Disclaimer: Los personajes no son míos, son de Oda-sama, yo solo hago uso de ellos por un corto periodo de tiempo.

El primer pañal by Writter

Él era el mejor espadachín del mundo, el primero de a bordo de la tripulación del Rey de los Piratas, capaz de destruir a cualquier enemigo con el filo de sus espadas en menos de cinco minutos. El precio por su cabeza había ascendido de forma alarmante después de la separación de dos años de la tripulación, y era uno de los piratas más buscados.

Se había enfrentado a multitud de peligros, y nunca se había dejado vencer. Por lo que en aquella ocasión, tampoco perdería. Llenando sus pulmones de aire, enfrento a su oponente.

Su adversario apenas pesaba siete kilos y media poco más de sesenta y cinco centímetros. Tenía grandes ojos castaños y el corto pelo de color negro, pero Zoro sabía que aquella apariencia dulce era solo una máscara. Cuando su adversario se enfadaba, era tan peligroso como un Rey Marino. Frunció el ceño y se acerco de forma cauta, intentando averiguar si la calma que invadía a su adversario era real o fingida.

Alargando su mano derecha, lo tomo por los pequeños pies y se detuvo enfrente de él. Se agachó un poco más sobre él, dejando que su sombra cubriera por completo al pequeño adversario y lo miró desconfiado.

Parecía feliz. O divertido por su forma de actuar tan cauta. Ante su atenta mirada-para evitar cualquier tipo de ataque por sorpresa-desato los nudos del trapo blanco que llevaba atado en la cintura y se lo quito, aun de forma cauta.

Su primera reacción fue la de olvidar la batalla y salir corriendo de la habitación ante tal horrible visión, aunque le tacharan de cobarde, pero la idea la olvido casi al instante. Se negaba a ver la burla en los ojos de su mujer, por lo que frunció más el ceño y se dedico a la tarea.

Le quito el trapo blanco-que en aquellos momentos no era de color blanco-y lo tiro en la bolsa que Robin le había dado al encargarle la tarea. Alargó el brazo para tomar aquel otro trapo limpio y el papel que necesitaba para poder terminar la tarea, y su adversario decidió que aquel era el momento de atacar.

El chorro de agua le dio directo en el pecho, sobre la camisa de tirantes blanca que aquel día llevaba, mojándola y volviéndola pegajosa.

El gritó de rabia y los insultos salieron como un torrente de su boca.

Al otro lado de la puerta, la mujer de largos cabellos negros sonrió al escuchar los insultos. Pasó la página del libro que leía e intento regresar a su lectura, pero la visión de la pelinaranja navegante con un niño de apenas cuatro años en sus brazos la saco por completo de su lectura.

— ¿Qué está ocurriendo ahí dentro?

La arqueóloga sonrió de forma misteriosa y se acerco a la navegante para jugar un poco con el pequeño niño de cabellos negros.

—Zoro está pasando un pequeño rato con mini Zoro—contesto la pirata, tomando entre sus brazos al pequeño príncipe pirata.

Nami frunció el ceño, y se acercó a la puerta cerrada mientras Robin se hacía cargo del pequeño Roger. Los insultos le sacaron una mueca.

— ¿Está intentando enseñarle todas esas obscenidades a mini Zoro antes de que cumpla el año?

—Más bien, yo diría que está en su más ardua lucha.

—Robin…

—Tan solo lo está cambiando. ¿Qué tanto daño puede hacer un pañal?

Una hora más tarde, Robin hizo un trato con su espadachín. Ella se encargaría de los pañales y el de conseguirle todos los libros que quisiera en cada puerto que pisaran.

Al final, aquella lucha era la única que el gran espadachín, Roronoa Zoro, había perdido.