo más perturbador de todo, la razón que dejó aún más desconcertados a los doctores que abrieron el cuerpo de la muchacha y su ahora inútil vientre, el mismo que dejó una vida truncada dentro de él, es que descubrieron que el pequeño feto que se formaba en su interior y que ni siquiera alcanzó a formar un género, mostró un generalizado daño en el tejido por asfixia. Cosa curiosa que las células de un feto, aún sin pulmones, pudieran dar cuenta de la persona ahogada que murió con él dentro.
Lo más peculiar de todo es que se supone que, tanto Kagura como Naraku, habían muerto por la caída desde el balcón, no por ahogamiento como el feto indicaba. Un proyecto de ser humano incompleto que obviamente perteneció en algún momento al par de jóvenes que murieron.
Se formaron nuevas y truculentas leyendas alrededor de su muerte y la rara incoherencia de las mismas, sobre todo cuando los detalles de la misma fueron filtrándose de a poco en los más masivos medios de comunicación. Leyendas urbanas y distorsionadas de modernos Romeo y Julieta que lejos estaban de las venerables familias peleadas entre sí, sino dentro de ellas. Unos festejaron la muerte de ambos como signo inequívoco del error que significaba el incesto aún cuando no se compartían lazos de sangre, otros tantos ingenuos se encontraron maravillados ante lo que parecía una intensa historia de amor que había terminado en tragedia, creyendo que el dolor era algo bello de lo cual escribir poesía.
Los más deschavetados, aquellos que fueron burlados entre sus conocidos y medios de comunicación al dar su descabellada opinión, afirmaron con todas sus fuerzas que la historia y suicidio de Kagura Katsuguri y Naraku Kagewaki había sido un residuo de la maldición que quedó impregnada en la Estación de Ama no Iwato, misma que los había devorado por entero.
Sugirieron que al final ambos, negándose a morir ahogados y desesperados como los que perecieron cuando las tuberías se rompieron sobre sus cabezas, impidiendo que las autoridades de rescate llegaran a tiempo, decidieron como una muerte más digna arrojarse juntos del precipicio, justo desde del Balcón del Beso para garantizar una muerte segura, afirmando que ninguno de los que se había atrevido a profanar el lugar había salido de nuevo, porque la maldición de Ama no Iwato obligaba a aquellos que entraban a morir de la misma forma que los fantasmas que rondaban el sitio murieron; bien tenían la opción morir arrojándose del Balcón del Beso, del cual también se aventó sin dudar la pareja que causó el accidente que los llevó al fin de sus vidas y muchas otras. Afirmaron que eso explicaba por qué todos aquellos suicidas aparecían empapados de pies a cabeza y que, ni siquiera, eran suicidas, sino idiotas infortunados que cayeron víctimas de una maldición implacable llena de dolor y rencor.
Sea como sea, nunca nadie pudo llegar a la verdad. Izanami Katsuguri y Onigumo Kagewaki jamás habían sospechado de la relación amorosa que mantenían sus hijos, y las miradas reprobatorias de la sociedad y la gente no pararon de caer sobre ellos durante mucho tiempo, pero eso tampoco tuvo caso estando los causantes de todo aquello muertos, sin dejar una sola evidencia en el mundo de su existencia a futuras generaciones, misma que quedó violentamente truncada junto al pequeño ser que apenas y se formaba en el vientre de Kagura, producto de la relación con su hermanastro. Demasiado pronto como para que la misma Kagura supiera alguna vez en vida que estuvo embarazada.
Al cabo de unos días el mismo Onigumo Kagewaki exigió acelerar la demolición del edificio. Se prepararon las bombas que tiraron abajo y convirtió en escombros la Estación de Ama no Iwato que ya tantas vidas había cobrado incluso después del accidente, y su demolición se efectuó con la misma precisión con la cual se construyó, sin embargo eso tampoco sirvió para nada, ni los rezos que los monjes efectuaron sobre el terreno pidiendo por el descanso eterno de las almas de aquellos que ahí habían muerto, ni el monumento que se erigió sobre él con los nombres de todas las víctimas, incluyendo los nombres de Naraku Kagewaki y Kagura Katsuguri como sus últimos mártires, quienes mucho más allá de lo que la mente humana y toda su espiritualidad podía comprender, se burlaban con malicia y se frotaban las manos como los muchachos maquiavélicos que siempre fueron, impidiendo el paso de nuevos curiosos como ellos en vida que perturbaran la precaria paz y silencio que ahí reinaban, burlándose incluso, llenos de asco y cínica rabia, el ser considerados casi mártires.
No iban a permitir que monjes idiotas y exorcistas charlatanes intentasen exorcizarlos y mandarlos a un supuesto paraíso que no existía y que, si existía, jamás alcanzaron; un más allá que sólo serviría para separarlos por el resto de la eternidad tal y como les había sucedido en la vida terrenal, porque ninguno de los dos sabía quién iría al infierno y quién al paraíso, pero en su lugar se mantuvieron en un estado medio, neutral, sin retorno, opciones o salidas de emergencia, algo que no les molestó en lo más mínimo al conservar aún la perturbadora similitud de lo que habían sido sus vidas y, ahora muertos, irónicamente se sintieron más vivos que nunca.
Fin
"Qué irónico. Cuanto más fuerte es su amor, mayor es su desesperación"
Naraku —(Episodio 24 de Kanketsu-Hen)
Aquí el último capítulo de este fanfic. La verdad es que disfruté mucho el escribirlo y editarlo, y creo que quedó un poquito más trágico de lo que esperaba.
Bueno, en mi sueño sucede más o menos todo lo que sucede en el fic. La razón por la cual pensé que no servía como fanfic es porque soñé que mientras Naraku y Kagura estaban atrapados en esa estación maldita con el tren descarrilado destruyéndolo todo a su paso, mientras ellos intentan escapar por una puerta las tuberías del lugar se rompen y empiezan a inundarlo todo, haciendo que ellos apenas y puedan moverse entre todo el caos y al final ahogándose. En su momento me pareció la cosa más ilógica de todas xD pero ya luego de pensarlo un poco, relacionarlo con elementos como una meca del suicidio basándome en la leyenda de El Callejón del Beso, añadiendo el factor de ser hermanastros y una historia trágica de fondo, ya todo cobró un poco más de sentido mientras estuviera dentro del género de Supernatural, que de todas formas siento que me faltó en ese aspecto. Pero, eh, al menos lo intenté.
Debo decir que eso de que Kagura estuviera embarazada y ni ella lo supiera aún se me ocurrió apenas hace dos días que estaba editando xD pero me pareció algo muy trágico y triste u.u ¡Iban a tener un bebé! Aunque esos dos serían pésimos padres xD pero no sé, mientras escribí el fic no me pregunté mucho si hice que Naraku y Kagura estuvieran enamorados. Pensé que no, pero terminando ya todo me dio la impresión de que en algún momento sí se enamoraron pero no tuvieron el tiempo ni el interés de pensarlo o reflexionarlo; vaya, que pienso que esos dos podrían enamorarse, pero muy a su manera.
También decidí dejar hasta el último lo de que son hermanastros y que por eso estuvieron condenados desde el principio tal y como le sucedió a los chicos del Balcón del Beso, espero que nadie lo sospechara antes (?) Les juro que estoy tratando de trabajar en el aspecto de los giros de trama xDD y ya saben, a mí la idea de lo "prohibido" y tabú entre estos dos me chifla.
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido
Agatha Romaniev
