¡Abre los ojos! la puerta está abierta.

Una pequeña figura estaba en posición fetal, ese ser estaba temblando después de escuchar el chirrido que provocaban los oxidados pernios de la puerta y otra figura más grande entra. Ella no levanta la vista, sabe perfectamente lo que viene y no hace nada. La niña siente la sonrisa torcida de esa Sombra, la mano toca el ondulado cabello albino de la niña, asustada cierra los ojos, dejando que sus lágrimas inundan sus mejillas mojando las huellas que dejaron las anteriores.

—Eri-chan, buenas noches. Vamos a jugar ¿sí?

Eri siempre se preguntaba ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué hizo ella para merecer esto?, se cuestionaba una y otra vez, entonces una voz le contestaba: Tu madre te odia porque mataste a su esposo. Así que, te dejó porque no quiere hijos asesinos. Oh, ya lo recuerda, fue su culpa. Su padre murió por su culpa, ahora todo tiene sentido, era una asesina. Y los asesinos deben sufrir esto porque son malos.

Una mano grande y callosa recorría con lentitud las cortas piernas de Eri, ella tiembla, avergonzada esconde su redondo rostro atrás de sus manos, fingiendo que no siente nada porque: Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero de todas formas, la Sombra sin piedad alguna amplia más sus caricias hacia abajo del vestido blanco de Eri hasta llegar a ese lugar.

Eri chilla pero nadie va a ir a ayudarla.

¿Por qué deberían? Si ella esta maldita.

Después de varios minutos, la Sombra se fue, Eri llora desesperada.

De verdad estaba arrepentida por lo que le hizo a su papá.

Soltaba disculpas que nadie se molestaba en escuchar.

Derrama gotas y gotas en sus ojos que nadie limpiaba con cariño, nadie la peinaba, nadie le decía que todo iba a mejorar, nadie le decía que era bonita…bueno se lo decían, pero ella no quería que se lo dijeran con ese tono tan malicioso y lascivo que emitían esas Sombras.

Otra vez el sonido de la puerta la asusta y otra Sombra entra a la habitación con los mismos propósitos que el anterior, Eri cierra los ojos y suspira para tratar de tranquilizarse pero nuevamente sus lágrimas empapan sus cachetes, sintiéndose tan impotente, odiándose a ella misma y sus deseos de ser salvada, trata de convencerse que ella pertenecía a ese lugar, pero otra parte de ella le rogaba escapar de allí, susurros diciéndole que no fue su culpa de que eso sucediera.

Una noche, o al menos eso era lo que ella pensaba, aprovecho que uno de esas Sombras se durmiera después de consumar el acto, para salir lentamente del lugar rezando para que no se despertara por el sonido que la puerta producía al abrirse, ella tuerce el gesto después de mover el objeto de madera y miró temerosa a la cama. Estaba de suerte, seguía dormido. Tragó saliva y sale del lugar sin más.

Corrió y corrió

Le dolían los pies, pero no le importa.

Se encontraba en un callejón, estaba oscuro y hacía frío, pero no le importaba.

Su miedo era opacado por el hambre de libertad, y vaya que tenía.

Un poco más, sólo un poco más y sería libre. Ya no habrá más Sombras, no más llanto.

Salió de un callejón y chocó con alguien.

Su cuerpo le empezó a doler, imploraba que no fuera una de esas Sombras para llevarla de vuelta a ese horrible lugar, pero unos gentiles brazos la rodearon con tanto cuidado que ella pensó que se trataba de un ángel. Miró el rostro del dueño para encontrarse con la mirada más noble que jamás haya visto en su vida. Siempre había deseado aferrarse algo estable, una luz llenándola de esperanza.

La encontró en ese joven de cabellos rubios.

Las pequeñas manos de Eri agarraron la playera de ese muchacho, él no dijo nada, simplemente la abrazó y le acarició su hermoso cabello blanco. Cerró los ojos mientras que, de nuevo, las lágrimas salpicaban sus pómulos, y más tarde se encontraba en el departamento de ese extraño. Era cálido.

Pero ella olvidaba que estaba maldita y su felicidad no duraría mucho.

Alguien tocó la puerta, de inmediato el muchacho abre sin saber que estaba a punto de suceder. Un disparo. Sangre. Las Sombras llevándosela de nuevo.

"¡Naciste siendo una niña maldita, tu existencia hace que todos mueran, eres de lo peor!"

Todavía recuerda las palabras de su madre al abandonarla con su abuelo.

"¡Está niña está maldita!"

No pasó mucho tiempo cuando otro joven llegará al lugar viendo la escena: su amigo tirado en el suelo sangrando, sin pensarlo dos veces llamó a una ambulancia para salvarlo pero no encontró a ninguna niña.

Y de esa manera, Eri jamás sabrá el destino de la persona que la salvó, su luz había muerto. Ella no sabe que ese muchacho la estaba buscando a pesar de sus heridas.

Eri pensó que era mejor de esta manera…

Hasta que se encontró con esos ojos heterocromáticos.